De chiquita yo era muy alegre porque no sabía las cosas malas... Mis papás me obligaban a ir a trabajar con los señores que abren la tierra, y me ponían a guiar los bueyes. Tenía derecho a tres tiempos de comida con siete cucharadas de frijol y cuatro tortillas, y me pagaban cinco centavos de quetzal. Lo que no me gustaba era que cuando los bueyes se me torcían el señor me pegaba a mí con el acial que sirve para pegarle a los bueyes, y a veces yo lloraba y se lo decía mis papás, que ya no quería seguir trabajando con esos señores tan bravos, pero la respuesta de mis papás era que si no quería trabajar pues que no comiera... A mí me gustaba trabajar pero con otros señores que no eran bravos sino que trabajaban de buena gana como mi papá, entonces con ellos sí me ganaba yo alegre mis cinco centavitos... A veces me ponían a espantar zanates y otros animales que se comen el maíz, porque cuando el maíz crece hay que cuidar la milpa para que no se la coman los animales, y ahí me estaba yo, tirando piedritas y gritándole a los pájaros, y como dicen que eso no es trabajo sólo me daban cuatro tortillas con frijolitos y dos centavos... Que no es trabajo dicen, pero yo a veces me cansaba de tanto gritar y corretear a los pájaros, y hubo veces en que me quedé dormida bajo los árboles, y es ley que el cuidador que se queda dormido tiene que tragar milpa, entonces el dueño de la milpa me obligaba a comer la hoja y masticarla, y a veces yo vomitaba porque la milpa tierna tiene un sabor amargo... Además, si uno se duerme se queda sin paga y al otro día pierde su almuerzo... Yo me quejaba mucho con mis papás y entonces mi mamá decidió enseñarme a hacer los huipiles, los mantelitos y las servilletas. Y eso también quiere fuerza porque ahí se está uno hincado, sin poder moverse, con el hilo alrededor del cuerpo, y el hilo es caro, y hacer un huipil se lleva unos veinte días, y cuando llegamos a venderlo a la plaza la gente ladina no quiere pagar ni lo que costó el hilo, menos el trabajo, las horas que uno pasó sentada sin moverse.. Y para qué, para que en el aeropuerto y en las tiendas de la capital los vendan recaros a los turistas que ni regatean, y en cambio a nosotros cómo nos regatean, y es que aparte es que a los indios nos guste el regateo y aparte es que no le quieran pagar a uno ni siquiera el precio del hilo. Porque miren: un huipil lo vendemos en 8.99, y para hacer uno de cuerpo entero, sin bordar, se gasta 1.95 cuando el hilo está barato, porque lleva trece madejas de a quince centavos cada una, y trece por quince da 1.95. El hilo para bordar es aparte y se va comprando poco a poquito hasta tener una caja y media, que son dieciocho bolas; cada bolita cuesta dieciocho centavos. Multiplicando dieciocho por dieciocho salen 3.24, y juntando las dos cuentas (1.95 más 3.24) eso nos da 5.19. Haciendo un huipil en unos veinte días, vendiéndolo en 8.00 y restándole los 5.19, me quedarían 2.81... ¿Y mis fuerzas? ¿Y lo que comí en esos días? !Con razón nunca prosperamos! Así vive mi gente, todas las que tejen... Por eso mejor me puse a hacer petates, y así fui creciendo: se compran dos docenas y media de palma: la docena está a diez centavos y la media a cinco. Por todo son veinticinco centavos. Levantándonos a las cinco de la mañana y trabajando hasta las siete de la noche, se puede sacar en un día un petate de cuatro varas de ancho y seis de largo. Los comerciantes los compran a treintaicinco o si mucho a cuarenta centavos. ¿Cuánto gané en un día? Quince centavitos...
Por eso decidimos irnos a otra aldea a comprar sandía y tomate para revender en el mercado. La otra aldea quedaba a tres horas de camino. Salíamos del rancho a las cinco de la mañana y llegábamos a las ocho. Después, otras tres horas de regreso. Como yo tenía once años no aguantaba mucho, sólo veinticinco o treinta libras; mi mamá aguantaba setenta y cinco y mi papá con su cacaxte aguantaba ochenta y cinco mas tres sandías pequeñas que poníamos debajo del tomate para no destriparlo. Lo malo es que este negocio era sólo por temporada, así que un día cuando llegó la época de irse a trabajar a las fincas de la costa, mi papá decidió que bajáramos. Y nos fuimos...
Para los niños ir en el camión es la gran alegría, el movimiento del camión es la gran alegría: si el viaje es de noche los niños se duermen, pero si es de día resulta ser la gran alegría de los niños. Lo malo fue que cuando llegamos a la finca la cosa se puso fea porque había que empezar limpiando el monte lleno de bejucos y matando culebras y gusanos para poder tener un lugar donde dormir. Al comenzar a trabajar al día siguiente, mi papá agarró tres surcos largos para los cuatro, porque éramos cuatro hermanos. El caporal siempre estaba detrás cuidando que no descansáramos. Mis papás nos tenían que ayudar a juntar el quintal de algodón porque si no, no teníamos derecho a la ración de seis tortillas y tres cucharadas de frijol. Con la ayuda de mis papás hacíamos el trabajo de una ración de comida, pero para los cuatro era muy poco y siempre nos quedábamos con hambre...
Al terminar la cosecha nos regresamos al rancho en la montaña, pero todos íbamos malitos: yo tenía calentura, mi hermano diarrea, mi papá también. "Qué será", decía mi mamá. "Es el calor", respondía mi papá. La cosa es que todo lo que habíamos ganado se nos fue en medicinas, y sólo nos quedaron cinco quetzales para comprar maíz. "Yo pensé que me iba a poder comprar un corte", decía mi mamá. "Y qué se va a hacer, mija", le respondía mi papá, "no alcanzó.." Por eso tuvimos que volver a bajar a la costa al año siguiente. Mi mamá no bajó, pero nosotros sí, y nos fuimos mi papá, mis hermanos y yo muy alegres en el camión entre las piernas de toda la indiada... Al llegar construimos nuestra champita y tuvimos que abrir un pozo. Ese pozo fue la desgracia de mi hermano Nito. Como no había agua para tomar pues abrimos el pozo, pero !un pozo para cinco cuadrillas de gente!... no es posible. Hubiera habido que abrir más pozos para los cientos y cientos de personas que estaban ahí bajo los árboles. Y como no había letrina, pues todos hacíamos nuestras necesidades en el mismo lugar, y aquello apestaba. Cuando llovía, a los pocos días los pozos estaban todos chorreados de lodo y el agua agarraba mal olor. Y qué íbamos a hacer, había que beberla por la tanta sed que le agarra a uno en la costa. A mi hermano le decían Juanito mis papás y nosotros le decíamos Nito. Como a los tres meses de estar en la costa, Nito ya se miraba enfermo: pálido pálido estaba, pero cuando uno le preguntaba él sólo se reía y decía que no tenía nada. Mis otros hermanos también se miraban pálidos, no comían y sólo vomitaban. Cuando terminó la cosecha, regresamos a la casa en la montaña habiendo juntado cuarenta quetzales, y mi papá comenzó a buscar medicinas porque Nito seguía poniéndose peor. Por fín un día Nito se hinchó todo y se murió. Quería pararse pero no podía, y lloraba y lloraba: me llamó a mí para decirme algo en el oído y me acerqué, pero no le entendí nada. Quería hablar y ya no pudo, así que mejor se volteó a ver a mi mamá que lo tenía en brazos y apagó los ojos. "Se durmió", dijo mi mamá, pero qué. Ya no despertó. (No quisiera recordar tu vida ni tu muerte Juanito, pero es que es muy necesario que otros lo sepan). Yo pido que no me hagan preguntas sobre mi hermano. Sólo digo que murió a los trece años...
Mi mamá tuvo diez hijos, se le murieron tres y vivimos siete. Por eso ya no volvió a la costa. Nosotros sí. Volvimos al año siguiente. Y esa fue la última vez porque resulta que en uno de los cortes venía mi papá con ciento cincuenta libras de algodón a la espalda y empezó a subir la escalera hacia el carretón: el caporal estaba sentado arriba y le gritó a mi papá: "!Apurate, indio cabrón!", y lo empujó, y entonces mi papá resbaló y todo el peso que llevaba le cayó encima, y el pobre no podía levantarse, nosotros queríamos decirle al caporal que lo ayudara pero como no hablábamos castellano les pedimos a otras personas que lo hicieran... Al fín lo sacaron pero con los pies y la cintura quebrados... Hasta la fecha mi papá sigue quebrado y es mi mamá la que se mueve para todos lados porque él no puede hacer mucho movimiento. Ultimamente eso lo ha perjudicado porque como el ejército lo obliga a ser patrullero civil y él no puede, entonces dicen los del ejército que si el indio no quiere ser patrullero es porque es comunista y que por eso hay que matarlo. Los patrulleros tienen que subirse a los cerros buscando guerrilleros, y mi papá no puede correr, menos en terreno quebrado. Por eso se queda muy atrás de los demás y después llega a la casa con los pies hinchados y la cintura que no se puede ni doblar. Y esa es la historia de la santa costa. Así dice mi papá cuando se acuerda de eso, la santa costa... Y es que hasta que de plano fracasamos no dejamos de ir a la bendita costa...
Los indios somos trabajadores, no como dicen los ladinos, que somos haraganes. Lo que pasa es que no nos pagan suficiente. Y además nos quitan las tierras. Ahora resulta que los militares descubrieron que en las tierras comunales de los indios hay minerales muy valiosos y que los pagan bien los extranjeros, entonces aparecen por ahí los generales con títulos de propiedad falsos. ¿Y nuestros títulos qué? ¿No valen nada? Son papeles de tiempos de la invasión española, y ahí los tenemos guardaditos, ya viejos y amarillentos, pero no importa porque esa es la prueba de que las tierras son nuestras. Aunque la verdad es que ya no tenemos ni dónde poner la casita, menos dónde sembrar el maíz. Lo que cultivan los ricos es el algodón, el café, la caña, el banano, y tienen fincas enormes sólo para que coma el ganado... Las fincas de los ricos crecen y se tragan nuestras parcelitas, se extienden como agua y suben montañas y acaban con ríos y con valles, y los indios andamos sin tierra, de un lado para otro, errando, y un indio sin tierra no es una persona porque hasta los pájaros que son libres tienen un territorio...
Nosotros comenzamos a trabajar a los seis o siete años, y ni pensar en ir a la escuela porque no vamos a vivir del aire. Así dice mi papá: "No tengo de donde sacar los ocho centavos para tu cuaderno ni los cinco para tu lápiz: ni modo que vamos a vivir del aire". Yo he oído que dicen que en San Juan del Obispo hay un santo que vive del aire, pero a saber si eso será cierto...
Yo, por preguntona y metiche, aprendí a leer con los catequistas. Y me llevé a mi papá a las clases y aprendimos a leer juntos. Vieran la alegría que siento cuando a veo a mi papá firmar. Como catequistas que somos, hemos aprendido a leer con la Biblia en la mano... Nos dimos cuenta que eran miles de letras las de la Biblia, pero también nos dimos cuenta de que casi todas son iguales... Mi amiga Narcisa, que en paz descanse, aprendió lueguito a leer en la Biblia. Murió porque los soldados le hicieron el favor de violarla y después le prendieron fuego. Pero ella aprendió a leer y a escribir gracias a la parroquia y con la ayuda de Dios... Los indios no somos tontos, lo que pasa es que los ricos saben que si nos permiten estudiar pronto abrimos los ojos y nos damos cuenta de la gran explotación en que nos tienen. Por eso dicen que somos tontos y que no vale la pena gastar en enseñarnos nada a los indios. Y por eso estamos pobres. Nosotros no tenemos la culpa de que cuando llegan los turistas andemos todos sucios, todos chorreados de tanto trabajar, y los niños desnutridos. Los ricos y los del ejército se averguenzan de los indios. Dicen que somos una verguenza para Guatemala, sobre todo cuando vienen los turistas. Pero no es por eso que dejan caer bombas sobre nuestras aldeas, sino porque muchos indios son ahora guerrilleros, y el que se mete a la guerra, digo yo, sabe a lo que se atiene y que se aguante todo lo que le pueda hacer el enemigo; contra lo que yo estoy es contra tanta matazón de gente inocente que no está ni con el ejército ni con los guerrilleros. Y digo yo: si nos matan a todos los indios, ¿quiénes les va a trabajar su tierra a los ricos?
Yo me volví catequista porque en eso hallé mi gran satisfacción y la paz para mi espíritu. Ser catequista es ir por las aldeas hablándole a la gente de Dios. Eso le gusta mucho a las personas porque es un gran consuelo. Y también se enseñan cantos, y a la gente le gusta eso también, cantar, porque se respira mucho y se saca la pena de adentro... En el 70 y en el 72, llegaron unos curas buenos a las comunidades a hablarnos de Dios. No eran como los curas de antes que sólo les hablaban a los ladinos. No, estos se metieron en nuestras comunidades a convertirnos. Pero ahí está que fueron ellos los que salieron convertidos porque vieron nuestras tierritas secas y la situación de la gente. Y vivieron con nosotros y juntos nos alegrábamos y juntos nos entristecíamos. Todos estábamos desnutridos. Y qué podíamos hacer. Ellos eran muy poquitos curas. Entonces decidieron hacer los centros de formación para preparar a líderes de las comunidades y conseguir así el maíz y el frijol. Y a los líderes nos llamaron catequistas. Y así íbamos los catequistas diciendo la Palabra de Dios por todas partes. Una vez yo leí un pasaje de la Biblia, cuando Jesús es tentado en el desierto y dice: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Pero las tripas nos hacían ruido cuando estudiábamos, y todos nos reíamos del ruido que hacían nuestros intestinos, qué verguenza... Una tarde nos reunimos para estudiar el Génesis, y comenzamos a leer en castellano. La gente protestó y pidió que se tradujera todo a nuestra lengua. Y así fue como empezamos a traducir porque la gente no habla castellano, y al fín todos pudieron oír la Palabra en su lengua: que Dios hizo la Creación, formó la Tierra, hizo que salieran todas las cosas, y todo por amor a sus hijos. "¿Quiénes son los hijos?", preguntaba la gente. "!Nosotros!", gritaban por ahí. "¿Y entonces por qué Dios no nos hizo a nosotros primero?" "Porque Dios no es tonto: si nos hubiera hecho primero a nosotros no hubiéramos tenido donde poner nuestros pasos y nos hubiéramos muerto de hambre: Dios hizo primero a las cosas para que nosotros después las manejáramos". "Qué dicha", dijo entonces uno, "estamos gozando las cosas que Dios nos dejó, ¿verdad?" Y llovieron las respuestas de la comunidad: "Pero si sólo manejamos los azadones y nuestros machetes..." "Yo sólo manejo mi olla y mi piedra de moler..." Un hombre gritó: "!Yo manejo a mi mujer!" Y hasta hubo uno que dijo: "Yo manejo mis pulgas". La gente hacía burla pues. Entonces yo quise parar la cosa y dije: "Bueno, cortemos aquí". Pero la comunidad dijo: "No, queremos saber quiénes manejan la tierra". Y yo dije: "No sé", porque no quería meter la Palabra de Dios en política. Pero luego la comunidad dijo: "Los ricos gozan la tierra, ellos nos la quitan, y no nos dan ni un poquito para poderla manejar como Dios dice". Y así fue que de aprender la Palabra de Dios salió la inquietud de organizarse para pelear por la tierra, y cuando las hermanas religiosas nos instruían en higiene y alimentación, se armaba la grande en la comunidad porque las cosas no concordaban. Ellas decían: "Hay tres grupos básicos de alimentos: proteínas, vitaminas y carbohidratos: para que los niños se pongan gorditos, que agarren color y crezcan bastante hay que darles a cada rato leche, carne y huevo". Y eso lo repetíamos los catequistas también. Entonces las mujeres decían: "No hay vacas; un vaso de leche cuesta doce centavos; son siete niños, y el huipil lo hago en dieciocho días y me pagan ocho quetzales que son para conseguir el maíz". Y nosotros decíamos: "Cuando los niños están pálidos es por la falta de vitaminas; hay que darles verdura y hierbas". Y las mujeres decían: "Pero ¿dónde sembramos? No hay tierra para trabajarla..." Y nosotros: "Para que los niños tengan muchas fuerzas hay que darles macarrones, fideos, arroz, plátanos.." Y las mujeres: "No hay dinero, sólo aprendemos pero no podemos practicar lo que aprendemos..."
Por ese tiempo comenzaron los secuestros y las violaciones...
A los dirigentes catequistas primero los amenazan y si no se van del lugar, aparecen destrozados. Ya no se puede rezar ni cantar ni decir el rosario ni el novenario al Sagrado Corazón de Jesús. El gobierno de Ríos Montt borró muchas aldeas de Rabinal y en cada una de esas aldeas había trescientas, cuatrocientas, quinientas o más personas: yo lo sé porque pasé muchas veces por esas aldeas enseñando la Palabra de Dios. Ríos Montt dice que gobierna en nombre de Dios, pero ahí está el caso de mi tía por ejemplo: los soldados le quemaron su casa y todo, y cuando se iban le dijeron: "Si te preguntan quién te quemó tu casa decís que fue la guerrilla; si contás que fuimos nosotros te hacemos mierda, india puta..." Jesús se puso de lado de los pobres, y el gobierno de Ríos Montt nos está matando; parece que lo que quieren es acabar con nosotros. El ejército es Xibalbá, no es Corazón del Cielo, o bien es el lado oscuro de Corazón del Cielo, que es Xibalbá, según se mire la cosa, como dicen los brujos. En el fondo todo es lo mismo. Yo lo que sé es que Dios, Corazón del Cielo, me ama. Que si uno busca la oscuridad encuentra a Xibalbá en su propio corazón, por eso los soldados son Xibalbá, porque los entrenan para engrandecer las tinieblas. Lo más doloroso es que todos son indios como nosotros, y su oscuridad se hace más negra. La oscuridad también la permite Corazón del Cielo, por eso Xibalbá forma parte de él, pero nosotros podemos escoger la claridad también y/

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.