Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles
México: Siglo Veintiuno Editores, 1976

Rodríguez Amaya, CAZADOR DE GORILAS.

Gabriel García Márquez

Un fastasma recorre a América: el fascismo. Muchos compatriotas de este continente de maravillas e infortunios lo padecen a diario, muchos otros lo han vislumbrado, pero sólo uno lo ha visto por dentro y por fuera. Ese hombre nació en Guatemala, se llama Arnoldo Ramírez Amaya, y es el autor de este libro de escalofríos.

El arte de Ramírez Amaya es una trampa infalible para cazar gorilas. Pasen a verlos, señoras y señores; entren a reconocerlos en este jardín zoológico de la fauna militar, descuartizados a pluma y tinta china y exhibidos con las tripas al sol como la ropa puesta a secar en los patios de vecindad. A veces sólo se les ven los colmillos. Casi siempre se les ve la mano de rapiña, recurrente y feroz, la extrema mano derecha de destripador que tira la piedra y esconde el cuerpo entero. No se nos revelan sus nombres ni sus rostros. Pero los identificamos por su recóndito olor a mierda: son los gendarmes del imperio, los sirvientes de charretera y chafarote de la burguesía confabulada, hijos todos de la misma madre que están transformando el continente en un laboratorio de infamias, inspirados en la utopía -honrosa- de que el antídoto del comunismo no es la inteligencia sino el terror.

He empezado a decir que Ramírez Amaya nació en Guatemala, y no lo he dicho por casualidad. Guatemala, patria de volcanes acezantes y aves del paraíso, es uno de los países más hermosos del mundo, y también uno de los más desdichados. Muy pocos han padecido una represión tan atroz, tan intensa y prolongada, y ninguno la ha sobrellevado con tanta soledad. Se sabe de alguien en Guatemala que tomó una casa en alquiler y quiso sembrar rosas en el huerto, pero lo que encontró al cavar en la tierra no eran diamantes ni caracoles sino huesos de muertos, anillos matrimoniales de muertos recién casados, zapatos de enterrados vivos en aquella hortaliza de muertos que había sido el cementerio privado del inquilino anterior, un matarife oficial de cinco estrellas. Se sabe del estado mayor de un partido político de Guatemala que fue secuestrado en sesión planaria por sicarios del régimen, junto con las mujeres que hervían el café en la cocina y los niños que se chupaban el dedo en su regazo, y nunca más se volvió a encontrar el menor rastro de ellos. Sin embargo, todo esto sucede en Guatemala sin que nadie se estremezca en el resto del mundo, pues la represión guatemalteca es peor que las otras no tanto por su intensidad insaciable, ni por su ferocidad descorazonada ni por su antigüedad prehistórica, sino porque ya no queda casi nadie en el mundo que se acuerde de ella.

De modo que Ramírez Amaya - a quien le hubiera bastado con ser guatemalteco para desentrañar la naturaleza irracional del fascismo criollo -nos ha hecho con este libro, entre otros muchos favores, el inmenso favor de ponernos en guardia contra el olvido. Aquí está. Vuelvan la página, y apréndanse de memoria esta pesadilla.