Gato Viejo
CUANDO LLEGAMOS a Cubulco ya Margarita traía la muerte en los ojos.
No duró mucho, fue cosa de meses.
Se fue convirtiendo en algo seco, frío, sin vida. Día a día
moría un poquito. De nada valieron los reconstituyentes, el jarabe
yodotánico, los remedios caseros. Ni el viaje a la capital para
que la examinaran los mejores médicos, ni la romería a Esquipulas
a visitar al Cristo Negro, a encencerle candelas de a libra y pedirle de
rodillas un milagro.
Nada de eso valió. Una madrugada, mientras el viento se cobijaba
en los aleros, se me quedó entre los brazos.
Ya sólo era un pedazo de cuero viejo, un troco seco, un tasajo de
cecina sin músculos y sin sangre. Ni la sombra de aquella muchacha
hermosa y llena de vida que se casó conmigo en Camotán.
La enterramos como ella quería: con su vestido de novia y sus zapatos
blancos. Con su velo y su buqué de azahares de parafina.
Le cumplimos su ultima voluntad. Este es un pueblo de solo viejas chismosas
iglesieras, todas se visten con trapos hasta el ojo del pie, desteñidos
y apestosos a cera de candela y caldo de res. No hay ninguna con buen cuerpo.
Las que no son flacas, enteleridas, acuchilladas, son gordas y mantecosas.
No sé para dónde se han ido las jóvenes. Tal vez a
la capital, a emplearse de sirvientas y ver si se pescan un soldado o un
policía; de perdida un achimero vendedor de baratijas o un merolico
de los que ofrecen jarabes milagrosos en el parque de La Concordia.
La única joven y bonita es la maestra de la escuela. A lo mejor
porque es fuerana.
Recién llegada se coloreaba las mejillas, se pintaba la boca de
rojobrillante, con piquito, y ensombrecía sus párpados con
un aletazo de verdeprofundo.
Pero empezaron las habladurías de esas viejas perras. Que a saber
a quién le andaba cusqueando. Que líbreme Dios del agua mansa.
Que la mosquita muerta por aquí, que la mosquita muerta por allá.
¡Ingratas! Le rezaron un rosario de puyas venenosas dichas a mansalva,
a escondidas, bajo de agua, en la penumbra de la iglesiona colonial.
Ella sin duda se dio cuenta porque de un día para otro apareció
con la cara lavada, sin gota de pintura, y el pelo amarrado con un listón
azul, o rosa,o con una cinta de terciopelo violeta.
Les dio gusto.
Le alargó el ruedo a los vestidos, casi al tobillo, y se puso
los zapatos de tacón bajo. Adiós escotes generosos y faldas
apretadas.
La maestra llegó al pueblo en febrero. Lo recuerdo porque acababa
de pasar la procesión de la virgen de Candelaria y en esos dias
el aire se alborotó levantando tolvaneras, remolinos de polvo fino
y amarillento, y el viento sopló día y noche mordiendo las
tejas, despellejando el repello de las paredes y arrastrando bolas de monte
seco por las calles desiertas.
Me acuerdo que llegó en esos días de las polvaredas porque
cuando se apeó de la camioneta, un viento arremolinado le subió
la falda vueluda y le miré loscalzones rosados.
Buenas piertas y bonitas nalgas.
Esa primera vez que la vi, yo estaba parado frente al balcón de
la alcaldía. Después la vi muchas veces más desde
ese mismo balcón, con los libros pegados al pecho y rodeada de niños,
caminando bajo la sombra de la ceiba, entre las mulatas y las chinitas
que alegran la tristeza de la plaza.
Ella casi siempre me ninguneaba la mirada o me contestaba el saludo con
los ojos bajos, y yo me preguntaba que hacía una muchacha tan rechula
en este pueblo tan abandonado.
Por esas fechas ya Margarita tenía esa tos terca que le lijaba la
garganta y los pulmones de día y de noche, a toda hora, y que la
hacía escupir sangre en la bacinica de porcelana. Ella llegó
a visitarla varias veces cuando yo no estaba en casa, llevándole
pastelillos envueltos en servilletas almidonadas que la enferma apenas
pellizcaba.
Yo sabía que había llegado porque su perfume quedaba en el
ambiente, impregnado en el espejo, en las cortinas, en el aire muerto del
atardecer.
En la cena, me comía los pastelillos y recordaba en la penumbra
del comedor, las tolvaneras de febrero, sus piernas blancas y bellas, su
ropia interior rosada.
Cerraba los ojos, deseándola, mientras la noche entraba por la ventanas
con sus pequeños ruidos y su fragancia siempre nueva.
Todas las viejas se acomidieron para arreglar el funeral de Margarita.
Dieron más vueltas que un trompo, dejaron los jardines sin rosas
ni claveles, llenaron la sala de floreros, pusieron cortinas negras en
puertas y ventanas, se preocuparon de todos los detalles. La mujer de don
Claro, el pastor evangélico, y la de don Augusto el boticario la
vistieron. Las cucarachas ya se habían hecho cargo del velo, pero
ellas disimularon los agujeros con mucha diligencia y un pedazo de encaje.
Otras hicieron panes con gallina, café hervido y sacaron de quién
sabe de dónde un garrafón de aguardiente y un cartón
de cigarrillos.
Se turnaron cada hora para los rezos y a medianoche cantaron el "Alabado
Señor alabado" acompañadas por la guitarra de Tono el curcucho.
La maestra trajo su bolsita de cosméticos y lo que no pudo hacer
el Señor de Esquipulas ni los médicos ni los reconstituyentes,
lo hizo Max Factor. Le devolvió a Margarita el color de las mejillas
y el rojo de los labios.
Las viejas dijeron que cómo se miraba de bonita, pero a mí
me pareció grotesco ver a ese pescado seco pintarrajeado. No debería
hablar así de la difunta pero es la puritita verdad. Eso que estaba
en el cajón de ciprés,con las manos sobre el pecho atadas
con un pañuelo de seda, no era la mujer que yo quise tanto. No era
la muchacha hermosa con la que me casé.
Toda la familia se opuso al matrimonio, sobre todo por la diferencia de
edades. Ella no tenía veinte años cumplidos y yo ya le di
el esquinazo al medio siglo.
Sus familiares tomaron camioneta expresa para llegar a tiempo al funeral.
Gilo, mi ayudante, les puso telegrama doble urgente. Llegaron vestidos
de negro, con los ojos colorados por el desvelo y el dolor.
Casi no me hablaron y sus pupilas eran unos pedruzcos fríos y acusadores.
Sentí que me señalaban con el dedo del resentimiento y el
odio, y mecolgaban en el pescuezo el rotulo de asesino.
Seguramente piensan lo mismo que murmuraban estas viejas desgraciadas y
que de vez en cuando escuché sin querer: "ese viejo se está
chupando a la patoja", "le está robando la juventud", "para gato
viejo, ratón tierno".
Y es que estas gentes tienen la creencia que cuando un viejo se casa con
una joven, es como si chupara un mango de pita.
Le saca todo el jugo por un agujero hasta dejar sólo la cáscara
y la semilla fibrosa, la piel y el esqueleto.
Ni más ni menos.
No les hago caso y sé que nunca me han querido por la enfermedad
y muerte de Margarita, pero me respetan porque soy el Secretario Municipal.
En el fondo les estoy agradecido, porque estas buenas o malas mujeres hicieron
lo imposible por sanar a mi mujer. Hasta organizaron una misa para pedir
por su salud. Gilo fue a Rabinal en el caballo tordillo del alcalde, jalando
la mula que prestaron los Córdova. Regresó al anochecer jalando
la misma mula, aunque más sudada por la corpulencia del cura, colorado
bajo el sombrero y fumando puro para alejar a los mosquitos.
Adornaron la iglesia con flores, trapos de colores y racimos de corozo.
A mí me sentaron en primera fila entre el resplandor de las velas
y ese aroma dulzón y profundo a semana santa, que despide el corozo.
A saber qué le dijeron de mi persona al cura, que en el sermón
hablo de lascivia y concupiscencia. Y de consumirse en el infierno de las
pasiones sin freno. Y del camino ancho y recto que lleva a a la perdición.
Yo no le bajé ni un instante los ojos al cura y le aguanté
la mirada envitrinada tras de los lentes. En la nuca sentía los
alfilerazos de la acusación colectiva y la ponzoña de las
víboras que se somataban el pecho a mis espaldas.
Cuando salimos al atrio vi ojos resentidos bajo los mantos negros, ratosos,
y mientras le ensalivaban la mano al sacerdote deslizaron su veneno: "ateo",
"pecador", "hombre de alta naturaleza..."
Se enteraron de mi nombramiento antes que el mensaje llegara a mis manos.
El telegrafista se encargó de regar la nueva. De decirles a todas
esas viejas melengüeleras de mi traslado a Pinula. De una en una vinieron
¡las hipócritas! a desearme feliz viaje y a decirme que lo
sentían mucho. A mí me da lo mismo. Esa ha sido mi vida,
ir de pueblo en pueblo. A donde el Supremo Gobierno quiera mandarme. Antes
de aquí, estuve en Camotán donde conocí a Margarita.
Y antes en Jocopilas, y antes en Sansaria, y antes en Tiquisate, y antes...
La última en venir a despedirse fue la maestra.
Pensé que ya no vendría. Entró cuando ya estaba para
cerrar la valija, guardando el cepillo de dientes, los últimos trapos.
Llegó muy arreglada. Con un vestido floreado que no le conocía
y maquillada. Volvió al escote generoso, a la falda tallada, a los
zapatos de tacón alto. Al aletazo verde bajo las cejas, a lrojo
brillante en los labios, a las mejillas sonrosadas. Que Dios me perdone
pero la única que he visto tan bonita es Nuestra Señora de
Chiantla.
Me miró con sus grandes ojos tristes y húmedos de cierva
joven. Luego ensayó una sonrisa entre alegre y resignada, y me dijo
quedito, para que solo yo la oyera:
-Lléveme...