In Memóriam Luis Cardoza y Aragón

     La noche está vestida de relámpagos
     y se apaga el fulgor de la bengala.
     Vivo fue la polvareda del cosmos en el poema.
     Ahora es hormiga en la memoria
     y en los días del mundo.
     Se ha detenido el reloj hasta que el sol se pudra
     naranja gravitatoria en la ventana.
     No sé quién es ni a qué nombre responde
     ese ingrávido costillar y esas hebras de pelo,
     esa lengua de gorrión y esos pávidos ojos.
     Mientras yo digo septiembre y miro la luna nueva
     el viejo halcón canoro ha volado hacia la luz.

Mario Payeras Septiembre de 1992


Zona Reina

No recordamos ya cómo éramos al principio
porque con cada día parte un cadáver nuestro
a pudrirse en el tiempo.

Nuestros mejores esbozos de humanidad futura
resultaron apenas artificios de pólvora
que ardieron bajo la lluvia de la primera noche,
porque aquí la realidad todavía está en guerra con los pájaros
e ignora por lo tanto la cristalización de la decrepitud
y los tardíos laberintos
en que suele extraviarse su mudanza.

Y agreguemos:
nunca como estas mañanas
estuvimos tan exentos de los envejecimientos del espíritu
ni nuestros pensamientos se parecieron tanto
a nuestros actos.


Sierra de Chamá

Hemos llegado a un mundo
olvidado por los aviones y los pájaros.

Durante varios meses
nuestra pequeña tropa arrastró por la selva
su aparatosa impedimenta:
tres mástiles de navío,
trapecios de volatín y una carpa en harapos,
dos elefantes viejos,
una ballena con la cola maltratada por la ingratitud de la materia
y demás artefactos que generan júbilo.

Quienes sobrevivimos al último diluvio
hemos aprendido a orientarnos por los recuerdos,
porque del sol hace ya muchos meses que no se tiene noticia,
y para ver a Orión describiendo en el cielo sus piruetas
de aeroplano melancólico
es necesario esperar la vejez del verano.

Sin embargo,
nunca un puñado de bolcheviques con lombrices
había estado tan cerca de tumbar la ley endurecida
que gobierna la hechura de toda mercancía.

Dos cosas más aprendimos en la lluvia:
cualquier sed tiene derecho cuando menos a una naranja grande
y toda tristeza a una mañana de circo,
para que la vida sea, alguna vez, como una flor
o una canción.


De la vida envidiable de Feliciano Argueta

 Ya ves que aquella despedida de México,
provisional como todos los plazos del corazón,
no pudo sobrevivir a su propia promesa.

Y hoy que es marzo,
compañero,
y que ya no te encuentras bajo este viejo cielo
donde los pájaros son desmemoriados,
me llena la certeza de que mientras no nos vimos
averiguaste más sobre la semejanza que en los días de la escuela
llegamos a vislumbrar entre la realidad y las marquetas tempranas
que dejaba en las esquinas el carruaje del hielo.

Así supe que en los años de la guerra
te asediaron a menudo las papalotas de la infancia;
que a tí también te desvelaron las estrellas
en las noches de la sierra
(esa desordenada fiesta de bengalas
de difícil sentido),
y que entre tantos paisajes como viste
había dos o tres que para tí llegarían a ser insustituibles.

Supe que después de todo
te sorprendió que el amor fuera eso tan disperso,
que puede a veces consistir en el rito desolado
de recoger para alguien que ni siquiera conocemos
las caracolas de Guanabo,
en las interferencias de una marimba lejana
en la noche de Bruselas
o en la muchacha de la blusa azul
que un domingo de Berlín nos reveló con sus modales
los infinitos riesgos del olvido.

Hoy sé que así tratabas de explicarme
que el mundo es demasiado grande para nuestra nostalgia.

Y esa desamparada aventura terrestre íbamos a contárnosla
aunque fuera después de aquellos largos almanaques de ausencia,
como tú mismo decías.

Yo te esperé muchas veces en un café de Praga
desde el que pueden seguirse las costumbres
de las gaviotas de noviembre,
mientras tú quizás andabas,
en horarios distintos,
por el remoto cielo de Valparaíso,
pensando que en efecto la realidad es translúcida
pero que es atravesable en un solo sentido
porque no tiene caminos de regreso.

Y qué bueno hubiera sido encontrarnos algún día
para entregarnos cuentas de lo andado,
para mirarnos a los ojos
por lo menos
una vez más en la vida,
y arrancarnos (¿quién sabe?)
los flores que entretanto nos hubieran crecido para el otro
en el propio corazón.

Pero tú sabías que no vale la pena
tratar de ser felices a la vieja manera.

Por eso es explicable que en tu cartera se encontraran
simples objetos de hombre que no le teme al olvido
(y desde aquella hora
la muerte no es para mí esa patria feroz
que nos aflige tanto con su ternura solitaria),
y que un 14 de abril te olvidaras de las citas y de las fechas humanas
y te marcharas conforme hacia el largo domingo sin barriletes ni pájaros,
la región que en los mapas más antiguos que existen
solía representarse con una ballena triste.


 Chilibasun

 Hay un lugar nublado en las montañas del norte
al que los hombres llaman Chilabasún.

Es una zona frecuentada por pájaros migratorios,
y quienes siempre tienen hambre han aprendido a cazarlos
en los atardeceres,
atrayendo con fuego las bandadas hacia las barreras de carrizo
donde se estrellan aturdidas,
pues los pájaros siempre llegan del este
y confunden con el sol la nube iluminada.

Nosotros somos comunistas
y se nos hace fácil el proyecto de repartir los bienes materiales,
porque no tenemos nada;
pero no repartirmos de la misma manera
el amor nuevo de nuestro corazón,
pues no somos todavía como esos inolvidables compañeros de la sierra
que siempre han ignorado el sentido y la teoría
de la propiedad terrestre.


 La estrategia y la flor del tamborillo

Quien piense dirigir una guerra en la selva,
tiene que aprender de la flor del tamborillo.

Ningún general asedia al adversario con tanta
maestría, como esta flor amarilla. Todos los años
toma febrero por asalto, instaura la floración total
de la primavera y se retira sin ruido por las rutas
de marzo.


 El pensamiento es un pájaro extraño

El pensamiento es un pájaro extraño
que se alimenta de sus propios yerros.

Toda filosofía guarda algo de los sofismas
frente a los cuales se erige como verdad.

De residuos de teoría construimos el martillo
para demoler lo viejo.