D E D I C A T O R I A :
A vosotros, Poetas, que no sabéis si la "l" de la palabra lira es de luz o de luna, dedico este poema con raíz de relámpagos; que su raíz nos una.
Sé que el olvido corta con su espada
malezas inmaduras del instinto:
por eso cabe el hombre en su recinto
de antiguo Todo florecido en Nada.
Sé que la muerte es ser lo que no fuimos:
semejanzas de Dios, lunas sin suerte,
viñas en primavera de racimos;
por eso afirmo que el olvido es fuerte
pues hace no morir lo que vivimos
y vivir, olvidados, nuestra muerte.....
Yo no niego la risa
ni escondo los colores;
tengo en las manos firmes
romances y canciones;
pero pregunto, auténtico,
directo como un hombre
¿hacia donde nos lleva
la fuerza de los dioses?
Su cintura de aroma las rosas fusiladas
dejaron en la esquina vital del horizonte:
algunas eran jóvenes como espigas de junio;
otras llenas de música como alma de sinsontes.
Y aquellas que me amaron tenían un destino
de guitarras violadas sobre la medianoche
cuando los perros muerden los túneles del cielo
y el amor sangra y besa la raíz de los soles.
Yo no niego la rosa
ni su aroma de adioses:
florece en mis poemas
con pétalos sin nombre;
pero afirmo, sencillo,
sin estrellas ni flores
que en el hombre no muere
sino nace la noche!....
Bastarían tres sílabas habitadas de cielo
Bastaría, María del tránsito celeste,
que no te hubiesen dado a saborear la llama
definitiva y sola del hondo viaje agreste
que retornó tus ojos a la tierra que te ama. . .
Bastaría, María de mi sien de poeta,
que no hubieses dejado mi esperanza vacía
ni mi vida inconclusa ni mi sangre incompleta,
bastaría tu diaria compañía, María. . .
Persigo las antiguas raíces que me ataron.
Pregunto a los geranios que de mi voz nacieron.
Interrogo a la sal y a la luz que me amaron.
Sigo las huellas tibias aún de mis cenizas.
Pero, es inútil, continúo náufrago,
debajo de la tierra como dentro de un túnel,
rodeado de gusanos:
me duele más la hormiga que la estrella
y mucho más los ojos que las manos,
porque éstas se extendieron a todo y hacia todos . . . .
y aquellos sólo el ímpetu miraron . . .
Salgo a la calle en busca de lo que fui en el tiempo,
pero es inútil, continúo náufrago! . . .
He descendido a todo y asciendo
de mi propio descenso iluminado
fue mi último recurso su Costado
de sangre rota y muerte amaneciendo.
Por eso el que desciende y ama puro
el ultracielo de su Verbo pleno,
de tan antiguo y lírico, maduro,
sabe y afirma que el Dolor es bueno
cuando de su bondad nace seguro
el fuego del Amor ultraterreno.
Quemé las viejas naves decadentes y oscuras.
Abrí firme los ojos hacia este mundo nuevo,
me lavé el corazón con agua de esperanza
y en una noche envejecí diez años.
Los que ya no creían en mí, resucitaron.
Y los que en mí creyeron sin comprenderme nunca
siguen sobre la tierra, pero están enterrados.
Perdónalos, Señor, sí saben lo que hacen! . .
.
Pude arrancarme todo lo que ataba mis astros! . . .
Ahora voy de frente, camino de la muerte,
de una más clara muerte feliz y razonada:
viviré mucho tiempo persiguiéndola libre
y quedaré en sus brazos de huesos luminosos
con mi viaje redondo de niño que retorna
a la madre que un día lo colocó en la tierra.
(No quiero que me llores,
fiel muchacha de Junio,
no quiero que me llores)
(Le he dicho adiós a todo lo que detrás queda.
Sólo tú, niña mía, caminas adelante
dentro del mundo nuevo donde no habrá más puro
ni más limpio pecado que no haberte amado antes.
Ahora sé, muchacha, qué latitud celeste
tiene tu amor de espiga, de aurora y de bandera:
espiga en que tu amor es el pan de mis hambres,
aurora en que tu amor tiene luz colectiva,
bandera en que tu amor toma la voz de un pueblo!)
Niña por cuya risa creo en Dios
y en cuyos labios se desangra el cielo:
tú reviviste el ímpetu del vuelo
en el usumacinta de mi voz.
Y porque alzada del dolor precoz
sembraste de luciérnagas mi anhelo
asesino la flor de mi desvelo
y rompo las cadenas del adiós.
Niña en donde mi sangre se agiganta
como una alondra de melancolía
con versículos de oro en la garganta,
en ti la sed de luz de mi poesía
es como una madrépora que canta
con sus cien surtidores de alegría:
soneto en donde el suelo se levanta.
Una ciudad es un inmenso corazón consternado
donde la sangre colectiva circula lentamente,
irregular, insomne, vestida de teléfonos,
de mujeres, derrotadas, de poetas frustrados,
de victoriosos mercaderes, de genios anónimos,
de políticos que digieren fácilmente la palabra "democracia"
y obreros indigestos con la misma palabra . . .!
Pero también en ella vive perpetuamente
una conciencia humana
equilibrada y
justa.
Una ciudad es un ansioso monumento a la esperanza,
una ecuación multánime de lucha,
una constante manifestación de esfuerzos generales
y una concreta prueba de que el hombre no ha muerto.
En la ciudad se ama apresuradamente
con pesadumbre estéril o vértigos sociales.
No se encuentra la cómplice madurez de los bosques.
En vez de ríos rumorosos se escuchan las bocinas.
No hay pájaros que cantan sino ambulancias que aullan
y en el lugar de las estrellas el gas neón parpadea.
Sin embargo, la ciudad es necesaria.
Sin ella el campo seguiría ansiado
tal vez muriendo a pausas y sin una salida.
Pero debemos amarla transitoriamente,
poner en ella nuestros ojos, nuestra palabra,
nuestras manos:
y guardar siempre virgen la semilla serena
del corazón que un día debe volver al surco . . .
1. Ovalle López, Werner: POEMAS DE LA BÚSQUEDA. Colección
mínima ISTMO No. 3. Editorial Istmo, Guatemala. Edición
popular 15 de agosto de 1961. 20 pág.