Rueda de Chicago
 
(Wyld, Gustavo Adolfo. La conspiración de los espejos. Guatemala, Artemis Edinter, Colección Ayer y Hoy, 1995)
 
En otras partes seguramente le dan otro nombre, pero aquí llamamos Rueda de Chicago al disco de feria que todos conocemos. Tiene asientos colgantes, como nidos de pájaros, y gira de abajo arriba y de arriba abajo, como las ilusiones.
Antonio ha subido muchas veces a esa rodaja de luceros que es la Rueda de Chicago, pero él la llama Rueda de la Fortuna porque piensa que su movimiento simboliza el viaje de lo próspero a lo adverso, o viceversa.
Pero para que esta historia sea aceptada como verdadera, se requieren los cuatro puntos cardinales, la luna, el ocio y la dócil tarea de remontarnos a la noche en que Laura ofreció el estorbo de una cena en su casa.
El invitado inexcusable era Antonio. Eso le había dicho Laura, pero, con su dichosa reunión, le hurtó su cercanía y la dulce intimidad que ama nuestra carne cada noche.
Sólo una vez pudo acercarse a ella. Estaba de espaldas. Llevaba el pelo recogido. Antonio, aun cuando Laura se hallaba a una distancia no mayor de cinco metros, sintió el infortunio de su nave inabordable. Ella, lejana, adamantina; él, empinado, al atisbo de su sinagoga de astros.
Durante el tiempo que Antonio permaneció en la casa, Laura le obsequió sus mejores abismos. Su frialdad se cobró con creces el terrible tedio del esmero.
Gravitando en el limbo de sus cavilaciones, Antonio la perdió de vista y ya no pudo hallarla. Preguntó por Laura. Una boca tenue y piadosa le dijo que la había visto salir de prisa en compañía de su amiga Beatriz. «Asunto de mujeres, supongo», finalizó la boca.
Antonio sufrió la pendencia de la espera. Media hora, una vida, un siglo. Después se metió en un cuartucho, oscuro asilo para comunicar afanes. Marcó el número de teléfono de Beatriz. Al otro lado de la línea, la voz que sujetaba su albedrío se limitó a decirle:
-Me quedaré aquí el resto de la noche.
-¿Por qué? -preguntó Antonio, imaginado algún tropiezo.
-Eso no importa. Pasaré aquí toda la noche -dijo Laura y colgó el teléfono.
Decidido a hablarle personalmente, Antonio atravesó la sala y abandonó la casa. Pasó frente a un sitio baldío en donde estaban instaladas dos Ruedas de Chicago, una al lado de otra, inmóviles y desiertas a esa hora de la noche. Sustraído de su propósito de hablar con Laura, no pudo vencer el impulso de entrar, pero sí el obstáculo del cerco que demarcaba el área de las diversiones populares.
Vio un muro y, en el muro, un tablero de madera que tenía atornillada una cajita metálica, con palanqueta y controles eléctricos, de la cual partían cables y alambres que corrían, exultantes, a conectarse con los de las dos cajas secundarias instaladas al pie de cada una de las ruedas.
«Juguemos, alma, juguemos», dijo Antonio, en la asunción desleal de una parodia. Tiró hacia abajo la palanqueta de la caja maestra, y las dos ruedas, en un motín de crujidos y traquidos, comenzaron a girar verticalmente, una en sentido contrario al de la otra. Una música trasnochada y gárrula, como de circo, acompañaba al severo dúo de maderas y engranajes. Antonio, gracias a la lentitud con que las ruedas empezaron a moverse, logró treparse a uno de sus asientos colgantes y comenzó a mecerlo de atrás hacia delante, al tiempo que la inmensa rueca en que hilaba sus juegos infantiles, iluminada por bombillas rojas, azules, amarillas y verdes, iba cobrando más y más velocidad.
-¡Juguemos, alma, juguemos! -gritaba Antonio, presa de un delirio casi provinciano.
Se columpiaba de atrás hacia adelante, cada vez con más fuerza. La rueda gemela, igualmente iluminada por bombillas de cuatro colores, giraba en sentido opuesto a la suya. Inmerso en el desenfreno de su cuna de fierros y madera, Antonio se fue abismando en vértigo de luces movedizas.
Entre giros y balanceos profanos, el tiempo parecía lubricar con sangre las lanzas de sus horas, que no eran horas sino siglos heroicos. El espacio, con el costado abierto, se desangraba en la ineptitud de su geometría.
Pero como no hay fortuna sin desdicha, ocurrió algo que vino a erradicar su éxtasis: los engranajes dispensadores del encanto mecánico se fueron deteniendo poco a poco, hasta que los dos discos, sol y luna de sus días y sus noches, parecieron recobrar la casi nunca advertida conciencia de su bestial monotonía y dejaron de funcionar. La música cesó y las luces se apagaron de golpe. Un alfanje de luna equitativa hendió la campiña de los sueños.
El asiento de Antonio se había detenido precisamente en el punto más alto de la rueda. Entonces recordó que Laura era mujer de carne y hueso, es decir, Eva hecha de materia y olvido, y que había de aclarar con ella el porqué de su abandono repentino. Era venido, pues, el lance del descenso; debía bajar de plaza en plaza y por sus propios medios.
Durante su niñez, Antonio había subido muchas veces a estas ruedas y, cuando repentinamente se averiaban, descendía usando manos y piernas, ayudado por los operarios de las máquinas que le iban dando instrucciones a gritos. Ahora, aprovechando aquella experiencia infantil, habría de hacer lo mismo sin ayuda.
Antonio afirmó, al tanteo, manos y pies en las columnas y en la armazón de hierro de la rueda: logró avanzar dos sillas hacia abajo. Ya iba bajando por la tercera cuando escuchó un crujido y sintió cómo se rompía bajo sus pies uno de los tablones del piso.
La Fortuna, que en ocasiones favorece a quienes lo apuestan todo a su rueda, permitió que la caída fuera más o menos escalonada: manos, brazos y piernas en asidero de vuelos momentáneos. Por fin, el aplomo del suelo.
 

 
Antonio, inmediatamente después del accidente, se sentó sobre el tronco pulido que ocupaba de día el operador de la rueda. Como si se tratara de una pintura falsa, revisó su cuerpo: brazos, codos, antebrazos, palmas, muñecas; por último, las piernas. Uno que otro golpe, una o dos heridas. ¡A salvo!
Las palancas que activaban el mecanismo de cada una de las ruedas erguían, con mudo alarde, su rabo indecoroso sobre las respectivas cajas: cola arriba, detención; cola abajo, marcha. Antonio las observó con detenimiento y, en uso de una racionalidad insolente, trató de dar explicación al fenómeno. Él había movido hacia abajo sólo el brazo de la caja maestra, pero no los que las echaban a andar directamente.
En el muro, el disimulo del tablero; en el tablero, la obesa vergüenza de una caja metálica que trataba de ocultar el desánimo de un bastoncito caído y doblegado, cuyo único orgullo era la persistente gimnasia de las partículas eléctricas.
¿Pero entonces quién, sin ira ni piedad, había echado a andar y detenido en forma simultánea los dos discos?
El lugar estaba desierto.
Ahora bien, para que esta historia sea aceptada como verdadera, se requieren el ocio, la luna, el desagravio del bochorno, el golpe sin peso de la compostura, el ángel que cobra la gabela del fuego y un protagonista que vea y oiga el chisporroteo pendenciero que proviene del control maestro.
El tablero se incendia y una impertinente lumbre, que restriega su lengua enrojecida contra el muro, se va propagando por las instalaciones de la feria.
Antonio no se mueve de su sitio. De todas formas, los tigres escarlatas de la hoguera parecen relegarlo tanto como lo hizo Laura. Con todo, lo inquieta la posibilidad de que las llamas se extiendan hasta la casa de su amiga; pero su desazón se limita sólo a eso, porque en el fondo desea que los asistentes a la reunión ardan junto con la hojarasca de su frivolidad.
Pero el asunto no se agrava porque, como en la invención de Morel, operarios de la rueda, apagafuegos, enfermeros en ambulancias y policías en autopatrullas van emergiendo de una sombra inadvertida. En el ajetreo de apagar las llamas, los aparecidos, al pasar frente al sitio en que permanece sentado Antonio, lo saludan con respeto y le envían, desde la cronometría de su época irreal, sus más cumplidas disculpas por tan penoso accidente.
Las llamas se han extinguido.
Antonio permanece sentado sobre el tronco, tratando de establecer qué ha ocurrido con Laura, los motivos de su salida presurosa de la casa, el tono áspero con que le habló por teléfono. No era el incendio; tampoco ella. Es él, preocupado por el júbilo de un viaje vertical y la amenaza de una vida horizontal. Es él, hombre que ansía ser pájaro y pájaro que anhela ser hombre. El vuelo y el descenso, el descenso y el vuelo. Es él quien, en nombre de todos los hombres, consulta a una muda esfinge sobre la relación hostil o dichosa que hay entre el sueño y la vida, entre el sueño y la muerte.
***
 
Sentado sobre un tronco que nunca alcanzarán a quemar las llamas de un incendio, Tonito, el antiguo Antonio, niño mimado del amor, ve cómo dos Ruedas de Chicago arriban al pueblo con la feria.
Giran una en sentido contrario al de la otra. Una es el tiempo que llega; la otra, el tiempo que se va.
Toda la gente del mundo, después de haber pagado su boleta, trepan a las ruedas: una persona tras otra va desfilando en fila india. Primero, como se afronta una guerra, cada quien espera su turno; luego, suben a su asiento para gozar de la diversión exactamente el tiempo que tarda un cincel en agrietar la bruma; por último, bajan con esa cara larga que pone la certeza de una dicha pasajera.
Tonito piensa que si algún día se encuentra a su Laura, mujer hecha de cielo y tierra, de rigor y temores, no habrá de invitarla a viajar en la Rueda de la Fortuna, para que nunca se le agote la dicha de estar con ella, ni a ella la de estar con él. Pero si acaso Laura quisiera participar en la diversión, cada uno subiría a distinta rueda, para que ambos pudieran encontrarse una y otra vez en el oblicuo transcurrir del tiempo, y verse, y saludarse, y decirse: «Aquí voy, allá vas; juguemos, alma, juguemos».