Entrevista realizada el 18 de Agosto de 2002 por Wendy García Ortiz
Magazine 21

En persona: '¿Nacimos sin iniciativa o nos la robaron?'


Pintor, escritor e ilustrador. Marco Augusto Quiroa es representante de una generación que marcó la época más importante del arte guatemalteco, entre 1953 y 1960. La enérgica relación de amor-odio que este artista de 65 años tiene por Guatemala, se canaliza en sus cuentos y cuadros, conocidos por reflejar el folclor, el lenguaje y las tradiciones. Pero no sólo el arte es muestra de ello, también lo es su participación en la política.

Después de dos años de ausencia en las galerías de arte, Marco Augusto Quiroa inaugura una exposición de sus obras pictóricas más recientes. Por medio de sus cuadros, revela sus pasiones, disgustos e inquietudes.

'Yo soy pintor cuando pinto y escritor cuando escribo, pero no soy artista de 24 horas diarias. Tampoco me desgarro escribiendo, ni sufro pintando. Al contrario, a mí me gusta la buena vida. Otra cosa es que me motive el dolor de la humanidad, y que eso se refleje en la pintura y en mis escritos. Tampoco hago arte por hedonismo, ni creo en el arte por el arte. Creo que éste debe tener una ideología y dirigirse a algo'.

¿Piensa que en Guatemala el arte tiene ideología?

No. Y eso no es sólo en Guatemala, en muchas partes del mundo, especialmente en el área occidental, el arte se ha desprovisto de ideología.

¿Por qué?

Porque se rigen por un sistema. Es decir, hacen arte que no puede ser panfletario ni ofensivo, ni busca la belleza. Lo deshumanizan. El arte debe incitar a algo, y creo que cuando cuestiona un sistema, entonces tiene ideología. No es para botar gobiernos ni nada de eso. Para eso hay otros mecanismos políticos.

¿Piensa que esas medidas sólo sirven para asustar a los gobiernos?

No. Yo me asusto más leyendo el Remhi (Informe sobre la Recuperación de la Memoria Histórica) o Memoria del Silencio (de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico). Se me para el pelo cuando pienso que eso se puede repetir. Y que el genocida más grande que ha producido el país es presidente del Congreso de la República. Si Pinochet fuera guatemalteco, él sería procurador de los Derechos Humanos en este país. Eso sí nos debería conmover. No que un grupo de inquietos artistas inventen un show en las calles o que alguien se siente en un inodoro... Eso sólo rompe con una rutina.


La formación de un artista


Usted es egresado de la Escuela de Artes Plásticas junto con Manolo Gallardo y Luis Díaz, que han marcado la historia del arte en Guatemala. ¿Qué opina sobre los alumnos de ahora que no tienen el mismo protagonismo?

Lo que pasa es que allí se les da una formación académica. Y la generación de la que yo fui parte ha sido la más valiosa y más talentosa que ha salido de allí, pero no es culpa de la escuela. Nosotros nos formamos en la Revolución de Octubre. Somos el resultado de ese fermento, de ese clima, esa democracia que se vivió en el país. Los que son jóvenes ahora tienen la mala suerte de no haber estado durante esos 10 años. No es la Guatemala que ustedes conocen.

¿Qué opinión tiene del legado de sus contemporáneos al país?

Jamás hablo de mis colegas. Si hablo bien de ellos, dicen que somos 'coyotes de la misma loma' y que 'nos tapamos con la misma chamarra'. Si hablo mal, dicen que les tengo envidia. Y si soy crítico, también. Si los ignoro, dicen que yo siempre digo que la pintura guatemalteca se divide en dos grupos: los otros y yo (risas). Para evitarme esos clavos, mejor no hablo de los colegas.

¿Será por eso que se dice que alguna vez Arnoldo Ramírez Amaya (el Tecolote) hizo comentarios en su contra, y tuvieron algún tipo de conflicto?

No, con Ramírez Amaya siempre fuimos amigos. Lo que pasa es que cuando se dio un cisma en la revista Alero de la Universidad de San Carlos, yo estaba de un lado y él de otro. De repente hizo un dibujo ofensivo contra mí, y yo, por supuesto, hice un comentario ofensivo contra él en una página que tenía en la revista La Semana, se llamaba 'Reviro en contra'. Después dicen que le inventé este chisme: él ya estaba muerto, pero el único que no lo sabía era él. Así que me contestó con una manada del mismo calibre... Pero yo lo veo como gajes del oficio. Le tengo un cariño especial y reconozco su calidad artística. No tengo nada contra él.

¿Qué opina del arte que se produce en estos días, comparándolo con el que hacían los jóvenes en su época?

Ahora se come comida recalentada. Están resucitando los años 20, los happenings sesenteros, y se presentan como algo nuevo. Yo lo veo como una expresión positiva. Los jóvenes tienen derecho no sólo a equivocarse, sino a experimentar con lo que les dé la gana. Es parte de la ventaja de ser joven. Veo las expresiones de los jóvenes con mucha confianza. Yo soy optimista, porque sé que van hacia adelante.

¿Importa si no saben hacia dónde van?

Están en un afán de significarse, y eso es normal en la juventud. Publican casi todo lo que escriben. No da tiempo a fermentar el vino y a veces sale muy joven o muy agrio, o muy desabrido. Todas las cosas tienen un proceso. Ellos están haciendo lo que deben hacer. Así como nosotros (mi generación) hicimos lo mismo: ser irreverentes. Hay un fotógrafo chileno que hace fotos de desnudos masivos, y si viene a Guatemala ya prometí que voy a estar en la lista de los participantes (risas). Esas actitudes me gustan, son naturales.

¿Y si existe la censura, como ahora lo promulga el nuevo decreto?

Eso es producto del subdesarrollo. Hice un cuadro precisamente para criticarlo. Es una mujer que tapa sus partes nobles con un ramo gigante de rosas y la etiqueta que lleva el ramo dice 27-2002, que es el decreto (está en exposición). No me explico cómo el Congreso Nacional de un país anda legislando esas chingaderas. Eso es absurdo y aberrante. Es una hipocresía afirmar que es para proteger a la niñez. Por qué no mejor aprueban el Código de la Niñez, que lo tienen engavetado. Eso sí es obsceno.

Hablando de censura, en 1993 circuló una carta de amenaza contra varios artistas, periodistas y activistas de derechos humanos. Les daban incluso 72 horas para salir del país, y entre ellos estaba su nombre. ¿Cuál fue su reacción?

Nada. No le di importancia porque ya he vivido suficientes años, más que mis contemporáneos, incluso. A mí más bien me dio tristeza ver el subdesarrollo de este país. No supera la cultura de la violencia y se hunde en el subdesarrollo político.

¿Por qué nunca se fue de Guatemala?

Yo no salgo ni aunque me saquen. Me sacan por un lado y me meto por el otro... (risas). Yo no puedo vivir en otro país. Para empezar, no hablo otro idioma. Conozco otros lugares, indudablemente, pero son viajes de unos días. Yo hago arte para mi país. Me interesa hacer un arte que responda a lo que me motiva. Si eso es localismo, ser folclórico o encerrarse en un mismo estilo... no me importa. Lo que me gratifica es encontrarme a una persona en un velorio, un centro comercial o una cantina, y que me diga: 'Yo leí algo suyo y me gusta mucho, porque me identifico con lo que usted dice'.


Del arte y otros encargos


¿Cómo surgió la idea de formar el grupo literario Rial Academia?

Nació un 20 de octubre del 83. Siempre nos reuníamos un grupo de escritores, dos o tres veces por semana, a tomar tragos y platicar. Entonces decidimos reunirnos para algo constructivo y formamos el grupo. Algunos académicos lo tomaron con malhumor, porque pensaban que era una burla a la Real Academia. Pero sólo era una forma de decir que aquí había una real academia de barrio.

¿Cómo funcionaba, y a qué se dedicaba el grupo?

Ahí encontramos la fórmula perfecta para organizar grupos literarios: no había junta directiva, no se pagaban cuotas, no había sesiones, con uno que asistiera había quórum y tomaba decisiones. No existían ataduras de ningún tipo. Coincidíamos en qué tipo de literatura necesitaba el país. Tratábamos de romper moldes, porque siempre se va acartonando la expresión y queríamos evitarlo. Era una actividad no sólo literaria, sino de crítica social. Los textos eran creación colectiva. Eso nos unió mucho, aunque poco a poco se fue descuidando.

¿Qué pasó?

Lo que pasa con todos los grupos, se deshacen por pequeños conflictos o cambio de intereses, se va descuidando el propósito por el que se inició. No se mueren de un día para otro. Tienen una agonía lenta y se toman medidas para rescatarlo, pero ahora ya no existe.

Usted, además, formó parte de una Comunidad de Escritores en los noventa, ¿cuál era el propósito de este grupo?

Como todas las asociaciones, su fin era unir a los del mismo oficio y promover acciones editoriales positivas. Pero, como siempre, la apatía nos ganó. Yo me pregunto muchas veces si los guatemaltecos nacimos sin iniciativa o la perdimos en el camino... o nos la robaron.

¿Cuál fue su papel ahí?

Los compañeros me propusieron para tomar el cargo de Presidente. Era la primera vez que yo veía que un pintor presidía un grupo de escritores. Pero estuve en el cargo sólo ocho meses, cuando era de dos años.

¿Por qué se fue antes?

Se revolvió el tuzunte. Todo se reducía a conflictos, descalificaciones de unos contra otros... Y pensé que para eso no había llegado. Simplemente renuncié.

Hablando de cargos, en uno de sus cuentos, El día de Santiago, el personaje Zeverino Colmenares es un hombre de pueblo que antes de hacerse alcalde promete muchas cosas que nunca cumple. ¿No cree que se anticipó a lo que sucedería durante este período de gobierno?

Es que eso no es ni antiguo ni moderno. Es un rasgo permanente de los políticos normalmente de derecha, que son muy oportunistas. No tienen qué ofrecer, más que cosas abstractas. Y el cuento es un reflejo de eso. Es la historia del típico candidato que ofrece, promete y no cumple nada. Es una ficción basada en la política guatemalteca y de muchas partes de Latinoamérica. Por pura coincidencia le queda al presidente actual (risas).

¿Cuál ha sido su relación con la política? Tengo entendido que ha tenido amistad con algunos presidentes.

Me he relacionado con los malos (risas). Yo soy amigo de Vinicio Cerezo y de Alfonso Portillo también. Me gusta hablar con él porque es un hombre culto. Puedo asegurar que desde el doctor Juan José Arévalo hasta acá, es el presidente más culto que ha habido en el país. Habla de arte y de poesía. Aunque no lo aparente, porque con jeans, botas y camisa de cuadros, parece más ganadero que Presidente (risas).

¿Es cierto que colaboró con Ramiro de León Carpio?

Ni siquiera conocí a Don Ramis (risas). Yo más bien le inventé que era 'un bolo de altura' en los periódicos.

¿Pero sí tuvo participación con la Alianza Nueva Nación?

Sí. Propusimos a Alvaro Colom para presidente. Aunque después nos traicionó y se fue con la derecha. Bueno, él es de derecha y está en su lugar. Y por supuesto que sigo en la política. Estoy en el comité ejecutivo de la ANN, que en un par de meses será partido político.

Mientras tanto, está concentrado en la pintura. ¿Qué se siente exponer en la galería de una de sus hijas?

Es algo así como nepotismo (risas). No me puede dar el mismo trato que a otros, ni yo tampoco. Entonces ya hay factores sentimentales que intervienen, pero sí es muy gratificante porque está uno en su casa, en familia. O sea, se siente nice.