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El Licenciado no sabía que la laguna de San Antonio Aguascalientes
existiera hasta que se encargó de manejar las propiedades de un
fiquero de San Miguel Dueñas: de ese señor era la granja
que causó toda la tragedia... Ahí se le veía venir
al Licenciado los fines de semana a visitar la granja: se quedaba grandes
ratos mirando la laguna seca y lodosa y el arroyito que riega los sembrados
de la comunidad... Puede ser que el Licenciado se la haya comprado por
las buenas a su dueño, pero las gentes de San Antonio juran que
se quedó con ella a base de puro papeleo: lo cierto es que el Licenciado
apareció de la noche a la mañana como dueño de la
granja, eso sí, con título de propiedad y todo bien legalizado.
La granja tiene seis manzanas en la mera laguna... El Licenciado se la
pasaba yendo y viniendo de la capital a San Antonio y de San Antonio a
La Antigua, donde también era dueño de varias casas...
...La gente de San Antonio trabajaba por jornal en las fincas que rodeaban
la granja del Licenciado, y a cambio recibían pequeñas parcelas
para laborarlas por aparte en beneficio familiar, o el derecho de cosechar
tul para hacer petates. Casi todos trabajaban en una finca grande cerca
de San Miguel Dueñas, y siempre, desde hacía años,
llegaban a Dueñas por un camino que atraviesa la granja del Licenciado...
Bueno, pues un día el Licenciado cerró el camino sin avisarle
nada a nadie... La indiada protestó pero el Licenciado no se dio
por enterado. Para evitar conflictos con su vecino, el dueño de
la finca grande compró una propiedad junto a la granja del Licenciado
y mandó hacer allí otro camino... El arroyito -que nace
en el pantano que queda de lo que fue el Lago de Quinizalapa- es la vida
de los cultivos en San Antonio... Año con año, los hombres
del pueblo lo limpian al principio del verano y al principio del invierno...
Y el arroyo corre por toda la granja del Licenciado... Siempre ha sido
así.
Como al año de que se abrió el camino nuevo, el Licenciado
prohibió sin más que los hombres limpiaran la parte del
río que pasa por su propiedad... Todo el pueblo pidió hablar
con él, y unacomisión fue a La Antígua a quejarse
con las autoridades, pero nada funcionó.... Durante dos años
el agua del arroyo no alcanzó las partes más altas de la
laguna en el verano, y en el inverno se atascó la corriente en
la hojarasca...
La comunidad logró hablar con él una vez pero cuál
no sería la sorpresa cuando el Licenciado le comenzó a hacer
lista a la gente de las propiedades que tenía cada quién:
el hombre había estudiado los papeles en la municipalidad y les
pudo demostrar a todos que muchas propiedades estaban mal registradas
y los límites entre unas y otras mal marcados: a la comunidad no
le preocupó eso nunca, pero ahora que varias de esas propiedades
estaban simplemente a nombre del Licenciado y que además él
forzaba a muchos parcelarios a venderle sus tierras y cercaba con alambre
todo lo que iba juntando, la comunidad comenzó a pensar diferente,
se organizó y pagó abogados; protestó en todas las
dependencias públicas y ante la prensa. Pero nada de eso tuvo efecto.
Mientras tanto, el Licenciado seguía comprando terrenos que estaban
distantes de su granja y los cercaba con alambre espigado: eso y el problema
de la escacez de agua en verano y los torrentes del invierno afectaron
a todos, pero más a los que hacían petates.
Un día al Licenciado le dio por desviar la corriente del río
para hacer una laguna artificial y allí se puso a criar peces...
Eso acabó de arruinar las tierras de la gente de San Antonio, que
se vio obligada a empezar a vender... Pero lo peor es que de la humedad
vinieron enfermedades: paludismo, tifoidea, hepatitis, que mataron a más
de uno en el pueblo. La comunidad amenazó al Licenciado pero él
contrató guardias armados y compró un toro bravo para alejar
a la gente de la propiedad...
A todo esto, el Alcalde del pueblo se comenzó a preocupar por
los problemas que nos causaba a todos el Licenciado este. El Alcalde tenía
simpatía entre la gente de la comunidad porque después del
terremoto del 76 él se había dedicado a reconstruir viviendas:
además, él mismo, junto con estudiantes de la Universidad
de San Carlos, se puso a descombrar y a rescatar cadáveres: en
todo el trayecto que va desde estas partes de por acá hasta Totonicapán,
pasando por Parramos y todo eso por ahí, había que amontonar
a los muertos, echarles gasolina y prenderles fuego porque no daba tiempo
de enterrarlos. El Alcalde -que todavía no era alcalde en ese tiempo-
se distinguió por esos trabajos y, cuando lo elegimos, comenzó
a reconstruir las casas de adobe que se habían derrumbado... La
cosa fue que ahora, cuando le puso atención al problema del Licenciado,
se dedicó a estudiar bien el asunto: llamó a cabildo abierto
un montón de veces, y así fue que decidimos recurrir a todo
el que tuviera voluntad de ayudar a la comunidad: ahí aparecieron
el Bufete Popular de los estudiantes de Derecho, los partidos políticos,
el Cuerpo de Paz, El Comité de Unidad Campesina -CUC- y, claro,
los guerrilleros... Todos llegaron con promesas y, mientras tanto, el
Licenciado seguía aumentando sus propiedades: nadie pudo hacer
nada: los guerrilleros decían que nos organizáramos con
ellos para luchar por el poder total, pero a nosotros lo que nos interesaba
era que el río siguiera fluyendo y regando las tierritas de la
gente... Algunos hombres del pueblo les hicieron caso a los guerrilleros,
y por ahí se miraba a un compa ladino venir los fines de semana
desde la capital: se llevaba a los hombres de tres en tres, les hablaba
hasta dos horas a cada grupo, les dejaba libros con muñequitos
y, al cabo de los meses, se los comenzó a llevar al monte para
enseñarles a desarmar y armar granadas y a tirarlas simulándolas
con piedras de río o pepitas de aguacate: yo los espié más
de una vez en el monte, pero no me preocupé: era su decisión
y era su Palabra...
Por ese tiempo fue que mi comadre, desesperada, agarró un día
el machete de mi compadre y se metió en las tierras del Licenciado:
nadie la pudo parar, iba como endiablada, como si fuera hombre voy
porque parece que en este pueblo se acabaron los hombres, nos estamos
muriendo de hambre, la laguna se está secando, no hay agua para
tomar y los chiquitos se nos mueren: quién nos va ayudar a sembrar
cuando lleguemos a viejos: si no hay chiquitos nos vamos a acabar nosotros
los indios... Cómo pesa esta machete, tengo que levantarlo moviendo
todo el cuerpo, silba en el aire cuando voy cortando el zacate crecido,
tiene buen filo, me va a servir para cortar los alambres que le ha puesto
a la tierra ese Licenciado, ladino maldito: ahí viene con la familia
a ver por televisión los partidos de futbol a la finca todos los
sábados: ahí se la pasa con sus amigos bebiendo, oyendo
música ladina, cantando, bailando: y los guardias siempre con sus
fusiles rondando la casa, mirándonos con desconfianza a nosotros
los indios: casi no siento el camino, no me ha dado sed ni me canso de
caminar: el monte pasa a mi lado y siento que lo asusto, creo que estoy
asustando a la Madre Tierra: pero si está asustada es quizá
porque tiene miedo de que algo me pase y no porque se haya ofendido: yo
voy a cortar alambres y no a abrir el suelo sin pedirle permiso: eso sólo
lo hacen los ladinos, que no sienten o hacen como que no sienten: se burlan
de todo -hasta de ellos mismos-, son traicioneros y mentirosos: entre
los indios también hay gente mentirosa y traicionera y haragana,
pero uno de indio siente que toditos los ladinos son así, que ninguno
se salva: mi marido dice que los compas no son ladinos cualquieras, quién
sabe, todos los ladinos que han venido dizque a ayudarnos sólo
se aprovechan del indio, lo alebrestan, lo movilizan y luego lo dejan
solo cuando se viene encima la represión: ellos ponen las palabras
bonitas y nosotros los muertos feos... Siempre ha sido así: tiene
razón mi tata, que es brujo, cuando dice que el ladino es la muerte
del indio: desde antes que llegaran los hombres barbudos de pelo amarillo,
dice él, ya los antepasados sabían lo que se les venía
encima a las estirpes, a las Casas Grandes, a los macehuales, a las Confederaciones:
dice que cada Confederación tenía sus banderas, sus escudos,
y que nuestros pueblos se hacían la guerra; por eso cuando entró
Alvarado a la Tierra de los Arboles, los cackchiqueles lo ayudaron a vencer
a los quichés, y se unieron a los tlascaltecas que se habían
venido con él desde México para combatir a los mayas de
por aquí: yo he oído todo eso de mi tata cuando se lo cuenta
a mi hermano en secreto: como yo soy mujer no puedo conocer todos los
secretos, pero también he oído entre sueños a mi
tata decir que estaba escrito que vinieran los barbudos de pelo amarillo;
que no era Kukulkán-Gucumatz quien volvía por el mar y por
las montañas: era el lado oscuro de Kukulkán sí,
Xibalbá, porque las estirpes y los brujos se habían entregado
a la investigación de la tiniebla, les gustaba bajar a Xibalbá
(el propio infierno que uno lleva adentro) pero no para vencer a sus dioses
sino para divertirse con ellos: los ancestros pactaron con Xibalbá,
con su propia irresponsabilidad, y empezó la corrupción,
y los maridos mataron a sus mujeres por adúlteras y los hombres
corrompían a las niñas y a los niños y se hacían
la guerra y hasta habían empezado a hacer sacrificios con doncellas:
por eso Corazón del Cielo envió a los hombres barbados a
darle el toque final a la investigación de la tiniebla, y entonces
las estirpes fueron condenadas a cinco siglos de sufrimiento: pero a mí
qué me importa eso ahora, yo voy a cortar los alambres que puso
ese ladino infelíz: si me meto más en la oscuridad ya no
me importa: creo que si estamos a oscuras nosotros tenemos que hacernos
la luz con nuestras propias manos: así como nos metimos en la tiniebla,
así tenemos que salir a la luz: haciéndola, moldeándola
como a un pito de barro con forma de pajarillo, como a un petate bien
trenzado, como a un comal bien cocido o como a una tinaja bien pulida...
Cuando los barbudos tenían ya vencidos a los pueblos, los dividieron
y los hicieron vestirse de maneras diferentes, con el corte hasta el tobillo
las mujeres, con pantalones cortos los hombres: y así ubicaron
a las gentes en pueblos de indios que estaban cerca de las tierras que
los barbudos robaron y que les llamaban Encomiendas, y hacían que
la gente las trabajara para luego meter todo en grandes barcos que se
llevaban los cultivos al otro lado del mar: aquí sólo quedaba
el hambre y las enfermedades, el azote de todas las estirpes; y los niños
comenzaron a nacer más flacos y más lerdos y más
tontos: por eso no todos los indios somos despiertos, porque no comemos
bien: sólo el ixim nos salva la vida al mezclarse con el frijol
y con uno que otro huevito que nos dan las gallinitas: pero de ahí
sólo el ichíntal, sólo calabazas, sólo hierbas
comemos, tortilla con sal y chile, agua con chile para el frío,
agua de olote, de pelo de maíz para la enfermedad: así la
vamos pasando: ya puedo divisar las alambradas, están después
de ese cerro: sudo pero no siento el calor, mis pies levantan polvo pero
no siento la tierra: pienso muchas cosas y siento que las pienso antes
de que pase el tiempo necesario para pensarlas, me paso el machete a la
mano izquierda porque con las derecha voy a botar los palos: después
voy a cortar las alambradas: ya casi voy llegando... ya...: ¿quiénes
vienen?: es él, sí, es el Licenciado, viene con cara de
bravo seguro porque me metí en sus tierras sin permiso: me viene
a hacer el encuentro, y viene solo, no trae guardias, ahora me va a oir
la boca: casi no siento que pasa el tiempo: lo vi acercarse y ahora lo
estoy encarando, lo tengo enfrente y le grito, le paso el machete frente
a la cara y noto que se asusta, maldito ladino, estoy pensando en mi lengua
pero le estoy gritando en castellano: le digo que estas tierras son de
la comunidad y que él es un ladrón sinverguenza que se las
está robando, le digo que se quite de allí porque voy a
cortar los alambres y si se descuida también a él lo corto:
mi alma, mi vida y mi cuerpo están trabajando al mismo tiempo:
mi alma, mi vida, mi cuerpo y mi comadre se puso a cortar las alambradas
y el Licenciado se retiró a su casa pateando piedras de puro bravo
que iba: pero a los pocos días llegaron más guardias a cuidar
su propiedad, y volvió a levantar las alambradas: sentí
como sentían los antepasados, pienso yo, el poder en la mano, la
vibración de la hoja templada del machete, ganas me dieron de hundírselo
en la barriga hasta donde dice Collins al Licenciado ése: vuelvo
al pueblo, camino entre el monte, siento que peso menos, siento que podría
morir ahora y no me importaría, siento que soy persona, siento
que soy igual a cualquier ladina: entonces entro en mi rancho, entonces
me siento junto al fogón apagado, entonces meto mis pies entre
las cenizas frías, entonces miro hacia afuera y entonces todo el
monte, los árboles y las flores parecen quererme como yo me quiero,
entonces siento que sólo por este momento valió la pena
vivir, entonces miro a un grupo se señores bajo los árboles
que de pronto se convierten en Señores de la antiguedad y entonces
esos Señores bajo los árboles me sonríen y aprueban
con la cabeza todo lo que hice, entonces la comunidad solicitó
una audiencia con el Gobernador de Sacatepéquez: llamadas telefónicas,
telegramas, actas, denuncias, Ministerios, oficinas, dependencias, licenciados,
licenciados y licenciados, y nada: unos meses después enviamos
una petición al Presidente de la República exigiendo respuesta
en setentaidós horas. No pasó nada. La comunidad estaba
lista para atacar. Los ánimos se caldearon, hubo discursos, cabildo
abierto, discusiones: la gente estaba muy enojada: mi comadre se envalentonó
y preguntó si ya no había hombres en el pueblo... Un día,
estando toda la comunidad arreglando el cementerio, vimos a un ingeniero
tomando medidas en la tierra: con él venía un albañil
para levantar una puerta que marcaría la entrada a la finca del
Licenciado justo enfrente de la puerta de nuestro cementerio: la gente
ya no aguantó más: entonces el mismo Alcalde dijo que ya
no podíamos quedarnos de brazos cruzados, que nos iban a hacer
desparecer a nosotros los indios, que teníamos que actuar: y así
fue como de pronto, casi sin pensarlo, todos comenzamos a caminar bravos
rumbo a la finca del Licenciado: da gusto ver a la indiada embravecida,
el golpe del caite sobre la roca, del calcañal rajado sobre el
polvo del camino, los machetes rompiendo las alambradas: la gente camina
en línea recta y bota cercas a su paso, nada la detiende, vuelan
los sombreros y el indio no regresa por ellos, sigue su marcha con el
machete en la mano, sé cómo se están sintiendo, se
sienten como me sentí yo cuando enfrenté al Licenciado y
corté la alambrada: van botando de veras los alambres, y otros
van disponiéndolos como Dios manda, como dice en nuestras escrituras
de tiempos de la Colonia: estamos recuperando unas veinticinco manzanas
de tierra nuestra: llegamos al muro que sirve de presa al río y
la gente comienza a derribarlo, las mujeres agarran los peces y se los
llevan en sus enaguas vivos: en un segundo se vacía el laguito
artificial y el río empieza a correr alegre, saltarín, agarra
su camino regando con gusto las tierras de la comunidad: todos los hombres
están chapudos, coloradotes de pura dicha: sudan, las venas de
sus manos parece que van a reventar cogiendo los machetes cuando la última
alambrada se coloca, todos regresamos al pueblo porque la finca del Licenciado
está vacía; yo voy pensando que esto no se va a aquedar
así y que el Licenciado nos va a salir con alguna trampa, sobre
todo porque parece que alguien envenenó a su toro bravo y efectivamente
unos días después el Alcalde recibió notificación
de que en La Antigua prosperaba una acusación en su contra por
daños a la propiedad del Licenciado: y así fue que una madrugada
un pickup rojo entró al pueblo levantando polvaredas: los hombres
que hacían vigilancia le marcaron el alto pero alguien disparó
varias veces desde el vehículo que tomó rumbo a la finca
del Licenciado: el Alcalde recibió notificación y corrió
a la iglesia, hizo sonar la campana y se juntó la comunidad entera
en el atrio: allí se denunció que querían matarlo,
y la gente volvió a actuar: se armaron todos de machetes, azadones,
palos, piedras y algunas carabinas antíguas del tiempo de la Revolución
Liberal, y marcharon rumbo a la finca del Licenciado según ellos
a capturar a los judiciales del pickup rojo: yo era uno de los que iba
adelante: la casa de la finca se agranda, se acerca a nosotros, de
repente se mira un fogonazo en una de las ventanas y después se
oye el disparo, varios tiros siguen al primero: es el Niño, el
hijo del Licenciado el que nos está tirando con un fusil M-16 (conozco
bien el tronido de esa arma porque hice el servicio militar a los dieciocho
años, también el del Galil, que usa mucho el ejército
desde que Carter cortó la ayuda militar a Guatemala y la comenzó
a proporcionar Israel): la indiada entonces rodea la casa: yo soy uno
de los que va adelante: de repente me veo parado detrás de la casona
y puedo ver agazapados en la cocina a la Niña, la hija del Licenciado,
y al Administrador de la finca: están solos los tres en la casona,
la gente del pickup desapareció: los indios mis compañeros
han comenzado a quemar las galeras que rodean la casa, los potreros, los
corrales, el garage...: también le prenden fuego a un pickup rojo:
yo me estoy subiendo al techo de la casa, camino con cuidadito para que
no vayan a oir mis pasos: llego al frente, veo el brazo del Niño
sosteniendo el fusil y tirándole a la indiada: saco mi machete
de su vaina y zaz cabrón, le pego un filazo hondo en el brazo:
el Niño grita y bota el fusil, le hago una seña a la indiada
y se dejan venir todos, rompen las puertas y las ventanas y entran en
la casa: cuando me bajo del techo les grito a mis compañeros para
que se detengan: el Niño tiene, además del filazo que le
dí, un machetazo en la cabeza y otro sobre la ceja izquierda: se
le ve todo el ojo hinchado como a punto de reventar, el brazo también
se le quebró con mi filazo: la indiada saca a la Niña y
al Administrador y se los llevan junto con el Niño hacia el pueblo:
...ahí, en la plaza, están los tres llorando: el pueblo
los acusa de asalto a la comunidad, yo tengo el M-16 en la mano, lo conozco
tan bien como el Galil: en vista de su gravedad, el pueblo decide enviar
al Niño al hospital de La Antigua, la de las calles de piedra,
la de los arcos de piedra y las cúpulas de piedra: la de los pasadizos
y los calabozo secretos: la de las celdas para monjas enloquecidas, la
de las cámaras enladrilladas llenas de niños sin nacer,
la de las arcadas frescas rebosantes de flores y sombras amables: la de
la catedral blanca y luminosa, la del Palacio de los Capitanes Generales,
la de los Conquistadores humillados ante el volcán azul que ahogó
su soberbia inundando la ciudad con agua hirviente, la de Doña
Beatríz La Sinventura, la de nuestra primera mestiza, doña
Leonor de Alvarado y Xicoténcatl, hija del Adelantado, la de las
humillantes representaciones de la Conquista con actores indios: indios
con pelucas amarillas, indioscon pelucas coloradas, indios con calzones
de colores, indios con taparrabos mugrosos recorriendo las calles, jugando
a la guerra, bailando el Baile de la Conquista mientras las damas españolas
se abanicaban y los señoritos se acomodaban arrogantes los espadines:
el estandarte soberbio de España, el centro de la humillación
de los indios, ciudad manicurada a donde todavía llegamos a vender
nuestras telas hoy convertidas en bolsitas colgantes, mochilas, muñequitas
ladinas vestidas de indias, chalecos de colores pastel (hemos tenido que
pastelizar nuestros colores: los colores sacados de la mora, de la naranja,
de la manzana, de la fresa, del cielo, de los lagos). ...Antígua,
la Ciudad de las Perpetuas Rosas: la rosa del Cairo, la rosa de Hiroshima,
la rosa de Vietnam, el nombre de la rosa innombrable, del desborde de
rosas por encima de balcones y blasones, del llanto de las bugambilias,
de los pinos silbadores, !de la sombra del volcán sobre las cosas...!,
del tropezón de quien sale a su patio y se topa con la falda del
volcán que empieza a crecer junto al rosal de su madre, junto a
la puerta de la cocina de donde sale una india con el desayuno humeante:
la ciudad de los conquistadores, de los criollos, de los cronistas, de
los inventores de la historia de hoy, de los negadores de la historia
de antes, de los antigueños: la ciudad a donde bajan los indios
para descubrir que son indios, que existe otra clase de gente que se llama
ladina y que vive en un mundo mágico en el que las cosas de mueven
por sí mismas sin que ninguna bestia las jale, en el que las gentes
se hablan de un lugar a otro sin verse la cara, en el que todos se visten
con ropas extrañas y miran en colores lo que pasa del otro lado
del mar... Antígua: la ciudad del Arco de Santa Catalina, bajo
el que pasa Jesucristo sangrante y las mujeres que lo siguen rumbo al
Calvario: Jesús de túnica roja emergiendo del incienso que
sube al cielo y borra casi el volcán del horizonte... y pasa...
la indiada detrás, los músicos detrás...los romanos
detrás... los judíos detrás... y el ladino cierra
su puerta y vuelve a su televisor, a Ben Hur, a Los Diez Mandamientos...
...Antígua: la ciudad de los artesanos del bronce, del oro, del
vidrio, de la madera, de la piedra... El Volcán de Agua te vigila,
ciudad de uñas enterradas, testimonio de la grandeza y de la miseria
de España, de la miseria y de la grandeza de Guatemala: la de los
hombres de a caballo, los de las cuatro patas y las dos cabezas, los hombres
de los espejos y las espadas y los cañones y las carabinas, los
del fuego en las manos, los condenadores a muerte, los violadores de indias,
los decapitadores de brujos y videntes y hombres y mujeres y niños
y ancianos, los quemadores de códices, los de la cruz en alto y
la espada en bajo, los que los indios confundimos con dioses hace quinientos
años desdeñando las profecías... Porque no eran Kukulkán,
no eran Kukumátz, eran Xibalbá, y Antigua es la ciudad de
Xibalbá viejo, por eso es tan bonita... Antigua: la ciudad del
Fray Bartolomé de las Casas que dizque defendió a los indios
aunque lo que quería era el poder para la Corona y no para los
Encomenderos y por eso denunció la destrucción de los indios...
Antigua: la ciudad de Bernal Díaz del Castillo, soldado de España
por la gracia de Dios, conquistador venido a menos por gracia de la Corona,
historiador, cronista y literato a la fuerza, narrador de la gesta española
porque España lo mataba de hambre en Las Indias y él debía
justificar su pensión, sus regalías, sus tierras, sus indios,
sus indias... Antigua: la ciudad del Hermano Pedro, ese santo enloquecido
de amor que decía: Acordáos hermanos que un alma tenemos
y si la perdemos no la recobramos... Nosotros, indios y ladinos en guerra,
decimos: Acordáos hermanos que un arma tenemos y si la perdemos
no la recobramos: qué lejos estamos de Kukulkán y de ése,
el hermano Pedro de San José de Betancourt, el que recogía
enfermos en las calles y los llevaba a su hospitalito, ese hospital en
Santiago de los Caballeros, el hospital de Antigua, a donde la comunidad
decide llevar al Niño porque pareciera que el ojo se le va escurrir:
mil quinientos indios esperamos en la plaza a que llegue la autoridad:
...Amaneciendo estaba cuando se oyó el motor de dos carros que
entraron al pueblo levantando polvo, era la policía: la gente reaccionó
y ahuyentó a pedradas a sus ocupantes: el Alcalde, sabiendo que
la policía iba a regresar y que esta vez serían muchos más,
dispuso que la gente no se moviera de la plaza y mando encarcelar a la
Niña y al Administrador: y sí, como a las nueve de la mañana,
además de varios carros sin placas, despintados y abollados, llegaron
dos autobuses como con sesenta efectivos del Pelotón Modelo: los
encabezaba su jefe Manuel de Jesús Valiente Téllez: el Alcalde
les había ordenado a cincuenta indios que cavaran trincheras en
los alrededores del pueblo y que levantaran barricadas: la policía
capturó a muchos de ellos y también a mirones y transeúntes
que iban por el camino: agarraron a veinte, y se dispusieron a entrar
en la plaza: adelante de los policías venían dos curas de
La Antigua con sus sotanas pidiendole a la indiada calma y cooperación
-como Fray Bartolomé de las Casas-: de repente se oyó la
voz de Valiente Téllez -como la de Pedro de Alvarado- por una bocina
eléctrica y empezaron a caer sobre la muchedumbre bombas lacrimógenas
-como las bolas de cañon de los conquistadores-: la gente se dispersó,
huyeron hacia sus casas unos y hacia el monte otros para hacer resistencia
quién sabe por cuanto tiempo -como cuando la Conquista-: entonces
Valiente Téllez entró en la cárcel, donde estaba
el Alcalde: iba con un fusil en la mano y dos escuadras en la cintura:
ahí en la cárcel le pegó en la cara al Alcalde y
lo humilló -como hizo Alvarado con los Señores de Utatlán-
y sacó a los dos presos, la Niña y el Administrador: los
metieron en un carro y se los llevaron: el M-16 que yo le había
entregado al Alcalde se lo llevó Valiente Téllez, así
que perdimos el arma para no recobrarla jamás y así desapareció
la evidencia que pudo haber incriminado a los hijos del Licenciado: al
retirarse, la policía se llevó a dos hombres más
por puro gusto: por todos fueron veintidós los que se llevaron:
al día siguiente, los periódicos de la capital informaban:
"Indios enfurecidos queman finca y atacan a ciudadano": y la gente del
pueblo empezó a ver cómo hacía para liberar a los
veintidós presos: ...Mientras tanto las mujeres de los capturados
lloraban con sus niños pequeños porque creían que
sus hombres ya no iban a aparecer: muchos de los veintidós fueron
torturados: nosotros le hablamos a un abogado bien jovencito de La Antigua
que aceptó encargarse del caso: como al mes liberaron a todos pero
llegaron rencos o con un brazo muerto, sin uñas y así, y
dijeron a la comunidad que habían tenido que confesar los nombres
de todos los que de una u otra manera habíamos participado en el
asalto a la finca del Licenciado: eso fue duro porque todos quedamos a
la espera de que llegaran a capturarnos, todos creíamos estar en
las listas de la autoridad: yo me escondí primero en Dueñas
y después en Ciudad Vieja, y el Alcalde y otros amigos me informaban
sobre cómo iban las cosas: resulta que por medio de los estudiantes
de Derecho del bufete Popular de la Universidad la comunidad se había
puesto en contacto con los guerrilleros, entonces conforme el tiempo pasó
comenzaron a aparecer pintas en las paredes de las casas que decían
"!Fuera el ladrón!" o "!Arriba el CUC con el pueblo!" o "!El pueblo
unido jamás será vencido!", y entonces sí, el ejército
comenzó a patrullar más intensamente el Departamento de
Satacatepéquez: hasta entonces era la policía la que lididaba
con el problema de San Antonio, pero cuando llegaron los guerrilleros
con sus pintas y queriendo aparecer como que ellos habían impulsado
a la comunidad a hacer lo que hizo, entonces ya fue el ejército
el que se nos vino encima y la cosa se puso jodida: y así pasó
el tiempo y la aldea Chimachoy, que está rodeada por tierras de
gente de San Antonio, fue bombardeada dizque para barrer a los subversivos:
el ejército le ordenó a la gente de Chimachoy que se fuera,
los hombres se fueron y las mujeres y los niños hicieron un campamento
de refugiados en las afueras de San Antonio: y ahí llegaba el ejército
y torturaba a los niños para que las mamás dijeran dónde
estaban sus maridos: les cortaban las orejas a los chiquitos y les fracturaban
sus deditos y sus bracitos: esas pintas en las paredes fueron nuestra
desgracia: al primero que agarraron fue a mí porque yo aparecía
como jefe del asalto a la casa del Licenciado y el ejército sabía
que yo le había dado el filazo al Niño y que lo había
quebrado: la primera vez que quisieron agarrarme fue una noche en el mero
pueblo, pero yo los ví a tiempo, era un grupito de Patrulleros
Civiles de Alotenango, corrí a la iglesia y me subí al campanario:
allí hice sonar la campana lo más fuerte que pude y todo
el pueblo salió: y así fue como me salvé esa vez,
pero ya estaba escrito que me iban a matar porque una tarde llegó
toda la tropa hasta la plaza y un oficial anunció con una bocina
que el pueblo debía entregarme porque yo era comunista: qué
iba a hacer...: yo mismo dí un paso al frente y me llevaron: colgado
de pies y manos estaba -ya me habían sacado los dos ojos con una
cuchara y me habían quebrado todos los dedos de las manos y los
pies con un martillo cuando, durante uno de los choques eléctricos
que me estaban dando en los testículos, me fuí... o mejor
dicho me vine: quedé muerto pues: ...yo me dí cuenta porque
de repente cesó todo el dolor, nada me dolía y nada me molestaba:
podía ver a los torturadores sudando y también a ese costal
de huesos que había sido yo colgado de un palo entre dos bancos
casi rozando el piso, y podía moverme de un lado a otro con sólo
hacer una fuercesita con el ombligo y podía volar o simplemente
pensar que quería estar en algún lugar y de repente ahí
estaba: no tenía pies para caminar ni falta que me hacían,
y pude verlo todo: el pueblo, el cuartel, y supe a quiénes iban
a matar después que a mí: el primero sería el Alcalde,
entonces decidí a compañarlo todo el tiempo hasta que ya
estuviera de este lado y así lo hice, y lo que pasó fue
que él venía de la capital un 5 de diciembre en un autobús:
el cielo estaba azul azul y la piel de la gente cenicienta de tanto frío
y tanto viento: ...el Alcalde mira de pronto que un pickup se le pega
al autobús y lo sigue de cerca: el autobús sube a San Lucas
donde el frío aumenta y comienza a bajar veloz la cuesta de Las
Cañas hacia a La Antigua bordeando los barrancos en donde han caído
tantos otros autobuses llenos de indios: el Volcán de Agua camina
con el bus, emerge y desaparece entre los cerros, entre las montañas,
erecto y dormido contra el cielo azul de la mañana: llega a La
Antigua y el Alcalde baja del bus y se mete al mercado (yo voy con él
todo el tiempo), se mete entre las ventas de flores y en las comiderías
y se pierde entre la indiada hedionda: los trajes de colores fundidos
con los manojos de flores y las ollonas de arroz blanco, de arroz amarillo,
carne adobada en salsa verde, caldos humeantes llenos de zanahoria, peruleros,
papas, guisquiles, ejotes, nabos, huicoyes y ayotes, los pescados dorados
y los huevos duros y las tortillas y los chiles y los aguacates lo absorven,
se lo tragan, y los judiciales no pueden seguirlo: yo me meto también
a los comedores, visito de pasadita a otra mi comadre que con sus brazotes
gordos y su cara sudada sirve y sirve y sirve sin parar a los choferes
que van o vienen de la costa a la montaña y de la montaña
a la costa, y sirve a los indios también: los aromas de las viandas
y los de las flores y de los sudores de la indiada arremolinan vahos que
a veces vienen revueltos con olores de dulces de cajeta y hierbabuena,
culantro y perejil: los indios comen con las manos o con cuchara, todo
con la misma cuchara y con los manos: tragan grandes cantidades de tortilla
y chile, de vez en cuando dan un traguito al fresco de súchiles
o al tiste: el Alcalde mira que los judiciales salen del mercado y come
entre toda la indiada: después sale y toma un autobús hacia
San Antonio: ahí va el Alcalde, entre gallinas, niños dormidos,
mujeres cansadas y hombres borrachos que dormitan sobre hombros ajenos:
el autobús se bambolea sobre el camino de tierra, y yo vengo detrás,
volando, esperando a que aparezcan los judiciales porque este es el día
que la Muerte le va a tocar el hombro al Alcalde: y ahí están,
ahí vienen: el carro abollado aparece en una curva y se le pega
al autobús: el Alcalde lo ve, mira cómo se adelanta y se
le pone al bus enfrente marcándole el alto: mira cómo de
él bajan tres tipos vestidos de paisanos: el Alcalde reconoce a
uno de ellos, es indio y se llama Toribio: es de San Juan, el Alcalde
conoció a su tata que era cohetero: suben al autobús y empiezan
a pedir papeles, de sus morrales los indios sacan sus cédulas o
sus tarjetas del servicio militar o sus permisos y salvoconductos y hasta
partidas de nacimiento: cuando llegan con el Alcalde uno de ellos se guarda
sus papeles en la bolsa y los otros dos lo sacan maniatado, lo bajan del
autobús y le ordenan al chofer que siga su camino: "!Avísenle
a mi mujer que me agarraron!", grita el Alcalde, lo golpean en la cabeza
y lo meten al carro que da la vuelta echando polvaredas y toma el camino
de regreso: yo voy ahí, metido en el carro con ellos: dos policías
llevan prensado al Alcalde, le hablan, le dicen que se va a morir, que
a matarlo van, hunden los cañones de las escuadras en sus costillas,
le pegan con ellas en la cabeza, en la cara: adelante, junto al chofer,
Toribio el cohetero suda: "Un indio más", piensa, "hasta cuándo
voy a seguir matando indios": sabe que como él es kaibil sus compañeros
esperarán que sea él quien ate de pies y manos al Alcalde
con un cordel de nylon, que sea él quien, después de que
entre todos lo torturen, lo quemen, le arranquen el pelo, le corten los
dedos y la lengua, le saquen los ojos y los dientes..., que sea él,
Toribio, quien lo estrangule con otro cordel de nylon: puedo oír
su pensamiento: "Un indio más, hasta cuándo..., los indios
no se acaban nunca en este país -el país de los árboles
para los indios, el de la eterna primavera para los ladinos-: no habrá
país sin indios, no habrá Guatemala sin Cuauhtimallán,
esa es la verdad, tiene que llegar a existir una Guatemaya pero cuándo..."
En la mente borrosa de Toribio estalla una bomba voladora sobre el cielo
azul de su aldea, sobre la iglesita donde está la Vírgen
de Concepción: de nuevo la sonrisa de su tata se le aparece en
las nubes junto al volcán, sus manos de araña vuelven a
tejer la mecha de las bombas y sus arrugas profundas llenan los vacíos
de su pensamiento, las lagunas azules de su memoria: uno de los policías
fractura la naríz del Alcalde con el cañon de su pistola,
lo toma del pelo, lo jala hacia atrás y procede a quebrarle los
dientes con la agarradera, el otro le coloca las esposas en las muñecas:
yo voy con ellos, nada me duele, de pronto logro conectar mi mente con
la del Alcalde y empezamos a comunicarnos sin hablar, sintoniza conmigo,
con mi paz, con mi desprendimiento, con mi desapego y me dice que ya casi
no siente los golpes: por eso cuando el carro para de sopetón en
un recodo del camino y lo bajan y cae a tierra, el Alcalde casi no siente:
lo atan a un árbol y comienza la tortura en serio: yo le hablo
todo el tiempo, él me habla, ninguno de los dos usamos palabras
pero los dos nos decimos nuestra Palabra ante la faz del Cielo, ante la
faz de la Tierra, a veces él lanza uno que otro alarido cuando
le fracturan un dedo o le arrancan mechones de pelo o lo queman con encendedores
que dicen Peter Stuvyesant, y luego sigue hablando conmigo: de modo que
cuando Toribio lo estrangula despacio, el Alcalde casi no se da cuenta,
seguimos hablando, lo veo salir de su cuerpo y se percata de estar muerto,
y nos reímos los dos... ...El cuerpo del Alcalde fue botado en
la entrada del pueblo para que todos lo vieran: cuando lo levantaron,
un amigo se indignó mucho y gritó que así como lo
habían dejado a él, así iba el pueblo a dejar a los
asesinos: embrocados...: nosotros, el Alcalde y yo, estábamos ahí
cuando Toribio y los policías buscaron a este amigo del Alcalde:
fueron tan tontos que aquél se hizo el que estaba borracho, se
tiró en el camino y ellos lo pasaron de largo: un indio más,
habrán pensando, que se cayó de beber tanto guaro: pero
la segunda vez que fueron a buscarlo sí lo mataron: llegaron a
su casa y delante de su mujer y su hija, cuando trataba de escapar, lo
ametrallaron por la espalda: cuando se desprendió de su cuerpo
nos vio y los tres nos reímos mucho: le daba pesar a veces darse
cuenta de cómo lloraba su hija y de cómo se fue ella amargando:
"Un indio que murió por una laguna seca", decía ella de
él, y él sufría, pero poco a poco dejó de
importarle: los tres vimos cómo los guerrilleros ajusticiaron a
un espía, un indio viejo que tenía tierras en las faldas
del volcán de Acatenango: los compas se disfrazaron de campesinos,
llegaron a sus tierras pidiendo trabajo y, cuando el señor se les
acercó, uno de ellos sacó una nueve milímetros del
morral y lo balaceó: al abandonar su cuerpo nos miró enojado
y se fue, se perdió por los rumbos del volcán, por ahí
por sus tierras: y también estuvimos presentes cuando mataron a
un empleado de otro indio que había sido del CUC, al Concejal del
Alcalde -los dos se nos unieron-, al Secretario Municipal, que lo fueron
a matar a Parramos, a un jornalero cuya mujer murió despuecito
de pura tristeza y que también se nos unió (el Concejal
del Alcalde lloraba a veces porque su mujer tenía ahora que ir
a vender fruta a la Terminal de Autobuses en la capital y se iba tempranito
y venía muy tarde, y su hija lo culpaba a él por todo aquello),
estuvimos también presentes cuando mataron al dueño de la
tienda donde sobre una estantería estaba la foto de Eisenhower
autografiada porque la esposa le había enviado a Ike un telarcito
de esos que los ladinos llaman "típicos" con su retrato bordado
y entonces Ike les había escrito una carta de agradecimiento y
les había enviado una foto suya: a este tendero se lo llevaron
en un pickup: a otro que mataron fue al abogado antigueño jovencito
que nos ayudó a sacar de la cárcel a los veintidós
presos que se había llevado Valiente Téllez: él también
se nos unió, y juntos fuimos a ver cómo mataban al Alcalde
de Ciudad Vieja: y así fue que hasta que hubo un golpe de Estado
en la capital paró la matanza en San Antonio y sus alrededores:
la muerte que sí de plano nos perdimos por estar velando por la
gente del pueblo y hablándole al oído para que tuviera buenas
ocurrencias, fue la del Licenciado: resulta que los guerrilleros -como
si con eso iban a remediar ya algo- se lo quebraron en su oficina: dos
de ellos llegaron en una moticicleta, la dejaron en la calle, entraron
y en su escritorio lo rociaron de plomo: ni se acercó su alma por
San Antonio: no lo volvimos a ver nunca más: y bueno está
digo yo, porque para qué verlo de nuevo...
...Ahora la gente en San antonio ha perdido sus tierras porque la
ley amparó las escrituras de propiedad que tenía arregladas
el Licenciado y todo pasó a sus herederos... La gente no sale de
noche, anda por la calle sólo durante el día, y todos están
tristes, muy tristes... ...Nosotros los muertos deambulamos por ahí
también, velando, penando, esperando que esta incómoda calma
termine de una vez por todas para poder ir a descansar en paz junto al
calor de Corazón del Cielo que nos llama y nos llama y nos llama
para volver a nacer y volver a luchar...
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