V E N E N O
María Luisa Bolbito desesperaba de esperar. En la oquedad de sus
muertos ojos las pupilas le brillaban casi incandescentes a la luz del
ocotero que alumbraba el cuartucho. Miraba hacia la puerta con ansiedad.
Respiraba acesante en el ambiente fétido, en donde olor a mulatas
y hedor a incienso se confundían. Y heridos sus ojos por el humo,
los cerraba impacientemente para volver a abrirlos. Era tan oscura su tez
y le relumbraban tanto aquellos ojos, que en la negra soledad de su postración
había solamente un hálito de vida, como verdadera ansia loca
por sobreponerse, mas sin esperanzas. Temblaba. Se estremecía. Su
queja leve era un hilo de dolor que iba envolviéndola debajo del
poncho que la cubría toda. Así, a la mujer más podía
considerársela tendida para la velación de sus restos, que
acostada en su camastro para sanar del terrible mal que la consumía
voraz.
Su intranquilidad aumentaba. Sus vidriosos y saltones ojos se abrían
y cerraban pertinaces. E iba desesperando de esperar.
-María... -articuló tras la puerta una voz fatigada- soy
yo... Jacinto.
Crujió la puerta de varas al abrirse lenta.
Jacinto penetró en el cuarto. De la cara le escurría el sudor
copioso sobre la sucia camisa de mantadril. Alto, prieto, de facciones
recias, se inclinó para acomodar en la mesa de los santos todo lo
que traía en el matate. Frascos, sólo frascos. Los depositó
cuidadoso en la renegrida mesa. Después se quitó el sombrero
y lo colgó en una estaca que nacía del bahareque. El machete
y el bordón los colocó junto a la pared. Luego se inclinó
para atizar el ocote. Suspiró. María Luisa lo miraba con
el ansia relumbrante de sus ojos febriles.
-María... ya te vas a componer...
Jacinto se sentó a su lado y la miró largamente. Hubiera
querido contarle lo mucho que había troteado las medicinas. Todas
las peripecias de su fatigosa peregrinación. Todo: su viaje de la
aldea al pueblo; su buscar y rebuscar al boticario en el pueblo, y su horrible
regreso: encontró el río crecido; se iba a ahogar; se estaba
perdiendo en la oscuridad, pues el camino era boca de lobo a su regreso...
Pero no le contó nada. Únicamente le tomó la mano.
Después suspiró. Olvidado de la fiebre, deseó abrazarla
diciéndole al oído: "¡Cuanto te quiero, María
Luisa!", o bien: "¡Qué alegre... ya te vas a componer!" Pero
volvió a recordar su viaje al pueblo, quizás porque le dolían
las piernas o porque el sudor seguía goteándole sobre la
camisa.
De pronto ella lo vio con verdadero espanto, haciéndole sentir que
los ojos de su mujer le habían saltado encima. Se asustó;
el corazón le dio un vuelco.
-¿Qué es lo que sentís, María?
Ella sólo se quejó y volvió a tirarle los ojos a la
cara hechos dos tomates pintos.
Entonces él fue diciendo: "Ya tengo la medicina... Te la voy a dar
ahorita mismo. Yo creo que estás preñada. El doctor de la
botica dice que no es eso y me dio los remedios que están en la
mesa. Dice que más vale que te los tomés ya. Me costaron
mucho. Los remedios ahora están caros...".
Gimió la mujer. Jacinto tomó el gemido por su respuesta.
Pero calló porque le daba pena hablar del precio de los remedios
para no enfermarla más. Y se pasó la manga de la camisa por
la perlada frente. Después se levantó con cuidado del camastro
y fue a la mesa por los medicamentos. Agitó un frasco. Le quitó
el corcho y olió fuerte. Luego, quiso verlo a la luz del ocote,
y, poniéndose el frasco en la palma de la mano, parsimonioso lo
aproximó a la luz. "Fea esa cara", pensó. El viento que se
colaba por entre el baharaque azotó su cabeza y despabiló
el ocotero. "Calavera de gente ha de ser esta cara -balbuceó-, pero
calavera bendita si cura a mi mujer". Alzó el frasco ante los santos
y le estampó un ciego beso.
Después, paseando la sombra de su fornido cuerpo por el cuarto,
se aproximó a la enferma y se lo vació en la garganta. Ella,
María Luisa Bolbito, trémula, engulló la medicina
con repulsión. Se le antojaba hirviente jugo de limón con
chile; pero como no podía hablar no dijo que así le había
sabido. Solamente lo engulló.
-Te curarás, primero Dios -expresó el indio esperanzado,
y la soltó con suavidad sobre el duro lecho.
Fue a la mesa de los santos y se hincó a rezar. Primero se dio golpes
en el pecho y quemó un poco de incienzo. En seguida rezó
poseído por el dolor inaudito de su alma.
Cuando hubo aliviado su tormento, se sentó en el suelo, junto a
la mesa. Desde abajo, metido en su sombra, veía a la enferma que
recibía la anaranjada luz del ocote sobre los brillantes ojos, ahora
sólo entreabiertos.
Ahí estuvo Jacinto cabeceando sueños duros en la tierra.
La noche era interminable. Su mujer fue agravándose en vez de mejorar,
como él lo esperaba en la esperanza de que el medicamente fuera
el elíxir que le había jurado el boticario. Empeoraba porque
ella empezó a verlo con aquellos sus ojos atormentados, cada vez
más atormentados, hasta que se le volvieron verdeantes, fosforescentes,
y comenzó a convulsionarse como lo hacían los perros en los
caminos cuando eran presa de bocado envenenado.
Jacinto se puso de pie de un salto y corrió al camastro gritando:
-¡Estás envenenada! ¡María! ¡Estás
envenenada!
El viento azotó el rancho hasta hacerlo crujir. Se oían ya
los primeros gallos del amanecer, aunque a lo lejos muchos perros siguieran
aullando quejumbrosamente, casi hasta desgarrar la media noche a dentelladas.