Retorno a la vasija
 
 
 GERARDO MALGASTA los cinco días sagrados, que marcan el fin del Calendario Ordinario, sumergido en una única angustia: la del movimiento. Los Libros anuncian que una revelación tendrá lugar durante el último día del Ciclo. La preocupación lo obsesionó de tal manera que cesó su andar en los cafetos de la tierra del venado. Asaltado por la premonición, agarra el camino viejo hacia Kaminal, con un matate bajo el brazo. Las voces enterradas tienen eco en él, llamándolo.

CECILIA CIERRA el antiguo libro de Shu Chang, que trata de los cometas. El avión en el que viaja aterriza. Lleva años fuera; más de diez. Salió arrastrada por una pasión, que se enlazaba con el estudio: quería ser bailarina y coreógrafa.
Llegó a Nueva York, siendo una más de las tantas aspirantes a danzar. Dudaron de ella, venía de un país del cual nunca habían oído hablar. Tan pronto estuvo sobre las tablas, ganó su espacio a base de su destreza, el coraje que la hacía incendiar. Le dieron su entrada a la Academia.
En un lapso breve, de alumna pasó a instructora. Su paso por la cátedra fue incandescente. Juntó un grupo de seguidoras. Con ellas, y el prestigio adquirido, montó su primera pieza. La diseñó en doce partes que se fragmentaban y reconstruían treinta veces, llenado el escenario con cuatro ritmos corporales distintos, simultáneos, pero coherentes. La llamó Babilonia. Fue un éxito. La sala del Teatro se abarrotó con curiosos y comentaristas.
En la siguiente, coordinó el movimiento. Ideó una danza multitudinaria que tuviera "superficie" y que ésta fuese desplazándose y cambiando acarreada por un ritmo de océano en calma. Agregó una variante: de tanto en tanto, parejas o pequeños grupos de bailarines, se alzaban sobre el resto que los sostenían y, sobre éstos, ejecutaban un baile distinto. En primer plano, al borde del escenario, Cecilia, alejada del resto, sola, ejecutaba una danza agonizante. El público asistió en masa. Hubo pleitos por, y reventa de, boletos. La crítica fue unánime: movimiento de balanceo superó a su antecesora. Manhattan estaba a la expectativa.
Cecilia respondió al reto presentado a tres bailarines solos en un escenario oscuro. Jugó con la iluminación. Por momentos, parecía que los danzantes adquirieran luz propia y, de cuando en cuando, se entrecruzaban entre sí, se eclipsaban unos a otros. El centenar de veces que se presentó el ciclo de los Saros recibió ovaciones de pie de parte de los espectadores.
Inevitablemente, sucedió el desplome. La coreógrafa fue demasiado lejos. Su siguiente propuesta fue un escenario totalmente vacío, oscuro, tenuemente iluminado, en donde irrumpían, sin orden ni tiempo, un número de bailarines determinados al azar (por medio de dados lanzados un minuto antes, tras bambalinas). Los mismos protagonistas protestaron y fueron desertando. Los periódicos publicaron entrevistas en donde éstos revelaron que la nueva obra de Cecilia ni siquiera requería ensayo previo; ésta tan sólo les recomendaba que "salieran a hacer lo que sabían". Después del estreno, las butacas permanecieron sin espectadores. Epicureo fue un fracaso.
 

- NO TENGO TIEMPO - dice Teresa a las personas que la visitan para que no se extiendan en conversaciones que la desvían del propósito grave de su existencia.
- Tengo muchos pedidos - agrega.
Al fin, no entenderían su misión, el encargo que le ha dado Thoth, el Sacrosanto, quien la ha nombrado colaboradora, vigilante, guardiana. Además ninguno la comprendería, si les revelara la función que cumple. La llamarían loca. Encontrarían justificación en sus ojos redondos, abiertos descomunalmente, para clasificarla de zafada, meterla al manicero, consignarla. La gente es así. Irresponsable, prejuiciosa.
Ninguno de ellos tendría la suficiente amplitud de criterio, para comprender que la vivienda de Teresa se construyó en lugar sagrado, puerta abierta a otras dimensiones, a otros tiempos. No llegarían a sospechar que la razón por la cual la anciana se hizo escultora y la razón por la que nunca sale de su casa, son una y la misma. Cumplir la orden sagrada: capturar, fijar en el barro, a los espíritus que intentan fugarse de las sombras a través de la puerta que se abre hacia este tiempo distinto; convertirlos en esculturas y venderlos para que moren otros cuerpos, sin escapar.
Ella sabe que una de las normas que rige lo que quedó oculto es: las fiestas son cauce que se abre fuera del tiempo, propicias para rehacer lo deshecho. Las festividades hacen que los espíritus intenten huir de las sombras donde reina el Abominable.
Su labor, entonces, es delicada. Estar atenta para capturar a los huidos, no dejar que escape ninguno, convertir su libre forma en barro pesado.
 

CECILIA HA SOÑADO con puertas y máscaras. Melvin interpretó su sueño: le ha dicho que se trata de la búsqueda de la trascendencia. Empinada en esas palabras, la coreógrafa aplicó a una beca para el estudio de la danza en las regiones mesoamericanas. Le fue otorgada.
Cecilia sabe que la tierra en donde dejó enterrado su ombligo, tiene un secreto guardado para ella. Algo relacionado a la ruta del movimiento que descubrieron los ancestros. Tomó un avión, de vuelta.

LA VIEJA TERESA ve que un espíritu joven, luciendo un cuerpo esbelto y bello, entra a su vivienda. Lo deja estar. Le prepara una celada. La visitante pregunta por encargos especiales. Que si la escultora está en capacidad de hacer máscaras dramáticas. La Guardiana le dice que si gusta puede ver en el fondo, donde tiene algunas otras cosas más. La curiosa acepta.
En ese momento, sin saber por qué ha llegado a esas calles, Gerardo entra a una tienda de esculturas y ve. El tiempo se abre. Un espacio lleno de luz. Aullidos de coyote. Trote de venado. Aleteo de colibrí. Olor a hierbamora. Una anciana se lanza, furiosa, sobre una joven. Recubre de barro el cuerpo hermoso, grácil. Le lleva un par de minutos, una lucha febril. Vence, finalmente. La joven ya no es más; es vasija, redonda y oscura.
Gerardo ha visto. No pronuncia palabra. Se marcha. Pegada a la cabeza, tiene una duda. Se sabe dormido, dentro de una cueva, acostado en un petate, en alguna parte del camino. Sabe que la cueva es vasija y útero a la vez. Él está adentro. No sabe si está siendo gestado de nuevo. Pero siente el movimiento, como marea, alrededor de él, envolviéndolo.