LA HERENCIA


En aquella ciudad vivían dos mujeres bastante pobres, madre e hija, que tenían fama de hechiceras. Mientras la madre era de aspecto ordinario y fea, la belleza de la hija, cuando tenía sólo catorce años, había sido motivo suficiente para que un joven de origen humilde se suicidara.
La historia aquí relatada ocurrió cuando la hija tenía ya veinte años. Su madre había muerto y le había dejado, además de la casita, un mapa trazado con gran artificio. En él figuraban una serie de diseños que de alguna manera simbolizaban los caprichos de varias personas, y enseñaban cómo ciertas parejas se habían formado según la vieja lo había dispuesto.
Una mañana, una mujer fue a buscar a la joven para decirle que temía que su marido le fuese infiel. Cuando la mujer le hubo contado toda su historia, acordaron otra cita, en la que la joven le daría un remedio para aliviar sus sospechas. Pero la mujer no volvió; y una semanas más tarde, cuando la noticia de su muerte llegó a oídos de la joven, ésta alcanzó a entrever lo que había sucedido. No tardó mucho en averiguar lo rico que era el recién enviudado, y, habiéndose resuelto castigarle, consiguió un retrato suyo y un retrato de su hijo. Los estudió con cuidado. El joven le atraía, y decidió que, una vez el padre hubiese desaparecido, ella y el hijo podrían ser felices.
Entonces comenzó a vigilar los movimientos de su futura víctima que podían ser observados sin que él lo advirtiese. Por fin, una tarde se puso a esperar a que su automóvil apareciera, un punto plateado sobre el horizonte. Cuando el hombre la miró que agitaba los brazos a la orilla del camino, detuvo el auto. Ellas se arqueó hacia adelante; él bajó la ventanilla y luego abrió la puerta. Como se lo había imaginado, no le fue difícil intimar con él. Al llegar a la cuidad, se bajó del auto, no muy lejos de su casa, y se despidieron hasta el día siguiente.
Desde el momento en que lo había visto, había sentido repugnancia por él, así que le fue fácil seguir adelante con su plan.
No muchos días después, fueron solos los dos a una casa que él tenía en la montaña, pocos kilómetros al norte de la ciudad, en donde ellas pensaba estrangularlo con la cinta que llevaba ceñida a la cabeza. Se revolvían en uno de los sofás del piso superior, y él tenía los ojos voluptuosamente cerrados, cuando ella se desató la cinta y le rodeó el cuello. Con la mirada ausente, tiró. Y los esfuerzos que el hombre hizo para librarse resultaron vanos. Una vez muerto, lo vistió y lo dejó ahí. Salió corriendo del salón, y de puntillas cruzó el corredor que conducía al dormitorio. Con violencia deliberada desencajó el viril relicario de oro que colgaba de la pared sobre la cama, tomó la imagen y la escondió en su bolso. Al anochecer la enterró en el jardín detrás de su casa.
Dejó que pasaran dos meses. Al cabo de ese tiempo, comenzó a frecuentar el café en una esquina por donde el hijo de su víctima solía pasar todos los sábados. Un buen día, cuando lo vio que se acercaba distraídamente por la acera, salió a su encuentro, y le dio un empujón con el hombro, haciendo que ambos perdieran el balance. El joven se disculpó aturdidamente, y una sola mirada bastó para que los designios de la mujer tomaran un giro favorable.
La boda fue celebrada en el invierno. Pero mientras él era dichoso, ella se fue convirtiendo en la presa de su propia conciencia. Comenzó a sufrir pesadillas. Una noche se despertó con las manos al cuello. A pesar de los esfuerzos de su esposo por que conservara la cordura, las subsiguientes sesiones de hipnotismo, y los varios afanes de los médicos, al cabo de dos años la mujer había enloquecido. Nunca se halló la razón de su demencia; pero cuando ella, no sin cierta alegría, presintió que iba morir, tomó a su esposo del brazo y se pasó al otra mano por la garganta. Él asintió con la cabeza, indicándole serenamente que ya había comprendido.