Palote de los pericos
 
Domingo, el día
que pasaron los
azacuanes.
 
 
ESA CEIBA centenaria que se divisa desde muy lejos y sobresale de las casas y los demás árboles: los voladores, los cedros, los madrecacaos, es la casa de todos los pájaros del mundo. Mero en el centro de Siquinalá derrama su sombra fresca y rotunda.
Y es que tziquín quiere decir pájaro en lengua antigua. O sea que Siquinalá es "lugar de pájaros" o algo parecido.
Bien puesto el nombre.
Si usted se acuesta bajo la ceiba, pasadas las cinco de la tarde, ve cómo desde los cuatro vientos desatados por el Corazón del Cielo, acuden aves de todos los colores y plumajes.
Chiltotes con un plumazo de atardecer en el pecho.
Parvadas de zanates bulliciosos y clarineros pavonados de mirada nerviosa. Sharas platicadoras, tecolotes solemnes, burriones, torcazas, espumuyes, chipes, y de cuando, tibia aún y botando ceniza, llega a su vieja rama el ave fénix.
Un minuto antes del anochecer, cuando sólo queda un uñita de sol en el horizonte, llegan los pericos alharaquientos desde todos los rumbos.
Cada quien escoge su lugar y en el preciso instante en que se hace la oscuridad total, silenciosamente se convierten en hojas.
Esto nadie lo sabe.
Sólo Pedro Vac.
Se aparece a la medianoche, trepa como garrobo por el tronco patriarcal de la ceiba, palpa las hojas una a una y echa en su morral las que se estremeces al tocarlas.
Vaya este domingo al mercado de Siquinalá.
Más allá de las cocinas, los comedores y las vendedoras de hojuelas enmieladas y refrescos de chipiona; atrás de las
carnicerías, de los puestos de frutas, en la calle, junto al merolico vendedor de ungüento curalotodo (especial para shiras, chaquirrias, mataduras, pústulas y llagas) y el afilador de cuchillos, allí está Pedro Vac con una rama seca, viva de pericos-alas-cutas.
A quetzal los chiquitos, a cincuenta centavos los grandes y habladores.
Si usted le pregunta, extrañado, por la alrevesada diferencia de precio, él le contestará:
-Porque los pichones le van a durar más.
Y si usted lo interroga sobre la procedencia de las aves, él le dirá muy serio y con la puritita verdad en los labios:
-Tengo mi palo de pericos.