Ya no cantan, en el templo del fuego,
las plumas de ocote.
Ya no cantan, en el lomo del lago,
los rabos de estela.
Sacashil, entre digno y despojado,
yace inerte sobre un reguero de plumas.
Pero el niño, que ayer jugó con un pez,
hoy recoge una lanza, todavía caliente y viva.
Un caballo se detiene, relincha y, de pronto,
cae desplomado ante el asombro del jinete.
Una sombra se oscurece sigilosamente
por las calles de Almolonga.
Amaneció un revuelo el atrio de la iglesia.
La Virgen Concepción,
que desembarcó engalanada de tafetanes, sedas y
oros de Aragón y Castilla,
amaneció completamente desnuda.
No hubo robo ni ultraje. Sólo eso:
que amaneció completamente desnuda.
Y allí está:
tiritando de frío,
como si nada mostrando la mercancía,
mirando con extrañeza
a las indias vestidas de pájaros, frutas, soles,
lagos y amaneceres.
Cuántos tupidos manojos de oscurana,
cuántas filudas tusas de agonía, ay, hasta
que el día amanezca.
Y quitaron nuestras tierras, lagos y volcanes.
Fue entonces cuando llovió,
sobre nuestros abiertos corazones,
una enorme lágrima negra.
Ante el dentudo acoso de sus sabuesos,
nosotros salíamos siempre en debandada.
Así,
dejábamos coches, gallinas, chuchos
y, ardiendo todavía sobre la leña,
la sagrada y redonda tortilla.
Así andábamos: como pedazos despedazados
de un solo y único cuerpo
que debe ser el pueblo.
Poco a poco, sin embargo,
las uñas están regresando a sus manos,
las manos a sus brazos,
los brazos a su cuerpo.
Y también los ojos, que cada vez ven más claro
en medio de la noche más cerrada y llorosa.