El árbol no muere.
Por debajo sus raíces platican con la tierra
y, al caer las primeras lluvias,
vuelve a llenarse de pájaros.
Amanecí con la camisa anegada de rocío.
Presiento que anoche, por sobre mis hombros,
alguien lloró su desconsuelo.
Esa hoja
que alguien desgajó de la mata
está a punto de morir.
Pero no morirá hoy ni acaso mañana.
Todavía, otro día más lejano,
emitirá su último quejido de hoja seca.
Un pájaro picotea un fruto.
Al rato otro pájaro picotea el mismo fruto.
Y más al rato otro pájaro picotea el mismo fruto.
Finalmente ya no existe el fruto.
Tampoco los pájaros.
No hago maromas en el cielo,
ni chamusco mis alas en fuegos vanos.
No es ese mi oficio.
Soy pájaro, es cierto, y soy ocote.
De este planeta soy,
y aquí me quedo pues, aunque tiznado y shuco,
no conozco otro dónde emplumar.
Cazador de estrellas,
como de cebollas, abusivo o con mis plumas en regla,
voy a donde no me llaman,
llego cuando ya no me esperan.
Soy pájaro, es cierto, y soy ocote.
De zope, por tanto, no tengo ni el pico.
Como el perro con su luna alunada no
Animal que roe tres tiempos
Tritura sus huesos y los arroja
A la boca del abandono
Por el pájaro obstinado sí
Por los furores que no he sido
Por el tiempo que no será
Vejez fin de milenio
Muerte ya estás aquí
Adelante como el pájaro cantando me voy