EL CAMINO SE DOBLA

UNO


Bajaba despacio por el camino. En el suelo yacía un enfermo, los ojos en blanco, sin color en la piel vendiendo agonía con la mano abierta. Antes de llegar a la casa tuvo que pasar junto a dos perros que parecían perdidos y una rata muerta.
Aunque la puerta estaba cerrada, estaba seguro de que había fuego en la chimenea. Alguien se acercaba por el camino que él había tomado. Por un momento desconoció la puerta y las gradas de la casa, pero pronto volvieron a verse como antes. Miró al suelo, tal vez en busca de una nota, o una excusa. Se volvió para mirar la colina, con curiosidad y un poco de mido, pues quería ver la cara de quien le seguía.
Metió las manos en los bolsillos, como si hubiese olvidado algo, y se dio cuenta de que estaban vacíos. Rascó el fondo de la tela e irguió la cabeza cuanto pudo.
El otro hombre era más alto que él. Andaba con los brazos cruzados a las espaldas, un paso ahora y otro después, con los pies descalzos. Se detuvo frente a las gradas de piedra, obstruyendo el paso deliberadamente.
Sin decir nada, el primer hombre comenzó a bajar. El segundo no se movió hasta que sus cuerpos casi se tocaron, y luego, arrugando la frente, dejó pasar al primero. Subió los tres peldaños. Sus latidos le sorprendieron. Sin moverlos pies, volvió la cabeza.
El extraño corría.
Las tres líneas en su frente se hicieron más visibles. Dio dos pasos largos y tocó la puerta.
Volvió a mirar hacia atrás; el camino estaba vacío.
Sacó una llave, acercó el oído a la puerta, y en vano buscó algún sonido. Metió lentamente la llave en la cerradura, le dio dos vueltas y empujó.
Había luz en uno de los cuartos. El fuego había sido descuidado y estaba por apagarse. La luz venía del fondo del corredor. Sin hacer ruido, sin tocar nada, llegó hasta el último cuarto. Afortunadamente, estaba vacío. La casa entera estaba vacía.
Fue a sentarse cerca del fuego, en su frente podía leerse la preocupación y la presencia de muchas ideas.
Media hora después, su semblante cambió de repente al sonido de tres golpes secos que llegaron de la puerta. Se sentía culpable. ¡No haber sido capaz de preguntarle nada al extraño! La sorpresa había sido demasiada. Aun así, se sentía cobarde.
Abrió la puerta.
Primero entró el viento, compacto y frío. En lugar de la sonrisa que esperaba, sin sentir dolor, recibió una puñalada. La hoja le abrió la piel en el ombligo, y subió, dejando una estela roja casi hasta la garganta. Afuera, las estrellas brillaban. El cielo se rasgó en dos mientras el hombre caía. Siguió cayendo durante mucho tiempo. La casa comenzó a convertirse en una nube que luego se alejó; la colina de enfrente se convirtió en una ola; las gradas eran un elefante, y el camino un túnel invisible.
Dejó de sentir el frío del viento, y las formas dejaron de aturdirle al cobrar los matices de un azul cada vez más profundo.
Cuando se dio cuenta de que el aire ya no pasaba por sus narices, comprendió que no tenía nariz.
Después de buscar con insistencia en la memoria, recordó que nadaba. Recordó también el extraño túnel invisible. Perdido en sus pensamientos, siguió nadando.

DOS


Los dos niños que primero hablan y caminan son separados del grupo. Un anciano los lleva al templo, donde crecen desnudos, y permanecen desnudos hasta que son iniciados en todas las artes y los juegos, y hasta que han leído todos los libros.
A la edad en que son instruidos sobre la luz, uno de ellos es conducido al interior del templo, y allí, tras una cortina de arena roja, ve por primera vez vino y mujeres. A la hora en que la luna hace más profundo el sueño, un hombre (delgado y viejo) se acerca al elegido, y, mientras duerme, le pone una flor negra en la boca, y con el polen le frota los párpados. Esto le produce visiones, y sus ojos se secan para siempre. Luego es conducido al cuarto que forma la cabeza del dios. Durante cuatro años permanece ahí, para dictar el futuro de otros hombres e inventar su pasado.
Dos niñas de nueve años le traen carne y leche de gacelas, aves untadas con miel, e higos. Un joven de piel oscura entra el cuarto ocho veces cada día, le trae madera para el fuego que alumbra los ojos del dios, e incienso para adorar. Cada día las niñas y el joven son distintos, pero sus voces son iguales, son iguales las líneas de sus manos, y sus pasos se oyen siempre los mismos.
Una noche, transcurridos los cuatro años, una gota resbala por su mejilla, y mientras se pregunta qué habrá sido de su vida y su pasado, lo conducen a su último lecho.

TRES


La sensación de mareo no lo había dejado, y el camino se le hacía más largo a cada paso. Lo esperaban ya sentados a la mesa cuando llegó; su lugar de costumbre parecía también agradarle.
Fuera de ellos seis, el teatro estaba vacío: tres hombres y tres mujeres vestidas de hombre. En otro tiempo sus padres acudían a verlos, pero hacía mucho que nadie venía.
En otro tiempo solían encender un fuego para entonar oraciones a su alrededor, las mejores de las cuales eras complacidas; pero hacía que no encendían le fuego. Ahora les bastaba con contarse unos a otros sus sueños y las etapas de su progreso.
La última vez que se reunieron, el más alto de ellos anunció que ya no quería tener alma. Los otros no lograron convencerlo de que el alma es indestructible. Él, para asegurarse, metió la mano en el bolsillo, y, ocultando una sonrisa, sintió el filo de los billetes.
La mujer tenía cuarenta años. El hilo de oro parecía venir del sótano. Me pidió que abriera las piernas. Cuando el hilo me salió por la boca, dejé de sentir náuseas. Ella volvió a bajar al sótano, parecía que llevaba algo en las manos. Sentí el hilo que me atravesaba. Aunque tuviera que matarla, yo tenía que saber lo que escondía abajo.
Era un cuarto ciego. La puerta estaba debajo de una alfombra antigua.
Hay lugares en donde lo malo se convierte en bueno. Allí los hombres trabajaban la tierra de otra manera. Las mujeres aman y tejen en le suelo, y el fruto de sus cosechas es prohibido.
Los hombres se reunían en el centro de la plaza, alrededor de un poste. Las amarras comenzaban a confundirse con la piel y la sangre. Cuando sea de día otra vez, le fuego lo habrá convertido en pájaro (una promesa y un castigo).
El último nudo del telar es la uña de un esclavo o un dios negro que pelea con un tigre.
Pasó la noche oculto en el vientre de un joven elefante. Lo había derribado contándole los tendones con un largo puñal. Esa tarde se había cubierto de lodo todo el cuerpo, para disimular su olor, y con el oído en el suelo había esperado a la manada que bajaba de beber en el río.

Cuatro




I) No recuerdo cómo eran sus casas por fuera. Por dentro lucían azules distintos, desde el más pálido hasta el más intenso, y la seda que cubría el techo estaba adornada con diamantes que guardaban el orden de las estrellas en el cielo.
Los únicos animales que habitan el lugar son felinos (aunque estoy seguro de no haber visto ningún gato). La gente no sabe leer, ni conoce la música ni el fuego.
Las únicas ciencias que practican son la magia y el tallado de piedras preciosas. No creen en ningún dios, pero en los pocos vocablos que emplean, aparece invariablemente una partícula que para nosotros significaría "divino".
Lo único que recuerdo es que, antes de quedarme dormido, un anciano empezó a destejer la seda de la casa en que yo estaba. Me dejó solo en mi cuarto.
II) Cuenta una leyenda que un día el primer hombre se encontró con Dios en el camino. Para pasar el tiempo, el hombre decidió distraer al extraño contándole las historias que él mismo había inventado para aliviar sus jornadas solitarias. Así entró en la mente de Dios la idea de los lugares y la gente.
No fue un hombre sino un ángel, corrige una leyenda probablemente más antigua, el que, tentado por la idea de seducir a Dios, inventó palabras y letras con que escribirlas, para que Dios, al verlas convertidas en historias, se imaginara un mundo y una carne. Y el ángel fue castigado y encerrado en ese mundo y en esa carne.
III) Durante toda la tarde observé la nubecita. El sol estaba por hundirse y el viento se hacía cada vez más frío. La nube, aunque cambiaba de color, no se movía. Me puse de pie. Fue como si la nube descendiera; se fue haciendo más pequeña, hasta que estuvo frente a mis ojos. Parecía muy pesada. A través del vapor podía verse una estructura cristalina absurdamente complicada. Ya el sol estaba oculto. Me acosté otra vez y me dormí.
IV) Hacia el norte hay una pared húmeda y negra que se levanta y se encorva para cubrir el cielo. Hacia el sur la pared se abre en una ventana con barras de hierro. La luz que entra cada doce horas ilumina el este y el oeste, donde hay recuerdos dibujados en la piedra. La luz no es la del sol. El aire entra filtrado por los barrotes y los guardias.
El camino se dobla sobre sí varias veces antes de alcanzar la cima. Al otro lado de la montaña la selva es cortada en dos por un valle. Un río atraviesa el valle, y junto al río hay una aldea. Contamos diecisiete casas. Los hombres se ordenaron en grupos. Alguien dio la señal, y en dos horas cada cual estaba en su puesto.
V) El sabor que ella tenía en la boca era el mío. El sabor que yo sentía ella no lo conoce. Tiene algo de su espalda, del dorso de sus piernas, y del sitio donde éstas se separan. Su cabeza, la quijada vista por entre los pechos. Sus mejillas y su cuello enrojecido y sus ojos cuando están cerrados.
VI) Me sentía incómodo, lo mismo que ahora, y era el día de mi cumpleaños. Hacía doce años que había nacido.
Mi padre me dio un libro grueso y pesado con una cubierta de cuero rojizo. Todavía me sorprende la impresión de vejez que su apariencia me causó, y no fue menos fuerte la impresión que recibí al abrirlo y encontrarme con páginas y páginas en blanco.
A partir de aquel día, cada momento de alegría o de tristeza, de deseo o de rencor, cada objeto nuevo, cada cara, fue escribiéndose en el diario. Cada día, a veces cada hora, cada gestoŠ
VII) Hace muchos, muchos años vinieron al pueblo. Parecían tres pájaros grandes, pero tenían brazos y manos, usaban cuchillos. Cada uno tenía la llave de un cofre donde guardaban la piedra más pequeña y pesada que nosotros hubiésemos visto.
Vivieron entre la gente por seis semanas, comían lo que nosotros comemos y dormían en nuestras casa. Nadie recuerda haberles oído alzar la voz o verlos enojarse. Tres días antes de partir, conversaron con dos jóvenes, un hombre y una mujer. Al amanecer, los cinco se alejaron por el sendero de piedra que se pierde en la montaña.
Volvieron cuando la noche se hubo puesto tres veces. Entonces, los extraños partieron.
La joven y su compañero durmieron juntos tres días más. Al despertar, contaron que el mayor de los extraños les había abierto la frente con el dedo, mientras los otros dos abrían el cofre. Entonces, en el momento en que el sol dejó de verse, partieron en dos la piedrecita, y el mayor encajó las dos mitades en los orificios que les había hecho en la cabeza.
Nadie comprendió ni creyó lo que decían. Ese mismo día dejaron la aldea; un momento antes de que se perdiera de vista, él se volvió, y con lágrimas en los ojos, vio el humo triste encima de las casas. Una nube negra cubría la aldea, se oía el ladrido de los perros.