"DIOSA" c. 1960.
Lápiz y papel, 15 x 50 cm


Max Saravia Gual
(1919-1995)


Por Lucrecia Méndez de Penedo*

PERFIL: UNA TENAZ VOCACIÓN

Como muchos niños destinados a ser artistas, Max Saravia Gual inició sus tanteos con una caja de óleos que le regaló su padre. Contribuyó a acentuar su vocación la compañía de un amigo de infancia junto con quien fabricaba sus propios juguetes. Ambos niños habitaban en un viejo barrio del centro de la Ciudad de Guatemala, donde el maestro Saravia Gual nació el 28 de septiembre de 1919 y donde reside todavía. Asimismo, fue importante el estímulo de uno de esos maestros antañones, llamado Francisco García, en la famosa Escuela "República de Costa Rica", establecimiento donde se formaron figuras muy significativas de la vida cultural y política guatemalteca. Por otro lado, desde muy joven Saravia Gual desarrolló otra afición que lo habría de acompañar por largos años: la práctica de deportes.
Adolescente, durante la década del treinta ingresó en la única institución donde un joven de la clase media --sin acceso a libros viajes, museos-- podía desarrollar sus inquietudes artísticas, dentro del contexto de la dictadura de los 14 años (1931-1944) del general Jorge Ubico: la Academia de Bellas Artes.
Este centro, dirigido entre otros por el pintor Humberto Garavito, ostentaba un título más pomposo que real. Consistía de un modesto edificio, pocos maestros, una escasa biblioteca, exposiciones y becas prácticamente inexistentes. De tal manera que, sea a nivel gubernativo sea a nivel de estudios, se carecía de motivación para la creación artística.
Bajo la dictadura ubiquista no existía una política cultural gubernamental, ni mucho menos una infraestructura propicia: museos, bibliotecas, salas de exposición, concursos. En general, los artistas eran ignorados o bien hostilizados si cruzaban la línea de "prudencia" que el régimen trazaba a manera de censura indirecta.
Como ejemplo puede mencionarse que, para conmemorar el cumpleaños del "Señor Presidente", se celebraba la Feria de Noviembre, un acontecimiento singular para la entonces pequeña urbe guatemalteca. En esta ocasión, los pintores lograban un cierto protagonismo. Se les colocaba en un espacio al aire libre, donde pintaban a los "indios" que anualmente se traían para exhibición, lo que constituía un doble espectáculo en esta feria más bien provinciana.
Sin embargo durante algunos años y para estas festividades, se organizaron concursos de pintura, donde prevalecía el paisajismo y temática regionalista de pintores ya establecidos como Ovidio Rodas Corzo, Antonio Tejeda Fonseca, Alfredo Gálvez Suárez, entre otros(1).
Entre los maestros que tuvo Saravia Gual, según pláticas sostenidas con él,(2) recuerda a Enrique Acuña, quien lo introdujo en el área de Dibujo, y a Julio Urruela para la Historia del Arte. Urruela fue vitralista de las piezas que conforman la ventanería del Palacio Nacional, construido por el gobierno de Ubico y situado a un costado de la antigua Plaza de Armas. (Precisamente, Saravia Gual posó como modelo para el vitral "La leyenda de león"). Gozaba el maestro Urruela de acomodada posición, lo que le permitía para completar la parte expositiva del curso, llevar sus libros para que los alumnos pudieran apreciar, por medio de las láminas ilustradas, las corrientes principales de la Historia del Arte. Esta experiencia en el aula constituía el único contacto directo de los futuros pintores y escultores con las obras maestras.
Entre los escasos y tenaces estudiantes de la Academia, se encontraban algunos que posteriormente serían figuras destacadas de la Generación del 40, (3) en el filón de la plástica, y con quienes hasta la fecha el Maestro Saravia, ha sostenido entrañable amistad: Juan Antonio Franco, Roberto González Goyri, Guillermo Grajeda Mena y Dagoberto Vásquez.
No obstante las limitaciones, la Academia fue importante para la inicial formación técnica de estos artistas, sobre todo por medio de los cursos impartidos durante los primeros años. Paradójicamente, la carencia de recursos pedagógicos actuó positivamente al propiciar un ambiente de gran libertad para la creación individual, por cuanto no existían ni modelos, ni tradición "cultos" (4), locales o universales a los cuales ceñirse, modificar o destruir. De tal manera que existía una apertura y tendencia a "hacerse a sí mismo", (5) por el camino que cada quien considerara como más idóneo a su temperamento y habilidades. Esto generó estilos muy diferentes entre dichos artistas, ya que la mayoría practicó desde el figurativismo hasta el abstraccionismo.
Desde inicios de la década del cuarenta, se empiezan a escuchar voces de descontento con el régimen. En el caso de los jóvenes artistas, estos ya no se conforman con paliativos como regalos de lotes de libros y exposiciones de retratos en clubes privados. (6) Es decir, con ceremonias y actos celebrativos de ocasión.
Cuando triunfa el movimiento reformista democrático conocido como la Revolución del 44, el gobierno progresista dirigido por el Presidente Juan José Arévalo, humanista iluminado, procede a crear las bases no sólo de una moderna y equitativa infraestructura sociopolítica, sino también cultural artística.
En efecto, durante la década de los gobiernos revolucionarios (1944-1954) de Arévalo y su sucesor, Jacobo Árbenz, se estimuló la creación artística y se establecieron contactos e interrelaciones con el extranjero. Se proporcionaron becas, se publicaron libros y revistas, se llevó a cabo una masiva campaña de alfabetización, se convocó a concursos, se trajeron exposiciones y se favoreció la visita de artistas extranjeros. Por otro lado, se reestructuró y amplió el Conservatorio Nacional de Música, se crearon la Orquesta Sinfónica Nacional, el Ballet Guatemala, la Dirección General de Bellas Artes, promotora del anual Certamen Permanente del 15 de septiembre, que comprende la diversas ramas de la producción artística.
Se fundó la Escuela Nacional de Artes Plásticas, que vino a renovar y actualizar a la antigua Academia de Bellas Artes. El sector privado también empezó a participar esporádicamente, por ejemplo, con salas y grupos de teatro, o con exposiciones de pintura
Durante este período, más propicio a la actividad artística, Max Saravia Gual pudo dedicarse con mayor sistematicidad a la profesión de pintor y escultor, realizando también escenografías para teatro y danza. Asimismo, desde esa época trabajó por muchos años en la elaboración de carrozas para el desfile bufo universitario --la Huelga de Dolores-- que retomó la tradición de realizarse una semana antes de la Semana Santa. A la par, también realizaba las andas alegóricas que le encargaban algunas cofradías para las suntuosas y solemnes procesiones religiosas capitalinas. Paralelamente a estas actividades, el maestro Saravia Gual ha desempeñado otro tipo de labores no relacionadas específicamente con la práctica artística, pero que le han proporcionado el sostén familiar.
Su labor docente ha sido muy importante y apreciada en el medio guatemalteco. Impartió clases como maestro de Modelación para Cerámica en el Instituto Industrial, durante siete años y luego, de Decorativa, en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, por cuatro años. En 1965 tomó posesión de la Dirección de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, desempeñando dicho cargo durante quince años.
En 1971 comenzó a impartir clases, como uno de sus fundadores, en la "Escuela Municipal de Arte al Aire Libre del Cerro del Carmen", en una hermosa ermita localizada en uno de los barrios más antiguos de la ciudad. Este fue uno de los proyectos que surgió durante la administración municipal de Manuel Colom Argueta, líder de tendencia socialdemócrata, quien desarrolló una política de proyección y acceso a la cultura para los vecinos de la capital, posteriormente, la Escuela corrió el riesgo de desaparecer durante algunas gestiones municipales que aducían falta de fondos. Sin embargo, la tenacidad del Maestro Saravia la mantuvo a flote y actualmente esta institución acaba de celebrar su vigésimo aniversario. Como justo homenaje a uno de sus fundadores --y luego Director--, los alumnos dispusieron ponerle el nombre "Max Saravia Gual" a la Escuela.
A lo largo de su vida artística, Saravia Gual ha practicado tanto la pintura como la escultura, mediante un amplio espectro de técnicas. En escultura es uno de los pocos que actualmente saben tallar la piedra y el mármol en Guatemala. Como sucede con este tipo de obras, el alto costo del material, la dificultad de transportación y el escaso mercado de adquirientes ha determinado que su escultura, de gran vigor y calidad, la haya producido esporádicamente. En pintura ha sido mucho más prolífico, y confiesa que admira y se siente identificado con la obra de Gaugin y Van Gogh.
Su obra artística ha sido expuesta en exposiciones colectivas e individuales dentro y fuera de Guatemala. Ha recibido numerosos homenajes. Entre ellos cabe destacar la orden "Francisco Marroquín", que el gobierno de la República le confirió por sus méritos como docente, el 25 de junio de 1980.
Actualmente el maestro Saravia Gual se encuentra jubilado y dedica su tiempo a la Escuela que lleva su nombre y a su propia creación, aunque a un ritmo más lento. Son proverbiales su generosidad --reconocida unánimemente por quienes han sido sus alumnos--, y su modestia. Rasgos que, de alguna manera, se filtran en su obra artística, incisiva y sin aspavientos retóricos.

Maternidad
Talla directa en mármol, .80 x .60 x .38 cm

 

SU PINTURA: NACIONALIZACIÓN DE LO BÍBLICO

Una parte significativa y constante de la producción pictórica de Max Saravia Gual, en la cual predomina el tema social agrario, revela la huella de las posturas ideológicas provenientes de las corrientes reivindicativas socialistas y populistas, dominantes en la década revolucionaria en Guatemala. Sin embargo, esta constante cobra originalidad en su obra, no propiamente por el registro testimonial de su inconformidad con la injusticia, sino por la reelaboración imaginativa de los códigos culturales bíblicos que ofrece la tradicional iconografía cristiana.
Esta reapropiación en clave nacionalista da un tono singular a sus Piedades, Anunciaciones, Sagradas Familias, Pasiones y Madonnas, inconfundiblemente guatemaltecas y, por ende, latinoamericanas. El Maestro Saravia Gual actualiza lo arcaico, no con afán estetizante, sino develando las llagas sociales por medio de lienzos que producen una inquietante llamada de atención.
Dentro de este filón se encuentra El Mesías Agrario, (acrílico, 1974, colección privada), una de sus obras maestras. El cuadro presenta la Pasión de un hombre --insecto más que la de un hombre-- dios. Dos grandes ojos vidriosos colocados en una faz descarnada, hecha como de jirones vegetales. Cruza el rostro un rictus que deja entrever dientes de nazareno barroco guatemalteco, y que recuerdan la hermosa imagen de Miguel Angel Asturias en su poema "Jesús de Candelaria". "Y la sal en granitos de tus dientes". (7)
Una piedad miserablemente rural constituye la imagen central de La última plegaria (óleo, 1987). El rostro de la Madre se enjuta cadavérico --quizás más que el del Hijo muerto que sostiene en brazos--, contrastando la dramaticidad de ambos con los colores restallantes de vida del vestuario y del miserable entorno, que hacen aparecer a Madre e Hijo más desolados.
En La Madonna del Barroco (óleo, 1990), Saravia Gual abandona la miseria rural por la del lumpen que ha surgido cancerosamente alrededor de la ciudad de Guatemala. Las carnes magras y escasas, los colores mortecinos, se cristalizan en una figura larga --sin misticismo, como en el Greco, por ejemplo--, que tiende la mano en inútil esperanza.
Saravia esculpe con la presión del Lápiz una Sagrada Familia de payasos en La Cena del payaso (grafito, 1979). El grupo exhibe su miseria en las viandas frugales, los zapatos raídos, la candela por terminarse, pero sobre todo en la expresión de tres tristes y longilíneas figuras que miran de frente desesperanzadamente. Sin el consuelo eucarístico de las Últimas Cenas. El uso de esta técnica resulta muy eficaz para captar el sentido de un mundo sin lozanía, es decir, sin colores. Como paralelismo compositivo en torno a la animalidad de la miseria, al fondo acentúa el tema --casi de manera cruel--, un asno que también cena su magra ración.
Condensa en su rostro toda una vida de miseria El trabajador campesino (óleo, 1987, colección privada). El indio carga sobre sus hombros el peso de su trabajo; su cruz a cuestas. Suya y de todos los oprimidos. El punto focal lo constituyen los dos pozos almendrados de su mirada, agobiada y dulce al mismo tiempo. Como asombrada frente a su propio dolor.

SU ESTILO: LA PRECISIÓN DE LA MIRADA

Saravia Gual despliega una técnica que se ha convertido en estilo inconfundible. A través del diseño preciso, elabora un hilo que va tejiendo estructuras circulares y ovoidales que sirven de sólido entramado al dibujo y al color. Las composiciones forman un caleidoscopio, un prisma de equilibrio armónico en donde cada punto que lo sostiene forma una infraestructura recia y liviana a la vez.
Esta especie de burbujas, de enlaces entre los elementos, conforma intersecciones que revelan cambios de luz y sombra, con cuidadosas y milimétricas superposiciones. Estructuras exactas que trazan una base sólida para sostener la angustia y ternura que signan su pintura.
Una apreciación panorámica de la obra pictórica de Saravia Gual revela como motivo recurrente los ojos. Mejillas excavadas --sean niños o adultos--, cinceladas en rostros hambrientos de todo y, sin embargo, dulcísimos. Ojos palpitantes, como de insectos, de seres extraterrestres --y sin embargo tan próximos en su dolor y miseria. Ojos definidos y rotundos, en cuaresma íntima, que revelan la inocencia lastimada. La expresión es absorta, como recordando paraísos desconocidos y ajenos.
Saravia Gual no esconde la verdad trágica de la historia, ni se deleita con pseudofolklorismos, sino que con rigor y honestidad lleva al lienzo la esencia de la problemática guatemalteca y tercermundista. El Maestro Saravia Gual se enfrenta al problema de la desigualdad social acercando sus figuras a las de los Bienaventurados del Sermón de la Montaña. En un sentido profundo, su pintura revela el acoso, la violación a la natural y humana inclinación hacia la felicidad.

Guatemala, octubre, 1991
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*Licenciada en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala con estudios doctorales en la Universidad de Siena, Italia. Catedrática de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

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(1) Vid Ovidio Rodas Corzo, "Las Bellas Artes en la Feria" Guatemala: Diario El Imparcial, Noviembre 20, 1937.

(2) Este trabajo está basado, en parte, en entrevistas gentilmente concedidas por el Maestro Saravia Gual. Asimismo, fueron muy ilustrativos los comentarios proporcionados por los artistas de la plástica Óscar Barrientos, Luis Díaz y Efraín Recinos).

(3) Para un panorama contextual de la plástica de la Generación del 40, y de estos artistas en lo individual, consultar las Revistas Banca Central Nos. 8, 9 y 10.

(4) Es sabido, por otro lado, que Guatemala cuenta con una rica tradición de cultura popular e indígena que se expresa en el folklore.

(5) Una muestra de esta actitud autónoma puede observarse en el artículo "Memorial de Alumnos de la clase de modelación y escultura de Bellas Artes". Guatemala: Diario El Imparcial, noviembre 6, 1943. La carta aparece firmada por Dagoberto Vásquez, Jacobo Rodríguez Padilla, José E. Arévalo P., Guillermo Grajeda Mena, René Argueta Díaz y Otto Raúl González. Los entonces estudiantes protestan por la carencia de "preceptos científicos indispensables" en los estudios, y afirman que ellos han trabajado "a merced de nuestra iniciativa particular y de nuestro propio esfuerzo".

(6) Vid. "Lote de libros entrega el embajador Long a la Academia de Bellas Artes". Guatemala: Diario El Imparcial, noviembre 17, 1943 y "Exposición de retratos se abrirá". Guatemala: Diario El Imparcial, noviembre 23, 1943.

(7) Miguel Angel Asturias, Sien de alondra (Buenos Aires: Argos, 1949, p.120).

 

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Última revisión: 20/11/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A