EL MONASTERIO

I

En la cumbre, donde el cielo se une con la montaña, hay una casa grande. Había sido un convento, pero los frailes lo abandonaron. Una noche, fray Angelo despertó dando un grito. Los hermanos que lo oyeron despertaron también. Fue un grito largo. Cuando los religiosos que dormían en el piso de abajo lo encontraron, todavía salía un silbido ronco de su garganta. Estaba desnudo. Parecía que varias manos hubiesen rasgado sus hábitos, y su cara mostraba arañazos profundos. El superior ordenó llevar agua fría y agua hirviendo al cuarto. Luego, se ató al hermano a los postes de la cama. Al clarear el día, fray Angelo había muerto· El hecho se repitió con fray Bartolo, con fray Natalio, con fray Fortunato y, por último, dándose por vencido, el superior cerró el convento.
Ahora, el edificio está vacío. Es una casa de tres pisos y amplio sótano. En el centro hay un patio donde los hermanos solían pasear cuando oraban. En el piso más bajo están la capilla mayor y el oratorio, en la parte norte; la cocina y el comedor, al sur; al este una pared con una sola entrada; al oeste, la oficina del superior, y a su lado, comunicada por una puertecita, está la oficina del asistente. En los dos pisos de arriba hay treinta y seis dormitorios y en el sótano están las celdas, treinta y seis también, cuartos muy apretados y sin luz.

II

El viento y los árboles producían una especie de canto, recordé lo que me dijo mi padre cuando dejé la casa: "Cuando vuelvas todo estará igual."
Se llega al monasterio subiendo por un sendero. Al caminar, las ramas, a un lado y otro me rozaban los hombros y, a veces, las mejillas. "Se inclinan a mi paso para reconocerme", pensaba para mí. "Es el hijo del comerciante -dirían cuando ya no pudiera oírlas -, quiere abandonar el mundo." Abajo, al volverme, vi -allá lejos- el pueblo. No quería regresar. En otro tiempo caminaba hasta llegar a la orilla de la islita de casas y veía el sol caer, detrás del campo verde, o rojo. Era una manera inexplicable de gozar. Pero, tardes después, aunque seguía caminando y veía el atardecer, nada se movía ya dentro. Veía la luz perderse bajo la tierra; los atardeceres eran como gotas que me torturaban con su constancia. Y durante las noches, las estrellas eran puntos inservibles. ¿Qué enfermedad había nublado mi pensamiento? La oscuridad había bajado, lenta, sobre mi; como una nube se tendió sobre mi horizonte. ¿Cuál era la causa? La encontré durante un sueño, en una hoja de papel, escrita con letras que me dieron la impresión de muy antiguas. Se leía: "La Cause de Todas las Causas es Dios." Sopló el viento y me arrebató el papel de las manos. Se lo llevó jugando con él.
La causa de mi aburrimiento, lo supe entonces, era Dios. Al despertar, el sol estaba en lo alto. Mientras esperaba a mis padres -que volverían del almacén- busqué en un mapa el sitio donde se encontraba el convento. Cuando llegué al final del camino, mi ropa estaba en jirones y sentí los arañazos que las ramas dejaron en mi rostro. Estaba en la cima de la montaña. El viento silbaba. Atravesé el umbral del edificio; por fuera, los muros estaban cubiertos de hiedra; por dentro eran negros; no había tejado, y, dentro, el viento era silencioso, callado.
Llegó la noche. Me acosté en el suelo y me quedé dormido, aunque no profundamente, sino vacilante: entre sueño y vela. Lo que veía, era y, al mismo tiempo, parecía no ser. Los muros cambiaron, se cubrieron de blanco. En el centro del patio había una fuente y hacia el norte, un árbol. Me puse de pié y fui a sentarme a su sombra. Veía la luna en le agua de la fuente. Una línea luminosa bajó del cielo. "Un espíritu", dije, casi despertándome. Sus tejidos eran transparentes y un flujo de colores corría en su interior. Pero al ver su cara, sentí miedo, y con un grito interior le dije: "No." Y desapareció.
Cuando me vi solo, reflexioné con temor. Poco después, un hombre entró en el monasterio. Sus pies, al andar, parecían que no tocaban el suelo. Se acercó y, en silencio, se sentó junto a mí. "¿Qué buscas?", me preguntó. Su voz era baja y pastosa. "Qué buscas," repetí para mí. El sonido de las palabras se extendía sobre el silencio. Yo buscaba el descanso, pero la soledad y el silencio me atormentaban. "¿Conoces a Regina?", le pregunté, dirigiendo la mirada hacia él. No se volvió para mirarme. "Entonces no puedo ayudarte", respondió. Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Corrí tras él y lo alcancé. Se detuvo y me miró. Su cara era suave. "No sé lo que busco; tal vez no lo sé·" Hablé con dificultad; miraba al suelo y movía la cabeza. Él regresó a la fuente y yo lo seguí. "Acuéstate y cierra los ojos", le oí decir. Vacilé un instante, pero le obedecí. Aunque sabía que soñaba, todo estaba impregnado de realidad. Sus dedos me tocaron la frente. Un frío doloroso me atravesó. Su otra mano sujetaba mi garganta. Dos cotas tibias corrieron, bajando has mi sien, y las oí, una después de la otra, al caer al suelo. "¡Abre! ¡Abre!", escuché. Separé los párpados: todo se había transformado. Avanzaba, desvaneciéndome, en la oscuridad y atrás quedaba un hilo. Delante, suspendido en el aire, brillaba un cuerpo. Parecía una enorme moneda. Recordé que soñaba.
Me desperté. Se levantaba el sol, y sus rayos entraban por la puerta. Un rumor intenso me hizo levantarme. Corrí y, al pasar bajo el dintel, vi que estaba cubierto de insectos blancos y diminutos. "Termes", pensé. Di unos pasos más y un sonido sordo se produjo a mis espaldas. Me volví para ver qué sucedía, y luego corrí hasta llegar al pueblo, sin detenerme.

Para Salvador Aguado Andreut