La soledad es fuerte

 
Un solo corazón ama por dos,
por tres, por cuatro,
y por todos aquellos
que han dejado de amar.
 
Y cuánto amor no derrotado
le corre al solitario por las venas.
 
Más allá de la aurora
no muere, ni muriéndose,
su último zafiro.
 
(Porque también hay polvo desenamorado,
caminos que no se hacen al andar,
juventudes que no son tesoros ni divinas,
versos muy tristes que se escriben de día,
y tumbas donde habita la memoria
y no el olvido.)
 
Intensa soledad.
 
Una sola semilla
hace brotar todos los frutos de la tierra
y una súbita nieve los estropea, toda.

Para andar

el paso sosegado,
sin intrusos que asalten nuestra historia
con santo advenedizo y con bandera ajena.

Porque hay gente que, de tan dócil,
botó el pelo y doblegó la frente
para ponerla al servicio de otra idea.

No tienen tamaño mis rodillas
para la sombra genuflexa.
Sólo de pie nos crecerá la voz.

Llevamos, por redondo, unánimes,
el cráneo sobre un cuello enjuto
y el brazo endeble bajo la manga holgada;
pero ocultos metales anticipan
el lauro victorioso a nuestros huesos.

Que me basten dos pies,
uno,
para seguir andando.


Este dolor de hoy

es tan pequeño
que me cabe en el ojo,
en la pupila,
en el borde mismo de mi dedo,
en mi uña,
en la punta de mi lengua,
en mi encía.

Es un dolor de humo,
de poro,
de suspiro.

Aun así, es tan grande este dolor
que no me basta el cuerpo
ni la carne,
ni aun toda la carne de los cuerpos,
para contenerlo.

Es un dolor universal
y restringido,
dolor de espada y alfiler,
dolor de huérfano que adopta al padre,
dolor de padre que abandona al hijo.

Este dolor de hoy
es tan pequeño y es tan grande.



Hoy me visita

este dolor de gozne,
de hueso fuertemente articulado,
de coyuntura indetonable.

Es este golpe de bisagras que me doy
en la ducha, en la acera, en la avenida;
en mi sábado glacial de no hacer nada;
en mi domingo huevón y agonizante.

Temblando paso el lunes,
y el martes, martillando.

Ese yo mío, repitente de almuerzos;
ese yo zarandeado, minúsculo y de prisa.

Me pongo el mismo traje:
el de botones de estar triste,
el de solapa de estar mudo,
el de bragueta de estar solo.

Es un traje muy condescendiente:
dice «que sí, que sí, que es cierto»,
aunque nada haya sucedido.

Hoy me visita este dolor de gozne
que hace girar a mi dolor de naipe,
a mi dolor de jaula, de hojalata,
a mi dolor de lobo maniatado,
con el fusil detrás de la camisa.



Hoy, veintitanto de milnovecientostanto,

ingresó otro viejo en la academia.

Dio público discurso
y los asistentes al acto
lo aplaudieron de pie.

La gente sigue tirando
la basura a la calle.

En Guatemala llueve.
La miseria se salió de madre
y lo ha inundado todo.

Noticia de última hora:
«A Newton le cayó una manzana
sobre su cabeza».

(Aquí cayó el gobierno
y no sirvió de nada.)

Ya vendrá el 15 de septiembre
y nos avergonzaremos
muy patrióticamente.



¡A buena hora,

con la barbilla sobre el pecho,
hablamos de restaurar la Tierra!

El sueño de Walt Disney
se traslada
a la feliz pesadilla de Aldous Huxley.
Y el índice huesudo de la parca
aruña el borde del planeta.

Ladran,
sin luna y sin porqué,
los canes tecnológicos
y exploran la región de su aullido
con el helado tubo de un escáner.

Un nuevo siglo
nos muestra sus colmillos.

Estamos tan electrónicamente comunicados
que vamos muriendo de hambre y de nostalgia.

Ya no es más el jardín de la Eva ocurrente
o del lúbrico Adán que la persigue;
ni el del mono enfermizo que inauguró la fiesta.

Deambulamos jadeantes,
buscándonos,
con una larga herida en el costado
y púas en los poros.

Si cada amanecer es nuevo
-tal como afirmaron los profetas-,
mañana habrá auroras al alcance de todos;
habrá hongos seductores
levantando sus faldas impúdicas
y mostrando sus muslos destellantes.

Una gramática de esporas
brillará en los ojos de las probetas prenatales.

La horda de esta era dorada
cerrará de golpe la boca de las madres
y hurtará los juguetes sencillos a los niños.

Un sol tuberculoso y turbio
irá a poner su huevo en otra parte.

Pensaremos, entonces,
tal como hoy en el petróleo,
en la resurrección de las especies,
en la sal del mar desparramada,
en el pan, en el vino, en las almejas.

Pensaremos en los ojos verdes de la Gabrielita,
aquella que tocaba la guitarra
a la luz de un farol incontinente.

Todo será carbón, pavesa, humo.

¿Acaso habrá un minuto vivo?
¿Algún fulgor resuelto?

Caminaremos y no caminaremos.
¿El regreso está hecho de piedras opalinas?

¿Y la cueva ancestral? ¿Y nuestro fuego?
¿Habrá otro Prometeo? ¿Algún Noé?

¡A buena hora queremos recordar!
Ya hemos olvidado nuestro nombre
entre los signos de la computadora.
Y, del agua, su arpa de cristal,
su primordial presencia.

Ya hemos olvidado
-y el olvido es la muerte verdadera-
el sendero del lobo,
la flor subyugada por la luna,
la luna misma y sus pájaros de ensueño.

Locos nos llamarán por ir hacia el origen.
Locos,
por inventar la rueda y por labrar la tierra.


Anuncio en el periódico

«Me urge, para morir, un cuarto.
El tamaño no importa.

»También me serviría una cama
con colchón ortopédico,
para lograr una cómoda muerte horizontal.

»Necesito, obviamente, estar vivo
para poder morirme.

»Y un cuerpo.
Sí, un cuerpo.
Mejor si es cuerpo viejo.

»Y una cruz de azogue
(perdón: un espejo)
para clavar la forma de mis huesos.

»Y canutero, y tinta,
y una mano con buena caligrafía
para escribir mi epitafio:
"Antes y después de la vida,
siempre estuve muerto."

»Para justificar mi muerte,
solicito ver mi cara
reflejada en mis zapatos.
Por el betún doy pago adicional.

»También preciso al hijo,
arcángel del rencor dulcificado,
portador de una espada.

»Y también una madre
-no importa la de quién-
con su vientre del color del olvido.

»Y lo más importante:
cuatro dedos de frente.


Ejercicios de fondo

En algún sitio del mundo
alguien nos ama,
pero lo ignoramos.

No sabemos quién es.

En cada punto de la tierra
hay un ser que ama
y otro que ignora que lo aman.

Vivir con esta idea es suficiente
para ser dichosos.