Discurso de Augusto Monterroso al recibir el
Premio Nacional de Literatura Miguel Angel Asturias
Martes 2 de diciembre de 1997


Señor Ministro de Cultura, don Augusto Vela, Señora Helen Umaña, señoras y señores:
Dentro de algunos días de este mes de diciembre, concretamente el día 29, hará un año que tuve el honor y el privilegio de asistir en este mismo Palacio Nacional a un suceso de altísima significación histórica: la firma del Acuerdo Final de Paz entre el Gobierno de Guatemala y los dirigente de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, Carlos González, Pablo Monsanto, Rolando Morán y Jorge Rosal.
Jamás podré dejar de recordar la viva alegría y el entusiasmo con que vastos sectores del pueblo guatemalteco celebraban también ese acontecimiento a pocos meses de aquí, en el Parque Central: obreros, indígenas, campesinos, estudiantes y empleados, muchos de los cuales habían acudido un día antes al aeropuerto La Aurora para recibir con exclamaciones y gritos de júbilo a los miembros de la URNG cuando descendieron del avión especial que los reincorporaba a la legalidad y a su patria, y en el cual, quizá por una casualidad afortunada, tuve la ocasión de acompañarlos personalmente en su viaje desde la ciudad de México.
¿Como olvidar, tampoco, la emotividad que se apoderó de los testigos nacionales y extranjeros concentrados en el patio central de este Palacio,cuando el Presidente de la República, una vez consumado el acto protocolario de las firmas, abrazó a cada uno de aquellos dirigentes, poniendo así fin a una guerra entre hermanos que había durado tantos años y costado tanto dolor y tantas vidas?
Con estos venturosos recuerdos de un pasado tan cercano que aún es presente, deseo recibir ahora el Premio Nacional de Literatura con que se me ha honrado este año, tal vez porque la consumación de aquel acontecimiento significó para mí el fin, que espero también definitivo, de un inquerido exilio prolongado por más de 42, a partir de 1954 y a raíz de la intervención norteamericana que canceló el proceso democrático alentado por nuestro pueblo durante una década de gobiernos legítimamente constituidos, a los que serví en el exterior con dedicación y lealtad.
Lejos de mi la idea de que ese exilio, ni ningún otro, ha sido un hecho plausible o meritorio. Soy plenamente consciente de que, en todo caso, el verdadero mérito fue el de aquellos compañeros, amigos y colegas que, debido a otras circunstancias del momento, y obedeciendo, o cumpliendo, sus propios destinos, permanecieron en Guatemala en años aciagos, y afrontando las condiciones políticas más adversas, a costa de la tranquilidad personal y la de sus familias, con la pérdida de mejores oportunidades para la realización de su trabajo y aun sería muy doloroso recordar en este momento nombres específicos y omitir injustamente otros -con el sacrificio de sus mismas vidas.
Mas no debo olvidar que éste es un acto literario y celebratorio. Yo no soy un político. En 1944 cometí actos políticos que me costaron ese exilio de que se habla; y hoy los volvería a cometer como cuando en nuestro país era pecado hacerlo. Pero desde entonces -aquellos años que compartí con excelentes jóvenes pintores, músicos, poetas, periodistas y escritores de la llamada Generación del 40- mi existencia estaba encaminada a algo carente por completo de importancia: el emborronamiento de cuartillas, cuartillas que con suerte se fueron convirtiendo en libros, en libros que, con más suerte todavía, espíritus generosos, como sucede aquí y ahora, se empeñan en considerar dignos de ser premiados dentro de esta gran literatura nuestra, de la que no pocas obras han merecido pasar a formar parte del acervo literario universal, para confirmar lo cual bastaría mencionar, entre otros, los nombre de Landívar, de Gómez Carillo, de Arévalo Martínez, de Asturias, de Cardoza y Aragón (a los que sin duda se han unido ya algunos en el presente y seguirán uniéndose en el futuro) y que yo me complazco siempre en ver presidida por el genio de José Batres Montúfar.
Alguna vez me atreví a decir, y lo dije con toda sinceridad, que mi máxima aspiración como escritor estribaba en ocupar algún día media página de un libro de escuela primaria de mi país. No sé por qué, y perdónenme, pero con todo esto siento que lo voy logrando.
Muchas gracias

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.