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IMAGINACION Y REALIDAD
Tito Monterroso
Octubre de 1996
Hace muchos años publiqué por primera vez en un periódico
mexicano un cuento muy breve en el que se relata la muerte de cierto fraile
español, Bartolomé Arrazola, que en Guatemala, a principios
del siglo XVI, trata de engañar a los indígenas mayas mediante
el socorrido truco de hacerles creer que tiene poderes sobrenaturales,
y que si intentan matarlo hará que el sol "se obscurezca en su
altura".
Cuando los indígenas lo sacrifican ante un altar, el sol en
efecto se obscurece, sólo que durante el largo sacrificio uno de
los indígenas lee en voz alta las infinitas fechas en que se producirían
eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad
maya habían previsto y anotado en sus códices.
Como se ve, se trata de un cuento que quiere ser reivindicatorio de
la ciencia y el saber de los antiguos mayas, primitivos pobladores de
mi país, ciencia y saber que la Iglesia, seguidora de la Conquista,
vendría a poner en jaque.
Publiqué el cuento hacer cerca de cuarenta años, y algunos
de sus lectores lo celebraron entonces con una sonrisa de complacencia,
y hasta con muestras de regocijo por el trágico fin de mi ocurrente
fraile, quien en vano había pretendido engañar a los habitantes
de Guatemala con una estratagema quizá aplicable ante una tribu
de cualquier otro pueblo, pero que difícilmente tendría
éxito frente a aquella comunidad de matemáticos y consumados
astrónomos.
Cada año, cada día transcurrido desde la primera publicación
de mi cuento - debo admitirlo- me han ido enseñando que imaginación
y realidad son términos con frecuencia opuestos, y que es más
fácil hacer triunfar a alguien en tres minutos de buenos (o malos)
deseos que en quinientos años de realidad.
Y esta es la historia.
En efecto, en las décadas iniciales del siglo XVI, cuando el
joven Carlos Quinto trataba de consolidar el imperio europeo -y para entonces
en buen parte americano- lo que en ese tiempo era ya Guatemala se encontraba
poblado por esta raza de matemáticos y astrónomos que se
habían dado el lujo de inventar el cero, de predecir con absoluta
precisión fechas de eclipses solares y lunares, y de registrar
todo esto en códices y estelas y monumentos de belleza un tanto
incomprensible para nosotros aún el día de hoy, cuando,
queriendo exaltar esa belleza todavía recurrimos al expediente
un tanto absurdo, un tanto pobre, de compararla con lo que lograron los
antiguos griegos.
Pero una es la imaginación y otra la realidad.
Cuando los primeros europeos llegaron a Guatemala los minuciosos astrónomos
mayas habían estado allí, y allí había florecido
sus grande artistas; pero estos mismo eran ya sólo un recuerdo.
Y tal vez tan sólo el recuerdo de un recuerdo, como el día
de hoy son tan sólo un recuerdo, si bien se ve, sus remotos colegas
griegos, similares en genio y destino.
Sin embargo, los mayas de carne y hueso, herederos de ese luminoso
pasado, sí estaban allí a principios del siglo XVI, como
lo siguen estando hoy, cerca de quinientos años después,
a fines del siglo XX. El Popol Vuh, su libro sagrado, no era todavía
un libro sino tan sólo un susurro apenas audible que pasaba de
oído en oído, de memoria en memoria, y habría de
ser otra especie de fray Bartolomé quien no lo revelara.
Y uno puede preguntarse: ¿qué ha ocurrido con unos y
otros, conquistadores y frailes y conquistados, durante estos cinco siglos,
en ese diminuto territorio, casi invisible en el mapa, que ase sigue llamando
Guatemala? Los unos y los otros, ¿han dejado de emitir, unos su
estruendo, otros su prédica, otros su canto? ¿Han callado
en algún momento? ¿En algún momento se han dado tregua?
Es evidente que no, aunque con frecuencia lo olvidemos, aturdidos por
estruendos aún más fuertes o por la indiferencia de un mestizaje
dudoso, en tanto que la voz de los mayas sin mezcla de hoy se encuentra
acallada, o persiste, con las voces de los animales, del viento, de los
ancestros, opacas o claramente distinguibles en la profundidad de aquella
selva poderosa que en mi imaginación y sólo en el papel
atrapó hace cuatro siglos y medio a fray Bartolomé Arrazola
y su malicia más bien ingenua.
Dije un mestizaje dudoso.
Tal vez los opresores vengan en línea directa del sanguinario
Pedro de Alvarado, conquistador sin más, quien siendo preguntado,
después de la caída por la moriría, qué le
dolía más, contestó: el alma; pero quizá procedan
también del conquistador con más, el capitán Bernal
Díaz del Castillo, quien viejo de no sé cuántos años
tomo un día la pluma en Guatemala, ciudad que había fundado,
y escribiendo su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España
se convirtió en nuestro primer narrador y en el inventor, sin proponérselo,
del realismo mágico, de lo real maravilloso.
Tampoco sospecho mestizaje alguno en el jesuita Rafael Landívar,
autor guatemalteco, en Bolonia y en el siglo XVIII, del último
gran poema en hexámetros latinos, en la línea de Virgilio,
la melancólica Rusticatio mexicana; ni en nuestro gran cuentista
en verso, el triste José Batres Montúfar, quien a mediados
del siglo XIX compuso sus Tradiciones de Guatemala (con abiertos homenajes
al abate italiano Giambatista Casti y al Byron autor del Don Juan) y en
prodigiosas octavas reales que fueron y son en nuestro idioma, y probablemente
también en cualquier otro idioma, la última muestra válida
de lo que podía hacerse en el arte de narrar con esa milagrosa
estrofa usada lejanamente por Bocaccio y llevada a su máxima expresión
por Ludovico Ariosto; ni, otro siglo después, en Miguel Angel Asturias,
quien, dueño de su Popol Vuh y formado en la cultura francesa,
trata de recuperar en Hombres de maíz -su máximo experimento
de lenguaje- el alma maya de los indígenas guatemaltecos de ayer,
de hoy y de siempre; ni en Luis Cardoza y Aragón, heredero asimismo
del Popol Vuh y a la vez de ese otro mundo mágico, el mundo del
surrealismo, quien ha podido decir memorablemente que la poesía
es la única prueba concreta de la existencia de Dios.
Opresores y oprimidos a través de cinco siglos; conquistadores
de espada, de cruz y de pluma, todo mezclado.
Hoy los mayas, viejos enamorados del firmamento, siguen allí,
sin ser conquistador ni conquistar a sus presuntos conquistadores, como
se dice que los griegos hicieron con los romanos. Puros, sin mezcla, conservando
sus idiomas y preservando sus creencias, atacados y defendidos con las
armas, con el catecismo y con la pluma por lo peor y lo mejor de Guatemala
y, como se ve en el libro de uno de ellos, Rigoberta Menchú, comunicándose
aún espiritualmente con los animales domésticos y los animales
salvajes, con las plantas, con la tierra, a la que piden perdón
cada vez que han de abrir un surco en ella; y, por último, como
el padre de esta misma Rigoberta Menchú, quien hace apenas diez
años murió quemado junto a otros veinticinco de ellos, en
la embajada de España en Guatemala, en donde simbólicamente
buscaron refugio y en donde fueron alcanzados por el fuego de sus propios
compatriotas, indígenas y no indígenas.
Quinientos años de dialéctica entre España, Europa
y América, una dialéctica de espadas, de letras, de oraciones
y de balas, desde que fray Bartolomé Arrazola, un ser imaginario,
fue vencido en la hoja en blanco, en la que todo se puede; es decir, en
la imaginación, no siempre parecida a la realidad.
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