La gata y el ratón
SIEMPRE ME he sentado en la primera fila de la clase. No porque me haya
ganado el puesto ni sea el mas brillante del grado, sino porque de esta
manera estoy mas atento y me ahorro algunos ratos de estudio. Este ano
he tenido la buena o mala suerte de que mi pupitre queda justo frente a
la maestra, sentada ante un escritorio que tiene una tabla vertical arrancada,
que sirvio para alimentar el fuego de una hoguera, en los bochinches del
ano pasado, cuando hicimos huelga para pedir la renuncia del director.
Ademas de dona Serafina, una ancianita camandulera de largo vestido color
de raton de felpa, con cuello y punos blancos, que nos imparte la clase
de religion, ella es la unica mujer del personal docente. La unica mujer,
con el atenuante de ser joven y bonita. Bonita, y provocativa por su manera
de vestir: blusa cenida, avara para la rotundez y magnificencia de los
pechos, que en las tardes de frio destaca la punta de los pezones; falda
que es estrecha carcel de tela para el doble hemisferio de las nalgas y
las firmes columnas de los muslos, que al caminar reclaman espacios libertarios.
Maquillaje de estrella de cine, con el rojo de los labios resaltando su
sensualidad de fruta tropical y un retazo de sombra azul pastel que es
pedacito de cielo sobre los ojos claros.
Por el hueco del escritorio le miro y admiro las pantorrillas a la seno
Mildred. Ella lo sabe y de intencion se sube un poco la falda y abre los
muslos para que le mire los calzones. No puedo separar la vista del triangulo
final enmarcado por catetos de piel de durazno, siento que me sonrojo y
bajo la mirada, turbado y nervioso. Cuando levanto los ojos, su mirada
me baña con olas de agua clara y una sonrisa burlona se diluye en
las comisuras de su boca. Se muerde el labio inferior y siento sus dientes
mordisqueando los mios. No resisto la tentacion de prender mi deseo en
sus muslos de espuma florecida, en el pedacito de encaje que me llama desde
la profundidad de mi sexualidad contenida, de mis suenos eroticos. Ya me
se de memoria los colores. Lunes, blancos. Miercoles, rosados. Viernes,
negros. Durante tres dias al mes, no se sube la falda ni abre las piernas
y apenas le miro las pantorrillas, escamoteadas bajo la silla. Despues,
la misma cosa. A gozar y sufrir, a clavar mis ojos, como dos alfileres
vivos, en su carne de rosa nina, de petalo primigenio, de tibio marmol
recien nacido. Siento que mi virilidad quiere liberarse del calzoncillo
opresor, humedecido. Quisiera levantarme, irme sobre ella y quitarle la
ropa a dentelladas, untarla de besos y saliva, morder sus pezones, acariciar
su sexo, como he visto en las peliculas que pasan por el Cable a deshoras
de la noche.
Al final de la clase, cuando la campana suelta su voz de bronce por los
corredores asombrados, me apresuro al bano y mi mano se encarga de conducirme
a paraisos momentaneos, mientras cierro los ojos para verla mejor, desnuda,
anudada a mi extasis, eternamente mia en el instante que me anega el torrente
del orgasmo.
Zúñiga, Raúl. Así se llama y está al
final en el cuaderno de la lista. Me gusta hacerlo sufrir, verlo guardar
su sonrojo en la almendra de sus ojos bajos, disfrutar el color que le
sube a las mejillas, y el nerviosismo que a mordiscos se ensana con el
lapiz. Gozo su timidez disfrazada con miradas audaces, su torpeza de navegante
inexperto en mares desconocidos, de marinero que ha perdido la brujula
e ignora los caminos que marcan las estrellas. Su ternura que adivino y
no encuentra cauce, me produce cosquillas adentro, muy adentro, y a veces,
en ratos de ocio, de cigarrillos y cafe endulzado con recuerdos antiguos,
llega al borde de mi propia ternura. Se que nunca dara el primer paso,
que las palabras mueren en su garganta, chocan contra sus dientes, se atan
al madero de su cortedad.
Cuando se levanta al pizarron con la mano izquierda en el bolsillo, imagino
su miembro virgen, turgente, humedo de deseo insastifecho y me traspasa
su mirada suplicante, enmarcada por la profundidad de las ojeras, rencorosa
por mi mala accion de hacerlo abandonar su pupitre. Cuando regresa a su
lugar lo gratifico, le doy el premio que borra su rencor, subo un poco
mas mi falda y abro las piernas en el angulo que mejor le favorece, en
movimientos hechos como al descuido. Sus ojos me lo agradecen y se que
cuando suene la campana correra hacia el servicio sanitario con mi imagen
tatuada en la mente y mi sexo en la palma de su mano. Ese es el juego que
lleva varios meses, desde que descubri que no me pierde paso y me desnuda
con los ojos, para hacerme suya en la penumbra de su dormitorio, en la
intimidad del bano, en sus momentos de soledad cuando sus labios repiten
mi nombre y la palabra amor. Ese es el juego. Yo soy la gata, el es el
raton.
Pienso que ya lo hice sufirir demasiado y estoy decidida a hacer el amor
con el. Voy a invitarlo a mi casa, hoy por la tarde, a tomar un cafecito,
a ver que sucede. Nunca me he acostado con un hombre virgen, estoy segura
que es virgen y quiero vivir esa experiencia. Disfrutar de su torpeza.
Por supuesto que no sabra que hacer, donde poner las manos. Me imagino
su ofuscacion, su ahogo cuando le bese todo el cuerpo, cuando introduzca
mi lengua en su boca. Le hare todo lo que se me ocurra. Para el hasta la
mas minima caricia sera nueva. Descubrir mundos insospechados en mis pechos,
en mi sexo, en los muslos que me ha besado con los ojos. Y cuando me penetre
entrara por primera vez al tunel del amor. No se por que me gustan los
hombres timidos. Aunque este no es un hombre, es casi un nino, apenas un
adolescente.
Ya no aguanto mas y he tomado una decision. Hoy, despues de la clase, la
perseguire hasta la calle y lejos de los ojos de mis companeros le declarare
mi amor. Que no puedo vivir sin ella, que me muero porque sea mia. A traves
de estos duros y angustiosos meses, he acumulado valor y ensayado las palabras.
Aunque soy virgen, pues nunca me he acostado con ninguna mujer, no he ido
al burdel con los muchachos mayores ni gateado a medianoche hasta el cuarto
de la sirvienta, en el Cable he aprendido lo que debe hacerse.
Hoy es el dia. Ahora o nunca.
Sin embargo, algun santo milagroso viene en mi auxilio. Cuando se inclina
sobre mi para revisar un cuaderno, siento su pecho en mi hombro, su turgencia,
su redondez y su calor a traves de la blusa y el brasier. / POBRECITO,
COMO TIEMBLA, SE LE PUSO LA CARNE DE GALLINA / Para tener treinta años
tiene los pechos duros / A ESTE RATONCITO ME LO DEVORO HOY / Siento que
se me enchina el cuero y me sube la sangre a los cachetes / MI MUCHACHITO,
COMO SE PUSO / Se me esta parando / HOY EN LA TARDE ESTARAS CONMIGO EN
EL PARAISO / Su perfume me enloquece y me excita / CHIQUITIN, VAS A SABER
LO QUE ES BUENO / Ojala no se fije que estoy chiveado / YO SOY LA GATA,
ES EL RATON / Yo soy el raton, ella es la gata.
Con el mayor disimulo, para que los companeros no se den cuenta, me desliza
un papelito: "Te espero hoy a las cinco en mi casa". Abajo está
la direccion.
Las horas son eternas, pero al fin pasan, entre bajo con estropajo y doble
enjabonada, locion, desodorante, comedera de unas, y un buen pretexto para
salir de casa: ir al cine con los amigos.
Bajo del autobus y camino unas cuadras con el corazon en la boca. Al fin
llego. Puntual. Edificio de apartamentos. Reviso la direccion y busco su
nombre en las plaquitas del intercomunicador. Me peino con las manos y
arreglo el cuello de la camisa.
Toco el timbre.