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(SIDE B)
ROBERTO OBREGON
OTTO RENE CASTILLO he abierto la puerta y ante mí se despliega como un paraguas eterno el cielo azul de Guatemala, sin una mancha como lo quería Asturias, es una bocanada de infinito envolviéndome, es la certeza de que aquí voy a morir: el cielo me acoge cariñoso, me anima; atranco la puerta y siento que me tranquiliza estar cierto de morir aquí, en esta terraza que, veo, tiene el piso morroñoso y seco, los techos de los negocios se ven descoloridos, por ellos empezarán a llegar los policías, me asomaré, me he asomado hacia la calle y veo -al tiempo que se oye la gritería cuando la muchedumbre me mira desde allá abajo- a toda la policía uniformada desplegándose estúpidamente por el parque, y es que qué huevos venir a caer aquí, al Parque Concordia (mejor dicho, al Parque Gómez Carrillo), enfrente justo de la policía, en Migración, y ya que me habían dado mi salida y estaba listo para pelarme a México, palabrita que ya me hacía yo caminando por El Zócalo, asomándome a las puertas de las vecindades, pero nada, aquí morí, voy a regresar, he regresado junto a la puerta que da a la escalera por la que he subido a la cúspide de mi pirámide y espero, espero oír los pasos de los policías para tirarles esta mazorca de fragmentación por encima de sus cabezas de modo que no puedan regresar y tampoco puedan tumbar esta puertecita: quedarán ahí, a medio campanario: eso es: mis pies subiendo gradas: el campanario de mi pueblo, eso es, cómo negarlo, nosotros subiendo a escondidas del sacristán, asomándonos a ver el atrio desde justo debajo de la campana y saludando desde allí al resto de la pandilla que esperaba, eso era el trabajo, y después, cuando el sacristán nos descubría, a correr pues, y el griterío pisado: ¡Chalío matatero viejo bruto! El campanario...: una vez llegué arriba, hasta la punta, vi el parque desde lo alto y sentí miedo porque no lo encontré en su lugar: ahora he subido de nuevo a la pirámide pero a oficiar como debe ser la ceremonia de sacrificio, así que cuando escuche estoy escuchando las voces y los pasos cautelosos de los policías, voy a abrir de pronto, súbitamente - lo estoy haciendo- la puerta y tiraré
¡flaca-flaca-flaca!, tres nuevemilimetrazos, y ya se oye la bullona -qué partida de coyones-, les da miedo, estarán sacando a los heridos (o muertos) del piñazo que les piché y por eso gritan también, corro hecho pedo hacia el otro extremo y ¡pungún-pungún!, dos vergazos esta vez, esperarán que me asome en el medio, así que desde aquí mismo ¡fácate!, un solo huevazo pero esta vez dirigido a un hijueputa que me tenía calculado, cabal en el mero pecho, y ahí va de culo hacia el suelo: orita te alcanzo pendejo, no tengás pena, voy a cargar bien la tolva, la voy a poner llenita otra vez para tenerla lista luego que tire la otra granada, que ya me hace cosquillas en la mano. Uf, me cansó esta pijeaderita, voy a recobrar el resuello, esta textura del piso y esta pose de patojo sentado me recuerdan aquella vez cuando por atrapar una flay (el sol me dio en los ojos /movimiento de los árboles) me quebraron el dedo meñique, la bola cayó en la punta de mi dedo y vi mi hueso saliendo por la carne rota: me van a coser a tiros hoy, bueno, la cosa es que esa vez me desmayé y al despertar estaba sentado así como estoy orita que he terminado de cargar la escuadra y me incorporo para seguir vacilando a estos pisados, el ratón juega con el gato aunque al final el gato se lo coma, qué pisados. Así que a seguir volando pija señores, el sumo sacerdote se incorpora y abre los brazos mirando hacia el cielo azul profundo, la multitud bajo sus pies, rodeando la base de la pirámide, está atenta a sus movimientos, dice unas palabras en idioma ritual (sagrado) y la música cesa, los tunes y las chirimías, las flautas y los chinchines se van apagando. Comienza el diálogo: SUMO SACERDOTE: Inefable es, en verdad, la voluntad de los dioses... (dirigiéndose al prisionero que, atado, permanece firme en el lado izquierdo de la cúspide de la pirámide, sigue:) Pequeña es, ciertamente, la voluntad del hombre... PRISIONERO: (Mirándolo de soslayo con mucho recelo) Hummm... SACERDOTE: (A la multitud) ¡Inefable es, en verdad, la voluntad de los dioses! (La multitud en calidad de coro responde:) CORO: ¡Inefable! ¡Inefable! (Se agitan las banderas de las confederaciones de tribus y también las enseñas de los linajes) ¡Inefable! (Largo silencio. El sacerdote baja la cabeza y cruza las manos sobre su pecho. Se oscurece lentamente el escenario mientras una luz directa (spot) cae sobre la cabeza del prisionero, que se yergue, hincha el pecho, endurece el gesto y se dirige al público:) PRISIONERO: (Burlonamente) Inefable... inefable... Lo siento en verdad por los dioses, cuya voluntad nunca pudo estar más alejada de estas prácticas absurdas en las que los soberbios han hecho caer al pueblo, a los pueblos mayas... Inefable... (Rompe las amarras en cámara lenta y comienza a recorrer el escenario, a su paso las luces van señalando los rincones y el decorado. Han desaparecido el Sumo Sacerdote y las masas) Inefable... Los dioses no hacen sino ven, y al ver, al contemplar, mueven la Creación, la van haciendo... tal y como es, no tal y como nosotros la percibimos... Si yo estoy en el cadalso no es por voluntad de los dioses. La voluntad de los dioses ES, los adjetivos y las circunstancias los agregan los sacerdotes, son agregados. La sangre que piden los dioses la piden verdaderamente los sacerdotes, los señores de la guerra se ha vuelto fornicadores y eso los atormenta con culpas y remordimientos que pretenden ahogar en sangre de macehuales, han abandonado la magia de la Serpiente-envuelta-en-plumas y ahora se revuelcan con sus cortesanas en el lecho del sexo degradado por la lujuria. Las guerras, la esclavitud, todo expresa esta grave confusión de los poderosos. Me han condenado a la muerte por despeñamiento, y ahora estoy aquí, en la cúspide de la pirámide, aguardando el momento en que, manos atadas, me echen hacia abajo y empiece a deshacerme en la caída... ¡Ved! (Señala hacia el fondo del escenario, donde hay una pantalla) Allí veréis las prácticas antiguas, las reales. Cierto era que los Varones practicaban la magia sexual con sus mujeres y que, antes de las batallas o antes de morir, las gracias del Gran Arcano para poder transmutar la energía vital -¡Ved!- les eran concedidas... (En la pantalla aparecen las imágenes de una pareja maya durante el acto sexual). PAREJA EN PANTALLA. ELLA: Tu miedo debe desaparecer amado mío (Ella se mueve suavemente y acaricia su espalda, él cierra los ojos y ora). EL: Sí amada mía, el miedo desaparecerá con esta plegaria, quedará fulminado por la luz que juntos fabricamos en nuestros vientres y que sube por nuestra columna hasta desintegrar el pecado en nuestras mentes. PRISIONERO: Y he ahí que de este modo se perfeccionaban los seres humanos que habían sido llamados y escogidos (En la pantalla continúa la proyección, la pareja hace el amor en un acto tierno y prolongado, espiritual, ritual, extático). Pero hoy por hoy nuestros señores de la guerra se han convertido en vulgares fornicadores de esclavas, y la memoria de los viejos tiempos se perdió desde que fueron abandonados los grandes centros ceremoniales, las grandes urbes, hace ya seiscientos años, después de la revolución que fragmentó la unidad. Por eso estamos dispersos en estas hermosas montañas... y yo -por haber dicho todo esto- voy a morir, moriré en la víspera de la vuelta de la tiniebla, del regreso del lado oscuro de nuestros señores Gucumatz, Cuculcán, que vendrá en forma de hombre amarillo, cruel y sanguinario (El escenario se enciende, el Sumo Sacerdote aparece a las espaldas del prisionero y lo empuja sorpresivamente al vacío. En la pantalla se proyecta la caída a la vez que se muestra una sobreimposición de carabelas en alta mar). VOCES EN EL CORO (MULTITUD): Los dioses lo acojan. /Quién era ese hombre. /Un macehual. (El cuerpo cae, casi flota en la pantalla) /No, era un sacerdote. /Era un sirviente de las Casas Grandes del sur. /Un escriba. /Un atrevido: leyó los códices a escondidas, valiéndose de la confianza de sus amos. /Predicó la magia sexual. /Denunció el pecado en el seno de los poderosos. /Era un profeta. /Como él ha habido muchos. /Todos han sido sacrificados a los dioses. /Esos dioses son dioses extranjeros. /También dijo que el lado oscuro de la Serpiente-Pájaro vendrá del mar en muchas naves llenas de hombres de rubicundas barbas. (Sobre el movimiento de las velas de los barcos, el cuerpo cae, se estrella suavemente contra las graderías de la pirámide, rebota, se deshace poco a poco). /Dijo que la revuelta campesina fue la causa del abandono de las grandes ciudades, de las viejas ciudades sagradas. /Que los sacerdotes se habían corrompido. /Que necesitaron acudir a dioses crueles. /Que aumentaron el tributo a los macehuales. /Que la tierra se empobreció y escaseaba. /Que por eso las masas se sublevaron y rompieron la unidad de los mayas. /Que por eso abandonaron todos las ciudades y que por eso nuestros reinos están marcados por el pecado. /Predicó la doctrina secreta de los ancestros. /Los secretos de la Serpiente Emplumada. /Predijo el inicio de nuestras desgracias, que durarán varios siglos. /Por eso lo ejecutaron. /Por eso viene despeñándose. (El cuerpo llega deshecho a los pies de la pirámide). /Tú niño, incorpórate, álzate del suelo y rinde homenaje al difunto, /así que me he puesto de pie pero con las rodillas flexionadas para que no me vuelen la cabeza de un plomazo, me muevo rapidito a lo largo de la terraza, hasta llegar al extremo izquierdo, casi puedo verme, un hombre con la pistola en la mano, listo para volar pija sin descanso. Creo que voy a tirar por lo menos dos huevazos, pero quisiera tirarlos por algo. Ahorita no le pegaría a nadie porque no he podido ver los movimientos de la tropa, así que debo pensar qué hacer pronto: por allá, cerca de la antena de televisión hay unos pedazos de cemento, les podría tirar un catapultazo de piedras para distraerlos, para que denuncien sus posiciones, y luego me levanto y rácata, me vuelo a uno por lo menos, o tiro la granada en medio de un buen grupo de cabrones, veamos, me arrastro, llego, agarro las piedras y vuelvo a parapetarme, tiro una piedra hacia la calle... y nada... Tiro las otras... y nada... Entonces -ora sí pisados- ái les va la piña: le quito la espoleta y va p'allá caballero (mira mira mira) /... dos, tres, cuatro y ... ¡Puuuuuummm! se fue... y aprovechando la oscuridad del punto, la humareda, la confusión, me paro, me yergo (soy un titán hijos de su puta madre) y reparto verga para todos lados -pac pac pac pac pac-, no me olvido de las instrucciones: rodillas flexionadas, mano izquierda haciéndole base a la derecha que exprime la pistola, dejar que la patada del arma se realice libremente, ir corrigiendo la posición de tiro con un movimiento elástico, como de resorte y, claro, la respiración: soltar el pijazo cuando se exhala, así que fffff-pum...hhhhh-fffff-pum, uno a uno veo caer a los policías, veo también los estragos que hizo la piñita; justo enfrente de la librería, entre el busto de Gómez Carrillo (que mira indiferente este señor vergueo que estoy armando) y Migración, así en diagonal, allí cayó la fruta fragmentaria, veo, mientras suelto (ya van siete) plomazos, el espacio que abrió el granadazo y puedo percibir también la confusión que causó porque hasta ahorita comienzan a reaccionar los pisados: ya me he quebrado como a catorce con los dos piñazos y este tiroteo que me tengo ahorita, y todavía no comienzan a dispararme: estoy de pie, cualquier cabrón con un poco de calma puede apuntarme y rácata, me trae al suelo: caería como caen los vaqueros en las películas del oeste, media vuelta en el aire y pungún-pisado, al puro suelo, pero he ahí que todavía ninguno reacciona, oh señores y señoras del jurado, así que apunto contra un pendejo que va corriendo, un dedito adelante y pam, se fue, apunto de nuevo y... puta me están queriendo barrer, me están tirando una señora ráfaga con dos metralletas, los tiros están pegando en la cornisa, deshacen la orilla de la, y el polvo se levanta contra mis ojos: ciego, con los ojales cerrados, sigo disparando despacio, pausado, puta por qué no me agacho, de plano ando buscando que me llegue una bala perdida (ni tan perdida), porque cuando se clarea el polvo yo sigo ahí parado, muchos me miran con la boca abierta (soy un titán hijos de su puta madre), miedosos pisados, y ahí les va el resto de la tolva: pac pac pac... De nuevo las ráfagas, pero ahora sí me agacho, púchica, cómo tiembla todo esto, están haciendo mierda el edificio, van a tener que entrarle con tanque (¿exagero?, algún día lo harán, o con helicópteros, o con las dos vainas), aunque les ha de salir muy caro eso, es más rentable que se les mueran veinte policías de tránsito, y ni tan de tránsito porque ya vino el ejército de plano, esas ráfagas no eran de ningún vil policía de tránsito, me van a dar viento en la vela, candela, agua viva dentro de poco tiempo... Oigo ruidos en la escalera, estos pisados son listos, ya saben que me quedé sin granadas, saben que por lo general uno anda con dos, debí haber guardado la última para el puro final, hasta el the end de esta película, pero bueno, ora no hay más que hacerle huevos a la ranchera a este corrido y aplicarle al asunto la filosofía de Gabino Barrera ("no atendía razones andando en la borrachera", ¡ajúa!), así que un asomón y ¡flac!, el tiro que faltaba ("cargaba pistola con seis cargadores, le daba gusto a cualquiera"), me agacho y me siento, las ráfagas hacen temblar todo, ya la cornisa no tiene orilla, le quito la tolva a la chinga y le meto la nueva, la última, se acerca la hora de la verdad: podría meterme un tiro ahorita pero qué aburrido, mejor espero, esto lo tengo que hacer bien, qué raro, sólo una cosa me duele: que vos Conchita me hayas puesto la cornamenta: cornamenta su exacta medida made in Japan enviándosele ah a su señora esposa para que ella la coloque sobre cabeza de usted, que es donde corresponde, pendejo. Ja, |
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toda la vida le pasa a uno frente a los ojos. A mí sólo se me ocurre pensar en vos Conchita, y en oficiar bien esta ceremonia. Pienso que podría distraer a estos cabrones de la manera siguiente: atención: primero me echo un asomón de cabeza, la lluvia de plomo pega contra la cornisa, me llena el pelo de ripio, estoy canoso como María Antonieta antes de que le dieran viento, bien, ahora (que ya vigié a un policía gordo que está mal puesto del lado izquierdo) voy a correr hacia el lado derecho para quedar sesgado, me asomo y pum-pisado: a traerlo, las dos veces que me asomé volví a ver el rostro-indiferente-que-no- deja-reflejar-sobre-su-frente-la-vergüenza-de haber-sido-chapín, exacto, el busto de Gómez Carrillo, desarraigado de mierda, hueco, en cambio el Pepe Batres -Yo pienso en ti, tú vives en mi mente- ese si era de a huevo, pero bueno, cada uno en su tiempo y cada uno con sus cadaunadas... ahora corro hacia el fondo de la terraza, como si quisiera saltar hacia la cuarta avenida, y dejo ir cuatro vergazos: wam wam wam wam: cabal: oigo la tronadera del lado de la quinta sobre la catorce calle: oh-jo-jo, se están volando pija entre ellos mismos, jo-jo, aquí está su Santa Clos cabrones, me los babosée, un baboseón sólo comparable con el que nos metió Méndez Montenegro: la izquierda revolucionaria cayó de un hilo: pendejos, comparsas, eso dije en una reunión, y aquí estoy pisados, a los que les cayó mal lo que dije les dejo mi caída en combate de estandarte... Se está calmando el vergueyo que ellos mismos se tienen, gritan que no, que alto al fuego, que no disparen, pendejos: la farmacia de la catorce y cuarta debe haber quedado como colador, lo mismo la APG, je je je... Y ora sí señores, llegó la hora, ya escucho pasos por la escalera... silencio...: ¡WHAAAAAMMM...!: el estallido tira a la mierda la puertecita; de acuerdo a lo planeado, yo me finco aquí y comienzo a disparar a los sabuesos conforme van apareciendo, me ubican y, rodilla en tierra, ellos también se fincan en el espacio que pueden agarrar y empiezan a tirarme, nos tiramos, olemos todos la pólvora quemada, escuchamos el fragor de los tiros, sentimos su calorcito cuando van pasando por nuestro plexo solar, por nuestros pulmones que revientan como globos, por nuestro hígado, por nuestro rostro... de pronto vemos el cielo azul de Guatemala abierto y cálido como un paraguas cósmico, es un cielo que lentamente empieza a poblarse de rostros mayas, morenos, toscos, perfiles de piedra de rayo (como decía mi hermano), vienen en bandadas a verme, se quitan los quepis, a recogerme, me abrazan inexpresivos como son, siento el calor milenario de sus manos en mis sobacos, en mi espalda, en mis piernas, me cargan, intentan ponerme de pie, es mi pueblo, son mis macehuales de siempre, mis hermanos, mis padres, mis abuelos: los mayas eternos, ellos me han rescatado desde el fondo de mi pirámide, me bajan por las escaleras, mis pies trastumban a cada escalón (te quise mucho Conchita), pasamos por la librería: las dependientas hacen muecas de susto, mis mayas me sacan a la calle donde la multitud -mi pueblo- me espera, todos se ponen de pie al verme, se incorporan, van levantándose del suelo lentamente y me miran, algunos están uniformados, yo sonrío, siento el amor inmenso del pueblo correr por mi cuerpo... y de pronto siento que me alzan en hombros, me elevo por encima de las cabezas de todos, floto casi, y me dirijo hacia el centro de la plaza donde vuelvo a ver hacia atrás y descubro un cuerpo deshecho a pura metralla que se escurre entre los brazos de los judiciales: se parece a mí, pero no soy yo, porque yo estoy acá arriba, tranquilo, eterno y sereno, noble, como el Volcán de Agua que me mira desde lo lejos..
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