Palabras a Angela Figuera Aymerich


Angela Figuera,
con las luces de siempre en la memoria
hemos viajado con el tiempo nuestro.

Nuestra aljaba es de flechas transitorias,
de espiritual esperma, vivo y joven.

No es la hora de hablar del plenilunio
ni de la seca hojarasca del otoño.

Es esta juventud de sangre y savia
la que entre alambre y sal nos acompaña.

Es el himno del hombre ultraterrestre
el que en lucha y afán hoy nos alumbra.

Es el ideal humano de este siglo
que en milagros de técnicas nos guía.

Es el tiempo de la palabra erecta
como antorchas prendidas en la noche.

Es la estrella del presente justo
la que nos dicta el ser del verso altivo.

Es la hora del estruendo y casi
también la hora de las sepulturas.

¿Pero hablar de poesía, entonces,
no es gastar en balde papel y tinta
como tú has proclamado en tu España?

No, si el rocío y la rosa de los sueños
se han esfumado ahora del poema,
no es porque el alma del poeta
haya huído de sus perspectivas,
ni que las caracolas viejas del ensueño
se hayan fugado de la fantasía;
es que la realidad de piedra nos envuelve
con su acerado manto de huracanes.

Es tremendo vivir por estos años
de competencia gris, desorbitada,
cuando, Angela, entre tanto,
cantamos con ritmo y con banderas
los aleluyas de un feliz mañana.

Nos quedamos por eso sin celaje
y cordilleras rojas de amapolas.

Apuntamos, contigo, al exacto,
profundo grito del momento mismo
en que el planeta sobre su eje gira.

Y al cancelar perfumes y jardines
de mil y tantas no sé qué más noches,
al olvidar el beso y el requiebro,
comulgamos las XX maravillas
con los XX pecados capitales:
entoneces lengua y garganta se transforman
en un solo y feroz y audaz ronquido
con que la voz nos brinca desde el llanto.

Pero estar en el mundo, ¿qué nos dice?
hay que ver al fondo del abismo
cuando dolor y hambre son miseria,
cuando ignorancia es acíbar negro
y somos ciudadanos impotentes
de transformar al mundo que discurre
bajo cortinas de humo y dogmatismo,
cuando verdes y azules se combaten
por territorios de cereal y minas,
o por "contras" y "proes" sin destino
en que se gastan en metralla y muerte
los recursos humanos, y nos callan.

En los niños hallamos argumentos
para negar satélites y bombas
-triste reverso de los padres nuestros-
tal las revoluciones y las guerras frías.

(Y aunque me nombren de retrógrada y etcétera)

Y explosión demográfica que asusta
y cien mil megatones de consignas,
y hospitales repletos sin subsidio,
y desempleo y mitos en la sopa.

Así, los poetas se tragan sus renglones
y acumulamos versos por kilómetros
para que nadie nos lea, sin embargo.

Tú tienes razón, Angela Figuera,
en tus voces de protesta amarga.

Yo aprendí con tus páginas erguidas
a hermanarme a tus filas, de recluta,
por las causas humanas más excelsas,
a centrarme en mí misma, en mis ideas,
en lo cierto que veo, en lo que ignoro,
en lo que pasa y duele y es herida,
en lo que sabes tú y yo he entendido
desde Belleza Cruel y Días Duros,
que como biblia o silabario han sido
para esta joven triste, que le canta
a las estatuas firmes de tus versos
y a la verdad quemante de tus libros.