LA CONQUISTA

III

UN VIENTO de atabales enloquece los cielos,
un desplome de mitos oscurece los valles: 
la paz se ha roto y el idilio muere:
de muy lejos llegaron, sobre bestias,
piafantes de gula y de lujuria.
La soldadesca viene embrutecida,
destruyendo los templos y las siembras,
cortando con la cruz y con la espada 
nuestro sentir del mundo, consciencia de la vida.

¿Quiénes son?

La aventura y el hambre les orientan,
les tornan ciegos, torpes, sanguinarios, 
haciendo arder, desnudos, a nuestros ascendientes,
bebiéndoles la sangre.

Quieren el oro y el diamante virgen,
la dulce plata, la esmeralda viva, 
quieren la sangre toda de la tierra: 
nuestras doncellas, nuestra agricultura.

Se escinde nuestra vida: cae lo colectivo
el feudalismo asoma con sus voraces garras.

¿Quiénes llegaron? Clérigos, soldados,
analfabeta hueste por vicios coronada.
La virgen Primavera destrozaron,
degollaron la savia de lo joven
y una marca pusieron a los hombres.

Cayó la libertad y en su lugar izaron
un emblema distante e inentendible. 
Exterminaron nuestra sangre, 
embrutecieron nuestro espíritu  
con látigos y cepos.
 
En la oscura marea no llegaron pioneros,
sino representantes de lo gastado y ciego 
inquisiciones con su podredumbre 
manchando nuestra América desnuda. 

IV

NUESTRO pueblo luchó contra lo extraño:
miles cayeron y de sangre un río
tiñó sus aguas tibias, su corriente
hacia el mar del morir ya dirigido.

Con su moreno pecho de titán campesino,
Tecum Umán magnífico luchó contra la bestia
que otra bestia montaba.
Padre de nuestra historia, defendía
su derecho a la vida, su hambre de eternidad,
su ilimitada concepción del hombre.

Es cierto que cayó, mas nos queda su nombre
grabado en lo más puro de la sangre:
en esa condición de descendientes
de toda su bravura, de su firme nostalgia.

Tecum Umán, abuelo:
desde mi voz tú vuelves a conducir al pueblo
a la caliente lucha, a la victoria.

Coronado de plumas de quetzales, 
ataviado de luz y pedrería, 
tu oscurecido rostro nos sonríe.

Adelante, a luchar, a que la tierra 
vuelva a los tuyos, a los hombres férreos
que despiertan del sueño
 y hacia la acción caminan.

 Sobre los montes, sobre los volcanes
 y en et tibio regazo de los valles, 
 crece y crece tu voz -humana Primavera-  
 invitando a los tuyos a la lucha. 

 Fiereza de jaguares nos sostiene 
 en el fragor de la batalla dura.
 Luego, una paz henchida de paloma  
 eleva nuestra vida para siempre: 
 cuando estas manos, su raíz oscura,
 hundan los dedos en la tierra propia
 -a los explotadores arrancada

V

TODO nos lo quitaron:
la tierra, las mujeres,
el sueño de los jades,
nuestras mazorcas áureas
de tierno sol henchidas.

Todo nos lo quitaron.
¡Menos el espíritu, su genio original
-geometría impecable!

En el surco del cielo, de estrellas cultivado
-luciérnagas salvajes de la noche-
se aposentó la angustia de las tribus.

Círculo de serpientes,
corazón de la tierra,
tambor de pesadumbre.

El juego de la muerte
-amor fugaz, sueño perecedero-
con sus exuberancias tropicales
mostrónos lo terrible y primitivo.

Imágenes sangrientas, corazón de los mitos, 
cayendo sobre minas de silencio.

Mar de nuestros instintos degollados,
viento de huracanada inteligencia, 
melancólica sombra alucinante.

Solamente el espíritu del hombre
-transparente en su fuego y su misterio-
venció al torrente extraño: 
esa es la fuerza viva que circunda
 la herida circunstancia de mi pueblo.

Vencedor de la muerte, guacamayo,
portaestandarte de la hechicería,
su imagen nos proyecta
en este borde altivo de la historia.

Derruidos templos,
enterradas estelas,
zoomorfos de pétreas esculturas,
hiedra sobre los hombres y su mundo,
¡noche de buhos sobre el horizonte!

Pero la inteligencia, su relámpago pétreo
sostiene vivo, tangible, resurrecto,
su rebelde pendón inconquistable:
¡el espíritu henchido de la raza!
 

VI

DEL ARBOL de mi sangre, 
de mi rebelde y maya condicion,
del aire mismo
-de su fruto magnífico y fecundo-
surge esta voz de piedras y serpientes
donde un tumulto de lenguas desatadas
nacen al día, vencen a la muerte
y su verdad proclaman.

Hay un rencor oculto en mi mirada,
hay un odio de siglos en mi boca,
hay un ardor volcánico en mis venas.
El cobarde energúmeno destruyo nuestros templos
violó nuestras doncellas,
herró como a caballos a nuestros guerreros,
achicharró, bestial, a nuestros jefes,
se apropió de la tierra, de su savia.

Sobre montañas de odio y mares de tristeza
viene mi voz hiriente, como un río.

Sobre peñascos, sobre pedernales,  
sobre los monolitos olvidados,  
viene y corre mi voz, resonante y metálica:  
enfurecido potro del instinto.

Mi voz es la victoria de la raza,  
es el oscuro espíritu del pueblo
decapitando dogmas infecundos.
Del surco abierto, de la entraña viva
de esta tierra volcánica y sedienta
mi voz se eleva como un fruto herido.

 Con mis flechas-palabras,
 con el acento-jade en que se encienden,
 con mi piedra-ternura, pom ensimismado
 en que se embriaga la pasión violenta,
 yo destruyo los mitos, socavo las "virtudes"
 del colonial espíritu vencido.

 En este fértil valle de mi sangre
 el Tonatiuh famoso es un fantasma,
 an fantoche, una máscara risible,
 extremeño espantajo,
 murciélago extraniero,
 peninsular muñeco ya oxidado.
 Don Pedro es una garra
 ahogando la paloma del pueblo.

Mas allá de los tiempos,
encima de los muertos,
en el aire inmortal, iluminada,
mi palabra es flecha hacia el futuro:
salvaje, oscura, viva, amurallada.

La paloma del pueblo
ha destruido la garra de Alvarado:
¡hoy su orgullo pacífico sostiene
el crecimiento libre de los indios!