Entrevista del periódico Siglo XXI

Ana María Rodas: “Gozo el premio, pero yo no cambio”
La autora de los míticos Poemas de la izquierda erótica se encontraba en España cuando el Consejo Asesor para las Letras la eligió ganadora del Premio Nacional de Literatura 2000. No obstante, recibió la noticia hasta su retorno al país, el domingo pasado. En una charla con Siglo Veintiuno, la escritora y periodista (tercera mujer que recibe esta distinción) habló acerca de las nuevas perspectivas que le plantea el reconocimiento.
Virginia del Aguila


- ¿Cómo cambia su vida con el premio?

Lo único que me da miedo es pensar que cuando a uno le hacen un reconocimiento de estos es porque se ha aceptado lo que se ha escrito. Entonces surge una inmensa duda: ¿Me estoy convirtiendo en un clásico o en un anticuario? La medalla me hace pensar que estoy viva y que debo seguir escribiendo, pero debo repensar mucho lo que voy a escribir, analizar a fondo lo que he hecho y lo que haré. Además, siempre he guardado temor a convertirme en vaca sagrada.

En realidad, el premio viene a ser algo muy sabroso, ya que uno trabaja porque siente la necesidad de hacerlo, no con el afán de ser distinguido ni de publicar. Es bueno alegrarse, especialmente porque lo da el país. Sería tonto no saber apreciarlo, pero uno se vería más tonto si la medalla le quitara la modestia. Indudablemente gozo el premio, pero yo no cambio.

- ¿La obtención del reconocimiento la hace replantear su literatura en términos de género?

No, porque la novela, el cuento y la poesía son distintos. En realidad yo quería escribir narrativa; no pensaba en la poesía, pero ésta se presentó sola y me obligó a escribir todo lo que bullía dentro de mí. Me tardé 25 años en hacer cuentos, porque redactaba unos malísimos y esperé todo ese tiempo para escribirlos bien. Y hasta el momento, mi experiencia con la novela es una, muy mala. La empecé en los años 80 y cuando la transcribí para estrenar mi computadora, descubrí que era una porquería. Sólo se salvaba el primer capítulo, que publiqué como cuento. El resto era infumable, por lo que rompí las hojas y borré lo escrito. Si alguna vez estoy lista para escribir una novela, la escribiré. Si no, no lo haré.

- Viendo en retrospectiva su obra, ¿cómo sitúa los Poemas de la izquierda erótica? Muchos siguen viéndolo como su libro clave.

Y no dejan de tener razón, porque en el fondo un autor siempre está escribiendo y reescribiendo el mismo libro. Sí, yo introduje cambios en el lenguaje poético; ese título es esencial y cuando veo hacia atrás me doy cuenta de que mis poemarios (la Izquierda, Cuatro esquinas del juego de una muñeca, El fin de los mitos y los sueños y La insurrección de Mariana) forman parte de una especie de gran libro que se fue escribiendo de a poquito. Admito que el primero tuvo importancia. Tanta gente no se puede equivocar al respecto (ríe). Pero más bien creo que Poemas de la izquierda erótica respondía a una necesidad del momento. Los libros de mis amigos y compañeros Quique Noriega o Luis Eduardo Rivera, que fueron publicados inmediatamente después, también reflejan irreverencia y desenfado.

- Aunque su caso fue distinto, porque los versos venían de una mujer.

Claro. La gente se asombró, me criticó y demás, porque yo era mujer. Eso no debería ser, ni entonces ni ahora, pues la escritura se debe ver en función de su calidad, no de su origen creativo (si es de mujer o de hombre). Hablar de escritura de mujeres es una especie de machismo a la inversa. Se debería pensar que si los versos tienen validez dentro de la poesía en general, no podemos seguir haciendo esa diferenciación entre hombres y mujeres.

- ¿Cansa el hecho de que el interés se centre en una obra pasada, cuando se crean y escriben otras?

No. Aunque parezca inmodesto, admito que Poemas marcó algo. Entonces los lectores se referirán a esta obra como un cambio que estableció en el lenguaje poético. Por otro lado, no me preocupa porque, insisto, uno escribe por la necesidad de hacerlo, publica porque el material vale la pena. Pero en cuanto se publican los libros, ya no se puede hacer nada por ellos y siguen solos su camino. Si una persona se interesa por mi poesía y quiere leer mis otros libros, solamente ella puede juzgar si hay continuidad o avance en mi creación.

Por otra parte, cuando se publicó la Izquierda erótica, yo era reportera y ocupé primeras páginas. Al presentar mi libro de cuentos (Mariana en la tigrera, 1996), ya no estaba en la misma situación en el periodismo y hubo un vacío espantoso. Pocos escribieron de él y llegué a pensar que no servía. Casi un año después pedí la opinión sincera de amigos como Luis Eduardo Rivera y Dante Liano. Ambos consideraron que el libro estaba bien. En una de sus visitas, Tito Monterroso lo elogió. Creo que esto responde al fenómeno de que en Guatemala no hay una respuesta pública a lo que se hace en el arte. Imagino que nadie quiere exponerse a hacer crítica porque tenemos la piel muy delgada. Seguimos siendo muy pueblerinos en ese sentido.

- Algunos se preguntan por qué es menos agresiva en sus artículos y en sus cuentos, que en su poesía. ¿Está de acuerdo o no con esta apreciación?

Todo el mundo puede opinar y cada quien tiene un punto de vista diferente. Pero diré que trabajo con tres géneros distintos. La poesía es una especie de lava que brota; se puede trabajar y publicar si está bien, o tirar si está mal. El cuento requiere más tiempo y un proceso diferente, pues en mi caso implica crear personajes creíbles y dejar la trama un poco a oscuras. En cuanto a los artículos periodísticos, se escriben muy rápido. Vivimos en un país tan espantosamente dolorido que es preferible ser más simpático y sensible con los lectores de periódicos, excepto en los casos en los que verdaderamente no se puede callar. La gente tiene derecho a leer otro tipo de materiales en un periódico.

- ¿Sigue en pie el proyecto de hacer novela?

Tengo toda la intención de escribir, quizá no muchas, pero sí varias. Las ideas las tengo desde hace rato, aunque no sé si poseo la capacidad para dedicarme a un género como este. La novela requiere pensar detenidamente, hacer un esquema, sentarse a trabajar diariamente a una hora determinada. Y como de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno... (ríe).

- El medio literario nacional no se ha caracterizado por ser demasiado solidario. ¿Cree que haya alguien molesto porque usted sea Premio Nacional de Literatura?

No. Además no me parece que al gremio le falte solidaridad. Estoy de acuerdo con que hay dos o tres burros que de cuando en cuando se pelean, pero yo he experimentado mucha solidaridad. De cuando en cuando, la gente pierde el norte y se pelea, pero esto tiene antecedentes en la historia del periodismo guatemalteco, más que en la literatura. No creo que alguien se haya molestado porque me concedieron el premio. Algunos podrán decir que no lo merecía, pero habiendo problemas tan serios en el país como la pobreza o la inseguridad, no creo que haya quien deje de pensar en esto como para discutir por un lauro.