(Primer Premio de Cuento, Juegos Florales de Mazatenango, 1995)
Amanecía en celeste y gris, en oro pálido y naranja tenue.
La madrugada se abría fresca. De la estación y el muelle,
gritos de marinos y ferrocarrileros, voces calientes de comideras, urgencias
de viajeros y rumores marinos se escuchaban entremezclados con desafíos
de gallos caseros, graznidos de gaviotas y canto de clarineros. El canal
de Chiquimulilla se alarga desde el muelle y los puentes orillado por un
espeso muro de manglares, abierto al cielo, paralelo al horizonte y al
océano. Sin motor de borda, era penoso y largo un viaje por el canal
hasta las aldeas lejanas.
Una mujer con su hijito tierno entre los brazos, la bolsa de viaje colgada
al hombro, camina por las callejuelas del puerto. La acompaña un
hombre de boga y remo. Sencillo, descalzo. Estricto de carnes. Vestido
de pueblo. Carga una maleta y los aperos de viaje. La orienta con frases
cortas hacia la orilla donde principia el canal. Solitarios entre las casas
con fuegos encendidos, frente a los celajes despiertos y el océano
vivo. Caminan despacio; evaden charcos pútridos, lodos y suciedades.
Cerca del mercado los detuvo una pareja de policías miserablemente
uniformados. Insolentes por el cargo. Engreídos por el cinturón
con balas y revólver.
- ¿A dónde van...? - preguntó, cerrándoles
el paso, un uniformado con facciones de alimaña y aliento a guaro
fermentado.
El otro apoyó la espalda contra las tablas de una venta de licores.
Ojos aviesos, bigotillo sonriente, cachucha militar de medio lado y mano
en la empuñadura del revólver.
- ¿Va precisa? - Preguntó repasando un fósforo entre
dientes y bigote recortado.
- Vamos para Monterrico. Se nos hizo tarde- intervino el lanchero. - Ella
es la esposa del doctor y viaja con su hijito... Ya subió el sol.
- ¡No es con vos! - lo interrumpió alimaña-. Es con
ella.
- Dispense - dijo el barquero sin bajar la vista, y descansó su
carga en lugar limpio.
La mujer estrechó al niño en señal de protección
y para escudarse con la inocencia. Respondió temerosa:
- Es verdad lo que dice el señor -dijo- Si gusta le enseño
mis documentos y el telegrama de mi marido. Dice que el dueño de
La Gallareta debe acompañarme.
- Muéstreme los papeles Doña - El uniformado habló
entre comisuras legañosas; desnudando con la mirada donde la brisa
modelaba el cuerpo de la mujer. Agregó: - Se pregunta por seguridad.
Estos pícaros son capaces de cualquier cosa. Nosotros investigamos
para dar seguridad.
El otro policía, con voz oblicua, amenazó al boga descalzo.
- No se te ocurra hacer una babosada en el camino porque te rompemos.-
Alimaña uniformada, acechante, con ojos de baba seguía cada
movimiento de la mujer, calculando ganancias y placeres. El niño
pasó a los brazos del barquero; se acuñó tranquilo
entre las manos callosas y torpes que lo sostenían.
La madre buscó en la bolsa de viaje. Revolvió pañales
y ropa. Desordenó el cesto de viaje y la pequeña valija de
mimbre. Nerviosa, bajo la mirada policial.
El panguero, medía con impaciencia la creciente luminosidad del
sol. Calculaba el tiempo. Maldecía la intencionada lentitud con
que los agentes del orden cumplen con su deber: Entretienen el tiempo mirando
sin decoro el cuerpo de la mujer. Mas de media hora fue el retén,
para dejarlos continuar su destino. Gritos marineros, voces y movimientos
dentro de las casas, aromas recios, pájaros de tierra y mar en alboroto
los acompañaron en el último trecho hacia el embarcadero.
Resplandores de fuego y plata desvanecieron la madrugada.
- Nos avanzó la mañana señora -dijo el panguero- La
pena es le niño... Le voy a dar duro a la pica y al remo.
Llegaron frente a una hilera de lanchas y cayucos con media proa recostada
sobre la playa y el resto mecida por el agua del canal. Distribuyó
la carga bajo el banquillo de popa; luego, ayudó a la mujer hasta
dejarla en el centro de la embarcación que lucía el nombre
en cada uno de sus costados: La Gallareta, en letras verdes. Vigilaba el
tiempo apresurando su calma de conocedor. Revisó la carga: una pértiga
de repuesto. El remo para las aguas profundas. El equipaje de la doña.
Los tecomates con agua dulce y fresca. Las árganas con el bastimento.
El machete con filo y punta de agonía. La mujer se acomodó
en el asiento con el niño en el regazo. Por fin el hombre empujó
la barca al centro de la corriente y principió el viaje.
Largo el camino de agua, con fauna pasional, turbulenta, bulliciosa, multiplicada
en graznidos, silbos y ruidos misteriosos. Las corrientes eran lentas y
pesadas en marea llenante, pletóricas en deslizamientos fugaces,
chapoteos y aparición plateada de peces en saltos de fuga o caza.
Turbio y arremodolinado en la vaciante. El canal era temerosamente profundo
en algunas partes. Hacia la izquierda, detrás del muro espeso y
enmarañado del manglar se extendían una planicie, un promontorio
de tierra arenosa cubierta de monte rastrero, espinoso, agujereado por
cangrejales, y gazaperas; más allá, la extensión de
la playa; el espumaraje constante; los tumbos y los retumbos del mar Pacífico
que revientan con trueno sordo, largo y sostenido. La frescura oceánica
difícilmente llegaba. Los montes detenían la brisa; los árboles
la rasgaban en velos tenues, caliginosos; en la maraña verde del
manglar colgaba en jirones y espejismos.
El panguero, de pie en la popa, impulsaba la embarcación con braceado
rítmico y potente a lo largo de la pértiga flexible. Se ayudaba
con la respiración profunda y sonora. Calculaba el ascendiente fuego
solar. Tenía compromiso con el doctor y con el compadre Martínez,
paisanos de Monterrico. Necesitaba escapar a la insolación. Necesitaban
llegar apenas entradita la tarde. El viaje era lento y fatigoso. Desde
la mañana hasta media tarde el sol relumbra contra el paisaje. Quema
la carne, espesa la sangre, blanquea el aire que se respira. A medio día
el fulgor cenital remacha llagas sobre la nuca, en la espalda enrojecida,
sobre la piel que destila sudor y agua salobre.
Navegan en silencio. El boga refuerza su trabajo, tensa músculos
y tendones a lo largo de la vara con que impulsa la embarcación
contra la corriente. Ella amamanta al niño, lo preserva con su manto
oscuro del ambiente salvaje, perturbador y violento que los envuelve. A
ratos la invade el paisaje que desnuda innúmeras sorpresas para
cada uno de los sentidos. A ratos evoca su vida anterior, inmediata, todavía
adolescente. La suprema imposición del padre en pugna con la disciplina
materna. La guerra sorda entre hermanas; el desplazamiento de los varones,
su propia rebelión. La penitencia cilicial del internado religioso.
Los prejuicios seculares que hacen de la vida una confesión permanente
de pecados y carnalidades, y una larga penitencia para ganar el cielo.
El profesor de piano que en las clases buscaba roces y acercamientos. Las
prácticas de cocina y repostería; la preparación de
mermeladas y de frutas en almíbar. "La mujer nació para ser
el ángel de la casa", repetía su padre en la cabecera de
la mesa, con lujo de intención, pero no cruzaba palabra con su madre
ni dormían juntos. La aparición de Domingo con un ramo de
rosas que tiró a sus pies al paso del carruaje. Las miradas y los
distantes encuentros propiciados fortuitamente por la chaperona. Las citas
furtivas y la íntima plenitud del amor. Los golpes. La confesión
forzada. El embarazo. El encierro. La fuga romántica y la sentencia
de muerte contra Domingo para salvar el honor y el apellido. Familiares
y dos propios en armas tejiendo redes de honorable ira para atrapar a Domingo.
No cumplía diecisiete años cuando nació su hijo, bajo
el techo protector de una casa amiga. Domingo se había marchado
a su territorio de salinas y manglares, de barrancos y bosques cerrados.
Los esperaba en Monterrico, a la orilla del mar, acompañado de amigos
y familiares armados y dispuestos. Todo nuevo en su vida. Todo cambiante
y bajo signo de amenaza y muerte.
Transcurrieron el tiempo y el paisaje. El sol reverberaba. Por decir algo,
el hombre preguntó:
- ¿Qué edad tiene el niño doña? - y afianzó
la punta de la pértiga contra el fondo legamoso y le imprimió
fuerza a la embarcación.
- Dos meses - respondió ella, pendiente de la respiración
quedita, que salía del envoltorio de frazadas y pañales.
- Está puro tiernito.
Sol arriba. Calor creciente. Aguas, playones, isletas de recia vegetación.
Bandadas de patos y gallaretas, de alzaculitos y garzones, de garzas en
quietud, de loros y pericas veloces en el vuelo y agudas en la parlotearía.
Pájaros que llenan el aire con silvos y vuelos. Chapoteos en el
agua que alertan la curiosidad. Sol arriba. Lloriqueo tierno y desesperado.
Calor creciente. Hilillos de sudor cosquilleando por el cuerpo. Mano que
rasga la superficie líquida para salpicar al niño. Solicitud
sencilla del panguero que arrima la embarcación a cuanta sombra
se tiende sobre las aguas.
- Cuídelo del calor doña - dice, sin interrumpir el esforzado
ritmo de la boga - cuídelo del sol - previene el hombre curtido
por los rigores ambientales.
Pasadas las once de la mañana, la sombra de unas palmeras les regaló
cobijo. Un suspiro: sorbos de agua fresca al empinar los tecomates. Cambio
de pañales para el niño tierno y su desnudez enrojecida bajo
el aliento cálido de la inmensa fauce tropical. Obstina ver su leve
pataleo inhábil. Acongoja sentir su lloro tan quedo; oír
su queja desvaneciente cada vez más dolida, más desesperada.
- Hay que cuidarlo del sol señora... Ahora corto unas hojas de manaca
y le arreglo una sombrita.
Suerte de camarón. Camarón cocido: seco, torcido y salado.
Imposible pasar bajo las palmeras lo fiero de la resolana. Con el atardecer
se levanta la plaga: tupidas manchas de zancudo voraz y de jején
pequeñísimo con redoblada ferocidad en el aguijón
se alzan de las ciénagas y los charcos de agua reposada para martirio
de los viajeros. El niño no soportaría el castigo.
- Se muere de los puros chutazos - establece el baqueano de la marisma
- Ni quemando caca de vaca pasaríamos.
Una puntada en el costado se le hundió cuando abandonaron la sombra.
Qué temblores de luz sobre el agua, en el aire, entre la vegetación
espesa y sedienta. Se mira el candente puntillado del sol por todas partes.
Son delgadas las hojas de palma que cubren al niño.
- ¡Que Dios nos acompañe! - invoca el hombre cuando impulsa
la embarcación, y agrega para alentarse - Junto al estrago está
presente la esperanza.
A medio día una fragua encendida alienta sobre el Canal. Boga el
hombre y le baja el sudor en chorritos hasta juntarse en la pelambre del
sexo; estira la carne al compás del esfuerzo. Alza la vara hacia
el cielo, la hunde en el agua y la comba en empuje supremo. Pájaros
negros. Pájaros blancos. Pájaros de colores sombrean entre
los árboles, inmóviles, silenciosos, entre adormecidos y
atentos. A la una de la tarde el ímpetu cenital desciende bochornoso,
aplastante. El niño apenas cumple su anhelo de aire. La madre lo
cubre con su manto. El boguero, estricto de carnes, pelea contra la inexorable
rueda de minutos; le nacen cosas buenas piel adentro. Entre aspiración
y resuello dice:
- No se acongoje doñita. Quien quita encontramos una casa. Descansamos
y la criatura se refresca. -Siente que el mar quiere salírsele del
pecho. No hay casa amiga y faltan dos horas para llegar a Monterrico. Allá
espera el doctor, el compadre Martínez, los familiares armados,
y también la autoridad.
- Preso mientras se averigua - piensa - entre tanto... Qué come
la familia.
Dejaron el paisaje clavado sobre la hora inmóvil.
El barquero sabe: cinco hijos vivos y cuatro malogrados. Dos abortos y
la pobreza inhóspita lo mantienen en la senda del dolor y del silencio.
Él sabe: la autoridad cuelga de los brazos atados por la espalda.
La autoridad atorzona testículos. La autoridad ahoga con bolsas
de gamezán metidas hasta el cuello cuando averigua. La autoridad
investiga a palos y latigazos. La autoridad tortura y mata en los caminos
en nombre del orden, la seguridad y la justicia. La madre abraza a su pequeño.
En un vertiginoso instante ella percibe la inánime ausencia del
niño y el mundo deja de girar. Callada, espantosamente lenta se
pone de pie. La mirada en desvarío se dirige a las alturas. Dos
golpes de pica llevan la embarcación hacia la orilla. La madre quiebra
la vista hacia las aguas turbias, al vacío y la oscuridad sin término
con un pensamiento enloquecido. El barquero, impelido por el temor y la
compasión, soltó la vara y en dos pasos prendió a
la mujer de los vestidos y pudo detenerla. La canoa en bamboleo peligroso
fue a la deriva siguiendo su destino. La retuvo por la cintura hasta sentarla.
Sobre el dorso de las manos prietas, curtidas por el sol, sentía
el peso del muertecito. Suplicó. Imaginaba a la autoridad en plaga
feroz de alimañas amontonándolo para investigar y acusarlo
con abominación. Imploró para defender su vida y la de sus
hijos, su mujer y su madre, y su suegro envejecido y solo.
- No lo haga señora - rogó con lágrimas escurriéndole
como sangre por las mejillas - Se lo pido en nombre de su angelito que
ya está en cielo.
- ¡Déjeme! - La voz se le rajaba en la garganta y trataba
de lanzarse.
- Serénese doñita... por vida suya... por su hijito - suplicó
el hombre - Si llego sin ustedes me agarran preso. ¡Me desgajan hasta
matarme!... Yo también tengo hijos doñita.
Bajo el llanto y la desesperación resbalan el paisaje, las aguas
y el sol candente. El fatigoso derrotero del viaje alcanza su destino.
Cuando la embarcación dobló el recodo frente a Monterrico
y enfiló hacia el muelle comenzaron a tronar cohetillos, bombas
voladoras y cohetes de vara. La marimba de la aldea levantó las
notas musicales de una alegre bienvenida. Se escucharon gritos y canciones.
El pueblo estaba de fiesta, salpicado de farolitos, de luces titilantes;
adornado con banderines, flores de papel de china y cintas de crepé
en múltiples colores. El doctor, el compadre Martínez, los
familiares, los amigos botaron el dinero por puertas y ventanas.
Contra los reflejos de la tarde la silueta de la mujer con el pequeño
bulto entre los brazos destaca, de pie y vencida. En el muelle desgolletaron
botellas, bebieron todos, y después del brindis bullangero, cada
hombre biendispuesto a defender el honor y la amistad desenfundó
el revólver y disparó sus seis balas contra el cielo.
Cuando llegó la embarcación, y el panguero ayudó a
la mujer con su muertecito todo quedó en silencio. Para siempre.