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El convite salió puntual y se desparramó por la plaza:
subió al atrio de la iglesia y recorrió los portales del
Cabildo. El cohetero Toribio de León y sus amigos correteaban disfrazados
de moros, de cristianos, de conquistadores rubios y rosados, de animales
del monte, con sus mascarones de colores y sus vestidos repletos de espejitos
y lentejuelas. Toribio iba vestido de coyote.
Las bombas voladoras que él y su tata habían fabricado
estallaban en el cielo sin falla, también los cohetes que desde
una semana antes habían ambos entregado al padre Aníbal
para la fiesta: toda la plaza estaba envuelta en humazones blancas, el
cielo estrellado del atardecer se iluminaba de cuando en cuando con los
estallidos de las bombas, y Toribio miraba complacido cómo el chupetero
se deleitaba, con su cargamento de dulces al hombro, contemplando el lucerío
en el cielo y las puntas de los campanarios que todavía retenían
un poco la luz agonizante del sol. !Chupetes, chupetes, va a llevar
chupetes...!
Toribio tenía que ayudar a Chalío, el sacristán,
a encender las mechas de las bombas con un tizón: en la base del
mortero, la mecha salía casi tocando el suelo, había que
encenderla, alejarse y sentir el cimbrón del primer estallido en
la tierra; luego, antes de la segunda explosión en el cielo, Toribio
-con su máscara de coyote bien puesta- echaba otra bomba en la
boca del mortero y le acercaba el tizón a la mecha tratando que
las explosiones se sucedieran sin tregua una tras otra. Chalío
entonces subió al campanario y comenzó a hacer sonar las
campanas: el coheterío, las campanadas y las risas de todos no
pudieron ahogar el grito del sacristán desde lo alto: abriéndose
paso a través del muro de bullas, su voz de viejo llegó
a todos los oídos: "!Viene el ejército...!" El silencio
cundió para dar paso a un ruido de botas quebrando matorrales y
de cerrojos de fusil colocándose en posición de tiro...
El verdoso cerco de soldados comenzó poco a poco a cerrarse en
torno de la plaza: los gatos, los perros y los pájaros callaron
y hasta el viento huyó de las copas de los árboles. Se oyó
entonces una voz de altoparlante, eléctrica, que dijo: "!Esos del
convite: fuera las máscaras...!"
Los mascarones bajaron poco a poco dejando en su lugar muchos pares
de ojos saltones y bocas abiertas. Don Angel María, parado en el
atrio junto al padre Aníbal, miraba a su hijo Toribio quitarse
la máscara de coyote y soltar el tizón de las bombas lentamente.
--!Los hombres, del lado de la iglesia! -volvió a tronar la
voz eléctrica-. !Las mujeres, del lado del Cabildo, y los niños
en lo alto del quiosco!
Desde el campanario, Chalío miraba moverse aquella masa de gente.
Ni el padre Aníbal ni don Angel María tuvieron que dar un
paso porque ya estaban colocados en el lugar que les indicaba la voz.
Toribio sí caminó hacia su puesto y se paró junto
a su padre. Lo acompañó también el chupetero: !Chupetes,
chupetes: de piña para la niña, de mora pa' la señora,
de...
Un grupo de soldados llegó hasta el centro de la plaza y, dándose
las espaldas entre sí, encañonaron a la multitud: el cerco
era doble, la gente tenía bayonetas a la espalda y frente al pecho.
El oficial al mando caminó en silencio con al atoparlante en la
mano, salió de entre la tropa, cruzó la plaza y se subió
al quiosco donde estaban los niños: acarició las cabezas
de algunos de ellos y se llevó el altavoz a la boca:
--!Venimos por el cupo! -gritó. Algunos muchachos, todavía
con sus máscaras en la mano, murmuraron inquietos. -!Los que tengan
ya dieciocho años... un paso al frente! !El ejército y la
patria los necesita!
Durante un instante pareció que ninguno de los muchachos iba
a dar el paso pero poco a poco el rumor de las telas de manta, el ruido
de los espejitos, los chinchines y las lentejuelas se confundió
con las patadas decalzas sobre el polvo.
--!Sin trampas, que no estamos para perder el tiempo! -gritó
el oficial.
Toribio miró a su tata y éste, con un leve gesto, le
indicó que diera el paso al frente. De pronto dos muchachos se
dieron a la fuga: un grupo de soldados los persiguió y al ratito
los trajeron de vuelta a la plaza a rastras y dándoles de culatazos
en la cabeza. La voz del oficial volvió a tronar desde el altoparlante:
--!El castigo por no querer servir a la patria es la muerte! !Así
que escojan: o el servicio militar o el fusilamiento aquí y ahora!
La multitud se encogió murmurando: llantos ahogados murieron
en rebozos y perrajes.
--!Escojan! !Un paso al frente los que prefieran el servicio, y firmes
los que prefieran el fusilamiento!
El unánime paso al frente fue dado lento, agobiado, vencido.
Toribio miraba la sangre resbalar por los rostros de sus amigos, y suspiró
al tiempo que la voz del oficial ordenaba:
--!Teniente: que les pasen lista, que agarren sus chunches y que se
suban al camión, todos!
Mientras su orden era cumplida, el oficial sacó una pequeña
libreta de su bolsillo y leyó:
--!El cohetero Angel María del León, el cura Aníbal
Serrano y el sacristán Chalío Matute: un paso al frente!
Don angel María murmuró a su hijo un "no hablés"
casi inaudible y caminó con el padre Aníbal hasta el centro
de la plaza. Chalío permaneció subido en el campanario,
acurrucado como niño debajo de la boca de la campana mayor. Mientras
caminaba hacia el camión militar, Toribio vió cómo
el chupetero se perdía entre la multitud: !Chupetes, chupetes:
de piña...!
--!Ese sacristán! -gritó el oficial-, !tan viejo y tan
coyón! !Ya me lo bajan del campanario!
El viejo Chalío fue arrastrado escaleras abajo tieso de terror,
y fue colocado junto a don Angel María y el padre Aníbal.
Entonces prosiguió el oficial:
--!A estos tres elementos la patria los acusa de subversivos: el cura
es un colaborador de la guerrilla, el cohetero organiza las cooperativas
como le indica el cura según las orientaciones de la subversión,
y el sacristán lleva y trae las órdenes de la guerrilla
y el cura! !Esas tales cooperativas sólo son una pantalla para
jalarse gente a la subversión! !Estos hombres han sido condenados
a muerte por la patria, así que despídanse de ellos y no
se les ocurra seguir su mal ejemplo porque así como ellos pueden
acabar ustedes también! !Sargento: proceda!
El sargento y dos soldados llevaron un garrafón con gasolina
hasta los graderíos del atrio, los destaparon y los vaciaron sobre
las cabezas y los pies de los tres hombres. Don Angel María volvió
a hacer señas con sus ojos a Toribio que procedía a formarse
en fila con sus amigos, indicándole que no dijera nada. El sargento
y sus hombres sacaron cajas de fósforos, prendieron uno cada uno
y los lanzaron a los pies empapados de los tres hombres. A toda la comunidad
se le iluminó el rostro cuando, encendidos y agitando los brazos
como bebés, los tres hombres dieron unos cuantos pasitos hacia
atrás y hacia adelante antes de ir cayendo hincados, gatear y quedar
bocabajo ennegreciéndose y enrroscándose mientras el fuego
comenzaba a aplacarse. La multitud quedó en silencio ante el tufo
a carne quemada. Entonces volvió a hablar el oficial:
--!Dentro de dos años regresan estos muchachos que ahora nos
llevamos! !Ellos van a servir a la patria, no a traicionarla como estos!
-y señaló los cuerpos humeantes. -!Cuando volvamos para
llenar el cupo otra vez más les vale colaborar con nosotros! !Ya
ven lo que les pasa a los que ayudan a los subversivos!
...Subiendo al camión militar lentamente, Toribio palidecía,
no lograba entender por qué no sentía ganas de llorar com
algunos de sus amigos. Sentía más bien como una piedra dura
en el pecho y otra en el centro de la frente... Trepados ya todos en el
camión, vio el cielo: las últimas rajitas de sol brillando
entre las nubes y el Lucero del Alba, Kukulkán, era lo único
que podía retener en su memoria... Toribio vio al chupetero caminar
veloz hacia su casa, oyó el rumor de la gente tal vez levantando
a los muertos, y entonces la carrera de los soldados, las órdenes
y los gritos de los oficiales se confundieron con el ruido del camión
que arrancó rumbo al destacamento levantando polvaredas teñidas
de blanco por la luz de la luna...
Se oyó un disparo, otro y otro... Toribio ya no pudo ver cómo
la comunidad enterraba a los muertos y celebraba Consejo ni pudo enterarse
de que, inexplicablemente, después que el ejército había
entrado a la aldea y quemado a aquellos hombres, el cuerpo del chupetero
había aparecido botado en el patio de su casa con dos balazos en
el pecho y el tiro de gracia.
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