ELOGIO AL BISTURÍ, PADRE DEL ORO ROJO
A los cirujanos del mundo.

Creemos en el honor y la espada
para afirmarnos limpios caballeros.
Despreciamos el agua por la sangre
para lavar el nombre sobre el tiempo.

Cantamos y alabamos la justicia
por la presencia fácil de la espada.
Ella siempre preside la conquista
y ella también florece derrota.

Pero nosotros jóvenes de ahora,
del siglo veinte capitanes nuevos,
dejemos lo brutal por lo biológico
y lo objetivo por el pensamiento.

Nueva sangre triunfal que nos recorra,
despreciemos la espada que es la fuerza.
Y el hombre escogerá con afición
y con valor: Caballería o ciencia.

La fuerza que es gigante con sus máquinas
y que en aviones atraviesa el cielo.
La ciencia tan pequeña con la idea
va mucho más allá del universo.

Pero hay una ironía suprairónica:
La ciencia necesita de la espada
que es diferente de las militares
porque es sin vaina y porque nunca mata.

Esta espada pequeña, casi humana,
flor de salud entre la buena mano,
tiene un dueño feliz sin uniforme
y sin maldad: Se llama cirujano.
 

Esta espada sencilla que da vida
tiene un nombre de pájaro azulado.
Se llama bisturí, tímidamente,
¡como si un pozo se llamara océano!

Por eso, por sencillo y por pequeño.
Sacerdote del bien. Muerte del llanto.
Porque derrama sangre con bondad.
Porque merece mucho más que el canto.
Porque su filo es símbolo de vida.
Porque es el arma que salud defiende;
porque corta más ágil que un rayo.
Porque su acción de apóstol se comprende,
Loor al bisturí que ama la sangre,
que vive como flor entre una mano.
Loor al bisturí que es horizonte,
arma sutil y cruz del cirujano!