Regina Galindo
El cuerpo políticamente incorrecto

Rosina Cazali

Nunca me canso de insistir en que Regina Galindo es una de las artistas más sólidas de la generación que surgió a mediados de los noventas. Apareció en la escena artística de Guatemala provocando una atención poco usual de parte de los medios al colgarse a diez metros de altura en el puente de correos mientras leía pequeños poemas que posteriormente lanzaba al viento. Tal vez por eso, por ser demasiado joven, por ser considerada una simple instigadora de la opinión pública o un espectáculo circense, sus intenciones siempre han pasado a un segundo plano. Sin embargo pocos conocen lo suficiente o pocos demuestran interés para saber que la obra de Regina no encuentra su materia prima en ardides de choque generacional. Para alguien que ha corrido riesgos físicos y psicológicos al límite de lo inimaginable, para quien ha transferido todo el poder plástico, metafórico, simbólico y semiótico a su cuerpo tales argumentos resultan verdaderamente inocuos. Con la reciente inauguración de la Bienal de Venecia y su premiación con el León de Oro hay motivos suficientes para celebrar y –ojalá así sea- para preguntarse de una vez por todas por qué la obra de esta artista se encuentra más allá de un deseo por alimentarse de la perturbación de sus detractores.
En diferentes oportunidades he acompañado a la artista en la realización de sus proyectos y me he visto absorbida por sus demandas de atención, sus lágrimas, sus alegrías o dolores corporales asumiendo mis propias consecuencias. Como un verdadero privilegio me lancé en el año 2001 hacia el Perú como lazarillo, pues Regina había decidido asistir a la tercera edición de la Bienal Iberoamericana de Lima con los ojos vendados desde la ciudad de Guatemala, pasar los cinco días encerrada en el recinto de la bienal y retornar al punto de partida para recuperar, hasta entonces, la normalidad. El viaje se transformó para ambas en una vivencia melancólica, generada por ese terco deseo suyo de meterse a un laberinto de oscuridad. El auto negarse la posibilidad de ver o conocer un destino bastante atractivo resultaba una decisión inexplicable si el esfuerzo no fuera acompañado de la autodeterminación de expresar la responsabilidad que implica ver. En un mundo que produce millones de imágenes cada segundo, el sentido de la vista se ha convertido en un instrumento de descarte sistematizado. Como la fotografía, hacemos cropings de la vida pero a través de la insistencia de la artista aprendí que todo se nos presenta en tal estado de fragmentación que somos propensos a la indiferencia y a perder el sentido holístico de la existencia.
Otro evento de esta naturaleza fue la exposición titulada Vivir Aquí. Realizada en el sótano del Museo Ixchell en el año 2000 consistía en las respuestas otorgadas por varios artistas a partir de la sencilla pregunta qué significa vivir en un país como Guatemala. En una época donde el desasosiego se hacía evidente las expresiones fueron variadas, poéticas o desgarradoras. En el caso de Regina la reacción fue la de inyectarse diez milímetros de Valium para dormir varias horas seguidas. Su inacción mostraba un modo específico de responder a una situación insostenible. Sin embargo, a través de los años la hemos visto en una actividad desenfrenada y consecuente con sus principios artísticos. Lapidarse en un cubo de ladrillo para pasar 24 horas en absoluta soledad y silencio; mordisquear sus uñas hasta desangrar sus dedos en un acto de auto canibalismo; conectarse a un tambo de oxígeno; enfrentarse a una luchadora profesional en un ring de lucha libre; sumergir los pies en un balde de sangre humana para dejar huellas en el pavimento mientras rechaza la candidatura de Ríos Montt; meterse en una bolsa plástica y ser depositada en el basurero municipal cual despojo humano; golpearse tantas veces como número de mujeres asesinadas en Guatemala o restaurar su propio himen con una operación quirúrgica para hablar sobre los dudosos valores de una sociedad machista son acaso experiencias que nos agitan y nos acercan ante el dolor ajeno. Y es que en su forma de expresarse no existe la distancia que pudiéramos tener con una fotografía, una pintura o la ficción más terrible escrita por un Castellanos Moya. No existe esa distancia para anestesiarnos o sustraernos de la tragedia cotidiana en este país. No vale la satisfacción de ver la imagen sin arredrarnos. Nos incluye.
En suma, sus obras no son eventos despolitizados que nos inviten a desconectarnos de nuestra realidad y verles cómodamente desde el sofá de una sala. Su presencia no es la de la mujer a la que nos han acostumbrado los anuncios de cervezas. Su cuerpo es políticamente incorrecto para calar más hondo y eso nos perturba y nos coloca contra la pared. Además, la firme resistencia de Regina Galindo ante la fetichización moderna del objeto artístico nos ha regalado con la posibilidad de dar valor a los eventos efímeros y apostar de manera progresiva al arte como política de vida. Si hasta aquí no se ha comprendido la trascendencia de su trabajo en un país como Guatemala no encuentro más palabras o más leones de oro que lo logren.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.