TRES RELATOS PARA PASAR EL AGUA

por Marco Augusto Quiroa

1 La Chipi


La Chipinoz, es su nombre oficial. Pero para la palomilla, La Chipi, con cariño. Nunca supimos el significado de la palabra, ni nos preguntamos su origen. Tal vez vino arrastrado por la corriente del río, como una hoja seca, como una ramita muerta. A lo mejor cayó del cielo, en uno de esos aguaceros tropicales, que borran las distancias y las cosas, y deshacen los nidos viejos en los árboles ancianos. Tal vez hubo pozas más grandes, de cuencos más limpios y profundos, de espejos cambiantes a los rayos del sol, de sirenas escondidas entre cuevas y leyendas perdidas en el agua del tiempo, de sauces soñadores que mezclaban sus lágrimas en sus riberas tímidas, pero la Chipi fue la poza más querida y siempre era domingo entre sus aguas, cuando las risas infantiles prendían alfileres de alegría en sus troncos musgosos, en sus peñascos forrados de terciopelo verde, en los cushinales que metían los pies, los dedos nudosos, en los remansos asombrados.

Muchos aprendimos a nadar en su regazo, entre el susto del empujón fraterno y los aplausos de los compañeros, atentos al rescate y a las bromas posteriores, cuando con el pelo húmedo y las yemas de los dedos arrugadas por baños prolongados, los comentarios navegaban hacia la honda poza del olvido.

Con el tiempo se fueron diluyendo los días y los años, y el canto lejano de los cenzontles mañaneros en la burbujeante espuma del río cada vez más escaso, víctima de depredadores forestales, del chirrido asesino de la sierra.

Volvimos muchos años después, con los ojos llenos de paisajes ajenos, con los oídos taponados de palabras extrañas, a querer reconocer sus piedras seculares. El peñón, está allí, grande en su majestad y los niños seguían usando su altura de  trampolín. Pero no vimos las piedras que fueron parte de nuestros juegos, testigos del changuil salvador para no llevar la tenta: La piedra del Rey, la Tipunca, las Cuaches... Quiza azolvadas por arenas de inviernos inclementes o arrastradas por corrientes traicioneras, tal vez enterradas por el derrumbe de la memoria.

Regresamos solos. Sin el Chucho Donis, ni Quique Gordillo, ni Meme Rodríguez. Con Chofo Calvillo navegando en aguas siderales, entregado el río de su vida a la mar manriqueana.

Tal vez la Chipi ya no sea la misma y su nombre no sea más que una muesca perdida en recuerdos abuelos. Quizás los chirices de ahora no sepan de su frescura, prisioneros de convencionalismos en piscinas de club, en el ajetreo impersonal del turicentro.

Y a veces, en esas horas de soledad y gris melancolía, cuando quisiéramos dar marcha atrás al reloj de la vida, y encontrar en una esquina del corazón al niño que siempre somos: el nombre de la Chipi, sus sílabas acuosas, nos mojan las pupilas.

Así es.

 

2 La estación

Allí estuvo siempre, desde que se oyó el primer pitazo del tren entre los grandes árboles de Chitalón, cuando tío Nino y don Moncho Cárdenas y don Santiago Morán, el papá de Chibolita usaban pantalón balún y estrenaban el primer trago, y empezaron la plática sobre política que seguía cincuenta años después, sin ponerse de acuerdo, entre el chirrido y el hamaqueo de las mecedoras.

Siempre estuvo allí, donde La Libertad termina o empieza, según uno vaya o venga, no importando si el gobierno era dictatorial o semi democrático. Bonito nombre le pusieron a la calle real que antes tuvo almendros, pero que un alcalde de cuyo nombre no puedo acordarme, mandó a talar con el pretexto que botaban mucha hoja, pero la verdad es porque los paisanos hacían aguas menores en sus troncos y con los calorones de mediodía no se aguantaba el mal olor.

La Libertad. Tal vez la bautizaron así para que nunca olvidemos que el mero oficio del hombre es nacer y vivir libre. Y allí donde las piedras canteadas de la calle se hacen cemento alisado, está el viejo caserón de madera pintado de gris y verde, con sus bancas de reglitas, un señor con visera de celuloide verde y ligas en las mangas de la camisa, viéndonos desde atrás de los lentes con montura de oro y a través de la reja de fierro que lo mantiene ajeno y distante, perdido entre montañas de guías blancas, amarillas, celestes, pisapapeles de metal, la maquinita para transmitir en clave morse que no descansaba nunca, día y noche, de su taquicardía febril, y unos grandes frascos llenos de agua verde, acomodados en la estantería de madera oscura.

Nunca nos aventuramos del otro lado de la línea, hasta los mangales frondosos y los pájaros picoteando los frutos maduros. Echábamos un vistazo cada quince minutos al reloj de pared y al pizarrón negro con el itinerario que sabíamos de memoria: El Tuneco va para Ayutla a las 11:15 y regresa a las 17:30. Para Guatemala solo hay uno: a las 10:05.

Allí en esa vieja estación de bolitos durmiendo en las bancas, de madrugadas solitarias, abordamos una noche cualquiera el tren que nos llevó a descubrir nuevos horizontes. Ni mejores ni peores: diferentes.

Y allí, a esa vieja estación, algun día volveremos.

No hay vuelta de hoja.

3 Las señoritas de Chitún


Muchos de esos viejos circunspectos que usted mira bajando por la Avenida de Dolores, con los pensamientos metidos en cuentas bancarias, enfermedades repentinas, negocios importantes, que cuando cruzan el parque con la esposa del brazo no se vuelven para mirar a las muchachas bonitas, y que en los restaurantes no se fijan en la minifalda de las meseras: tienen su historia. Muchos de esos señorones que ahora lucen placa de profesionales en la puerta, que hace rato le corrieron dos que tres agujeros al cincho, que juegan con los nietos los fines de semana, que ya no bailan ni cuando la marimba se arranca con "Jardín Mazateco" y que hace mucho tiempo beben whisky porque aseguran que no soportan la puñalada de Predilección o Caballito y que la pepsi da mal aliento, que en los balnearios se esconden tras la lectura de un periódico para no ver a las patojas en bikini, y que hace muchos años tapaban la marimba en el salón de Chilo López y terminaban la parranda pumpuneándole la puerta del Tecolote al tío Gino Mayen, o bebiéndose el ultimo frasco de Olla Chapina en la cantina de Genaro o Maco el Brujo, mi tocayo: también tienen su historia.

Una historia enredada en noches de luna escondida, cuando con los nervios en la punta de los dedos, el relojón con el ritmo a contra marcha, las manos sudadas y las dos chocas haciéndoles malobra en el bolsillo, andaban de la calle del Hospital hasta donde pierde su nombre y se convierte en salida a Chitún. Ahí en cuclillas sobre una banqueta que quedó alta, estaba la casita de madera donde funcionaba la Escuelita del Amor para principiantes, atendida personalmente por sus finas y amables propietarias con todo lo concerniente al ramo: la seño Paula y la seño Natalia, Naty para sus alumnos preferidos.

Usted no me lo está preguntando, pero esos viejos más serios que el compa Tavo Villagrán, alguna vez fueron adolescentes, con el bozo incipiente sobre el labio y la curiosidad por el sexo atornillada al pensamiento. Y no estoy para contárselo, pero casi todos esos viejos respetables que usted encuentra en el bar del Club Mazateco componiendo al mundo, en las tenidas de la Logia Masónica con gabachita blanca y cara empurrada, en las sesiones del honorable concejo municipal decidiendo el destino de la ciudad, y hasta en la hermandad del Señor San Bartolo, aprobaron el primer curso y mordieron la bíblica manzana, el fruto del árbol del bien y del mal en las aulas de esas bondadosas señoritas, que hasta dejaban tarea para hacer en casa. A mano y con buena letra.

Y digo casi, porque solo uno faltó a clases y en el cuaderno de asistencia no aparece su nombre. Ese Joven de impecable conducta fue Beto  "el chucho" Donís. Pero yo sé que probó las mieles y delicias de la carnosa fruta prohibida en brazos y cuerpo entero de "La Sabrosha", una indígena sonriente y alegre, que prestaba sus favores única y exclusivamente a muchachos altos, simpáticos y discretos como el mencionado can.

Doy fe y no firmo. Ni contesto demandas judiciales.

 


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.