El camino de Santiago

"Pero nadie, amor mío, nadie
te verá desde su corazón en llamas,
sufriendo como un astro herido y lejano.
Sin alba, sin flor, sin golondrina."
Otto René Castillo
1

XPIYACOC, EL AMANECER, se asoma con cautela, lánguido y titubeante, intentando ocultar su rostro detrás de una máscara de hojas, sombras y acertijos.

 

2

SANTIAGO LO VE HERIDO DE TINIEBLAS, arrastrándose hacia los rescoldos de la fogata, acurrucándose en las brasas, sumergiéndose en el fuego.

Se tensa. Una sensación helada recorre su cuerpo. Es una sola acción la de abrir los ojos y llevarse los brazos a la cara para protegerla del golpe que, aunque espera, no llega. A través de sus dedos tensos descifra la oscuridad, las sombras azules, la humedad de la selva. Apenas comienza a amanecer.
Su respiración se va normalizando. Suspira, intentando recobrar la calma. Las manos cubren su rostro: ¿estaría aún allí, después de la pesadilla? Pero, y si no está, ¿pudo una máscara haber tomado su lugar durante la noche? Las yemas de los dedos, precipitadamente, reconocen sus rasgos. Su piel está áspera, arrugada, sucia.
Se frota los ojos para quitarse los cheles, deseando lavarse la cara con agua abundante y jabón que haga espuma, verse al espejo, rasurarse, quedar limpio de mugre, dolor y hastío. Nota que al respirar, la camisa se le pega a la piel, húmeda de sereno y sudor.
Despertar lo golpea fríamente. Tendrá que levantarse a juntar fuego, calentar agua para el nescafé, encender bien quedito el radio, escuchar las noticias mientras amanece, se despiertan los demás, se reanuda la marcha.
A punto de sentarse, estirar los brazos y bostezar, cuando recuerda lo que vio mientras la noche se cobijaba en él, enchamarrada bajo sus párpados. Vio a Xpiyacoc, El Amanecer, deslizándose, dejando a su paso hilos de una sustancia oscura y viscosa, hasta llegar ahí: en ese lugar en donde acamparon por la fatiga; acurrucándose a dormir en una cicatriz de la Lacandona; en un punto sin nombre, equidistante de parte ninguna. ¿Había sido, Xpiyacoc, un sueño?
Un presentimiento aterrador lo embarga. Durante la noche, tuvo un encuentro con el trueno a media tormenta. Se asomó con la cara sucia, hacia el tiempo improbable.
De rodillas, se desplaza con movimientos ceremoniosos - lentos, previsibles- para desbaratar el improvisado lecho de hojas de palma, sobre el que durmió. Con la mano abierta, recorre el suelo donde descansó - lo encontró tibio- pidiéndole, con esa caricia, que perdonara su peso, que no delatara su sueño, que lo olvidara por completo.
Se ajusta el cinturón y, como colocándose un escapulario, pasa la correa del fusil sobre su cabeza. Se voltea. Entre las sombras, descubre a sus compañeros, jateados alrededor del fuego, aún atrapados en las redes del sueño. Ni por qué despertarlos. Arriesgarse a que le digan "no jodás", "andá a despertar a tu madre, cabrón", con justa razón.
Hacerlos partícipes de su premonición, de su sospecha, de lo que le fue revelado en sueños, es poner el propio cuello en la soga. Si lo hace, sabe cuál será el curso de la reunión para evaluar la campaña, el momento de la crítica y la autocrítica. El Comandante Benigno, con un rostro serio -a la medida de las circunstancias- pronunciará la condena por violar el sagrado reposo de los guerreros:
- El compañero Santiago tendrá a su cargo el lavado, hervido y molido del maíz durante una semana.
- Bueno estuvo porque ni el negro Luther King despertó a su raza para decirles que había tenido un sueño - agregará, sin falta, el condenado Alfonso, para lucir su internacionalismo.
A esta altura, alentado por el Alfonso condenado y para no quedarse atrás, el compa Salvador, para recordarles que fue catequista antes de todo esto, añadirá (tratando de disfrazar la nostalgia):
- Y ¿qué le pasó pues, compañero? ¿Ya se creía usted José, el soñador? ¿No soñó vacas gordas y vacas flacas, compa Santiago?
Salvador sosteniéndose el sombrero con la izquierda, echando la cabeza hacia atrás, soltará una risa un tanto amarga, entre dientes, apagada...
- Del árbol caído, todos hacen leña - piensa Santiago. Conociéndolos, prefiere hacerse el desentendido.

 
3
 
4

ARRANCA UN PAR DE BEJUCOS. Pone la rodilla en tierra. Flexiona la pierna derecha a manera que ésta quede enfrente de él. Su mirada, erguida y orgullosa, divisa en la distancia, entre las sombras y la niebla, un palo gigantesco de caoba. Quiere, al respirar, absorber el aroma de la noche alejándose. La postura de su cuerpo es casi solemne.

Mientras enrolla un bejuco en su bota derecha a manera de cinta, socándolo para ajustar el hule de la bota al tobillo, piensa en el magnífico caobo, en cuánto costaría una troza de esas puesta en Tenosique, en...
Una habladera, un murmullo de personas, se hace inconfundible. Viene de su lado derecho, tras la niebla y los escobos, creciendo a cada segundo, haciéndose entendible, dejando de ser susurro para convertirse en palabras, "aquí hay un subversivo!", "¡aquí están los hijos de puta!", "¡Teniente Camacho!", "¡echen verga!", "¡Valentín, colóquese detrás de ese tronco!", "¡le caímos al campamento!". Y sonidos secos de hierro chocando contra hierro, clac, clAC, CLAC y pasos, gemidos, rayos, truenos, el fuego de la batalla.
Santiago se tira al suelo. En el aire, le quita el seguro al fusil. Al caer, comienza a arrastrarse hacia el caobo que halló entre la niebla y las sombras. Para llegar a él, tendrá que seguir derechito, desplazándose sin torcer el rumbo.
El ambiente se llena de aullidos desgarradores, de planetas en llamas fuera de órbita, de olor a pólvora y sorpresa. Se rasgan las hojas y el silencio. Se quiebran las ramas y el tiempo. Un traslape de emociones y minutos. Un vaivén de lo perdido y lo que queda por perder.
No quiere ni voltearse, resignado a la imposibilidad de teorizar sobre el caos. Ya se enteraría quién se logró despertar, quién huir sin olvidar la mochila o el cinturón, quién resultaba herido y quién ya no resultaba. Como siempre, los que quedaran vivos se reunirían en la Zona Base, se haría el recuento y santos en paz. En dos días, esta batalla sería recuerdo.
Concentra su pensamiento, su voluntad y sus deseos en llegar al caobo, que lo atrae misteriosamente. Su cuerpo se adhiere al suelo con una fuerza inhumana. Al arrastrarse, más bien parece reptar como un animal maldito. Reptar es la palabra para llamar aquello innombrable: ese lento ondular del cuerpo que aún conserva destellos de sueño, a un mismo ritmo. El sonido que producen las hojas muertas, caídas desde las alturas como ángeles desobedientes; las plantas pequeñas apenas desprendiéndose del humus; rozando la tela del uniforme impermeable: jis, jis, jis.
Él mismo piensa en su nahual. Siente deseos de tentar a alguien a comer el fruto del árbol del bien y del mal. Se imagina una gigantesca ponzoñosa hasta que logra que sus brazos se diluyan en sus costados, sus piernas fusionándose en una sola, su cuerpo entero enfriándose, y, de pronto, ve hacia ambos lados a la vez. No puede reptar como antes, como hubiese querido. Le pesa un no sé qué como para aún tener la habilidad del inocente.
Una sacudida violenta. La agonía de sentir sus brazos expulsados de su segundo hogar, de sus piernas desgajándose. Su sangre calentándose lentamente. Punzante e indescriptible, el dolor de volver a sentirse hombre: fue visto.
- Mayor Santiago, ¿es usted?
A veces, una mirada lo devuelve bruscamente al mundo de los hombres.
- Despierte, Mayor Santiago - clama la voz de bicho, entre ordenando y pidiendo disculpas: ¡Le cayeron al campamento!
Su cuerpo, entibiándose, conserva la reminiscencia de las escamas. No había forma de explicarle a Bicho, de hacer entendible para él lo que le sucedía. Explicarle lo había soñado, que...
- Al principio, me asusté. Pensé que usted era una Barba Amarilla. Pero, ¡qué putas! ¡sí es usted! - exclama Bicho, como justificándose, antes de reír con su acostumbrado "je, je" seco que acompaña con una especie de convulsión.
La percepción de la madrugada, de la gravedad de la situación, de la inminencia de la muerte, del absurdo de la aclaración de Bicho en medio del caos, lo va absorbiendo. Aprieta los dientes, siente rabia. Tiene ganas de... cuando ve que Bicho se parapeta detrás del tronco más cercano y abre fuego. No sabe si dispara para evitar una maniobra enemiga, para delatar su posición o para qué, ¡si hay que retirarse pero ya y a cualquier costo!.
Tiene ganas de preguntarle a gritos qué chingados está haciendo, pero Bicho se voltea y lo ve, con esa mirada bizca, y el Mayor Santiago comprende lo que le quiere decir: que sabe que el Camino del Mayor es hacia el caobo, que no tenga pena, que lo cubre mientras se repliega.
De los labios de Bicho se desprende una de esas sonrisas que secretamente enfurecen a Santiago, porque descubren sus pocos dientes grandes y torcidos, cubiertos por una capa amarilla, repugnante, y revelan su retardo mental. Siente lástima, compasión, asco.
- ¿Qué sabe él de éstas cosas? ¿Qué sabe él de nada? - se pregunta, enfurecido, Santiago.
Lo ve arqueando las cejas, disparando con una mueca de enojo que no le va a esa cara de niño que tiene todavía Bicho a los quince años. Cree conocerlo y eso lo enoja aún más. Desde su incorporación, le dijo "escoge un nombre" y quiso llamarse Luis. En cuestión de segundos, pasó a Güicho y, le tomó un instante al condenado Alfonso para bautizarlo como Bicho. Y la tropa lo trata como tal: un insecto.
- Bien apuntado cada tiro, ¿verdad Mayor? - se voltea a decir Bicho, siempre preocupado por hacer lo justo. Santiago no sabe qué responder. Por supuesto, esa es la consigna en los entrenamientos pero, ¿se aplica a esos ojos bizcos que observan dos mundos a la vez?
El Mayor Santiago levanta su fusil. Aprovechará esta escaramuza para segar la vida de su subordinado, justo ahora que su víctima está entretenido en el combate. Ni cuenta se daría el pobre e inocente bicho. Un disparo lo transformaría en héroe de guerra, muerto en combate (en el fondo, ¿importa quién le disparó la bala? piensa Santiago). Lo recordarían como un valiente compañero que llego hasta las últimas, fiel al pueblo y a la Revolución. Gritarían su nombre, en formación, antes de cada campaña: ¡Que viva el solidario y consecuente compañero Luis! La muerte lo liberaría de su propio peso, borraría sus defectos. Descansaría de sentir que Bicho lo ve como él ve a Bicho...
A través de la mira, distingue su cabeza semi-rapada, siempre propensa a los piojos. Está a punto de apretar el gatillo cuando una sombra nubla su vista.
Al bajar el arma, descubre que un compa va corriendo en dirección a la caoba, por el Camino del Mayor. Lo sigue con la mirada. Ve su espalda delgada, sus brazos agitándose enérgicamente, sus pies descalzos que van dejando huella en el húmedo barro, las tiras de pelo negro lacio levantándose a cada paso. Se dio a la fuga sin mochila, sin arnés, sin botas, sin nada más que susto. No hay duda, es Fidel el que intenta huir de la muerte, para ir al reencuentro de Rosa, la mujer que lo acaba de convertir en padre por vez primera.
La lluvia de balas no se hace esperar, cortándole el paso.
- ¡A tierra, Fidel! - grita el Mayor, casi instintivamente.
Tensa la mandíbula. Arquea las cejas. Su rostro se endurece, convirtiéndose en una máscara de piedra. Quisiera bajar la mirada y no ver la cabeza de Fidel girar hacia atrás, el cuerpo derrumbándose, frenado en seco, las manos que se estiran queriendo atrapar aquello que se le escapa irremediablemente, el colapso total.
El Mayor que reprime el grito, no de tristeza, sino de rabia: "la puta que te parió, pinche buey; de qué te sirvió tanto año cerote en esta guerra maldita, para que te terminen matando así; coño, carajo; valés verga, pisado".
Daniel, el médico de la unidad, ha llegado a rastras hasta donde se encuentra Santiago, el Mayor.
- ¡Cúbrame, Santiago! - ordena Daniel mientras, con las rodillas dobladas y encorvada la espalda, avanza hacia el cuerpo abatido.
Santiago se parapeta a dos brazadas del puesto de Bicho, tras un caobo tierno y, rodilla a tierra, comienza a disparar. Le molesta que Daniel no respete su cargo, que le dé ordenes y obedecerle ciegamente. Pero no puede obrar de otra manera. Obedecerle es un agradecimiento porque Daniel le enseñó el arte guerrillero, es reconocer que fue su maestro, es aceptar una deuda. Daniel guió su metamorfosis con rigor y pasión; haciéndolo servible, adaptándolo. Los de la ciudad, siempre son torpes, ruidosos, desesperados, orgullosos. El médico le quitó, casi por completo, el estigma de haber nacido en la urbe. Al cabo de una década, la presencia de Daniel le recuerda que él es de otro lado, que no creció en el monte, que nunca pertenecerá a este lugar o, después de éste, a ningún otro.
-¡Fidel está vivo, Santiago! - le dice Daniel, acostado tras un árbol caído.
- ¿Qué estás diciendo, Daniel?
- ¡Fidel no está muerto, por la gran puta! ¡Le volaron la mandíbula, es todo! - asegura el médico, señalándolo-. ¡Hay que sacarlo de aquí!
- ¡Hay que retirarnos, Daniel! - sentencia, severo, el Mayor; desde su puesto, es imposible distinguir el rostro mutilado del herido.
Siente la mirada de Bicho, siempre preocupado por hacer lo justo, en la nuca.
- ¡Lo puedo salvar y usted me va a ayudar, Santiago! - ordena Daniel, arrastrándose hacia el herido que, tendido boca arriba, respira con dificultad.
Al llegar el médico, le jala el pie izquierdo a Fidel para sacarlo del alcance de las balas enemigas. Santiago distingue el sonido que produce la agónica respiración del herido, aún en medio del ruido de las metrallas. Daniel peligra.
No voy a arriesgar a nadie más, piensa. El Mayor grita enfurecido:
- ¡Retírese, Daniel! ¡Es una orden!
- ¡Santiago! - recrimina el médico, negándole el cargo-. ¡Fidel está casi a salvo!
- ¡Obedézcame, por la gran puta!- concluye el Mayor Santiago, sintiendo la mirada de Bicho clavarse como un puñal en su espalda. Volteándose para gritarle:
- ¡¿Qué chingados está viendo compañero?!
Santiago percibe la inocencia golpeada de un Luis que se voltea y dispara, viendo hacia la nada.
Detrás de Bicho - que siempre se siente disminuido -, las siluetas alrededor de la fogata apenas se distinguen. El Mayor, pecho a tierra, se desliza hacia el círculo de tizones y cenizas para reivindicarse ante Luis al salvar a los compañeros que se quedaron dormidos ahí.
A orillas de los rescoldos, tendidos boca arriba, dos de sus hombres permanecen inmóviles. Al acercarse, reconoce a Lucio - por el reloj, el cincho, el pañuelo medio salido de la bolsa de la camisa- y al sub-teniente Bertín, hijo de doña Pilar. Los mueve porque sí. Es inútil, lo sabe. De Lucio, ni hablar. Bertín tiene los ojos abiertos, la mirada ausente. Piensa que sería bueno cerrárselos, orar por él, intentar sacarlo de allí y enterrarlo cristianamente.
De pronto, en las pupilas de Bertín observa una imagen: los rescoldos de la fogata, alguien que se arrastra, que se acerca al fuego, se sumerge en él, alguien que se va extinguiendo.
De golpe, lo inunda una sensación de desesperación y arrebato. Con un sabor amargo en la boca, apenas si le da tiempo para arrancarles, a ambos, los fusiles de las manos, negándole esa victoria al enemigo. Hace una mueca ambigua, entre el repudio y la resignación. Escupe. Se voltea. Tan rápido como su viejo cuerpo lo permite, se arrastra hacia el caobo tierno.
- ¡Bicho! ¡Encárguese de este fierro! - le grita al pasar, levantándose, irguiéndose para agarrar carrera.
Luis lo ve con duda, con temor, como si aún fuese un niño, un menor, casi llorando. El Mayor, evitando que la voz se le quiebre, ladra (entre ordenando e implorando):
- ¡Compañero! ¿Qué espera para cubrirme?
Entre las sombras de la noche que se repliega, el agua condensada en la niebla, los gritos dispersos, la respiración agonizante de Fidel, el Mayor se lanza a cruzar la lluvia de fuego que lo separa del caobo. Agazapado, comienza a dar los primeros pasos en su ardiente Camino, el de Santiago.
5

QUISIERA CORRER A LA VELOCIDAD DEL TRUENO, pero es viejo ya. Siente que cruza un puente en llamas. Una armazón de madera en medio de la selva, en medio del tiempo. Algo que arde, que cruje bajo sus pies, que intenta abrazarlo, consumirlo, extinguirlo. ¡Un Camino de fuego en un Campo de Estrellas! Ve, a cada paso, catorce jinetes cabalgando los llanos de Sintla, aldeas convertidas en combustible, los ojos abiertos de los muertos sin sepultura, herejes ardiendo en las hogueras, indígenas con uniforme guerrillero, guerreros encaminándose hacia Tierra Santa en busca de un Cádiz sagrado con el que él alguna vez brindó, los libros consumidos en la Biblioteca de la ciudad del Faro y todo - fuego, muñones, disparos, lanzas, plumas, libros, rostros- convergiendo en las aguas de un río que se tiñó de sangre en los llanos de Olintepeque.
Antes que el Mayor Santiago alcance el caobo gigantesco (del tamaño de una catedral) una ráfaga lo alcanza a él.
Desde la distancia, tendido en la tierra, respirando silencio, Daniel ve el rafagazo que decapita al Mayor; un alarido bestial desgarra su garganta.
La cabeza de Santiago, despellejándose, cae hacia atrás. El cuerpo da un par de pasos más, antes de que sus piernas cedan y se doblen. Cae hincado frente al caobo. El cuello, abierto, golpea el tronco, tiñéndolo de un líquido espeso, de color bermejo. El decapitado queda como reclinado contra el caobo, tronco contra tronco, a media altura, sin poder llegar hasta el suelo. Los brazos, colgando a los lados; las manos que se aflojan, que sueltan los fusiles que caen sin hacer ruido alguno.
La cabeza del Mayor golpea la tierra y rueda entre el polvo hacia Daniel. El destello de la sangre. Los ojos del Mayor abriéndose para absorber las últimas imágenes, los últimos colores, viendo cada vez más lejano y menos propio el cuerpo, el que fuera su propio cuerpo, reclinado contra el tronco del caobo como una gamba de carne y hueso, una especie de raíz que asciende hacia las luces, una rama cuya altura está en las profundidades.
Daniel ve como si la cabeza, que rueda en tierra, estuviese metida dentro del tronco, observando la intimidad del árbol que comunica al cielo con el infierno, que absorbe las luces y las tinieblas, nutriéndose de ambas. Y luego al bajar su vista, observando el rodar de la cabeza de Santiago, los ojos que se abren, que lo ven desde lo inexplicable, con sorpresa y horror.
En ellos, galopando, sin tiempo, las imágenes que preceden la llegada de la oscuridad, de la ceguera que produce la muerte. Allí, como atrapada, transcurre precipitada la secuencia de una vida ajena y extraña, una mujer olvidada, una niña perdida. Daniel ve desde afuera, en el rostro de Santiago, boquiabierto, agonizando, el pasado que se desliza y cae hacia el abismo.