Oda A Guatemala
(Donde se cantan las luchas del pueblo
por conquistar la libertad y la tierra)

EL ORIGEN

I

DESDE mi sangre, desde mis raíces,
esbelto y conmovido se alza el canto
como un río purísimo, encendido,
llevando entre sus aguas nuestra historia.
En la altiva vigilia de mi sueño,
como una flor inmersa en la alegría,
se eleva la leyenda de los hombres
que esta tierra poblaron con su aliento.
En las vegas y valles, en la altura
que el flechero medía, en lo profundo
del día y de la noche, compañeros,
un ritmo de tambores contenía
nuestra dicha suprema, nuestra esperanza firme.

Nuestros pasos cantaban en la tierra
 -morada de los padres, alimento florido.

Todo era nuestro: el pájaro y el árbol,
la lejanía inmensa, los volcanes,
el bosque, de los brujos albergue,
el ancho cielo, el aire, la tierra humedecida.

En nuestro joven mando 
ignorado era el "mío" porque todo era "nuestro" 
como el hermano sol que nos enciende a todos.

El vino colectivo nuestra sangre colmaba 
con hechicero aliento popolvúhico: 
el cielo, de astros muchedumbre, 
ejemplo fue de nuesfro pueblo. 

La tierra frutos férfiles nos daba 
como una madre pródiga y fecunda.
Y era la Primavera con su pasión agraria 
fuente del entusiasmo, cima de la alegría. 

Abundaban los peces y las flores
y los henchidos frutos de la tierra. 
El hambre no existía porque Naturaleza 
a todos nos saciaba con sus fuegos. 
El sueño alado del quetzal bogaba 
como un bajel de ensueño por los aires 
cantando el dulce trino de los libres.

Un desplome de flechas saludaba
al pacífico viaje de la tarde. 
Cuando el alba nacía 
del herido costado de la noche,
un atabal de júbilos prendía 
en nuestra viva sangre, alborozada.

Sobre la tierra propia nuestras tribus danzaban 
con su embriaguez de fuego y de misterio:
sobre plumas y pieles de jaguares
se derramaban sones de alegría. 

Y era una llama cierta nuestro rostro
donde nunca habitó melancolía

Hermandad de las tribus, primitiva,
no manchada por huestes de Conquista.
El amor era un árbol cuyos frutos
ávidas bocas con pasión mordían.
Era el deber social ley para todos,
orden para el guerrero o el poeta,
el sacerdote o el labriego.

En nuestra primitiva economía
era el sudor diadema de las frentes,
insignia de los héroes sencillos.

Nuestros magos artistas domeñaban la muerte
tallando entre las piedras su deseo.
Nuestros poetas loaban al misterio
de nuestro origen vegetal y antiguo:
mítica sed de lo imposible.

Nuestras mujeres -óvalos de piedra-
morena piel, carne encendida
semilla de la magia, aliento de canela,
a nuestro lado combatían
al oscuro destino.

Puente de lo inmortal eran los hijos,
alimento sagrado, sonrisa de maíz
-mazorcas por el sol condecoradas-,
emergiendo entre espadas de obsidiana.

Era un hermoso tiempo congelado
en el límite exacto de lo eterno.
 


II

DE GUCUMATZ las plumas alegraban el aire
de herida paz colmado;
era el reino del Hombre, la morada
de antiguos dioses protectores.

Era la Primavera, relampago del sueño,
dilatado horizonte donde la libertad
sus alas extendía.

Sobre las hachas y los pedernales,
sobre el pom intangible,
sobre largas serpientes y máscaras de f uego,
sobre maíz y sal, sobre pirámides
-medida de nuestra ansia-
el indio edificaba su deseo:
¡vencedor de la muerte!

Chuh Cakché, árbol de sangre,
iluminaba nuestra vida
de amapolados aires,
corazón del futuro.

Los emplumados magos de la noche
sus flautas orquestaban
con sones lánguidos donde el misterio
a los cielos se alzaba.

Itzel Vinac -relampagos por latigo-
manadas de demonios conducía.
Mas el amor reinaba,
en mundo de embriaguez y poesía.

La tierra madre su pezón brindaba
a bocas ávidas, labios entreabiertos
al redondo disfrute de la vida.

Halach Uinic, el hombre verdadero,
al pueblo conducía.