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El machete silbó al cortar el aire: la cabeza de Juan hizo un
gesto como de comprensión y ternura al desplomarse sobre su hombro
izquierdo: los párpados se le abrieron y cerraron como alas de
mariposa al tiempo que volcanes, nubes, cielo y montañas daban
vueltas y vueltas mientras se desvanecían poco a poco hasta desaparecer.
Quizá pudo llegar a ver aún, desde el suelo, que su cuerpo
daba pasitos hacia atrás como un bebé y que caía
sentado temblando mientras del cuello le brotaba un grueso chorro de sangre
morada que se dividía en tres afluentes: uno bañaba el hombro,
el otro el pecho y el tercero el cielo y después la tierra: también
las hojas secas y los arbustos que pisaban los kaibiles regados por todas
partes con machetes y antorchas en las manos, y con sus caras llenas de
tizne alrededor de los ojos.
Toribio de León, kaibil, quedó inmóvil un instante
viendo sobre el suelo la cabeza de Juan: luego la apartó de su
camino antes de proseguir la marcha. Delante de él, una mujer con
un niño entre los brazos tendió su mano suplicante pero
Toribio la cortó de un tajo: cuando la mujer gritó escandalizada
él le arrebató al bebé, lo tomó de los pies,
caminó hacia un peñasco rocoso y contra él lo aplastó
tres veces. La mujer se levantó y corrió hacia Toribio que
aventaba lejos el cuerpo del niño. Al verla venir, lanzó
un filazo hacia arriba y un seno voló por el aire: la mujer siguió
persiguiéndolo mientras él caminaba hacia atrás:
Toribio entonces se afirmó en el suelo, tomó el machete
con ambas manos y lo hundió de filo hasta el mentón de la
mujer: ella pareció electrizarse y luego quedó ahí,
muerta sobre la tierra. Toribio zafó el arma y avanzó hacia
los ranchos que empezaban a arder. A su paso la gente corría gritando,
los cuerpos desmembrados se agitaban sobre el suelo: él sentía
caliente la sangre, sus manos apretaban el arma con fuerza: su cuerpo
estaba excitado y a punto de reventar...
Varios niños se internaron en el monte arrastrando a un anciano.
Toribio los vio y apuntó en su mente: son los que deben contar
lo que pasó, los sobrevivientes. Y caminó hacia los ranchos
que ardían: un oficial había juntado a tres indias embarazadas
espalda con espalda: estaban tomadas de los brazos viendo a los soldados
avanzar, mirando cómo macheteaban a los cerdos, a los perros, a
las gallinas, a los niños. El oficial se dirigió a Toribio
y le gritó: "!Proceda!" Toribio envainó el machete y sacó
el puñal, tomó del pelo a una de las tres mujeres y la echó
en tierra: puso una bota sobre su cuello y le rasgó el vientre
del que brotó un líquido amarillento: luego sacó
el feto, se lo mostró a la mujer que abría la boca sin poder
gritar y lo aventó lejos de sí. Quiso tomar a otra de las
embarazadas pero todas corrieron hacia el monte: el oficial entonces lanzó
una ráfaga con su M-16 que roció las cinturas de las mujeres:
cayeron hincadas agarrándose el vientre: Toribio avanzó
despacio y pudo sin mayor dificultad rasgar todos los vientres y lanzar
todos los fetos hacia el fuego de los ranchos. Tres hombres miraban aquello
sin poder moverse: estaban encañonados por cinco kaibiles quienes
luego les colocaron garrafones de metal y antorchas en las manos para
que ellos mismos prendieran fuego al depósito de granos y rociaran
con gasolina el motorcito para moler el maíz y hacer el nixtamal.
Cuando la aldea entera ardía y el olor a carne quemada se revolvía
con el humo, los kaibiles obligaron a los tres hombres a rematar a algunos
de sus familiares que yacían en el suelo sin brazo, sin pierna,
sin ojos, sin naríz, sin labios... Y entonces el oficial les dijo:
"!Esto es lo que les pasa a los que ayudan a los subversivos! !Ahora váyanse
y cuéntenselo todo a la gente por ahí!" Quedó absorto
un segundo y de pronto siguió: "!Pero antes quiero que vos -y señaló
a uno-, quiero que vos le echés esa gasolina encima a tu hermano!"
-y señaló a otro. El primero negó reciamente con
la cabeza: entonces el oficial dijo: "!Muy bien, entonces vos -y señaló
al tecero-, echale encima la gasolina a él!" Vino el tercero y,
temblando, tomó el garrafón y lo vació sobre el cuerpo
del segundo hombre. "!Ahora prendele fuego!", ordenó el oficial,
señalando la antorcha que aquél tenía en la mano.
Tapándose los ojos con uno de sus antebrazos, el tercer hombre
lanzó la antorcha sobre el cuerpo del segundo que se inflamó
al instante y caminó sin rumbo unos metros agitando los brazos
como si hubiesen sido alas luminosas hasta caer por tierra inmóvil.
"!Váyanse!", ordenó el oficial. "!Y ustedes -a la tropa-,
terminen de quemarlo todo y maten todo lo que esté vivo...!
Los dos hombres que dejaron escapar corrieron como autómatas
entre el monte. Subieron una colina empinada y detuvieron su marcha al
escuchar el llanto de unos niños que salían a su encuentro:
los abrazaron y siguieron su caminata montaña arriba. Cada vez
que volteaban a ver hacia atrás, miraban a lo lejos el humo y el
resplandor de las llamas iluminando el cielo estrellado de la madrugada
y haciendo crujir con estruendo el bosque dormido...
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