LA PRIMERA PIEDRA
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viernes de dolores
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año de Tata Lapo.
Aquel viejo predicador iba de pueblo en pueblo con su paraguas ratoso y
su biblia de tapas gastadas, explicando la grandeza del Señor, hablando
del bien y del mal, interpretando los evangelios, despertando la fe dormida
en el corazón de los hombres sencillos.
Era su palabra bálsamo para llagas nunca cicatrizadas, asidero para
pecados cubiertos por el polvo del olvido y del tiempo, esperanza para
hipócritas, herejes y blasfemos.
Hoy, la gran plaza abierta y pedregosa de ese pueblo alejado de rutas de
circos y cines ambulantes, marginado de giras presidenciales y campañas
electoreras, hervía de gente entusiasmada por el inusitado espectáculo
de ver a alguien que hablaba del cielo y el infierno como si los conociera,
y que se había desviado de caminos transitados, de comodidades terrenales
para llevar la palabra de Dios al caserío incrustado entre los pliegues
de la montaña, por donde el Diablo perdió la chamarra.
Cuando el predicador, colorado por el sol de mediodía, hinchó
las venas del cuello e infló el pecho para que lo oyeran todos,
todos, hasta el último vecino y dijo:
-El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Mil, diez mil, veinte mil manos se alzaron y lo sepultaron bajo una lluvia
de pedruzcos.
Había llegado al pueblo de los justos.