| |
- Indice:
- Las moscas
- Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges
- Fecundidad
Las moscas
- Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre
existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado
siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que
son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años
tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La
sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa
prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas
y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero
escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página,
un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has
hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo; las moscas
son Euménides, Erinias; son castigadoras. Son las vengadoras
de no sabesmos qué; pero tú sabes que alguna vez te han
perseguido y, en cuanto lo sabes, que te perseguirán para siempre.
Ellas vigilan. Son las vicarias de alguien innombrable, buenísimo
o maligno. Te exigen. Te siguen. Te observan. Cuando finalmente mueras
es probable, y triste, que baste una mosca para llevar quién
puede decir a dónde tu pobre alma distraída. Las moscas
transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de
nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan
cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en
protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigan a través
de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros
no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor
de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de esa mosca, que
ha venido reproduciéndose sin enriquerecerse a lo largo de los
siglos. Y, bien mirada, creo que dijo Milla (autor que por supuesto
desconoces pero que gracias a haberse ocupado de la mosca oyes mencionar
hoy por primera vez), la mosca no es tan fea como a primera vista parece.
Pero es que a primera vista no parece fea, precisamente porque nadie
ha visto nunca una mosca a primera vista. A nadie se le ha ocurrido
preguntarse si la mosca fue antes o después. En el principio
fue la mosca. (Era casi imposible que no apareciera aquí eso
de que en el principio fue la mosca o cualquier otra cosa. De esas frases
vivimos. Frases mosca que, como los dolores mosca, no significan nada.
Las frases perseguidoras de que están llenas nuestros libros.)
Olvídalo. Es más fácil que una mosca se pare en
la nariz del papa que el papa se pare en la nariz de una mosca. El papa,
o el rey o el presidente (el presidente de la república, claro;
el presidente de una compañía financiera o comercial o
de productos equis es por lo general tan necio que se considera superior
a ellas) son incapaces de llamar a su guardia suiza o a su guardia real
o a sus guardias presidenciales para exterminar una mosca. Al contrario,
son tolerantes y, cuando más, se rascan la nariz. Saben. Y saben
que también la mosca sabe y los vigila; saben que lo que en realidad
tenemos son moscas de la guarda que nos cuidan a toda hora de caer en
pecados auténticos, grandes, para los cuales se necesitan ángeles
de la guarda de verdad que de pronto se descuiden y se vuelvan cómplices,
como el ángel de la guarda de Hitler, o como el de Jonhson. Pero
no hay que hacer caso. Vuelve a las narices. La mosca que se posó
en la tuya es descendiente directa de la que se paró en la de
Cleopatra. Y una vez más caes en las alusiones retóricas
prefabricadas que todo el mundo ha hecho antes. Pues a pesar tuyo haces
literatura. La mosca quiere que la envuelvas en esa atmósfera
de reyes, papas y emperadores. Y lo logra. Te domina. No puedes hablar
de ella sin sentirte inclinado hacia la grandeza. Oh, Melville, tenías
que recorrer los mares para instalar al fin esa gran ballena blanca
sobre tu escritorio de Pittsfield, Massachussetts, sin darte cuenta
de que el Mal revoleteaba desde mucho antes alrededor de tu helado de
fresa en las calurosas tardes de niñez y, pasados los años,sobre
ti mismo en el crepúsculo te arrancabas uno que otro pelo de
la barba dorada leyendo a Cervantes y puliendo tu estilo; y no necesariamente
en aquella enormidad informe de huesos y esperma incapaz de hacer mal
alguno sino a quien interrumpiera su siesta, como el loquito Ahab, ¿Y
Poe y su cuervo? Ridículo. Tú mira la mosca. Observa.
Piensa.
Beneficios y maleficios de Jorge
Luis Borges
- Cuando descubrí a Borges, en 1945, no lo entendía y
más bien me chocó. Buscando a Kafka, encontré su
prólogo a La Metamorfosis y por primera vez me enfrenté
a su mundo de laberintos metafísicos, de infinitos, de eternidades,
de trivialidades trágicas, de relaciones domésticas equiparables
al mejor imaginado infierno. Un nuevo universo, deslumbrante y ferozmente
atractivo. Pasar de aquel prólogo a todo lo que viniera de Borges
ha constituido para mí (y para tantos otros) algo tan necesario
como respirar, al mismo tiempo que tan peligroso como acercarse más
de lo prudente a un abismo. Seguirlo fue descubrir y descender a nuevos
círculos: Chesterton, Melville, Bloy, Swedenborg, Joyce, Faulkner,
Woolf; reanudar viejas relaciones: Cervantes, Quevedo, Hernández;
y finalmente volver a su ilusorio Paraíso de lo cotidiano: el
barrio, el cine, la novela policial.
- Por otra parte, el lenguaje. Hoy lo recibimos con cierta naturalidad,
pero entonces aquel español tan ceñido, tan conciso, tan
elocuente, me produjo la misma impresión que experimentaría
el que, acostumbrado a pensar que alguién está muerto
y enterrado, lo ve de pronto en la calle, más vivo que nunca.
Por algún arte misterioso, este idioma nuestro, tan muerto y
enterrado para mi generación, adquiría de súbito
una fuerza y una capacidad para las cuales lo considerábamos
ya del todo negado. Ahora resultaba que era otra vez capaz de expresar
cualquier cosa con claridad y precisión y belleza; que alguien
nuestro podía cantar nuevamente e interesarnos nuevamente en
una aporía de Zenón, y que también alguien nuestro
podía elevar (no sé si también nuevamente) un relato
policial a categoría artística. Súbditos de resignadas
colonias, escépticos ante la utilidad de nuestra exprimida lengua,
debemos a Borges el habernos devuelto, a través de sus viajes
por el inglés y el alemán, la fe en las posibilidades
del ineludible español.
- Acostumbrados como estamos a cierto tipo de literatura, a determinadas
maneras de conducir un relato, de resolver un poema, no es extraño
que los modos de Borges nos sorprendan y desde el primer momento lo
aceptemos o no. Su principal recurso literario es precisamente eso:
la sorpresa. A partir de la primera palabra de cualquiera de sus cuentos,
todo puede suceder. Sin embargo la lectura de conjunto nos demuestra
que lo único que podía suceder era lo que Borges, dueño
de un rigor lógico implacable, se propuso desde el principio.
Así en el relato policial en que el detective es atrapado sin
piedad (víctima de su propia inteligencia, de su propia trama
sutil), y muerto, por el desdeñoso criminal; así con la
melancólica revisión de la supuesta obra del gnóstico
Nils Runeberg, en la que se concluye, con tranquila certidumbre, que
Dios, para ser verdaderamente hombre, no encarnó en un ser superior
entre los hombres, como Cristo, o como Alejandro o Pitágoras,
sino en la más abyecta y por lo tanto más humana envoltura
de Judas.
- Cuando un libro se inicia, como La Metarmofosis de Kafka, proponiendo:
" Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño
intranquilo, encontróse, en su cama convertido en un monstruoso
insecto", al lector, a cualquier lector, no le queda otro remedio que
decidirse, lo más rápidamente posible, por una de estas
dos inteligentes actitudes: tirar el libro, o leerlo hasta el fin sin
detenerse. Conocedor de que son innumerables los aburridos lectores
que se deciden por la confortable primera solución, Borges no
nos aturde adelantándonos el primer golpe. Es más elegante
o más cauto. Como Swift en los Viajes de Gulliver principia contándonos
con inocencia que éste es apenas tercer hijo de un inofensivo
pequeño hacendado, para introducirrnos a la mayoría de
Tlon Borges prefiere instalarse en una quinta de Ramos Mejía,
acompañado de un amigo, tan real, que ante la vista de un inquietante
espejo se le ocurre "recordar" algo como esto: "Los espejos y la cópula
son abominables, porque multiplican el número de los hombres".
Sabemos que este amigo, Adolfo Bioy Casares, existe; que es un ser de
carne y hueso, que escribe asimismo fantasías; pero si así
no fuera, la sola atribución de esta frase justificaría
su existencia. En las horrorosas alegorías realistas de Kafka
se parte de un hecho absurdo o imposible para relatar en seguida todos
los efectos y consecuencias de este hecho con lógica sosegada,
con un realismo difícil de aceptar sin la buena fe o credulidad
del lector; pero siempre tiene uno la convicción de que se trata
de un puro símbolo, de algo necesariamente imaginado. Cuando
se lee, en cambio, Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges, lo más
natural es pensar que se está ante un simple y hasta fatigoso
ensayo científico tendiente a demostrar, sin mayor énfasis,
la existencia de un planeta desconocido. Muchos lo seguirán creyendo
durante toda su vida. Algunos tendrán sus sospechas y repetirán
con ingenuidad lo que aquel obispo de que nos habla Rex Warner, el cual,
refiriéndose a los hechos que se relatan en los Viajes de Gulliver,
declaró valerosamente que por su parte estaba convencido de que
todo aquello no era más que una sarta de mentiras. Un amigo mío
llego a desorientarse en tal forma con el jardin de los senderos que
se bifurcan, que me confesó que lo que más le seducía
de la Biblioteca de Babel, incluido allí, era el rasgo de ingenio
que significaba el epígrafe, tomado de la Anatomía de
la Melancolía, libro según él a todas luces apócrifo.
Cuando le mostré el volumen de Burton y creí probarle
que lo inventado era lo demás, optó desde ese momento
por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo.
- A lograr este efecto de autenticidad contribuye en Borges la inclusión
en el relato de personajes reales como Alfonso Reyes, de presumible
realidad como George Berkeley, de lugares sabidos y familiares, de obras
menos al alcance de la mano pero cuya existencia no es del todo improbable,
como la enciclopedia británica, a la que se puede atribuir cualquier
cosa; el estilo reposado y periodístico a la manera de De Foe;
la constante firmeza en la adjetivación, ya que son incontables
la spersonas a quienes nada convence más que un buen adjetivo
en el lugar preciso.
- Y por último, el gran problema: la tentación de imitarlo
era casi irresistible; imitarlo, inútil. Cualquiera puede permitirse
imitar impúnemente a Conrad, a Greene, a Durrel; no a Joyce,
no a Borges. Resulta demasiado fácil y evidente.
- El encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias. He aquí
algunas de las cosas que pueden ocurrir, entre benéficas y maléficas:
- 1. Pasar a su lado sin darse cuenta (maléfica).
- 2. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho
para ver qué hace (benéfica)
- 3. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre (maléfica).
- 4. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había
ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica)
- 5. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges (benéfica).
- 6. Deslumbrarse con la fábula de Aquiles y la Tortuga y creer
que por ahí va la cosa (maléfica).
- 7. Descubrir el infinito y la eternidad (benéfica).
- 8. Preocuparse por el infinito y la eternidad (benéfica).
- 9. Creer en el infinito y en la eternidad (maléfica).
- 10. Dejar de escribir (benéfica).
Fecundidad
- Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminado esta línea.
-
|