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S A T I R A S
Mario Roberto Morales
ETICA DEL PLAGIO
Los ingratos detractores del plagio no se detienen ni por un instante
a pensar en las motivaciones profundas que impelen al plagiador a cometer
este supremo acto de admiración y responsabilidad. No se suele
comprender que el hecho de plagiar a un escritor brota de una compenetración
tan brutal con su expresión que el plagiador, en un irrefrenable
acto de infinita honradez y humildad, no tiene más opción
que volver a escribir aquélla versión en vista de que ni
él ni nadie podrían reescribirla de mejor manera. Por eso
el plagio, además de ser un acto de admiración, reconocimiento,
honradez y humildad, es también una paciente y meticulosa labor
material de repetición que sólo acrecienta los méritos
de quien, arrebatado por esta vocación rayana en la santidad, se
encierra en su cuarto a copiar con primorosa exactitud el verbo de su
modelo.
Pero los méritos del plagiador no se quedan ahí. Plagiar
también supone renunciar al fácil expediente de los argumentos
de autoridad para sostener los propios. De ahí que el plagiador
repudie las citas, referencias y alusiones a su modelo, aunque pueda,
eso sí, remitirse constantemente a otros autores, siempre en la
medida en que la impecable exactitud del plagio se lo permita. Esto lleva
a que el plagio constituye también un acto supremo de responsabilidad,
ya que, al renunciar al recurso de apoyarse en la autoridad ajena, el
plagiador, este héroe cultural tanto más meritorio cuanto
más incomprendido, echa sobre sus hombros la enorme responsabilidad
de los juicios de otros hombres y mujeres al hacer suya su palabra. ¿Quién
sino el propio plagiador está dispuesto a soportar las críticas,
los vilipendios, la persecución o la muerte y hasta el bochorno
del elogio por lo que otro individuo ha escrito? ¿Quién
sino él? Porque en la otra cosa en la que no se ponen a pensar
los gratuitos detractores del plagio es en el hecho de que el plagiador
ha interiorizado de tal manera las palabras de su admirado modelo que
ya las ha convertido en suyas; son por ello suyas: de ellas se
responsabiliza hasta las últimas consecuencias al estampar su nombre
como autor de las mismas, para ellas vivirá de ahora en adelante,
por ellas será conocido. ¿Cómo no van a ser suyas
si ha relevado a su originario autor del peso de la responsabilidad de
haberlas escrito? Es por eso que no se puede condenar el plagio ni mucho
menos al plagiador en nombre de ese valor movedizo que es la originalidad.
Al contrario. Visto desde la perspectiva de sus motivaciones profundas,
el plagiador más que un héroe cultural es casi un mártir
de la cultura. Merece por ello todo el reconocimiento que su país
le pueda otorgar.
Se conocen, desgraciadamente, muy pocos de estos raros especímenes
poseedores de tal sentido del sacrificio, el cual implica renunciar a
la deleznable vanidad de la originalidad para volcarse al minucioso trabajo
del plagio enaltecedor. Por copiar sistemáticamente a sus admirados
modelos, estos eméritos escribanos deberían recibir cuando
menos un premio nacional de literatura y un doctorado honoris causa de
parte de los ministerios de cultura y las universidades de sus países.
Y, en fin, los críticos deberían estudiar su obra para establecer
sus plagios en vista de que su modestia insondable no les permite caer
en la vulgaridad de revelar sus fuentes. Para infortunio de las letras,
nada de esto se hace.
Cómo, pues, no rendir homenaje a estos auténticos preservadores
de las letras universales, a estos emeritísimos cultores quienes,
a pesar de la torva incomprensión general, persisten en su abengada
labor, copiando primorosamente las frases más ingeniosas y las
imágenes más audaces que son capaces de salvar del olvido,
demostrando con ello además un impecable talento para la crítica
literaria y para la filología; el cual, dicho sea de paso, ya quisieran
poseer muchos académicos e intelectuales que presumen de agudeza
y buen juicio. Francamente tendría uno que haber sido seriamente
infectado por el virus obsesivo y vanidoso de la originalidad como para
no apreciar en toda su magnitud y resonancia la transparente ética
del plagio; gracias a la cual, digamoslo sin temor a parecer sentimentales,
ciertas virtudes olvidadas por el mundo como la humildad, la honradez
y la admiración pueden seguir siendo practicadas para ejemplo y
cauce de la incierta posteridad que vislumbramos, en la cual pareciera
haber perdido su lugar privilegiado la literatura.
INSTRUCTIVO PARA OPORTUNISTAS DE IZQUIERDA
Primero, tuvo usted que escamotear su participación en esta
fuerza política cuando eso implicaba un riesgo. Debió escapar
de sus obligaciones de mala conciencia, y del país, o bien permanecer
en él callando, en la sombra, sueldeando por ahí, ocupando
los puestos que dejaban vacíos los mártires, los militantes
que se iban a la clandestinidad y los exiliados. Después, cuando
el movimiento estaba derrotado y ya no se corría ningún
peligro por "ser de izquierda", usted hubo de radicalizarse a ultranza,
estalinizarse o bien pregonarse neomarxista, aduciendo creer en las teorías
del socialismo y enorgulleciéndose de no haber tenido nada que
ver con las luchas para ponerlas en práctica. Esto, pensó
usted, lo eximía de desagradables responsabilidades históricas
y a la vez le otorgaba una imagen de alguien que seguía siendo
políticamente consecuente en una época en la que muchos
reniegan de sí mismos y otros denuncian con justicia la traición
de la izquierda. En dos platos, para que su oportunismo siga teniendo
éxito debe usted insistir en ser, constitutivamente, un cobarde
Hecho esto, usted ha debido escarbarse un espacio en la institucionalidad
pública a base del sacrificio de la politquería y el servilismo,
y también colarse en las páginas de opinión de los
diarios para "representar", con amplio despliegue de tonos resentidos,
un punto de vista "de izquierda". Pero para asegurarse de que la izquierda
oficial no le fuera a hacer la guerra por los medios que ésta mejor
maneja (la calumnia, la intriga y el chantaje "moral"), usted ha debido
afiliarse a ella, mejor si indirectamente, en alguna de sus fundaciones
o en su frente político. A partir de aquí, usted está
listo para hacer carrera y llegar a convertirse en un santón local,
en una celebridad de su casa y vivir para siempre en el goce del prestigio
provinciano a prueba de toda sospecha. Lo cual puede conseguir con mayor
celeridad si se dedica a defender causas que tienen muchos adeptos, por
ejemplo a exaltar a escritores que no necesitan de su exaltación
o a instituciones que, aunque padezcan la corrupción y la impunidad,
tienen una inercia de años o siglos que le puede garantizar a usted
muchos simpatizantes de su defensa. Es aconsejable que se deje engordar
para ofrecer al populacho una imagen de respetabilidad bonachona, y que
empiece a actuar como viejo, a pensar como viejo, a comportarse como viejo.
Es más, sea solemne, sude en los actos públicos y adopte
siempre un melancólico aspecto porcino, lo cual le ganará
la simpatía inconsciente de quienes en su niñez leyeron
la historia de los tres cochinitos: es decir, de casi todo el mundo. En
otras palabras, para que su oportunismo tenga éxito permanente
debe ser usted, estructuralmente, un hipócrita.
Luego alquile su pluma, apoye a candidatos a alcalde, presidente, rector
y similares y tenga el valor de cambiar de candidato según vaya
siendo la tendencia electoral: alabe a uno cuando esté ganando,
y luego atáquelo cuando esté perdiendo, y alabe a quien
haya atacado antes. Todo esto debe hacerlo sin escrúpulos ni miramientos,
apelando al pensamiento político moderno. Otra cosa que puede hacer
es apoyar a un candidato públicamente y a otro en secreto, así
no tendrá que perder nunca. Dicho de otra forma, para ser un oportunista
de éxito debe ser usted lo que ha sido hasta ahora, un corrupto.
También tiene usted que saber tergiversar argumentaciones y
mentir, calumniar y denigrar para poder así echar una cortina de
humo sobre su asumida incapacidad intelectual, académica, cultural;
incapacidad que lamenta porque percibe estas actividades como cumbres
incuestionables del prestigio. Ya sabemos, por otra parte, que si usted
tuviera capacidades de este tipo no tendría que ser un oportunista.
De modo que su inhabilidad para razonar, argumentar y polemizar debe ser
sustituida por su habilidad para denigrar a la persona de sus desafectos
en vista de que no puede combatir sus argumentos. En otras palabras, para
ser un oportunista de éxito debe ser usted un perfecto mediocre.
Repita estos pasos una y otra vez a lo largo de su vida, sobre todo
cuando se acercan elecciones de funcionarios que le puedan ser útiles
para la forma de sobrevivencia para la que lo dotó la naturaleza.
Lo cual quiere decir que para tener éxito en el oportunismo debe
ser usted (no inteligente sino) persistente y tenaz. Insista en sus mentiras
sin molestarse en atender las razones de quienes polemizan con usted,
haga oídos sordos a esas razones e insista en su sandez, sea necio
(otro de los requisitos del oportunista de izquierda exitoso),
terco, intolerante y cínico. ¡Y adelante!
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DIFERENCIACIONES
- En un pequeño y lejano país, al sur de México,
sus ocurrentes habitantes les llaman "coches" no a los automóviles
sino a los cerdos, de modo que expresiones --que por cierto dejan muy
malparadas a estas nobles cuanto utilísimas criaturas-- como
"ser coche" pueden significar ser sucio, excesivo en algunas costumbres
como comer o beber, o simplemente ser gordito. De aquí se desprenden
exclamaciones como "no seas coche" para exhortar a alguien a que se
comporte de manera más higiénica o que no coma o beba
tanto. Y también apodos dudosamente cariñosos que se refieren
a los gordos, como El Coche García, El Coche Pérez,
etcétera.
- Pero la palabra se adjudica también a todas aquellas personas
que manifiestan con obviedad excesos en otros órdenes de la vida,
como es el caso de las ambiciones o acumulaciones desmedidas, o a quienes
roban, hacen trampas, fraudes, desfalcos y cometen crímenes en
general. Un "coche" puede ser, pues, también un banquero o político
corrupto, un finquero explotador o un periodista "fafero" (el vocablo
"fafa" es otra de las graciosas ocurrencias de los nativos del país
de marras, y significa escritos periodísticos realizados por
encargo pagado, o simplemente notas de alabanza a personajes con quienes
el "fafero" quiere estar en buenas relaciones). Un "coche" puede ser
también alguien que bota basura en las calles, que no despliega
muchos modales a la hora de comer, que no se limpia las uñas
o los dientes, que no se baña o que no hace la limpieza en el
ambiente en que vive. Si a estas características se agrega la
de estar un poquito pasado de peso, el apelativo "coche" no se hará
esperar por parte de la ciudadanía de este país tan dado
a expresarse mediante imágenes poéticas como las que han
señalado escritores oriundos de él, como Illescas, Gonzáles
y Monterroso. Por ejemplo,"cargar varas en paleta" no es un verso surrealista,
como de hecho parece, sino una exclamación que significa llevar
consigo mucho dinero. "Estar con armonía" significa estar ansioso
o tener curiosidad por saber algo. Por todo, en el país que nos
ocupa los "coches" pueden "cargar varas en paleta" e incluso "tener
mucha armonía" por cualquier motivo, de tal manera que un ciudadano
cualquiera puede tirar al viento un verso excelente y decir de pronto:
"El Coche Pérez anda con mucha armonía porque carga varas
en paleta". El resto del poema podría formarse a base de otras
expresiones a partir del verbo cargar, el cual es usado para
todo por la ciudadanía, sin distingos de clase, etnia o religión.
En efecto, los habitantes de este país no tienen sino
cargan las cosas, los sentimientos y las ideas. De ahí
expresiones como: "No cargo dinero, cargo una goma horrible, ¿cargás
pluma?, cargo una gran tristeza, cargo mucha armonía", etcétera.
Esta manía de cargarlo todo proviene seguramente del prolongado
pasado de servidumbre colonial que todavía permea conductas individuales
modernas, como las de los periodistas "faferos" quienes, en franca actitud
servil (de mecapal ideológico), "se llenan de armonía"
cuando vislumbran que algún personaje o institución podría
proporcionarles la dicha de "cargar varas en paleta" si les escriben
artículos o libros pesadamente adjetivantes y rebuscados en los
que exageran virtudes hasta el bochorno. Estos son los coches ideológicos,
a quienes debe piadosamente hacerse extensiva la exhortación
cívica "¡No sea coche!", ya que no es justo discriminar
a los coches-dizque-intelectuales del derecho a estar en la piara
de los demás "coches", sus hermanos los sucios, los desmedidos,
los ladrones, los corruptos, los asesinos, los explotadores y los inocentes
gorditos. A éstos últimos deberíamos buscarles
otro apodo menos desprestigiado o simplemente apelar a ellos como El
Gordo García o El Gordo Pérez, sobre todo si
se toma en cuenta que hay "coches" que son muy flacos y que son tan
"coches" como el que más. Habría también que evitar
llamarles "coches" a los cerdos porque tampoco es justo ofender a esos
nobles animalitos de tan buena carne equiparándolos con los abyectos
seres de melancólico aspecto porcino a los que la poesía
popular ha denominado con justicia, "coches".
SANCHOS METIDOS A QUIJOTES
- Por muy devaluado que el quijotismo se encuentre en esta época
de modas pragmáticas e individualismos aislantes, la ensoñadora
actitud de luchar contra dragones y rescatar dulcineas amenazadas por
malignos no deja de seducir tanto a listos como a incautos. La tentación
de ser reconocido como quijote (léase: como héroe, aunque
serlo implique el ridículo) es muy grande, y muchos estás
dispuestos a pagar el precio, que consiste en fingir hasta que cierto
público convierte al aprendiz de caballero andante en una celebridad
local, probablemente candidateable para cualquier puestecillo burocrático
de colorida notoriedad local.
- Lo que le hace falta a alguien que quiere ser reconocido como quijote
es crearse la imagen de tal mediante una decidida incursión por
los campos en busca de causas qué defender. Se trata de encontrar
una dulcinea desprotegida (o bien, inventársela), idealizarla
y dedicarse a defenderla de los supuestos monstruos malignos que la
quieren destruir o cuando menos denigrar. Al igual que el caballero
de la triste figura, nuestro improvisado quijote enarbolará una
suicida actitud altruista y la llevará hasta las cumbres de la
autoinmolación posible por su dulcinea y, así, habrá
satisfecho a cabalidad sus locas fantasías. Esta es la manera
más expedita de hacerse una imagen de quijote, de ser
un quijote local, a expensas de su dulcinea.
- Pero para devenir quijote hace falta tener alguna pasta de quijote:
hay que tener tenacidad (y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener
persistencia (y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener fantasiosidad
(y nuestro aprendiz la tiene), hay que tener esbeltez y creatividad...
- La cosa se torna un poco estrambótica cuando nuestro aspirante
a quijote resulta ser alguien mejor equipado por natura para
ser un sancho. Y puede tornarse tragicómica cuando observamos
que nuestro obeso personaje quiere cambiar el burro del escudero por
el jamelgo de su amo, o cuando intenta convertir la incertidumbre en
certeza y la torpeza en poesía. En fin, Watson queriendo ser
Sherlock, Sancho queriendo ser Don Quijote, el cebo queriendo ser manteca
puede constituir un espectáculo grotesco el cual sólo
provoque pena. Una profunda cuanto prudente pena.
- Pero qué le vamos a hacer: este mundo está lleno de
sanchos que quieren desesperadamente ser reconocidos como quijotes,
y por ello ensillan su rocinante, inventan su dulcinea, sus molinos
de viento, sus dragones, y se lanzan a la defensa de lo indefendible
con la chistosa y lerda movilidad del escudero que asume infructuosamente
la agilidad y la elocuencia demente de su admirable amo. Para ello,
ejercitan la prosa periodística y la poesía de salón
con la delicadeza de dos elefantes retozando en una cristalería.
- Ciertamente, la solemnidad pretendida del quijotismo está
devaluada en esta época posheroica de omnipotencia del mercado.
Sin embargo, la comicidad del sanchismo está más de moda
que nunca porque los bufones son muy necesarios en medio de la aridez
mercantil dizque sin ideologías. Es por ello curioso advertir
cómo hay tantísimas maneras de alcanzar la notoriedad
local sin renunciar a ser un héroe, aunque serlo implique el
ridículo. Es el precio que pagan los sanchos por ser quijotes.
- Moraleja: si no puedes ser un quijote, aviéntate a ser un
sancho. El resultado puede ser el mismo: serás un hazmereír,
pero un hazmereír reconocido.
EL OXIMORON DE LA MUERTE
(Una sátira rabiosamente local)
- Ser escritor tiene sentido. Un sentido que ahora no voy a discutir,
confiando en que el lector lo tenga claro. Lo que no tiene sentido alguno,
y no lo tiene desde cualquier perspectiva que se mire el asunto, es
ser escritor guatemalteco. Veamos.
- Lo peor que puede ocurrirle a alguien que escribe es que no lo lean.
Por eso, escribir en un país en el que no existe un mercado de
lectores y en donde el analfabetismo (real y funcional) es la norma
y no la excepción, no tiene mucho sentido y resulta ser una actividad
bastante absurda además de humillante por ignorada. Pareciera,
por tanto, mucho más constructivo dedicarse a la radio y a la
televisión. Además, algo de lo más grave que puede
ocurrirle a quien escribe es que editen mal sus obras. Por ello, escribir
en un país en el que la actividad editorial carece de profesionalismo
porque generalmente son mecanógrafos los que se encargan de copiar
los textos y de hacer el diseño de paginación, y son impresores
lo que hacen las ilustraciones de portada, tampoco tiene mucho sentido
e igualmente resulta ser una actividad bastante absurda, además
de denigrante, por la pésima calidad en su presentación,
a la que suele añadirse un mediano interés literario debido
en parte a la falta de círculos de tertulia, crítica y
comentario. Por si esto fuera poco, algo de lo más frustrante
que puede ocurrirle a alguien que escribe es que su obra --mal editada--
no se distribuya entre el puñado de lectores locales y mucho
menos entre los internacionales. Por lo tanto, escribir en un país
en el que las editoriales no le dan tratamiento mercantil al libro literario
ni le aplican técnicas de mercadeo y promoción sino lo
embodegan como artículo suntuario para perfilarse a sí
mismas como espacios de mecenazgo y filantropía, de nuevo no
tiene mucho sentido y otra vez resulta ser una actividad bastante absurda,
además de frustrante por no remunerada. Las honrosas cuanto parciales
excepciones sólo confirman --como siempre-- la regla.
- Curándome en salud, le salgo al paso a argumentaciones altruistas
de esas insufriblemente cursilonas, recordándole al respetable
público que las poses de quijotismo y sacrificio se pueden adoptar
de miles de formas y no hace falta hacerse escritor --o intentarlo infructuosamente--
para ejercer semejante exhibicionismo narcisista.
- La condición de escritor guatemalteco es oximorónica.
Un oxímoron --suele no saberse-- es una figura retórica
que expresa una realidad contradictoria y autonegatoria en sí
misma. Se es oximorónico cuando se dice, por ejemplo, "oscuridad
luminosa", "negrura blanca" o "gigantismo enano" (hasta hace muy poco
tiempo, un oxímoron clásico era "inteligencia militar",
pero dejó de serlo con la reconversión "democrática"
de los ejércitos en las Américas). Escritor guatemalteco
es un oxímoron porque una de las dos condiciones particulares
que componen esa condición compuesta devora a la otra, la niega,
y lo que queda es la nada: una actividad onanista, narcisita, exhibicionista,
que poco tiene que ver con la literatura y, claro, con la nacionalidad
guatemalteca, que parece haber sido hecha para que les quede bien sólo
a los finqueros, los militares, los políticos, los comerciantes,
los profesionales técnicos, los narcotraficantes, los secuestradores
y ladrones, quienes a menudo coexisten en una sola persona.
- Pareciera que si uno es escritor no debiera ser guatemalteco porque
la nacionalidad ahoga su literatura. Y que si uno es guatemalteco no
debiera ser escritor porque queda automáticamente fuera de las
oportunidades de vivir con decoro, ya que queda fuera de las roscas
de poder.
- ¿Cómo puede ser importante un escritor en un país
en el que la lectura no existe ni se fomenta como actividad humana?
Por eso, los escritores asesinados por subversivos fueron asesinados
por ser subversivos y no por ser ser escritores. Decir lo contrario
no es sino pose de escritorcito izquierdoso a quien nadie lee. De cultor
municipal con delirios internacionales. De pretendidos ex-revolucionarios
(quién no lo es ahora) a destiempo. De miméticos narcisos
de la culturita exhibicionista local que cuentan siempre con la ignorancia
endémica del interlocutor vernáculo para poder decir y
escribir impunemente cualquier risible tontería, aprendida de
pasadita en diccionarios y enciclopedias comprados en oferta a hábiles
vendedores a domicilio.
- Si nos atenemos a los casos anteriores, renunciar a la literatura
en Guatemala es renunciar a ser metido en el paquete del absurdo, el
autoengaño, la pose, el exhibicionismo, el narcisismo, el onanismo
cultural, el vedetismo, la payasada. ¿Y qué hacer al dejar
de escribir? Bueno, se puede empezar por contemplar el mundo con atención,
leer un árbol y no un libro, mirar las nubes y no la tele, monologar
en vez de hablar incoherencias en actos ministeriales. Conocerse a sí
mismo y no fingir que se conoce todo acerca de los demás. Así,
los escritores vivirán felices para siempre, sin frustraciones,
renegamientos y quejas sobre que el país es inculto, que no comprende,
que nada se hace bien, y que esto y que lo otro.
- Para que un escritor guatemalteco --esa contradicción caminante--
pueda alcanzar la paz interior, no debe escribir más. Debe dejar
de escribir. Y esperar volver a nacer, en otro país. Por tanto,
pareciera que si se quiere seguir siendo guatemalteco se debe renunciar
a la literatura, y si se quiere seguir siendo escritor se debe renunciar
a la nacionalidad. Como el ejercicio de la literatura por parte de un
guatemalteco es un ejercicio frustrante y, por ello, absurdo, y en vista
de que la asunción de la nacionalidad guatemalteca por parte
de un escritor es colorida y vistosa pero sufridita y, por ello, también
absurda, pareciera que lo que más conviene al oximorónico
escritor guatemalteco es, además de renunciar a la literatura,
renunciar también a la nacionalidad. Quién sabe, tal vez
ése sea el precio de su felicidad. En cuyo caso ésta le
saldría francamente barata. Además, sería interesante
ver lo que hace el país sin sus escritores. Tal vez mejora, aunque
lo más probable es que siga igual, lo que indicaría que
los escritores son el artículo más innecesario que existe
y que el país puede seguir viviendo sin ellos como hasta ahora
ha vivido con ellos, y que más vale su suicidio colectivo a tiempo
que su languidecimiento penoso a destiempo. En todo caso, siempre seguirán
existiendo los farsantes para la mayor gloria de la cultura local.
- Dejar de escribir puede ser, además, la gran contribución
de los escritores guatemaltecos al proceso de paz en esta era posrevolucionaria,
en el que tampoco tendrán cabida si siguen escribiendo pero en
el que sí la tendrán si se dedican a la burocracia y a
otras formas de medro deshonesto, como corresponde al lugar y al tiempo
en el que les tocó escribir y --ojalá-- dejar de escribir.
En otras palabras, lo que les conviene es seguir el feliz ejemplo de
políticos, militares y excomandantes guerrilleros para así
ascender más que el cóndor y el águila real, como
dice la canción, y ya dejar de sufrir y dejar de anhelar.
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