El color de la medianoche

 
 
Don Carlos solía pensar que era el mejor de todos los habitantes de la ciudad en la tarea de llenar cubetas de agua. Siempre que había que prepararse para un día sin agua, él se hacía cargo de la operación para que no faltara. Era su responsabilidad, como el hombre de la casa, aunque estuviera retirado, hacerse cargo de esos detalles. Doña Gloria podía supervisar la servidumbre, decidir qué cocinar, comunicarse con los chavalos, pero el agua, especialmente los lunes y jueves, siempre había sido su responsabilidad. De hecho, cada vez que había alguna carestía, él se hacía cargo de conseguir lo que fuere: azúcar, mantequilla, harina, leche, huevos... Tenía su red de contactos en el barrio y, aunque muchos dijeran que era algo pretencioso, nadie podía decir nada contra él.
"Con cuidado, así es como se debe hacer... sin derramar una sola gota," pensaba a veces, mientras vertía agua en un balde grande para llenar el depósito del "sanitario," como le gustaba llamar al asiento más usado de la casa. "Si hubiera un concurso de vertir agua en un depósito, yo ganaría. Nadie ha llegado a mi nivel ni tiene tanta experiencia en este trabajo."
Era uno de esos dos días a la semana en los que no hay agua en algún barrio de Managua de seis de la mañana a casi seis de la tarde. Irónico, teniendo un lago justo en frente, pero el gobierno tenía sus manías y una de ellas era racionar el agua para que hubiera para todos. Así, dos días a la semana, en diferentes barrios de la ciudad, no había agua durante todo el día excepto en oficinas públicas, decían. "Para ellos no falta, pero para uno, ahí sí no les importa... ¡Carajo!"
Por eso, don Carlos había desarrollado una serie de destrezas de las que estaba particularmente orgulloso. Aparte de ser bueno para cocinar ceviches, apreciar un buen whisky, mantener el aire circulando, hacer negocios con sus vecinos, preparar la comida del perro (y, ocasionalmente, disciplinarlo), encargarse de los canarios de su mujer y rescatar la ropa tendida de un chubasco inesperado, don Carlos estaba orgulloso de la originalidad de sus recursos para conservar el agua. Podía convertir cualquier cosa en recipiente: baldes de pintura, botellas plásticas o de vidrio, toneles, recipientes de cocina, cualquier cosa. De hecho, suspiraba por los galones plásticos que veía a veces en los supermercados llenos de jugo de naranja; serían muchísimo más manejables que los recipientes color verde, de un litro de capacidad, en los que guardaba el agua en la refrigeradora. Pero no, ni pensarlo: el jugo de naranja podía tener reacciones químicas extrañas con su líquido purificador. Además está el problema de que si el agua potable se almacena en un recipiente plástico adquiere un sabor plástico. Cierto es que sus recipientes para agua eran plásticos también, pero eran de un litro, y el agua nunca duraba tanto tiempo como para adquirir ese sabor extraño y plástico de la leche, por ejemplo. Por eso ya no compraban leche, porque ya no se conseguía leche en botellas de vidrio de un litro; sólo en cartón y, lo que es peor aún, envases plásticos que a todo le cambian el sabor.
Por eso, pensaba don Carlos, si el agua que almacenaba se le contaminaba con alguna otra sustancia... no era su culpa. El era más que cuidadoso para llenar recipientes con agua suficiente para el día seco desde el día anterior. Dos baldes para la cocina, dos baldes grandes para los baños, un recipiente enorme para lavar la ropa, todo, todo hecho con mucho cuidado y esmero, sin permitir que el agua se perdiera. Y si hiciera falta, había habilitado un enorme tonel plástico, de los que usan en construcción, para guardar agua que se podía usar en los lavabos, porque si no, entre el calor y el hedor no se podía quedar uno en esa casa por mucho tiempo sin tener náuseas. Ya le había pasado una vez, pero no le iba a suceder de nuevo. Gloria... ella ni enterada estaba de los esfuerzos que hacía por mantener agua disponible los lunes y jueves. Es más, a veces ni se bañaba, lo cual le molestaba sobremanera porque él ya había previsto la cantidad de agua que podían usar ambos para bañarse sin afectar sus reservas para el resto del día. ÀQué pasaba entonces? Ella decidía no bañarse y don Carlos terminaba solitario, zumbando sordamente de cólera y regando todas las plantas del patio, regando las macetas, regando el piso del patio también, para que refrescara, hasta que doña Gloria lo veía y llegaba a gritarle:
-¡Qué estás haciendo, viejo, si yo lustré el piso ayer! ¡Para qué le estás echando agua, qué querés hacer!
En realidad quería estrangularla. Era una desconsideración que sencillamente no se quisiera bañar el día que no caía agua de los grifos. ÀAcaso no sabía ella que él hacía lo posible y lo imposible por almacenar agua para que pudieran pasar el día sin angustias? No. Tenía que hacer lo que se le daba la gana.
Al cabo de un tiempo, don Carlos terminó acostumbrándose a la actitud de su esposa con respecto al agua. Para ella era importante usarla para lavar trastos, mantener la casa limpia, lavar la ropa. Si uno no se baña dos veces a la semana no es problema, decía ella, "si no, ahí están los europeos, que no se bañan más que una sola vez a la semana..."
-Sí, pero apestan-rebatía don Carlos.
-Pero no vayás a decir nada de los europeos ahora. Mi familia era europea; mis abuelos vinieron de Alemania y eran más cultos y refinados que la gente de aquí.
-Hasta una mula es refinada en comparación con estos... que nos quitan el agua. ¡Qué creés, que nos quieren hacer europeos estos carajos!
Doña Gloria, antes que dejarlo tronar, le respondía entonces: "¡Querés callarte que no puedo oír la novela!" Don Carlos en silencio, resentido, se iba al refrigerador para servirse un vaso bien merecido de su agua, cuidadosamente tratada con la solución purificadora que le mandaba su yerno el ingeniero de Guatemala.
-¡Te querés bañar el jueves que viene entonces, para guardar más agua!
-¡No sé! ¡Dejame oír la novela!
Siempre lo mismo: a Gloria le interesan más las cosas inmediatas que las importantes. ÀHay agua? Qué bueno. ÀNo hay agua? "Ah, qué se puede hacer."
No pasaría mucho tiempo antes de que don Carlos se sentara a ver la telenovela también, y en la oscuridad de la sala, ventilada por el patio, al cabo de un par de horas la pantalla de televisión terminaba brillando sola, sin nadie que le pusiera atención, don Carlos roncando sonoramente y doña Gloria adormilada con la cabeza de lado, en una contorsión absurda que la hacía emitir un sonido sibilante y rítmico. A las nueve, uno de los dos se despertaba y resucitaba al otro para cenar. Nunca demasiado; doña Gloria seguía cuidadosamente las instrucciones del doctor que trataba a don Carlos dos veces al año desde su operación del hígado. Por eso viajaban a Guatemala, donde estaba el especialista, para ver a sus hijos y para que el doctor examinara a su marido y le preguntara como siempre sobre Nicaragua, sobre la situación política, sobre Violeta, sobre Danielito, sobre la pasta de dientes, si había seguido la dieta, si estaba comiendo grasas o cosas irritantes que le había prohibido. "Nada de eso, doctor, fíjese que ni siquiera lo dejo comer su vigorón" decía ella. Y don Carlos, otra vez, con aire de niño castigado, tenía que explicar que el vigorón había sido su plato favorito desde que la época en que le tocó quedarse por un largo trabajo de auditoría en Granada, y siempre que podía se iba a un comedor pequeño en la plaza central, a darse un pequeño pero bien merecido festín de chicharrones sobre yuca, cubiertos con una ensalada deliciosa a la que él le añadía un poquito de salsa picante.
-¿Chicharrón con yuca?- decía siempre el doctor, sorprendido ante los gustos particulares de su paciente-. Nada de eso, don Carlos, el chicharrón no le conviene. Ya sabe que la grasa no le conviene para nada. Ahora vamos a ver, véngase para acá por favor...
Y siempre lo mismo: pulso, presión, respiración, más exámenes: de sangre, de todo, radiografías, todo lo imaginable, incluso una tomografía, que era meter a su marido en un tubo para sacarle radiografías del cuerpo entero. Todo, dos veces al año. Por eso no encendían las luces ni gastaban demasiado en ropa ni salían: había que ahorrar para ir a Guatemala siempre en mayo y noviembre, a tiempo para comprar ropa y regalos de Navidad que no se consigue nada decente aquí. Por eso rentaban cuartos a viajeros ocasionales y cobraban en dólares para no comprarlos de los coyotes, de las casas de cambio o del banco. Por eso nunca salían y su carro se mantenía en el garaje, haciendo más estorbo que otra cosa. No tenían opción si querían ahorrar; además, el precio de la gasolina era tan alto que resultaba más barato tomar un taxi que salir en carro.
Las noticias de las nueve siempre los pescaban en las mismas: uno cocinando y el otro pasándole a gritos la información. Una vez que la cena estaba lista, la devoraban frente al televisor: cocido de verduras, un poco de carne cocida, leche...
-Allí está el pelón corrupto ese...
-Dejá oír, viejo.
-¿Qué querés saber? ÀQué creés que va a decir este viejo que...
-¡Shhhh!
Don Carlos se callaba.
Al terminar las noticias, ambos se iban a la cama. Sin embargo, don Carlos tenía que ir a asegurarse de que todas las puertas estuvieran cerradas para que nadie entrara en la casa. Sacudía cada puerta con fuerza, como si pudiera medir su solidez, lo que causaba bulla por donde iba: del garaje a la puerta del frente, luego la puerta de atrás, la puerta del cuarto de servicio (y la ventana también), la puerta que atesoraba algunos de sus recipientes de agua, la puerta de los cuartos que daban al patio... Doña Gloria había renunciado a quitarle esa manía porque cada vez que lo trataba empeoraba. Hubo un momento en que don Carlos llegó al punto de revisar la puerta del refrigerador y, cuando era la víspera de un día seco, las cubiertas de los baldes de agua. Al decidir que sería imposible quitarle esa manía a su esposo doña Gloria dispuso verle el lado positivo: "Al menos así sé por donde anda" pensaba ella antes de meterse a la cama no sin haberse cerciorado de que el gabinete del baño y el cajón de la mesita de noche estaban cerrados. Pero cada vez que se daba cuenta de que estaba repitiendo las manías de su marido se irritaba consigo misma y terminaba diciéndose: "Ya me estoy envejeciendo por culpa de este cachascán."
Por eso no era de extrañarse que días antes de salir de viaje los dos empezaran a actuar como si fueran a dejar la casa en cualquier momento. Las revisiones se prolongaban un poco más que lo normal, las sacudidas se hacían un tanto más fuertes (y ruidosas) y los temores de don Carlos crecían conforme se acercaba la fecha de su partida. Era entonces cuando, al salir a revisar la puerta de rejas de la calle, don Carlos se quedaba viendo hacia afuera por más tiempo de lo usual, tratando de adivinar las siluetas que se ocultaban de su vista tras los postes, carros estacionados, en los umbrales, y pensaba en lo fresco que se sentía, en lo raro que se veía el amarillo en la oscuridad, en el color rojo del anuncio del comedor de la esquina, en lo ambiguo del azul pasadas las diez de la noche (Àera azul, gris o verde?). Y aunque la calle estuviera vacía, sabía definitivamente que alguien estaba acechando por ahí, seguro de que en esa casa, donde sólo vivían dos viejos que apenas salían, debía haber cosas de valor, joyas, dinero... Y, con todo, comprendía que, con el calor del día, la noche, fresca, sin colores, tranquila y con una brisa leve que venía del lago, era una tierra inexplorada, virgen, expectante y misteriosa. Y él, en calzoncillos y llevando una bata encima, sentía el aire pasar a través de la tela. Tímidamente la abría para recibir esa frescura que lo hacía envidioso del deshonesto ladrón que esperaba afuera que las luces se apagaran. A lo mejor sólo llevaba una playera y blue jeans, porque la noche no requería andar en prendas ligeras, como durante el día. Con la bata pudorosamente abierta tras las barras de metal, don Carlos suspiraba y pensaba que sería bonito poder salir a dar una caminata con el fresco, el aire, la brisa soplando a su alrededor.
Pero no. A un viejo como él de un palo lo dejaban noqueado.
Una noche antes de que salieran para su primer viaje del año, en mayo, don Carlos revisó todas las cerraduras de la casa, siempre con conocido método de sacudimiento intensivo. Y los compartimientos que no tenían cerradura los dejó "obstruídos" de modo que a cualquier posible intruso le resultara molesto abrirlos. Al preguntarle a su mujer si consideraba prudente envenenar las gaseosas que planeaba dejar en la refrigeradora doña Gloria le respondió a gritos que no, que ni lo pensara, y luego, un poco más calmada, en su tono normal de voz le dijo: "Viejo, si alguien se mete en la casa a mí no me importa que se harte toda la comida con tal de que se vaya después... ÀQué querés, que encontremos la casa llena de muertos?"
-Lo que yo quiero es que si algún maldito se mete en mi casa que lo pague, carajo.
-Pues que lo pague después si lo agarran, pero que no me lo quede debiendo aquí muerto-respondió ella.
Salieron temprano en la mañana para el aeropuerto, con doña Lucy, una de las amigas de doña Gloria, después de dejarle las llaves de la puerta al chavalo que Gloria tenía para ayudarla a limpiar y que se iba a quedar cuidando la casa. Su vuelo salía temprano en la mañana, a las ocho (al menos en martes; Carlos había insistido en que no fuera ni lunes ni jueves), y llegaba a Guatemala a las once y media. Don Carlos y doña Gloria iban medio dormidos, pero el aeropuerto, con su bulla y movimiento los terminó de despertar. Carteles y "pintas" por todos lados presentaban el lugar como un tablero de dibujo colectivo pero, como más de una vez había pensado, Àqué pared en Nicaragua dura limpia más de un día? Rápidamente subieron al avión de TACA que los llevaría a Guatemala y, cuando se dieron cuenta, ya estaban en el aire, oyendo cuáles eran las medidas de seguridad, las salidas de emergencia y todo lo demás. Don Carlos, dispuso dormir un poco durante el vuelo para reponerse de la agitación de levantarse temprano, ver el reloj cada cinco minutos, la prisa, revisar cosas en el último momento y cerrar la puerta firmemente antes de dejar su casa. De todos modos, la noche anterior, fiel a su costumbre, había revisado todos y cada uno de los rincones en los que guardaba sus tesoros... y también había salido a ver si no había alguien afuera, esperando que se fueran a dormir. Como no quería que pensaran que lo hacía sólo por vigilar su propiedad, se quedaba un ratito observando cuidadosamente cada rincón de la calle. Había visto de todo ya: enamorados, carros, taxis, niños jugando, hasta cucarachas en camino a su garaje; si salía a repelerlas estaba seguro de que alguien se aprovecharía de la situación para ponerlo fuera de combate y entrar a saquear la casa, así que todo lo que podía hacer era echar insecticida concienzudamente en la rendija entre la puerta de metal y el suelo y desear fervientemente que el gordo insecto no pasara, o, si no, que se envenenara al entrar para que aprendiera a no hacerlo otra vez.
Don Carlos había decidido que esta noche, por el calor que hacía, saldría sólo con la bata encima, ya no más con la ropa interior. Había sudado todo el día, y por más que anduvo colocando abanicos en todos los lugares donde podía crear corrientes de aire refrescante, no tuvo éxito. ¡Y ni siquiera podía ducharse porque no había agua! A la hora de la cena estaba ya cansado y de mal humor, y en el momento de cerrar la casa no estaba de mejor disposición. El calor y su humor al pensar que tenía que amurallarse contra los ladrones lo hizo pensar, o tal vez soñar, en ese momento: ¿y si sólo su coraje de enfrentar a cualquier ladrón a mano limpia fuera suficiente para espantarlo? Se dejó llevar por sus emociones y súbitamente, "¡Jáaaaa!," abrió la bata ante la calle y el aire fresco envolvió su cuerpo, lo renovó y fortificó como nada en el mundo salvo... Salvo...
¿Salvo qué? El aire estaba tan fresco, la noche se veía tan tranquila, la oscuridad era tan envolvente y el silencio tan placentero que se quedó así, abierto ante el mundo, disfrutando de la suavísima brisa que sin duda venía del lago. Si pudiera dejar la puerta abierta la casa se refrescaría tanto... Ni pensarlo, don Carlos sacudió la puerta exterior de rejas, se cerró la bata y volvió a la casa, considerablemente fortalecido por la frescura de esa misma noche que no perdonaba los colores de la calle. Ahora, en el avión, con aire acondicionado se sentía como en el paraíso: fresco, seguro, sin problemas.
Su hija y su yerno el ingeniero los esperaban en el aeropuerto "La Aurora" ("tan bonito, tan poético," decía doña Gloria, "y el nuestro lleva el nombre de un comunista"), los llevaban a su casa y los dejaban descansar un rato después de que Gloria hubiera llamado al doctor para hacer una cita. Era éste un doctor ("un hepatólogo" corregía don Carlos) que sabía que ellos venían siempre en mayo y noviembre, y les hacía tiempo especial (y, según su hija y yerno, les cobraba "una tarifa especial, especialmente alta"). Siempre salían a cenar con ellos esa noche y les tenían listas toda clase de cosas que no se consiguen en Nicaragua: café descafeinado, té de hierbas, avena, pasta dental, solución para purificar el agua, aspirinas, cepillos de dientes, todos los artículos que les habían dicho que no se podían conseguir en Nicaragua.
Con todo, para don Carlos había una cosa de valor incalculable que abundaba en la casa de su yerno: agua. Las veinticuatro horas del día, fría o caliente, siempre había agua para lavar ropa o platos, regar las plantas, bañar al perro o lavar el carro. Don Carlos, seguro de que nadie podía apreciar el milagro mejor que él, y de que nadie estaría mejor preparado que él si el agua faltara, decidió demostrarle a su yerno cómo su experiencia y creatividad lo habían ayudado a desarrollar todos sus recursos posibles para conservar el agua cuando era escasa, y le preguntó a Estuardo qué haría en caso de una escasez.
-¡Ah, eso no es problema! Tenemos una cisterna llena de agua que puede durar fácilmente cinco días sin mayores problemas ni privaciones.
¡Cinco días de agua!
-Pero cae del depósito del techo...
-No, don Carlos. Tiene una bomba especial que la tira con una presión mínima de cuarenta libras, así se puede tener agua caliente también.
-¿Pero... si está en el tanque tanto tiempo todavía es segura?
-Claro, don Carlos. En Guatemala usted puede tomar agua del chorro sin ningún problema.
Don Carlos, que no tenía idea de que se pudieran hacer semejantes cosas en una casa, sintió una punzada de envidia que decidió ahogar hablando, como siempre, de los problemas que lo aquejaban.
-Miren pués, porque en Managua no se puede tomar agua del grifo, uno tiene que purificarla porque ahora con el cólera es peligroso... ÀUstedes no han tenido problemas con el cólera? Allá está difícil y a esos carajos del gobierno ni les importa, si fuera por ellos que se muera toda la población... Si viera que todo lo racionan ahora: el agua, la luz, todo lo tienen controlado.
-Carlos...- disciplinó doña Gloria.
En el restaurante donde estaban cenando les sirvieron agua, que don Carlos bebió con precaución, y siguieron hablando de la familia, de cómo les estaba yendo en sus trabajos, qué estaban haciendo los nietos, cómo estaban progresando, qué querían ser cuando fueran grandes, los planes de Cristina y Estuardo, cuando iban a viajar ellos a Nicaragua, que la cita con el doctor era al día siguiente a las tres de la tarde.
-¿Quieren que los lleve? Por mí no hay problema, sólo dígame- se ofreció Estuardo.
-No, no, no, cómo va a ser, si es hora de trabajo, no, no queremos estorbar.
-No, si no es molestia, de veras, yo los llevo.
-No gracias, Estuardo, vamos en taxi.
-Mama-intervino Cristina-, aquí los taxis no son como en Managua...
-Si ya lo sé, m'ijita-repuso doña Gloria con un acento especial que significaba "no creás que soy tonta" y una sonrisa para suavizar el efecto-pero mejor vamos en taxi y así nos da tiempo de ver otras cosas también.
-Pero Gloria, si aquí Estuardo nos está ofreciendo...-empezó don Carlos.
-Carlos, ya, vamos en taxi. No hagás la vida difícil que tenemos que levantarnos temprano.
¿Para qué hablar más si Gloria ya había tomado la decisión mucho antes de venir a Guatemala? Don Carlos decidió averiguar más sobre los depósitos de agua, Àcómo era que los llamaban?
-Cisternas, don Carlos.
Se hizo explicar cómo funcionaban al menos cuatro veces. Tanto que la conversación terminó girando otra vez alrededor del agua de Managua, su racionamiento, las formas en las que don Carlos se las ingeniaba para almacenarla, las actitudes de doña Gloria con respecto al baño durante los días de racionamiento ("¡Carlos, eso no es cierto, deja de estar contando mentiras...! ¡Mirá a tu padre, m'ija, mirá como es!") y, para rematar la cena, la opinión de don Carlos con respecto a los que habían decidido racionar el agua managüense, con declaraciones que esta vez florecieron impresionantemente en un terreno mucho más fértil que lo usual, ya que don Carlos lo había abonado con un par de whiskies como aperitivo.
-Las vergüenzas que me hacés pasar por borracho-le reclamó Gloria esa noche, en el cuarto que les habían preparado- ¡Y bien sabés que no podés tomar pero no, ahí vas, y dos por si fuera poco! Gritando como poseído en el restaurante, Dios mío, qué vergüenza, Cristo Jesús...
-Yo no estoy borracho-se defendió. Don Carlos, en Guatemala, había tenido que comprar un pijama de franela porque la noche era demasiado fría. Aquí no había cómo salir a revisar la casa y pararse en la puerta. Los países fríos tienen casas distintas.
-No hablés más, que ni siquiera podés, viejo borracho. ¡Dios no quiera que tus nietos te vean así! Dormite ya, que mañana vas a acordarte de lo que te dije antes de que te tomaras el primer trago.
-Gloria, dos whiskies no me emborrachan. Vos no me conocés.
-Te conozco bien, Carlos. A vos hasta el olor te emborracha. Ahora dormite.
¿Dormir?. Todo lo que quería era estrangularla, como cuando no se baña después de que le tengo toda su agua lista. Lo ponía como para estrangularla. ÀY por qué no? Nadie iba a pensar que él fuera un asesino. Con lentitud se acercó a su mujer en la cama.
-¿Carlos, qué querés? ÀPor qué no me dejás dormir? ¡Estoy cansada, estoy avergonzada, estoy humillada y a saber en qué estás pensando vos, viejo marrano!
Con cierto esfuerzo don Carlos se incorporó en la cama buscando su cuello y diciendo con determinación: "Te voy a estrangular."
-¡Calláte ya, no hagás más escándalos y dejame dormir!-y doña Gloria con un manotazo seco lo regresó a la cama. "Vas a ver," murmuró don Carlos.
-¡Shhh! Ya no más, tenemos que dormir, tenemos que ir a donde el doctor mañana.
No tuvo que decir más: Don Carlos sucumbió al efecto del licor antes de que ella terminara de hablar y se sumergió en un mar de pesadillas con cucarachas amarillas, casas sin cerraduras, gente caminando en la oscuridad mientras él tenía que buscar la cerradura que le correspondía a la llave que tenía en la mano. Sabía que era la de la puerta del frente, la puerta de reja, pero la llave, extrañamente familiar, no entraba en la cerradura. Y eran la una para la otra, así le había dicho Gloria. Y tenía que salir de la casa, necesitaba salir de la casa y por mucho que agitara la puerta y la cerradura no podía. Siguió con otra pesadilla: estaban en un taxi que se hundía en el lago después de haber barrido con la gente sentada en el malecón de Managua, que en su sueño se confundía con el turicentro de Granada, y todo su horror era ahogarse en agua sucia, agua no purificada, esa agua café y viscosa que daba fondo a todos los enamorados que no se podían aguantar a que fuera más tarde, como decía Gloria, mientras se hundían en el lago. Y mientras el taxi se iba entre el agua color café, del mismo color que la calle cuando salía a cerrar la puerta por las noches, como agua sin purificar, agua sucia, llena de inmundicias, se acordaba de lo triste que se veía cuando quedaba agua estancada en la fuente del monumento a Darío después de las tormentas, hedionda y llena de mosquitos a los pies del poeta laureado.
Al día siguiente se levantó como siempre, a las seis de la mañana, con una sensación extraña en el estómago y dolor de cabeza. Gloria, con la cara iluminada de la alegría, ya estaba en el comedor con los nietos. Don Carlos la oyó hablando con ellos antes de que se fueran al colegio en lo que les preparaba almuerzos, daba órdenes a las muchachas y se despedía de Cristina, Estuardo y los niños. Después la oyó revolver cosas en la cocina, hablar en voz baja por aquí y allá, y luego la vio entrar al cuarto con una bandeja.
-¿Cómo amaneciste?
-Ah, vieja, tenías razón...
-¿Viste que no podés tomar nada?
-Ya lo sé, Gloria, ya lo sé, pero hace tanto tiempo que no puedo tomarme un mi whiskito...
-Carlos, yo lo sé, pero tenés que pensar en que el doctor te dijo que no podías tomar nada, pero nada de alcohol-, dijo ella con una ternura que pocas veces le mostraba-ÀPara qué me desvivo yo entonces cocinándote la dieta si a la primera vas y hacés todo lo que tenés prohibido?
Con dos aspirinas se le fue el dolor de cabeza, y después de desayunar se sintió mucho mejor, aunque tuviera que volver a la cama un par de horas para reponerse totalmente y olvidarse del sabor metálico que tenía en la boca. "No le vayás a decir nada al doctor," le pidió a Gloria, "si me pregunta, yo se lo digo."
-Como querrás- le respondió, sin presiones ni reproches.
A la una y media Cristina, antes de salir a trabajar de nuevo, les llamó un taxi para que los recogiera a las dos. Doña Gloria quería ver algunas de las tiendas cercanas al edificio de clínicas del doctor en vez de quedarse sentada en la casa. Tenía ganas de pasear, ver tiendas, ver gente, caminar y tal vez tomar un té con su marido después de su cita con el doctor. Don Carlos no estaba demasiado entusiasmado con respecto al proyecto; sin embargo, se le ocurrió que sería una buena oportunidad para ver si toda Guatemala estaba igualmente equipada con cisternas y agua fría. ¡Cómo no iba a caer fría el agua si el clima es tan helado! Pero salía con tanta fuerza, con tanta abundancia que no se veía ni siquiera en las oficinas públicas de Managua desde tiempos de Somoza, cuando todo abundaba, cuando no tenía que preocuparse por el agua y podía conseguir whisky por todos lados. Recordó que en el viaje que hiciera con Gloria a Miami, en el apogeo de su prosperidad, cuando compraron el televisor y el equipo de sonido (que ya no funcionaba), era exactamente lo mismo: agua por todos lados, fresca, limpia, pura, abundante, clara, no como la del lago, que daba náuseas.
Mejor no pensar en el lago. Mejor no pensar en Managua, con la catedral ("fíjese, era la más bella de Centroamérica después de la de León") frente a la plaza ridícula de la Revolución y el Palacio Nacional, ahora todo descuidado después de haber sido tan impresionante. Y con los retratos enormes en la fachada. No, mejor no pensar en Managua.
Doña Gloria se vistió elegante, se maquilló con cuidado y se encargó de que don Carlos no saliera todo desarreglado a la calle. El taxi los llegó a recoger y los llevó a un edificio grande, de apartamentos, oficinas y comercios que Cristina le había mencionado a su madre durante el almuerzo. De ahí, caminando, podían llegar a las clínicas del Centro Médico, donde los esperaba el doctor a las tres.
Lo primero que notó Carlos al llegar, antes de que Gloria le diera un discreto codazo para pagarle al taxista, fue la fuente. El agua surgía límpida, en chorros, formando arcos a la orilla del área donde había un montón de mesas de un restaurante con nombre gringo. Toda la gente ahí se veía próspera, tranquila, sin preocupaciones. Un carro estacionado con un gran letrero estaba por ser sorteado a beneficio de una organización. Gloria estaba extasiada viendo la vitrina de una joyería mientras su marido, con la mirada en el vacío, parecía estar pensando en comprar un boleto para la rifa.
Pero no. Don Carlos estaba cautivado por el sonido de la fuente; el hipnótico ruido del agua al caer, tan transparente como el agua misma, sin tono ni timbre. Y, como le había dicho su yerno la noche anterior, toda esta era agua potable. ¡Lo que es jugar con las cosas valiosas que uno sólo aprecia cuando le faltan! Aún bajo el efecto tranquilizador del agua, don Carlos empezó a observar a la gente a su alrededor: un montón de caras de todos tipos y colores, muchas sonrientes, otras simplemente indiferentes, padres jóvenes llevando niños en carruajes floreados y comiendo hamburguesas que rebosaban de salsa de tomate. Esta gente parecía estar gozándola. Y sin cerveza ni bromas. Entre el agua de la fuente y el cuadro idílico de felicidad familiar, el ruido de la música desaparecía casi por completo, ahogado por las conversaciones animadas de gente contenta que, sin duda alguna, se bañaba todos los días y no tenía por qué acarrear agua de un lado para el otro en sus casas, ni andar mojando pisos o moviendo "ventiladores" (¡qué nombre para los abanicos eléctricos!) para refrescar sus casas cuando hacía calor. Y si tenían frío no había problema: se podían bañar en agua caliente sin ningun inconveniente, y echarse suéteres encima, y guantes y todo lo demás, en lugar de tener que andar en bata a medianoche, cerrando las puertas y asegurándose de que estuvieran firmes y observando la calle con cuidado para ver si había gente sospechosa por ahí.
-Venite-le dijo Gloria, sacándolo de su trance-o nos vamos a atrasar.
A medida que caminaban hacia la clínica del doctor don Carlos se preguntaba si todas estas gentes estaban conscientes de su fortuna. El sol brillaba, había niños jugando alrededor, prosperidad evidente, nada de polvo ni tierra, aceras uniformes y limpias y, para completar el cuadro, tras la verja en cada casa podía ver una manguera conectada a un grifo de agua. Y la manguera no estaba seca. Y la grama y las flores estaban verdes, en pleno fulgor. Con estos pensamientos entró don Carlos a la clínica del doctor. Después de haberse quitado la camisa para ser auscultado, medido, palpado, obligado a respirar y espirar, interrogado sobre sus comidas y bebidas admitió su culpabilidad de los whiskies de la noche anterior y aguantó estoicamente el sermón del doctor sobre los peligros que acarreaba el alcohol para un hombre con problemas del hígado como él. "No es que usted se vaya a volver alcohólico, no crea que le estoy hablando así por esa razón. Todo se reduce a que después de la enfermedad que tuvo y la operación que se le hizo, su hígado se quedó demasiado débil y ya no puede trabajar como antes. No es cuestión de edad, don Carlos, sino de salud. Yo conocí gente que tenía problemas similares al suyo, pero jamás llegaron a donde está usted. De hombre a hombre, y disculpe que esté aquí doña Gloria, usted puede darse gusto, don Carlos, pero con cariño, y echarse un traguito muy pero muy de vez en cuando, siempre y cuando sea una media onza nada más, porque su hígado no puede tolerar más. Y eso cada muerte de obispo, don Carlos. Como le dije, muy de vez en cuando. Para su cumpleaños, digamos... y seis meses después, pero nunca dos whiskies en una noche, don Carlos, no, eso es demasiado."
-Tiene razón, doctor, tiene razón.
-¿No lo va a volver a hacer, don Carlos?
-Por supuesto que no.
Doña Gloria intervino para abreviar la humillación preguntando "¿Té sí puede tomar, doctor, té de hierbas?"
-Eso sí, pero nada del té ordinario. Pruebe el té de tilo, de menta, de manzanilla, de pericón, pero nada que tenga cafeína, don Carlos. Ahora, si le gusta el café, siempre se puede tomar una su taza de café descafeinado si quiere también.
-Es que camino para acá vimos un cafetín que me gustó-. Don Carlos se extrañó al oírla decir "cafetín," tal vez se lo había oído a Cristina o a Estuardo. Ellos nunca iban a cafetines.
-Es en este edificio que está a unas tres manzanas de aquí... que tiene un nombre espacial, creo.
El doctor se acordaba, cómo no, pero cuando don Carlos suplió el detalle de la fuente y el carro, entonces les recomendó que fueran a una pastelería no muy lejana donde podían comer pasteles "que van con la dieta de don Carlos, para que no se sienta tentado de probar algo diferente." Después de las referencias para los exámenes de los siguientes días, don Carlos y doña Gloria salieron a tomar una taza de té y compartir una rodaja de pastel en silencio, caminaron a una esquina llena de taxis y regresaron a la casa de Cristina y Estuardo. Siguieron una rutina casi idéntica durante el resto de su estancia en Guatemala, excepto por la manía que desarrolló don Carlos de ir al "cafetín" (en Guatemala nadie dice "cafetín," pues significa un café pequeño, no como en Managua) y contemplar el carro, la gente, las tiendas a su alrededor y la fuente.
-La verdad es que estoy cansado, cansado de todo-le dijo Carlos a doña Gloria una tarde, cuando inesperadamente interrumpió su silencio. Gloria pensó que estaba insinuando algo más, un reflejo de lo que debía sentir de tanto acostarse en camas frías, sin camisa, con los pantalones un poquito más bajos de lo que le gustaría y teniendo que obedecer instrucciones como "Muy bien, don Carlos, ahora tómese esto, por favor," "Gracias don Carlos, ahora quítese la camisa, por favor," "Bien, don Carlos, ahora quietecito un minuto, por favor," "Perfecto, don Carlos, ahora haga un puño con su mano izquierda, por favor."
-No, viejo, no te pongás así...- empezó para calmarlo. Es molesto que lo manejen los médicos a uno como si fuera trapo: lo examinan, le dan vueltas, lo ponen al revés y sólo para decirle que no hay problema. Aunque, ahora que lo piensa, menos mal que es esa la última cosa que oye de los doctores.
-Vieja, ¿qué creés? ¿Que me gusta volver? ¿Que quiero regresar a acarrear agua cuando aquí la desperdician así, en fuentes, por todos lados? ÀCreés que no me gustaría llevarme todo esto a la casa? ¿Será que uno puede tener una conección directa desde aquí a Managua para no tener más problemas? No sé. Estoy desvariando como la vieja loca de la Violeta. Lo que pasa es que yo ya estoy viejo, Gloria, me duele la espalda, me duele la cabeza cuando me levanto temprano, me siento mal a la hora de acostarme, ya no aguanto el calor... Estoy cansado, Gloria, de verdad. Cansado de todo...
La pobre doña Gloria se alarmó. Nunca, en sus treinta y cuatro años de casados, había oído hablar a su marido de esa forma. Se quejaba, sí, pero del gobierno, de la falta de leche en el mercado, de que el perro no se comía la comida, pero nunca había claudicado así de todo. Le dio miedo, se dio cuenta de que necesitaba a ese viejo irritante que lavaba las ventanas, pisos y paredes que ella ya había lavado, que corría a rescatar la ropa de la lluvia, que se quedaba sin protestar donde ella le dijera, y le dio miedo que se le quisiera ir. Con ternura le tomó la mano y, aunque la voz le temblara un poco por la falta de costumbre, le susurró "Viejo, si yo te quiero."
Don Carlos permaneció inmutable, contemplando los múltiples torrentes transparentes que cantaban al caer no muy lejos de ellos. Estaban en las mesas del restaurante de hamburguesas, desde donde se podía ver todo lo que a don Carlos le gustaba: el carro, la gente, las tiendas, el agua, el sol, y sentir la brisita juguetona de las cuatro de la tarde. Se volvió hacia su mujer, al cabo de unos minutos con una sonrisa de niño complacido, la miró como no lo hacía desde hacía años, quizá, también, por la falta de costumbre, y le sonrió tierna, cálidamente. Doña Gloria ardió en sonrojo, como en sus días de colegiala, y se sintió aliviada, livianamente feliz. ¡Qué haría ella sin su Carlos!
Después de su visita de fin de semana a la Antigua con sus hijos y nietos, don Carlos y doña Gloria viajaron de vuelta a Managua. Como habían convenido desde antes, doña Lucy los esperaba y, naturalmente, don Carlos y doña Gloria le habían traído lo que ella les había pedido ("la medicina para la artritis de Julio, viera que cómo es de barata allá") y un par de cosas más. Gloria traía escondidas en la maleta todas las pequeñas cosas que no se conseguían en la Nicaragua postsandinista: el café descafeinado, té de hierbas, jugo de frutas en polvo, galletas de mantequilla, avena, pasta dental especial. Carlos llevaba sólo la ropa, porque siempre registraban a los hombres más que a las mujeres. Nunca habían tenido un problema, pero era mejor prevenir que lamentar y que los metieran presos por contrabandistas.
De vuelta en casa, a pesar del calor, se dieron cuenta de que Jorge, el chaval que les cuidaba siempre que se iban, los estaba esperando. No, no había tenido ningún problema. No, todo había estado tranquilo. Sí, había mantenido los depósitos llenos de agua, en caso de necesidad. No, como va a ser, no les había metido mujeres en la casa, no...
Gloria le pagó, Carlos le regaló una camiseta y Jorge se fue contento, ofreciendo regresar al día siguiente para limpiar las ventanas, que era lo que se le había olvidado, y tal vez cualquier otra cosa que ellos creyeran...
-Ya voy a ver, Jorge, pero mañana sí. Tal vez sería bueno que te dieras una vueltecita para limpiar las ventanas.
Y cerró la puerta.
-Haragán, bueno para nada, vividor-murmuró don Carlos-¡Mirá cómo dejó el refrigerador, si hasta la comida del perro se comió!
-¡Ah! Bueno, entonces que lo limpie mañana.
-¿Al perro?
-No, Carlos, no. Si dejó el refrigerador casi vacío, bueno, que lo limpie. Ya tocaba de todos modos.
-Ya tocaba, ya tocaba, ya tocaba... como que si este se pasó todo el tiempo haciendo lo que se le dijo. Te apuesto que no tocó la escoba todo el tiempo que estuvimos fuera y hasta ayer limpió la casa y por eso se le olvidaron las ventanas. A saber qué cosas hizo aquí. Voy a revisar los cuartos y los baños, vas a ver cómo tengo razón.
A doña Gloria le daba igual. Lo que importaba era que hubiera alguien en la casa, que no se viera abandonada y muerta porque entonces cualquiera entraba. Los cuartos se habían quedado bajo llave, y Jorge era un buen chavalo. Un poco tontito, pero buena persona. Si se había acabado la comida del refrigerador no le importaba; era mejor que alguien la hubiera aprovechado y no tener que tirarla por haberse descompuesto durante su ausencia, como de seguro hubiera pasado. Cuando menos Carlos había vuelto a ser como antes: luchador, fiero, agresivo. Le había asustado a doña Gloria que desde aquella tarde en el cafetín, aún cuando se habían ido con los chavalos y los nietos, se hubiera estancado en esa actitud que la asustaba y hubiera dicho todavía un par de veces después que estaba cansado, cansado de todo. ÀY ahora? A pesar del vuelo, de haber salido a las diez de la mañana para llegar a las dos a Managua, cuando el sol pegaba duro, allí estaba su marido, como siempre, revisando cosas, viendo si algo faltaba, abriendo y cerrando cuanto compartimiento hubiera en la casa, sin olvidar, claro, llenar recipientes para el agua porque el día siguiente, jueves, sería otro día "seco."
Don Carlos encontró, con cierto placer ya que probaba que Jorge no era confiable, que no todos sus valiosos recipientes estaban llenos. Cuando recurrió a su fuente de emergencia, el tonel plástico que mantenía en el patio de atrás, lo que vio fue ya demasiado: un mosquito enorme caminando sobre la película que se había formado encima del agua. Cierto es que se veía transparente, pero esta agua, definitivamente, aunque la hirvieran cuarenta veces no era potable. De plano que ese chavalo irresponsable la había descuidado, porque de otro modo no se podía explicar don Carlos cómo se había contaminado su agua. Estaba casi como la del lago, con la misma superficie viscosa, fea, de pantano. No se podía usar esa agua para lavar, sólo para los sanitarios. Mientras doña Gloria hablaba por teléfono para ponerse al tanto de lo que había pasado en la telenovela, don Carlos empezó, frenético, a llenar sus cubetas de agua (no sin remojarlas antes, claro está), a fin de tener agua limpia que pudieran usar durante el día. Y llenando recipiente tras recipiente, don Carlos se esforzaba con dedicación, sin derramar nada de agua a su alrededor. Se había puesto como condición que el lugar donde manejara agua tenía que quedar tan seco como si nadie hubiera hecho nada allí, y cada poco que se le caía era una afronta a su destreza.
¡Qué poco sabían Cristina y Estuardo de lo que les tocaba vivir día a día en esta ciudad que había sido tan bonita, tan alegre! Ahora sus padres tenían que cuidar el agua de gente como Jorge, este irresponsable que no sabe lo que es trabajar. ¡Qué poco sabían los que estaban en el gobierno de como iban las cosas para la gente decente! Ahora tenían que vivir a merced de circunstancias humillantes como calcular el jabón y el detergente, la leche, la mantequilla, la crema agria (que tenía la aprobación del doctor), la luz y hasta el agua. Y todo por culpa de...
-Carlos, vení y ayudame a sacar la ropa.
Mientras desempacaban, don Carlos le dijo a su mujer, con la indignación que ameritaba el caso, que Jorge se había aprovechado de las reservas de agua también. "ÀYa viste que no podés confiar en él? Yo te lo he venido diciendo desde el principio pero no, tenías que hacerle caso a la loca de la Carmen ésa y ahora no tenemos agua. Nada de agua para mañana, Àqué te parece?
-Ay, Carlos si yo ya lo sabía, si el Jorge nos dijo ya, cuando vinimos, que usó el agua que quedaba y que llenó todos los baldes que encontró. ¿Cómo querías que el hombre se quedara aquí diez días?
-Es un abuso de todos modos...
-No, no lo es. Ahora dejame descansar, por favor, que vos te dormiste en el avión y yo te estuve despertando cada vez que pasaban algo de comida.
Derrotado, Carlos preguntó:
-¡Aj!... ¿Cómo siguió la telenovela, me podés contar?
Dieron las seis. Carlos se despertó, se bañó, el tiempo no estaba tan frío como en Guatemala, la humedad y el calor lo terminaron de secar, fue a sentarse ante el televisor, a oscuras, y empezó a ver el noticiero. O lo que cayera a esa hora en el canal 7. Sin darse cuenta, casi, se deslizó en la rutina que no había echado de menos durante su viaje (tantas cosas nuevas que ver, tantos signos de opulencia, tanto bienestar) y así, a la hora de siempre no sintió la diferencia de tiempo y, sin recordar la última vez que había cerrado las puertas de la casa, empezó su recorrido nocturno por todo el lugar, mientras doña Gloria, que no olvidaba, "gracias a Dios que no cambió, que sigue siendo el mismo... menos mal que no renuncia; lo prefiero así, lo quiero más así que derrotado, como se me puso allá. Tal vez el clima, no sé, o la agitación, pero menos mal que volvió a la normalidad."
Hacía demasiado calor. Don Carlos andaba con su bata encima después de haberse quitado, casi inadvertidamente, la ropa interior. Y, como quien repite una tarea que ya creía olvidada, como alguien que disfruta de su memoria perdida y recién recuperada, don Carlos recorrió la casa desde el fondo hasta el frente, revisando candados y cerraduras, y dándole a cada puerta de cuarto o gabinete unas cuantas sacudidas para confirmar que estaban seguras contra cualquier intrusión. La puerta del cuarto de servicio, los cuartos que daban al patio y sus ventanas, las ventanas que daban a la calle, la puerta del garaje, la doble puerta de la cocina y, por último, la doble puerta del frente.
Al tocarla y sentirla fría, y percibir una ligera brisa fresca que venía por debajo de la puerta, don Carlos recordó la última noche que asegurara su casa contra los ladrones. ¿Y si Jorge le hubiera dado a alguien la llave para hacer una copia? No, no podía haber sido de esta puerta. La brisa fresca le trajó a la mente las imágenes que creía olvidadas: el color de la acera, el letrero de cerveza Toña que se veía rojo aún a esa hora, los carros estacionados que siempre cambiaban de lugar, la luz que iluminaba débilmente algunas fachadas. Pero, sobre todo, el bienestar supremo, la tranquilidad del viento, que soplaba a esa hora como si uno estuviera frente a Tiscapa. Don Carlos se abrió la bata, esta vez más que seguro de que no había nadie en la calle. A medida que abría la cerradura dejó que la bata se le deslizara sobre los hombros, sin dejar de pensar en lo frío, lo fresco, el viento, la calma de la noche, en la que podía abrir la puerta para bañarse en viento. Al carajo con el calor, al carajo con el agua.
La bata yacía en el suelo cuando don Carlos abrió su puerta a la calle esa noche. Sin embargo, como declarara más tarde una vecina que estaba no muy lejos del lugar, "en lugar de revisar si la puerta de hierro estaba bien cerrada, se quedó viendo hacia afuera, como si fuera un enorme mico blanco y panzón entre rejas. Yo sólo pensé que ya no se podía hacer nada, que el viejo finalmente se había vuelto loco. Lo que se me olvidó fue que no estaba sola."
¡Ah, de la noche y su frescura! ¡Ah, de su tierno abrazo protector! ¡Ah, de su silencio, refugio de angustias lacerantes y besos furtivos! Don Carlos se sentía poeta, más que poeta, sobrehumano. ¡Ah, de la oscuridad de terciopelo y la inocencia...! Un suspiro llenó sus pulmones de aire fresco y puro, se emocionó hasta lo más profundo, tanto que sintió lágrimas a punto de salir de sus ojos, y cuando recorrió la calle con la mirada sus ojos se encontraron con un pequeño vestido amarillo al que la noche no le había alterado el color, y con la cara de una niña que lo observaba con cierta curiosidad y el dedo en la boca. Don Carlos sintió un flujo de sangre subirle a la cara, signo seguro de un sonrojo, y sus rodillas empezaron a vacilar; empezó a tambalearse y caer justamente antes de oír una voz infantil y candorosa.
-Mama-dijo la niña-¿qué le pasa al señor que está en pelota?