Cría de cuervos

Las paredes agrietadas por la humedad, el suelo apolillado, la ventana con vidrios rotos, el techo, la puerta y en fin, todo, se encontraba salpicado de sangre.

En medio de la habitación, solo una cama y sobre esta, el cuerpo desnudo de la mujer, simulando la forma de un grotesco colador dormido, escupiendo a borbollones, por cada uno de sus agujeros, grandes cantidades de líquido rojo.

El jefe de policía al ver tal espectáculo, exigió a la docena de curiosos que abandonaran inmediatamente el lugar y se acercó lentamente hasta el hombre que permanecía encogido en la esquina de la habitación.

- Quién es usted... qué ha pasado?

El hombre que temblaba como un perro enfermo, levantó la mirada y comenzó a dar de gritos, señalando furiosamente al pajarraco que yacía desplomado sobre el suelo.

-El cuervo... el cuervo... El cuervo!

En el suelo, con las alas rotas e igualmente salpicadas de sangre, estaba el cuervo. Mal herido pero con vida.

Un guardia cargó su revolver, pidió a sus acompañantes que hicieran lo mismo, sacó las esposas, apuntó directamente a la cabeza del pajarraco y con un tono de voz enérgico le ordenó que se rindiera.

Este, que apenas tenía aliento para respirar, acató las ordenes y permaneció quietecito mientras el jefe y dos refuerzos le esposaban las alas.

Minutos después, cuando el cuerpo de la mujer ya estaba en la funeraria, los encargados de la policía interrogaban al detenido; pero este, a pesar de todos sus intentos, no logró decir una palabra y a cada pregunta solo respondió con un inentendible sonido que no favoreció en lo mas minimo su declaración.

Este mismo interrogatorio se repitió durante las dos siguientes semanas, hasta que una tarde, ya exasperados por el silencio del acusado, decidieron por dar cerrado el caso y enviar al pajarraco, de una vez y para siempre, a prisión.

Fue así, como dos días despues, el cuervo despertaba de su primera noche tras las rejas. Su primera visión fueron los dos ojos de su compañero, grandes, redondos y de un negro profundo que entusiasmó su apetito.

Así, rapidamente, sin pensarlo, acabó con ellos para luego escaparse por las rendijas de la carcel y entrar en una nueva celda y en otra y en otra y en todas las demás para vaciar las orbitas de los presidiarios, de los carceleros de turno, de los cocineros, de los encargados de las letrinas, del alcaide e inclusive, de los forajidos que iban a mitad del tunel.


Aun no satisfecho, el pajarraco continuó su faena con los abogados, médicos, sastres, zapateros, carpinteros, escritores, sacerdotes, maestros, tenderos, arrieros, prostitutas, caseras, esposas, y en fin, con todas las diferentes especies del pueblo, ya fueran niños o ancianos, ya fueran mujeres, hombres o parecidos.

El único que no corrió con la misma suerte fue Don Simón, el amante de su antigua dueña, a la que había acuchillado hace tres meses. El mismo que, negando su culpa, lo había mandado a prisión.

No, él no merecía perder los ojos, él merecía conservarlos para ver de cerca, muy de cerca, la escena de su largo pico negro hartandose sus testículos.

Regina José Galindo, Guatemala 1998

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.