Fue el 15 de septiembre del 81: por orden del alcalde se mandó traer a todos los marimbistas del pueblo para que alegraran la fiesta de la Independencia; así dijeron. Pero era mentira porque lo cierto fue que el 14 los marimbistas habían tocado toda la noche pero el mero 15 lo que pasó fue que los soldados salieron de entre el monte y comenzaron a matar a los marimbistas: los rociaron de balas: y esto sucedió tempranito, y luego los soldados se fueron al camino a esperar que asomaran los papás con sus hijos, que venían de oír la música y alegrarse con la fiesta, y ahí en el camino los empezaron a matar también: los kaibiles abrían sus pechos con cuchillo y sacaban sus corazones de las gentes y se los comían: porque kaibil come corazón humano, come hígado también y hasta riñon come; y bebe sangre de los muertos y a veces de los vivos, porque ahí está el caso de un mi primo que ese día lo colgaron de un árbol y le abrieron su vena y con vaso tomaban su sangre los kaibiles y él no se moría y no se moría hasta que se fue muriendo despacito y los kaibiles saboreaban su sangre... Después se llevaron los cuerpos en un camión: varios viajes hizo el camión de tanto muerto que habían dejado los soldados, y fueron camionadas de cadáveres las que tiraron al barranco.. Era triste ver aquello porque todos los muertos eran indios. Yo defiendo a los ladinos buenos que no pudieron hacer nada, pero supimos también que era el alcalde ladino el que ordenaba hacer todo eso... Un pobre señor que era Comisionado Militar salió de su casa cuando estaban matando a los marimbistas y les gritó todavía a los soldados: "!Yo soy Comis...!", pero ahí mismito quedó tendido porque los soldados también a él lo rociaron de balas. Era indio.
Al otro día, algunos cadáveres que habían dejado botados en el patio de una casa se hincharon de tanto estar bajo el sol y se apestaron. Era gente muy pobre: vivían tres parejas en el mismo rancho y había nueve niños. Los chiquitos se pasaron dos días llorando y gritando junto a los cuerpos de sus papás: "!Levántese papá, despierte!", decían y decían las criaturas, pero qué, si ya estaban muertos. Inflados estaban ya de tanto llevar sol. Después llovió y los cuerpos se aguadaron todos y seguían apestando. Yo me fuí con una amiga al pueblo a pedir autorización para enterrar los cadáveres, y regresamos con unas autoridades, pero cuando llegamos a la aldea ya las familias habían abierto un gran hoyo para meter a los muertos: entonces dijeron las autoridades que por qué habían hecho eso, que el ejército se iba a enojar porque no habían pedido permiso. El mal olor hizo vomitar a las autoridades y al fín nos dijeron que no anduviéramos enterrando gente sin autorización y se fueron. Nosotros enterramos a los muertos, pero en el camino quedaron varios, y los zopilotes hacían círculos en el cielo y nadie se animaba a enterrarlos. Desde entonces dimos en enterrar a la gente de noche, a escondidas, para no enojar al ejército. Esto fue en tiempos de Lucas García...
Hubo otros muchos muertos en nuestra aldea. Está por ejemplo la Nana Andrea Osorio, que su único pecado fue enseñar a las mujeres las propiedades nutritivas de los alimentos. Muchas mujeres han sido violadas y matadas por enseñar estas cosas. La Nana Andrea era viejita, y los soldados la agarraron en la capilla, la colgaron de un palo y le abrieron la barriga y le sacaron sus tripas. Los soldados se paraban sobre ellas y la Nana Andrea nunca se moría. Cuando los soldados se fueron, las hijas de la Nana Andrea llegaron a bajarla y la enterraron, pero al día siguiente volvieron los del ejército y también mataron a las hijas, que eran dos, a un hijo y al marido de la Nana Andrea por haberla enterrado sin permiso.
En febrero del 82, los soldados y unos judiciales pasaron llamando a los hombres de Pacaal y les dijeron que se llevaran sus garrotes y sus lazos. Ahí se fueron ellos detrás de los soldados hasta llegar al campo de pelota de los de Panacal, y ahí los amarraron y ahí le cortaron la lengua a Viviano Xitimul, y les puyaron los ojos a otros, y a otros les cortaron las orejas, un pedazo de mejilla, un dedo, los testículos, y los pusieron a hacer entrenamiento así chorreando sangre. Todo el día los hicieron sufrir, y bajo el sol les gritaban: !"Indios de mierda, sin oficio, infelices indios malditos!", así les decían los kaibiles a los hombres. Al fín se los llevaron para la laguna, y las esposas de ellos tuvieron que hacer comida para el ejército. Los soldados se reían con los hombres ahí botados; gritaban comiendo: "!Para que tengamos más fuerza para combatir al comunismo!" ...Después de comer, los soldados comenzaron a patear a los hombres, los iban pateando por turnos y muchos se ensuciaron ahí del dolor. Como a las tres de la tarde todavía no se morían, y eso que muchos tenían sus cabezas con los sesos de fuera y no se morían. Después los soldados abrieron un hoyo, y medio enterraron a los hombres todavía vivos. A eso de las cinco de la tarde los soldados se fueron y los hombres se empezaron a morir al fin de tanta patada. Por todos fueron como setentaidós los muertos...
Otro día estábamos todos trabajando en la aldea cuando llegaron los soldados y nos dijeron: "¿Por qué están tristes? Ustedes los indios son alegres: gente alegre son ustedes los indios", así nos dijeron los oficiales del ejército, y siguieron hablando: "Vayan a sacar sus marimbas, hagan su Costumbre". Y todos en la aldea no sabíamos qué hacer, porque capaz que matarnos a todos querían ellos los del ejército, capaz que para eso nos querían juntar. Y el oficial nos dijo todavía: "Celebren la Palabra de Dios, traigan su tún y su chirimía". Y entonces decidimos que lo íbamos a hacer porque si no lo hacíamos de todos modos nos íban a matar. Y fuimos y sólo un son tocamos porque toda la gente se puso a llorar: el ejército nos tenía rodeados, y entonces el oficial salió de entre los kaibiles y nos dijo levantando su fusil: "Si los indios se portan bien van a tener paz, pero si se portan mal y ayudan a la subversión, ésto es lo que van a tener". Y levantaba el fusil. Entonces se subió al altar de nuestra capilla y pateó las biblias que teníamos ahí sobre el altar, agarró un libro de cantos y vió que decía: "No, no basta rezar/ hacen falta muchas cosas/ para conseguir la paz". Entonces se enojó mucho y gritó: "!Verdad que son subversivos! !Vamos a tener que matar a todos los indios, a toditos! !Y no crean que ya no hay más gente; gente hay mucha que tome el lugar de los indios!" Entonces el oficial sacó una libreta donde tenía nombres apuntados y empezó a llamar gente. Los pobrecitos que iba llamando se quitaban su sombrero y decían: "Presente..." Y entonces un soldado corría a ponérseles detrás. A todos los que llamaron les amarraron las manos y se los llevaron para una quebrada: las mujeres lloraban y los niños gritaban que querían irse con sus papás y corrían a abrazarlos pero los soldados los pateaban y los tiraban; por allá los tiraban... Cuando llegaron con los hombres debajo de unos árboles, les pusieron un lazo en el cuello y los colgaron, y ahí los dejaron todo el día hasta que entró la noche y algunos de ellos no se morían. Los soldados se carcajeaban, ahí sentados bajo los árboles. Treintaidós murieron ese día...
Y... ya no sé más. Sólo eso es lo que yo tengo que contar, señor. Nada más.

 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.