«Novelas sobre dictadores»


Miguel Angel Asturias había escrito ya su novela sobre la dictadura, que firmó literalmente así: Guatemala, diciembre de 1922, París, noviembre de 1925, y 8 de diciembre de 1932, lo que abarca, es de suponer, no una década de trabajo sino diez años de interrupciones. Por otra parte, las fechas y los lugares que algunos autores ponen al final de sus obras son dudosos. Durante la invasión fascista de Etiopía en los años treinta, un poeta que jamás puso un pie fuera de Guatemala firmaba siempre sus poemas en Addis Abeba.
El dictador que trata Asturias en El señor Presidente era un licenciado tristísimo, Manuel Estrada Cabrera, quien después de gobernar siniestramente el país durante veintidós años fue arrojado del poder en 1920, y de que, por supuesto, se cuentan aún tantas cosas extravagantes que darían como para diez novelas más.
En 1931 subió a la presidencia de Guatemala otro de estos sujetos, esta vez un militar de cabalgadura blanca y mechón napoleónico, el general Jorge Ubico, tan implacable como el anterior pero algo tonto y con menos suerte literaria, pues en catorce años de tiranizar el país no fue capaz de crearse una leyenda. Lo mejor que he oído de él es que en un pequeño espacio de su oficina presidencial había instalado una silla de dentista en la que torturaba las muelas de sus ministros cuando éstos lo hacían enojar y que lloró y renunció a la presidencia en el momento en que su médico de cabecera le dijo que el pueblo ya no lo quería, lo que apenas daría para un cuento más bien ambiguo.
Aunque Asturias terminó su novela desde 1932 en el entonces lejano París, no fue sino hasta 1946 cuando la publicó en México, en la esforzada editorial Costa-Amic, que pronto la guardó sin remedio en sus bodegas. Meses antes, en otra editorial mexicana, ésta sí muy conocida, y cometiendo el error que parece ser constante en las buenas editoriales, el licenciado Daniel Cosío Villegas la había rechazado categóricamente, con recomendación de Alfonso Reyes y todo. Pero entonces sucedió algo bueno. Mientras el novelista bajaba las escaleras de la editorial con el libro repudiado bajo el brazo, recordó las palabras de aquel funcionario: «No puedo publicar su señor presidente», y vio que su título anterior era muy malo y que ahora tenía el adecuado: «El señor Presidente».
En 1947, el gobierno revolucionario de Guatemala (pues a todo esto la revolución encabezada por Jacobo Arbenz había ocurrido y por primera vez en su historia el país tenía un régimen democrático libremente elegido) envió a Asturias a Buenos Aires con un cargo diplomático bastante modesto. Allí ocurrieron tres cosas decisivas para él y su destino literario; dejó de beber y llevó El señor Presidente a la editorial Losada. Estar publicado en aquellos días por esa editorial era algo que Asturias con dificultad hubiera soñado. Pero el milagro se produjo y el libro, ahora sí, empezó a ser leído por un público numeroso y por críticos que, ajenos a las mezquindades lugareñas que habían venido persiguiendo a Asturias a los ojos de muchos -un alcoholismo sin freno acompañado de una fama un tanto negra como periodista radiofónico -, lo apreciaron y vieron en él valores que la cercanía y la amistad no habían dejado ver a sus conocidos en Guatemala y México.
Y de esta manera, Asturias, que siempre había querido ser poeta y cuya tarjeta de visita era una carta-prólogo de Paul Valéry a sus Leyendas de Guatemala, traducidas al francés por el entonces famoso y hoy olvidado, cómo se llama, se vio convertido en novelista célebre, lo que le gustó y lo indujo a escribir otras novelas, esta vez no tan buenas, y cuentos, y a publicar un libro de relatos sin duda extraordinario, Hombres de maíz, que consolidó su posterior fama y difusión.
Todo esto fue el origen de algo que se traduciría en la producción por otros autores de novelas con el mismo tema y con menor o mayor calidad, pero ya sin el tremendo efecto de la de Asturias, que por primera vez había dado a los lectores y críticos de otros países de América y de Europa la visión de un mundo indígena con resonancias universales. Un muno, no necesariamente pintoresco o anecdótico, que esos lectores difícilmente hubieran podido imaginar de otra manera que a través de la literatura, con frecuencia atrabiliaria, de este hombre que suponían maya y no lo era, pero cuyos personajes sí lo eran y muchas veces hablaban como desde los remotos tiempos del Popol Vuh, el libro sagrado de los antiguos guatemaltecos.
Al mismo tiempo:
-¿Qué raro -decían en Europa cuando leían El señor Presidente-. ¿Cómo puede haber en alguna parte esos hombres tan malos que espían y matan a la gente?
Y mientras leían, incrédulos, las maldades que Estrada Cabrera cometía en Guatemala a principios de siglo, se paseaban entre las ruinas y reconstruían pacientemente sus ciudades buscando bajo los escombros documentos de la Gestapo.
Por su parte, nuestro críticos, por buscar también algo, buscaban antecedentes y se ponían felices cuando encontraban el Tirano Banderas de don Ramón del Valle-Inclán, y los especialistas norteamericanos exclamaban con júbilo en los congresos de escritores:
-¡Don Ramón del Valle-Inclán es el padre de Asturias y de todos los tiranos de la literatura latinoamericana!
Y así era. Y Asturias lo convirtió en el abuelo. Y por haberse portado como niño bueno, en 1967, le dieron en Suecia su premio, su premio Nobel.

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.