LA CANCION PERDIDA

A Olga Kómonova

Aprehender, sí. Primero asimilando
los matices y contornos ocultos.
Lo húmedo, lo tibio, y sin soy afortunado
el rumor de tu sangre abriendo zanja en la vida.

Loco de mí. Inocente. Como si teniéndote
sería yo el señor de tus trigales
y tus bosques de abedul copados de nieve.

Como si estrujando en mis manos
un ramo de espesa malaquita,
o segando una espiga de ámbar
y el aliento de la estepa en el vino,
desvelara tus rosadas yemas impresas en mi piel
y disolviera tu trayecto en mis pasos.

Pobre de mí. Y qué formas más antiguas
de tenderte una celada a las ciegas
y remotas fuerzas de la tierra.
Qué manera más primaria de cazar las cosas.

Loco. Grabo tu adjetivo y tu risa,
tus piernas en la lluvia
y la comisura de tus labios tristes.
Desentraño con presteza tu imagen
y en seguida, como lo hacían mis abuelos
en las grutas cuajadas de estalactita
(allá en Cobán), bailo sobre un solo pie
ante los primerísimos jaguares
que se introdujeron en el arte,
ante los tecolotes y las monos y las culebras
para siempre inmovilizadas en la piedra.

Loco de mí -me parece discurrir
antes de la gran claridad,
y creo haber penetrado lo oscuro.

Solamente porque he logrado dos, tres líneas
y haber recogido tu levadura en mi palabra,
por haber capturado a todo un pueblo
introduciendo mi mano en ti.
Nada más por haber agarrado tu carne
el pulso herido de la tierra.

Desgraciado de mí: construí un calabozo
para enlazarte.
Y en él me he quedado encerrado
y gritando por salir de tu pecho.


CASI PARABOLA

Tú no conoce el mar. Estás confundida
con la estepa. Aseguras. Y no sabes.
El mar desflora oraciones de agua
y las despliega del azul al verde.
La estepa hinchada de trigo
oye pasar conversaciones
que el viento corretea desde distancias remotas.
En ella las piedras duermen con la espalda a flor de tierra
y los búhos miran de día. Son diurnos.
(Eso les pasa por vivir al aire libre)
No sabes -no asegures.
Lo que ha de causar confusión en ti
es la sensación de profundidad.
Pero en el mar la sensación es vertical
y es horizontal la profundidad de la estepa.
¿Qué noticia tienes tú del mar, dime,
de las embarcaciones que enraizaron en el fondo,
del concéntrico rumor del caracol, de tesoros callados?
No, Olga. La estepa te tiene hechizada
y tu corazón la arrastra como una túnica.
Reconócelo. Tú no entiendes de estas cosas.
Lo que sí sabes a ciencia cierta
es que yo,
desde tus pies hasta hacerte entrecerrar los ojos
desde tus profundidades despunto
como un duro arrecife de coral.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.