MI HIJO NACIÓ DIFUNTO
No se por qué mi hijo nació muerto. Cuando más lo
deseaba vivo llegó difunto. Tal vez adivinó mi pobreza o
mi pobreza lo mató. ¡Hubiera visto usted como caracoleaba
antes del alumbramiento! ¡Hasta parecía retozar de sólo
sentirme cerca! Con las dos manos en una oreja yo lo molestaba con caricias.
Él se estremecía del gusto. Pataleaba en el vientre de mi
Candelaria como si somatara el zaguán de su propia casa... Pero
ya ve usted, nació muerto y su dolor es mi dolor. Por eso me embriago
desde la fiesta de San Isidro. Y hasta quiero morirme. Si yo vivía
por sus pataleos, y por él me hice bueno. Pregúntele a la
gente que pasa por el camino real. Todos le darán razón de
mí. Le dirán seguramente que Cirilo Corazón fue bueno
desde chiquito, y que deseaba tener un hijo. Pero ya ve usted, mi hijo
sólo murió; sólo murió sin nacer. Y esto es
peor que si yo mismo hubiera muerto. Piense y verá: los hijos son
retoños de la vida; a medida que se nos desgarran las ramas de la
vida con los sufrimientos, necesitamos retoñar para seguir viviendo.
¡Maldición! Pero cuando se nos tronchan los retoños
antes de nacernos... Véalo y piense, que no es para menos. La muerte
realmente mata.
La buena de mi Candelaria lo dijo: "La muerte me está naciendo.
La helada muerte me arde en llamas". La pobre no lo había imaginado.
Ella sólo se reía cuando yo jugaba con nuestro hijo. Esperaba
nomás parirlo para que creciera antre los ayotes. Créalo.
El sol es testigo de los sueños que tejimos en el rancho oyendo
el picoteo de los pájaros en los naranjales. Pero ya ve usted, la
alegría no se hizo para la gente que vive sufrimiento.
El día del casamiento todo fue flores. Hasta la risa de mi Candelaria
olía a jacarandas. Ella estaba tan bonita que me encendía
el corazón mirarle los ojos.
-Ahora sí tendremos nuestro hijo-, le escurrí en secreto
cuando salimos de la iglesia.
-Ahora sí-, me dijo ella.
Y con sus palabras sentí que me corrió la sangre igual que
si yo fuera montaña, porque cuando llueve la montaña retumba
de vertientes igual que retumbé yo entonces.
-Mirá vos Cirilo -me dijo Timoteo, mi tío abuelo- cuando
las pepitas blancas de los ojos de la mujer son azul tierno de agua, como
la Candelaria tiene las pepitas de sus ojos, entonces la mujer es pura.
Y muy cierto, en los ojos negros de mi Candelaria había dulzura
de miel de abejas. Pero... ¿ahora qué? ¿Qué
he de hacer ahora? ¿Acaso no mira que mi Candelaria cerró
esos ojos para siempre? ¿No mira acaso que le nació la muerte
y no la vida? ¿No lo ve...?
Desde entonces ya no soy bueno. El guaro me consuela el corazón,
pero así soy ya malo. Ni trabajo ni duermo; sólo me quiero
morir.
Por eso me embriago con la luna y con el sol, sin cerrar los ojos, para
no ver lo que llevo adentro con tanto dolor... ¡Ah!, si mi hijo Damián
(Damián le quería nombrar), si él hubiera nacido sería
diferente. Andaríamos los dos de la mano despulgando semillas en
la tierra o mirando en el cielo las blancas nubes y las nubes negras. Entonces
estaría yo muerto de alegría, más vivo que nunca,
pues, sobre todo, tendría esperanzas en las manos. ¡Ah! ¡Maldito
sea el día en que se me acabaron las ganas de vivir! Así
se lo dije a San Isidro: "¿Qué te pasó tata? ¿En
qué estarías pensando que este año me trajiste lluvia
de lágrimas en ves de lluvia de agua? Sabés bien que con
lágrimas se siembran solamente los dolores. Sabés que con
lágrimas, aunque la tierra sea dulce, nacen sólo las espinas".
Es así como no quiero más a San Isidro el labrador. Puede
que me equivoque. Puede también que él no tenga mucha culpa,
pero ya no lo quiero más. Usted lo mismo haría. Lo sé
porque la pobreza me enseñó a saber que no hay rencor tan
grande como el nacido de nuestro mismo dolor. Y mi Candelaria lo supo antes
de morir y también lo sé yo mismo antes de morirme: cuando
la vida se pone negra, tan negra que ya no puede blanquearse ni con jabón
de rosas, la desgracia a uno se lo lleva y, traicionera, lo mata. Por eso
es que yo ahora soy malo, maldito, que hasta quiero morirme. Usted diga
lo que quiera pero así es la vida para quien cae en desgracia de
Dios...
La enfermera se inclinó sobre el paciente para tomarle el pulso.
-¿Por qué habla tanto el loquito, doctor?
El médico la miró con extrañeza, se arregló
los anteojos y sonrió displicente:
-Me extraña que no lo sepa. Así son los dementes cuando recobran
su juicio..., quieren hasta morirse.