Las falacias que nos matan: consideraciones para la futura historia de la literatura guatemalteca
Francisco Solares-Larrave
 
    Al filósofo español George Santayana se le atribuye la frase de que aquellos que no aprenden de los errores de la historia están condenados a repetirlos. La frase, lapidaria de sí, tiene resonancias en nuestro contexto pues la historia, de una u otra manera, condiciona nuestras vidas. A la historia le abrimos la puerta para que modifique nuestras creencias y opiniones, confiando ingenuamente en su naturaleza como retratista objetiva. Sin embargo, también olvidamos (convenientemente) que la historia opera de manera análoga a las novelas, cuentos y poemas en cuya escritura nos regodeamos; tal vez no lo hayamos pensado antes pero sucede que los más celebrados historiadores han sido también buenos escritores, diestros para editar la realidad de la misma forma que un avezado corrector resucita un texto mal redactado. La confiabilidad de la historia no es absoluta; como las obras literarias, la historia pasa por un proceso de interpretación durante el cual el historiador selecciona y ordena, según sus propias jerarquías, las categorías y sucesos que le inspiran mayor respeto, le motivan para presentar un trabajo mejor y le parecen puntos de referencia dentro de una presunta evolución. En suma, y en buen español, escoge los que le gustan más.
    Aquí es donde intervenimos nosotros, los escritores guatemaltecos, a quienes el brillo de la historia reciente nos ha cegado y nos ha impuesto el libreto de un patrón de conducta que nos condicionará, desde su aceptación, a vivir una existencia sombría, siempre amarga y llena de frustraciones de las que nadie es responsable sino nosotros mismos. En nuestro caso, y llevados por el dictum de Santayana, debemos enfrentar lo que he querido llamar "falacias históricas", por ser premisas que suenan convincentes para quien las quiera creer, en torno a las cuales gira nuestra actividad como autores o docentes. Como sucede con las falacias aristotélicas, no pueden resistir el embate de la crítica ni erguirse triunfales ante el sentido común, y sus efectos a largo plazo nos harán quedar muy mal... ante la historia futura. Son tres las falacias que nos aquejan, como tres son los lugares que Dante visita en su Comedia, tres las Divinas Personas y tres las cruces del Gólgota. Cabe preguntarse si no emana de todas estas tríadas algún tufillo místico...
    Sea como fuere, su calidad como falacias se restringe a ser de categoría únicamente formal. Una falacia no es verdadera ni cierta, ni tiene calidad ni dimensión ontológica por tratarse de un mero hecho del lenguaje. Debe quedar claro, por lo tanto, que los hechos (o la realidad) son una esfera aparte, y que su representación a través de las palabras no constituye ni debe entenderse jamás como un fiel reflejo. Recordemos con Borges las limitaciones del lenguaje, poéticamente expresadas en su famoso poema "El Golem", antes de engañarnos, una vez más, creyendo que lo escrito puede reflejar la realidad. Si fuera así, de ser las palabras directo reflejo de su referente, el oficio del escritor no tendría ningún sentido, pues las metáforas, esos encuentros absurdos en lugares insólitos, no podrían ocurrir. Ya aclarada esta circunstancia sobre el lenguaje y su representatividad (lamentable o afortunadamente limitada), podemos proseguir y ver cómo nuestras palabras, la historia que creemos con tierno candor, nos están jugando una broma cuyos resultados no viviremos para ver.
    La primera de las falacias, y tal vez la más generalizada, afirma que en Guatemala no hay crítica. Esta situación, si la examinamos cuidadosamente, viene a desautorizar tanto a autores como a académicos, creando así un ambiente de anarquía en el que la ausencia de un principio regulador no permite una evolución ordenada y orgánica hacia un nivel superior de desarrollo literario.
    Con todo, la afirmación anterior también contiene una serie de minas retóricas. Comencemos por un par de pequeñas contradicciones: la primera es que toda idea de evolución es una falacia en sí, pues presupone la existencia y conocimiento previo de una meta, supuestamente superior en calidad a la del inicio del proceso. La segunda, por otro lado, es que nada se desarrolla libremente bajo un principio organizador: la libertad absoluta no admite regulaciones, de modo que la premisa cae por su propio peso. Por último, insistir en una ausencia otorga cierta presencia, aunque sea negativa. Bien que mal, la crítica existe entre nosotros. Simplemente no la queremos leer ni concederle existencia a ninguna de sus manifestaciones (que son, fuerza es admitir, patéticas). Además, como su función es tanto de evaluación como de difusión, si no estamos dispuestos a afrontar la primera, perdemos nuestro derecho a la segunda. La facilidad con que se niega la existencia de una crítica propina una amarga bofetada a muchos que, por dedicarse a ella, reciben así el gratuito insulto del ninguneo. Si en realidad no hay crítica, ¿qué hacen y han hecho entonces Hugo Cerezo, Juan Carlos Lemus, Luz Méndez de la Vega, Juan Fernando Cifuentes, Lucrecia Méndez de Penedo, Mario Alberto Carrera y Adolfo Méndez Vides, entre otros, dispersos en periódicos y revistas? Si no vale llamar crítica a su trabajo, bien podemos decir que se trata de comentarios informados que por su brevedad e informatividad constituyen en gérmen la misma crítica cuya ausencia se deplora.
    Sin embargo, mucha de la crítica se queda a un nivel análogo al de la relación del zapatero remendón con Wall Street: puramente informal. En lugar de expresarse por los medios convencionales surge en las páginas periodísticas, en corrillos, en aulas universitarias y en torno a las proverbiales "mesas de cantina". Esta crítica "informal" contiene en sus manifestaciones los rasgos que marcan a la crítica profesada más que practicada por los autores ya mencionados. Pese a su notable informalidad, esta crítica ha estimulado y mejorado la calidad de la literatura guatemalteca, pues la ha espoleado de diversas maneras para eludir los efectos de otro mal, una presencia, no una ausencia, que nos lleva a la segunda falacia que nos ata: que el escritor fue sujeto de una censura oficial organizada, y vivió en la mira bajo la represión .
    Nada puede estar más lejos de la realidad, pues si tal hubiera sido el caso, creadores como Méndez-Vides, Víctor Muñoz, Miguel Angel Vásquez, Ana María Rodas, Enrique Noriega, Luis Aceituno, Rodolfo Arévalo, Marco Augusto Quiroa y Edwin Cifuentes (entre muchos más) habrían sido un sueño de locos, sin mencionar grupos enteros de autores, como Nuevo Signo, la "rial academia", Cuerpos sin lugar y RIN 78. Los hechos objetivos (no la historia) deberán forzarnos a admitir que hemos fabricado una premisa que nos convierte en héroes, en mártires que supieron sacar luz de la oscuridad, música del ruido y fuerzas de flaqueza para llegar hasta nuestros días y proclamar lo difícil que fue el pasado.
    Lo penoso es que hayamos sobrevivido a los tiempos que describimos ahora en términos tan vívidos, y que nuestra propia existencia y permanencia desmientan nuestras afirmaciones. Deberíamos dejar en paz a quienes murieron construyendo el futuro, pues aunque fueran escritores y tuvieran nombres como Otto-René Castillo, Roberto Obregón y Alaíde Foppa, no cayeron por lo que escribían, sino por consolidar sus creencias con sus acciones o como víctimas de sospechas de haber pasado de las palabras a la acción. Sólo así se explican las desapariciones que dejaron tras de sí el triste aroma de la promesa frustrada. Además, pensando en fríos números, si hoy, con más de diez millones de habitantes, todavía no contamos con un millón de lectores asiduos de literatura, ¿cuántos lectores de hace veinte o treinta años, en cantidades estadísticamente significativas, habrían podido leer los poemas de José Luis Villatoro, Francisco Morales Santos, Luis Alfredo Arango y Roberto Obregón, y sentirse impelidos a abandonar sus cómodas vidas para empuñar una ametralladora? ¿Será que alguno de los autores actuales cree tener el poder convocatorio como para que sus lectores renuncien a su rodaja de globalización y emprendan acciones directas en estos tiempos de ansiada paz? ¿El sostener estas creencias no equivale a otorgarnos un poquito más de la penetración que posiblemente tengamos entre el porcentaje mínimo de lectores que elijen dedicarse a la lectura de nuestras obras?
    Nuestra convicción sobre la ausencia de la crítica y las condiciones en que medra el autor guatemalteco nos sirven de escudo y justificación para esgrimir una falacia más: que la verdadera literatura de calidad, la que habla sin ambages de Guatemala y su realidad, sólo se escribe en el extranjero porque sólo allí puede escribirse. Con este argumento cometemos una serie de imperdonables injusticias contra nuestros colegas escritores. Llevado por esta afirmación, "quiero a la sombra de un ala" invocar el recuerdo de una preclara (y precoz) novela, cuya publicación en los años setenta fue financiada por uno de los mismos gobiernos a los que se demoniza sistemáticamente, y cuya posesión pasó a convertirla en trofeo y a su autor en una especie de Ulises intelectual, alejado de su pequeña Itaca centroamericana. Hablo de Los demonios salvajes de Mario Roberto Morales. Recordemos también un estremecedor poemario, lleno de imágenes, ideas y momentos de impresionante audacia, y que hizo de su autor, un poeta que trabajaba vendiéndonos cosas, un cantor de las realidades humanas, una especie de Homero del Altiplano: me refiero a Archivador de pueblos y a Luis Alfredo Arango, respectivamente. Pensemos ahora en un librito de provocador color rojo, con pastas brillantes, dibujos sugerentes y título más que inesperado, que llenó tanto anaqueles de librerías como de supermercados con una poesía iconoclasta, rebelde y gloriosamente original, mucho más adelantada a su época que Carpentier o Rulfo lo estuvieron al boom. Aquí me gustaría ver la sonrisa de Ana María Rodas, cuyo primer volumen, Poemas de la izquierda erótica, es el que evoco ahora y que desde entonces ha jugado con nuestras percepciones de grandeza al conjugar insolentemente dos términos tabú en un título que no pierde actualidad, pese (o gracias) a sus veinticinco años de lecturas subrepticias.
    Si nos olvidamos tan fácilmente de nuestros héroes, los que tuvieron las agallas para escribir, publicar y no retractarse de lo dicho, y en su lugar glorificamos a "los que se fueron por la libre", el número de los "nombres que nos nombran" se reduce a una patética docena de poetas muertos, y no precisamente caídos en lo que Martí llamaba "el ejercicio del criterio". El balance final de esta situación hará muy difícil que alguien crea que hubo escritores en Guatemala después de 1954. Con estas actitudes, los partidos de entonces y después, como Augusto Monterroso, José Mejía, Cardoza y Aragón, Luis Eduardo Rivera, Asturias, Monteforte Toledo, Carlos Illescas y Manuel Galich pasan al extraño grupo de dinosaurios de Jurassic Park, ciertos pero falsos, que después de haberse extinguido se conservan todavía en una especie de formol editorial, siendo todavía guatemaltecos pero no "tan guatemaltecos como tú".
    La verdad es que la articulación de estas tres falacias nos está matando, sustentar estas creencias nos está condenando a repetir clichés autocomplacientes y fórmulas anticipables, tanto en lo narrativo como en lo histórico e historiográfico. La crítica, que existe a niveles subterráneos por lo poco perceptible, necesita el espacio tal como la poesía, a la novela y el drama. Una crítica sana, dispuesta a hablar sin ambages y sin compromiso con unos ni con otros fomenta, como la política de hoy, la libre competencia de ideas, la originalidad, la lucha por el lector y su atención pues, en última instancia, y aunque no lo queramos admitir, siempre escribimos pensando en las reacciones de ese lector, el blanco de nuestra "ofensiva final".
    Además de los resultados que inducimos en los autores nuevos al hacerlos creer que la crítica sólo crece si se le ignora, que no tenemos ninguna responsabilidad en fomentarla, y que carecemos de la sabiduría para examinar nuestros principios de tiempo en tiempo, tendremos que pagar por nuestro exagerado homenaje a los héroes caídos, y nuestra no menos exagerada arrogancia al ponernos a su lado como pobres imitaciones. Como resultado final de esta fe que profesamos surge una lista de requisitos para ser autor en Guatemala, que es difícil de cumplir para quien tenga sólo veinte años. De acuerdo con este grupo de creencias, un autor debe reunir los siguientes rasgos:
1) tener experiencias variadas y cosmopolitas,
2) que su obra se relacione directamente con la guerra,
3) poder certificar razones para exiliarse (o haberse exiliado),
4) estar rodeado de un grupo decidido a revelar "la realidad de las cosas",
5) considerar que su responsabilidad histórica es plasmar su testimonio por escrito.
    Ahora bien, ¿qué esperanzas de triunfo y gloria puede albergar este hipotético autor si persistimos en eso de que la única literatura guatemalteca se escribe en el exilio? ¿A dónde ira a parar nuestra fe y nuestra única literatura ahora que Monterroso antologa cuentos tristes y que Illescas escribió poemas en un hospital mexicano? ¿Por qué declararnos vencidos antes de la batalla aduciendo como Darío que "detestamos el tiempo y el lugar en el que nos tocó nacer"?
    La misión que nos impone el futuro es romper las ataduras de la historia. Como habrán notado las mentes prácticas, el consejo de Santayana es tan útil como aplicar las instrucciones de una licuadora a un carro: los errores nos perseguirán siempre que insistamos en leer el texto equivocado. En su lugar, tengamos el valor y el coraje de escribir uno nuevo, una historia libre de ataduras, que los lectores del futuro puedan leer y citar con orgullo.
    Si nos sentimos todavía abrumados, recordemos, como inspiración, que sólo la historia, como fuente de mentiras, le gana a todas las verdades.