Cuando se muere una persona la Costumbre nos manda hacer otras cosas. Pero como Xibalbá cayó sobre nosotros, ahora ya ni siquiera podemos enterrar a nuestros muertos: ahí quedan ahora los hombres colgando de los árboles, de las ramas de los árboles, y los kaibiles les cortan su vena y ahí ponen el vaso y se beben la sangre para que toda la comunidad mire cómo el kaibil se traga la vida de la gente...
Entonces la Costumbre se ha ido perdiendo porque Xibalbá de los Ejércitos no nos deja enterrar los muertos. Sólo mata a la gente y después vienen otros soldados a quemar los cuerpos. Matan no sólo a la gente sino nuestra Costumbre, nuestra cultura están matando para que los niños que van naciendo no tengan memoria de sí mismos: porque los niños se asustan mucho, sobre todo cuando ven bajar los helicópteros, y si hay entre ellos algunos que nunca han visto un aparato de esos se quedan mudos y muchos ya no vuelven a hablar nunca: Xibalbá nos quita la voz a puro susto a nosotros los indios...
Entonces para qué les voy a contar la Costumbre de cuando muere una persona si ahora nuestra gente queda crucificada con agujas debajo de las uñas, les dan excremento simulando hostias y burlándose de la misa, les quitan las orejas, la naríz, los elevan con poleas y los sueltan contra el piso varias veces hasta que mueren... A los que se llevan vivos los meten amarrados en hoyos grandes que se llenan de agua con la lluvia, o los vuelven locos en los cuarteles haciéndolos oír un goteo de agua, sin comer durante veinte o treinta días. A los que sueltan les dicen que no cuenten nada pero es para que lo cuenten todo, y andan los pobres por ahí como almas en pena, convertidos en Ministros pentecostales tratando de convencer a la gente para que se acoja al protestantismo...
Cuando muere una persona la Costumbre nos manda hacer varias cosas porque para nosotros la muerte de una persona es muy importante. Pero ahora, con la venida de Xibalbá a estas tierras la muerte es lo de todos los días: ya no importa, porque nuestros muertos están a flor de tierra, en los caminos, colgando de los árboles... Por eso perdónenme, pero yo ya no tengo nada más que decir: esto es todo. Lo único que dice hoy mi Palabra a la faz del Cielo y a la faz de la Tierra es Silencio... No hay nada más que decir. Para qué. Esto es lo único, señores. Nada más...
Costa Rica, Navidad de 1991.
Iowa, Otoño de 1993.

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.