Rabinal. Cuatro de la madrugada. Toribio de León, soldado, brinca de la cama y se alínea junto a sus compañeros para meterse a la ducha fría: por la ventanita del baño, Toribio puede ver el cielo estrellado y el Lucero del Alba sobre los cerros pelones de Rabinal y las aldeas que lo rodean. Se enjabona la cabeza, expone el rostro al agua de la ducha, y el jabón le escurre por todo el cuerpo: abre los ojos y de nuevo mira a través de la ventanita el cielo estrellado y el Lucero del Alba: piensa que en ese momento, allá en su aldea, ese mismo lucero, la Estrella de la Mañana, ha de estar brillando sobre los ranchos azules, sobre los techos humeantes, sobre los campanarios verdosos, y que Chalío el sacristán se despereza para juntar el fuego, hacer cafecito y subir a llamar a misa de cinco. Pero no. Chalío está muerto y el padre Aníbal también... Toribio lo sabe. Su memoria lo sabe.
Domingo: día de mercado: la gente baja de los cerros con sus canastos repletos de frutas, legumbres, verduras, animales y hierbas para espantar espíritus como la sietemontes y la chilca. Por un instante, Toribio imaginó el estallido de bombas voladoras sobre el cielo estrellado: mi tata ha de estar haciendo bombas y cohetes allá arriba...
...Desde que el ejército lo agarró aquella tarde en su aldea no ha sabido nada de su tierra. Toribio cerró la ducha y, resoplando de frío, le dejó el pequeño espacio al siguiente compañero. Poniéndose el uniforme, amarrándose las botas, preparando el equipo, pensó, como indica el instructivo, que era un kaibil... Con los dedos se habría de pintar rayas negras en la cara y, en formación, habría de gritar con los demás: "!Soy un kaibil!" Y a la pregunta del oficial: "¿Qué comen los kaibiles?", él habría de contestar: "!Carne humana, carne humana, carne humana!" "¿Y qué más?" "!Guerrilleros, guerrilleros subversivos!" ...La carne de guerrillero no podría saber peor que la de las gallinas crudas que debió masticar y tragar durante los entrenamientos del curso kaibil pero, formado ya con la tropa, el rostro pintado y el equipo a cuestas, sintió miedo cuando pensó en los guerrilleros: ¿cómo eran?, ¿grandes, enormes?, ¿fieros, malos? ...Eran las cinco de la mañana en el destacamento militar de Rabinal; eran las cinco de la mañana en las aldeas de los alrededores y la gente comenzaba a levantarse de los tapexcos, de los petates, comenzaba a encender los fogones para el aguita de café, porque el Comandante del Destacamento les había ordenado, por intermedio del Comisionado Militar, que bajaran a vender sus cosas a Rabinal otra vez, que había que reactivar el mercado y alegrar de nuevo el pueblo. Porque desde que el ejército había llegado a Rabinal, los muertos habían comenzado a aparecer en los caminos: cooperativistas, catequistas; y aparecían con las manos atadas, estrangulados o degollados, botados ahí entre las cunetas. Entonces la gente dejó de bajar al pueblo a vender sus cosas porque las personas casi siempre desaparecían los domingos: se esfumaban de las cantinas, de los alrededores de la iglesia, de los excusados del mercado. Pero ahora el Comandante les había dicho que bajaran por favor, que se le diera fuerza al mercado de Rabinal, y por eso las familias preparaban sus canastos con macuy y chiquiboy, con pollitos y cerditos, con queso y requesón para cambiarlo por maíz. Otras gentes sólo íban a oír misa. Prepararon todo, y tomando cafecito les dieron las cinco de la mañana. Entonces comenzaron a bajar al pueblo... Los soldados se habían escondido entre el monte a lo largo del camino y vieron pasar a la gente: iban todos platicando, se reían: y así, entre el polvo, diron vuelta en el sendero... Cuando sus voces ya no se oían, los soldados caminaron hacia la aldea: esto pasaba al mismo tiempo en todas las aldeas de Rabinal: los soldados dejaron salir a la gente y le dieron tiempo para llegar al pueblo y asentarse en la plaza, en el mercado. Después rodearon las aldeas y los jefes ordenaron preparar los morteros. A las siete de la mañana comenzó el fuego: los morteros escupieron bombas. La gente oyó las explosiones allá en el mercado del pueblo y comenzaron todos a pensar en sus hijos chiquitos. Un helicóptero apareció dando vueltas y dos avionetas volaban más alto como cuidándolo. Del helicóptero también caían bombas, y esto lo miraban las gentes desde el mercado y decían: "¿Y mis hijos, y mis abuelitos que no pueden correr...?" "Los míos son de ocho y diez años, tal vez se pudieron tirar al barranco..." Y entonces todos tomaron la decisión de regresar a las aldeas, pero qué. Si cuando las gentes llegaron al lugar llamado Plan de Sánchez, donde se separan los caminos hacia las aldeas, allí los estaba esperando el ejército... Algunas gentes que venían de último, al ver el retén, se tiraron a los barrancos y se salvaron, pero la mayoría se quedó allí, en el cruce de caminos...
Toribio de León, kaibil, con el rostro pintado y el machete en la mano, brincó hacia adelante junto a sus compañeros sobre la aldea bombardeada, sobre los ranchos llameantes, y comenzó a buscar objetivos: la orden: matar todo lo que se mueva, quemar todo lo que agarre fuego: así es la lucha contra la subversión. Toribió vio que sus compañeros irrumpían en el espacio de la aldea, vio cómo un anciano levantó los brazos frente a un kaibil y cómo éste le sembró el machete entre el cuello y el hombro, cómo le puso la bota en el pecho para sacar la hoja ensangrentada y cómo, en el suelo, le cortó los brazos y las piernas y lo dejó ahí botado temblando. La orden: herir de muerte, dejar vivos a los subversivos cuando ya no puedan sobrevivir, dejarlos que mueran solos y despacio, asegurarse de que haya testigos y dejarlos huir. Toribio vio cómo sus compañeros macheteaban a los perros amarrados, a los cerdos en los chiqueros, cómo entraban a los ranchos y les prendían fuego: de un rancho en llamas salieron cinco niños llorando, el compañero que Toribio tenía al lado les hizo encuentro y blandió el machete con fuerza, dos cayeron ensangrentados, entonces Toribio, al sentirse observado por su compañero, persiguió a los otros, se le fueron en varias direcciones y solamente a uno pudo sembrarle el machete en el centro de la cabecita que tronó como un coco: el niño paró su carrera y se sacudió, Toribio quitó el machete, el niño se volvió a verlo, entonces Toribio le arrancó la cabeza de otro filazo. Siguió caminando, las gallinas volaron sobre sus hombros y la hoja de su machete silbó en el aire partiendo en dos a una de ellas; coorrió: una anciana en el suelo con el brazo derecho desprendido intentaba levantarse: Toribio lanzó el machetazo a la cintura, se agachó para asestárselo: la viejita se agarró el triperío que comenzó a brotarle por encima del traje multicolor pero no pudo cogerlo todo y la masa brillante se comenzó a desparramar sobre la tierra. Toribió siguió trotando: silba el machete, silba, corta el aire, corta cabezas que dejan fija la expresión cuando se doblan con ternura -como la cabeza de Juan- sobre uno de los hombros, corta brazos y dedos y pies, abre vientres de parturientas, aplasta bebés contra las rocas, corta pies de tajo. La orden: humillar al objetivo (elemento subversivo) y que otros atestiguen la humillación; la orden: hacer denigrante el momento de la muerte; la orden: destruir objetos religiosos y litúrgicos: imágenes, báculos de plata, trajes ceremoniales; la orden: matar a los cofrades, a los chimanes, a los sajorines, a los brujos, a los ancianos, a los niños pequeños; la orden: matar mujeres embarazadas, sacarles a los hijos del vientre y aplastarlos a la vista de todos. "!Qué come un kaibil!" "!Carne, humana, carne humana!" "!Y qué más!" "!Guerrilleros, guerrilleros subversivos!" ...Al fín allá, otra mujer embarazada: despacito, agarrándose la barriga, trata de huir por un despeñadero, vuelve a ver a Toribio: en su rostro se aprecian los dolores del parto; detrás de Toribio una voz grita: "!No la dejés ir...!" Toribio la toma de un brazo, el kaibil que está detrás de él lo ayuda y entre los dos la arrastran hasta el centro de la aldea: otros dos kaibiles que los ven venir con la embarazada comprenden el operativo; la orden: evidenciar que la vida se ha acabado para los indios. La toman de pies y manos y uno rasga el vientre con su cuchillo: el niño se mueve, se sacude, grita, nace..., entonces el kaibil que lo tiene tomado de los pies lo agita en el aire y lo aplasta contra el suelo: la madre, con una mano entre el vientre, abre la boca pero su grito no sale; después el kaibil que tiene al niño aplastado lo mete de nuevo en la barriga de la madre: un tajo más y los intenstinos brincan a la tierra; ella toma al niño muerto, no le importan sus intestinos, toma al niño y lo estruja contra su pecho. Los kaibiles gritan: "!Yo como subversivos, yo como subversivos!", y prenden fuego a los últimos ranchos que quedan en pie. Toribio se da cuenta hasta ese momento que casi no puede respirar, que los ojos le lloran: es el humo, se dice, pero siente algo trabado en la garganta y siente también que una mano inmensa le aplasta el pecho, se lo estruja y no lo suelta. La orden: matar a la gente que ayuda a los subversivos y cuidarse de las columnas guerrilleras porque los insurgentes huyen al monte cuando llega el ejército y luego emboscan a la tropa; luego vuelven a las aldeas para que la gente les dé de comer: por eso hay que eliminar a la gente, porque alimenta a la subversión: en la aldea decían que el padre Aníbal ayudaba a los subversivos pero mi tata me decía que no... Toribio vio salir a varios de sus compañeros de ranchos grandes llevando chachales de plata, báculos de los que se usan en el Diezmo para bailar el Baile del Tún o Rabinal Achí, y se dijo a sí mismo que él no bailaba nunca, que ni siquiera tenía novia, que cuando iba a la capital algún domingo siempre andaba solo o con algún amigo: para qué iba a llevase nada si no tenía a quién regalarle nada; entonces escuchó la orden del oficial a sus espaldas: "!Retirarse, retirarse, retirarse...!" Y la tropa volvió de nuevo al camino... Por una ruta secreta, del otro lado de los cerros, regresaron los soldados al destacamento sin que los viera nadie: iban sudados, ensangrentados, asustados algunos... Toribio sentía que el pecho le iba a estallar: temblando llegó al destacamento justo a la hora del desayuno. Luego de otro baño la mesa estaría servida, dijo el oficial... En la ducha, con el jabón escurriéndole y el pecho ya sosegado, Toribio miró el cielo azul de Rabinal y a lo lejos escuchó disparos. Eran sus compañeros que tenían retenida a la gente en el cruce de caminos...
Ahí, mientras encañonaban a los hombres, los soldados desnudaron a las indias y las violaron, uno por uno fueron pasando sobre ellas, ahí bajo los árboles, a la vera del camino, mientras los hombres miraban. Así contó la gente... Dijeron que las que tenían niños tiernos los dejaban botados entre los rebozos mientras eran violadas. Después de esta violación que fue como de cien mujeres, los soldados comenzaron a torturar a los hombres, les cortaron la cara, los castraron a algunos, les quitaron los dedos de los pies con cuchillo, y esos gritos se oían hasta el pueblo... Después dejaron a todos botados ahí y unos soldados trajeron varios garrafones de gasolina, los vaciaron encima de las gentes y les prendieron fuego. Murieron doscientas veinticinco personas ahí, y en las aldeas a muchos los dejaron vivos, y también fueron muchos los que pudieron tirarse al barranco y vivir: de milagro se salvaron algunos bailadores del Baile del Tún o Rabinal Achí, y por eso se sigue bailando año con año, aunque los dueños del baile a veces no quieren sacarlo a la calle porque dicen que es peligroso... En fín, sólo eso es lo que pasó en Rabinal en tiempos de Ríos Montt. Nada más...
Desayunando estaba Toribio cuando vio entrar al segundo grupo de kaibiles; también iban ensangrentados y sudados enfilando hacia las duchas para luego venir a comer. Toribio terminó su café; luego de limpiarse los dientes, pasó el resto de la mañana mirando el partido de futbol que jugaban sus compañeros en el campo del destacamento: los pinos silbaban con el viento que se llevaba lejos los gritos: más allá de los cerros pelones que circundan el pueblo, las montañas eran azules. El cielo estaba limpio y, a pesar de ser domingo, pensó, no lo empañaba el humo de ni siquiera una sola bomba voladora...
Toribio de León, kaibil, ex-cohetero, vaga por los alrededores del destacamento militar: es domingo por la tarde, después de la masacre. Aún no razona, todavía no logra hilar pensamientos. Está aturdido, abrumado: al fín, en la lejanía, una bomba voladora estalla contra el cielo azul de Rabinal: su eco se repite en cada uno de los cerros pelones, en cada uno de los pinares lejanos, en cada una de las inumerables hondonadas y así, piensa Toribio, va llegando hasta su aldea... El es cackchiquel, los indios de Rabinal son quichés. Pero son indios. El Varón de Rabinal le concedió un deseo al Varón Quiché, y éste cumplió su palabra y volvió a Rabinal para dejarse matar: ¿qué pasó con esa moral? ¿Qué pensaría su padre si supiera lo que hizo esta mañana? Pedro de Alvarado logró ganarle la guerra a los indios porque los quichés estaban en guerra con los otros pueblos y entonces todos estos pueblos ayudaron a los españoles en su guerra para impedir que los quichés construyeran un imperio; además, Alvarado traía tlaxcaltecas de México, que eran los que se morían junto con los de aquí de Cuauhtimallán, La Tierra de los Arboles, y los que mataban a los Señores de esta tierra, Los Señores Bajo los Arboles... La desunión ha sido nuestra desgracia. Y es que no nos entendemos entre los indios: si en el mercado del domingo vemos que un indio trae vestimenta de otro lugar y que habla otra lengua, ni nos acercamos a él. Y tenemos que hablar en quiché para entendernos entre cackchiqueles y tzutuhiles cuando vamos allá al hoyo azul del lago azul del Lugar Florido... La moral del Varón Quiché y el Varón de Rabinal se perdió en el tiempo... Era la moral de Kukulkán, la Serpiente Emplumada, el Pájaro Serpiente. Era la moral del bien y del mal juntos, iguales: ninguno era más que el otro. Los dos podían ejecutarse mientras se hiciera en forma conciente. Cuando vino el Cristianismo se quizo implantar sólo el bien, y ahí está que se implantó sólo el mal. El bien o el mal solitos no sirven, siempre producen su contrario, por eso tienen que andar juntos. Por eso San Simón y Maximón hacen bien y hacen mal, según convenga. Pero esa moral se perdió en el tiempo. Sólo los brujos pueden enseñártela. Por eso el ejército mata a los brujos, a los chimanes, a los ancianos... Para que se pierda el secreto de las estirpes... Y mata alos niños también para que no haya a quién revelárselo. Y a los muchachos fuertes se los jala al servicio militar para ladinizarlos y que dejen de ser indios...
Otra bomba voladora manchó de espuma blanca el cielo profundo: su tronido se va, se va y despierta a los volcanes allá lejos... Toribio soba su cabeza rapada, pelona como los cerros de Rabinal donde ahorita la indiada está sufriendo: sin brazo, sin pierna, sin ojo, con las tripas de fuera, los niños aplastados, los ancianos decapitados, las gallinas, los cerdos, los perros acribillados, las hortalizas y las milpas quemadas. Y él, Toribio de León, está sentado mirando los cerros y las nubes, las motitas blancas de las bombas voladoras... Nada puede hacer solito, piensa, por eso decide seguir cumpliendo con lo que le ordenen mientras dure el servicio militar. Quiere, eso sí, estar conciente de lo que ocurre. Si tiene que hacer el mal que no desea hacer pero está conciente de que no puede remediarlo, piensa, la moral de Kukulkán está con él...
Al día siguiente se le ordena a Toribio y sus compañeros ir a la aldea arrasada a ayudar a las víctimas, curar a los heridos y enterrar a los muertos; también llevar sacos de frijoles y maíz a los sobrevivientes. ...Llegan a la aldea y muchos corren a refugiarse en el monte. El oficial les habla a todos y les dice: "!Ya ven, esto es lo que les trae a ustedes la subversión, ahora el ejército los va a ayudar, les va a curar a sus heridos y les va enterrar a sus muertos, pero si ustedes colaborarn con la subversión, también el ejército los va a castigar!". Toribio arrastra un saco de frijoles hasta el centro de la aldea y ayuda a subir heridos a un camión para llevarlos al pueblo: los macheteados están moribundos, no pueden dar un paso. El oficial ordena a los sobrevivientes organizarse en grupos, en patrullas: "Van a salir a buscar subversivos", les dice, "y donde los encuentren los matan; sobre todo no los dejen acercarse a la aldea". De pronto un hombre ya viejo habla al oficial y le indica que él está dispuesto a formar parte de la patrulla pero no a matar porque se lo prohibe su religión. Entonces se lo llevan a él y a su hijo, y en un recodo del camino los machetean y los cuelgan de un árbol. Toribio, al jalar el lazo que sube el cuerpo del viejo, lo escucha decir antes de morir: "Gracias a Dios mi hijo tampoco se manchó las manos con la sangre de un hermano". Y vuelve los ojos desesperado hacia el cielo: ni una sola bomba voladora alegra el paisaje, todo tiene la apariencia de un horrible vacío insondable. De vuelta en la aldea, el oficial divide los grupos y fija los turnos de los patrulleros. "En una semana vamos a volver", les dice, "más les vale que su informe sea bueno, queremos resultados: nombres de subversivos. Y el que se niegue a matarlos, ya sabe que está en contra del ejército". Bajan más sacos de frijoles del camión y los dejan botados en el centro de la aldea. Se llevan a los heridos y el oficial da a la tropa la orden de retirarse al cuartel.
Toribio va imaginando sus volcanes cuando camina de vuelta al destacamento... "Lo que quieren es acabar con nosotros", piensa, pero ¿qué puede él hacer solo?, se repite. La columna trepa un cerro empinado bajo el sol del mediodía. En el norte se revuelven sobre sí mismas algunas nubes de lluvia...
Los dibujos que están bordados en los huipiles se sacan de los sueños. Es decir, de los ensueños que tienen los brujos. Son símbolos de nuestros ancestros, los antiguos videntes, los brujos de la antiguedad, y en el huipil van rodeando la cabeza de la mujer porque el centro del universo es la conciencia y porque el universo es mujer...
Por eso las tejedoras y los tejedores bordan el mundo alrededor del cuello de los huipiles, para que quien use uno se rodee de la sabiduría de los ancestros: los intermediarios entre los dioses y los hombres, los que controlan el orden y la continuación de la vida en el mundo, y cuyo secreto sólo poseen los brujos... Claro que ahora, con todo lo que ha pasado, tenemos que hacer tejidos para los extranjeros y entonces mezclamos nuestros símbolos y nuestros colores sin ningún orden y con las telas hacemos bolsitas, chaquetas, cinturones y hasta zapatos como les gustan a los extranjeros. Ni modo. Es la modernidad que también le ha caido encima a los indios. Lo bueno es que en eso hay plata aunque se la queden los indios ricos que son iguales que los ladinos. Peores son. Porque tratan mal al indio que trabaja para ellos. Se entiende que el ladino trate mal al indio, pero no que el indio trate mal al indio... Por eso los tejidos ya no tienen ni pies ni cabeza...

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.