Arboletras de cuatro tropos

 

Jonás antigüeño
 
Una marejada de escalinatas y muros/
        un oleaje de búsquedas y retornos
        es/
           para este poeta/
ese sitio
     o
         sueño que él suele llamar Guatemala
hoguera encendida
                            o galaxia prehispánica.
Oscura fauce natal/
                            va y viene
                            como un Jonás
                   adentrándose
                            en
                                sus costillares.
                            Sube
                                  y baja
                            como Ulises
                        navegando sus interioridades.
                                                                Ayer
                   cuando dormía oyó gemir mazmorras/
                                                               hoy
ha visto estallar pavores
                                                            en su

costado izquierdo.
                                                            Vuelto
a la margen/ vigilia o peldaño/ la imagina
                           sin embargo
                           pugnando erizada de ascensiones y claridades.
Luis Cardoza y Aragón/
          el más vivo itinerario viviente
                            de
                               nuestras letras/
            contempla/ canta y remonta
                                                el Universo
                                                a través
de la cerradura de un lejano portón antigüeño.

 

Los Albatros

Esta imagen fue registrada hace un mes y medio y hasta hoy (basta sumergirse en la frescura de su superficie clarinegra) se conserva sin embargo fresca y aún rebosante de olor marino. Acérquese, pálpela y sentirá, aspirando suavecito el centro y luego los bordes de la fotografía, el aleteo, la brisa de los albatros surcando el cielo matinal de Iztapa. ¿Los sintió, allí anidando por entre sus nudillos, posándose en la uña de su dedo meñique? Bien, entonces refresque sus ojos, lea atentamente y observe cómo alza vuelo y discurre, flotando en un único destello en el páramo de la página, este reguero de plumas que suelen ser las palbras, esta corriente de aire que emana cada movediza letra.
Los albatros, sabe usted, son pájaros verdaderamente admirables. Surgen al amanecer como una mínima mancha oscura desde un extremo del mar en llamas. Puntuales e impecables toman por asalto, a esta hora del día, el ancho mundo acuático, el límpido espacio aéreo. Por los itinerarios del viento avanzan a vuelo rasante sobre la espumosa horizontalidad del mar, cuyo laxo vaivén autoriza a la flotilla un recorrido compacto y unitario. Oscilando entre el aire y el agua, apenas un rápido batir de alas, cuando la audaz acrobacia acciona algún mecanismo interno, cuando la diaria ceremonia convoca el máximo de perfección en las alas. Seis, quince, a veces hasta veintisierte albatros en hilera, vuelan cada día en dirección al sol que estalla, al fondo, en múltiples fuegos llameantes. A barlovento se alzan, descienden, sobrevuelan, giran, heterodoxos y juguetones, estos cronopios de la mañana. No hay en ellos, en este instante, ningún signo de sobrevivencia vacua, ningún atisbo de animalidad cruda: es el rito del pájaro en su lúdica y perfecta existencia.
Un lunar, una mácula hay, sin embargo, en el plumaje de estos voladores de profesión: su aire monstruoso de ángeles caídos, su abyecta apariencia de desterrados del paraíso. Feos y prosaicos como ninguna otra ave, estos pobres alados alcanzan su redención en la belleza de su esfuerzo.
El destino de este pájaro es el vuelo. El vuelo de este pájaro es un acto de fe. Aún herido de vejez y decadencia, desplomándose bajo el peso de la muerte, el albatros, siempre el albatros, aureolado de dignidad y gracia, sabrá caer y reposar sobre el reino de las dunas.
Es, sin embargo, el solidario sentido de unidad, el agudo instinto de compatibilidad lo que, por excelencia, define a estas criaturas. En ningún rincón de los Siete Mares se encontrará, por mucho que se busque, un albatros solo y desarraigado, un albatros autoexiliado y elitista. El albatros, siempre el albatros, es visión de conjunto, noción de colectividad, afán de pueblo definiendo tácticas y estrategias en el constante vuelo aéreo de la esperanza.
Por ello, le pido, cuando un puñado de albatros quiera posarse en el lecho de su conciencia, en el árbol de sus afectos, en el ramaje, en fin, del párrafo que ahora lee, usted no los azuce, usted déjelos ahí. Desgranando el impune fruto del solo, surcando el sueño matinal de todos.

Jilberto Arrollo
 

Acaso esta muerte sea tu obra maestra, excelso y olímpico poeta Jilverto Arrollo. La originalidad, ese extraño pájaro terrestre que tú buscaste en vano en la espesura aérea de tu costa modernista, ha arribado por fin mansamente a tus pies. Acaso no recibas en vida la inmortal plaqueta o el laurel supremo, pero esa tumba, allí, en medio de tanto mar y tanta arena, será la póstuma recompensa a todos esos años de rencoroso encierro en tu cabaña, la certera venganza infligida a tanto poeta dizque comprometido y vanguardista. Ellos, en sus cenáculos o mítines, te asignaron, ingratamente, categoría de espécimen poético ya extinguido. (No obstante esta cerrada incomprensión e ignorancia del medio- tú seguiste, cada vez más empecinado y digno, haciendo saltar y refulgir escamas multicolores de tu prosa al modo del Príncipe de la Crónica, navegando impertérrito entre cisnes y doncellas a la manera de Rubén).
Ahora reposas marinamente bañado por la espumosa claridad del crepúsculo. Ahora tus sucesivas noches brillarán bajo el peso de tu estrella legendaria. Tu reposo, Jilverto, y esa manera de atravesar el misterio por la vía del mar, son sin duda tu mejor poema.