Se nublan los ojos
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POR GUSTAVO ADOLFO MONTENEGRO


Ajena escena

Llora una mujer frente al banco nacional.
No es bonita pero es joven. No parece sufrir por amor sino por una pena aún más profunda, una angustia inevitable. ¿Le quitarían a sus niños? ¿Le pegaría el marido?
Sentada en la segunda grada de tres, detrás del ambulante que vende lapiceros, libretas, llaveros y llena formularios para trámites (de impuestos, de licencia, de divorcio).
Ella con las mejillas brillantes de lágrimas y nadie se detiene a
preguntar si le puede ayudar. ¿La asaltarían? Hasta me parece oír (entre el estruendo de motores que rebota en los edificios) su llorido largo, sostenido, interrumpido sólo para mirar hacia ningún lado.
Pensé en bajar del autobús, acercarme y averiguar qué le sucedió, pero temí que la histeria se apoderara de ella y empezara a gritar que no me importaba, que no era mi problema y que por favor la dejara en paz.
La fuente del Banco Nacional se divierte lanzando su agua como siempre, con un arcoiris artificial y fugaz al que nadie hace caso porque no es el de Dios tras el diluvio.
Y la señora se queda lloviendo como si le hubiesen quitado cuanto tenía para vivir.


Que no les extrañe

Para que no les extrañe ni me miren con indiferencia no voy a decirles mi nombre. Sólo seré un extraño haragán anónimo que mira a las nubes convertirse en perro, en gusano, en lento caracol blanco sobre los montes. Pero no se extrañen, ni se queden iguales, ni crean que soy un ocioso vago tirado en el suelo a la orilla de la carretera (quisiera serlo, pero no debo)...
Soy el padre de una niña que tiene los ojos puestos en el helado de tres bolas, milagrosamente equilibradas, pintado en la pared; que me pide un globo al ver que otro niño lleva uno, justo este día en que, no tengo dinero hija, lo siento. Y ella llora, niña que es.
A este paso no vamos a llegar a parte alguna, con este sueldo, con estas manos, con estos bolsillos que me preguntan ¿a dónde vamos? ¿qué pretendemos hacer en vistas de la lenta, muy lenta, muerte de los pozos de petróleo del mundo; la lenta, muy rápida, extinción de los bosques a manos de finqueros ignorantes, madereros codiciosos (y armados) o gentes que simplemente no tienen para comprar gas propano (que de todos modos se saca del petróleo que en 30 años quizá esté agotado), corta ramas secas y cuando se acaban las que están tiradas corta árboles vivos que luego van como pensamientos muertos sobre sus cabezas?
En fin, que no les extrañe si esto no dice nada más que las nubes nos pasan avisando que lloverá mañana (o quizá esta misma noche), que crecerán las patas de gallo en alguna montaña aún no devastada; que ansío el domingo para volver a caminar sobre las hojas y la vereda lodosa, sujetando de la mano a mi niña para que no resbale, para que se sienta contenta de poder mirar aún el techo verde acribillado a balazos de sol.



¿Has oído un clavicémbalo?

Me gustaría que mi hija un día fuera clavicembalista...
Que sus manecitas de bebé lleguen a pulsar el raro y antiguo instrumento del siglo XVII cuyo trino imagino mientras miro al borracho irremediable de la esquina, a las viejas chismosas que asoman sus cabezas de gallina por las ventanas o al vecino estridente que pone rancheras y salsas y norteñas a todo volumen, desde las 7 de la mañana hasta el anochecer.
Me gustaría que mi hija, la clavicembalista, dejara boquiabiertos a los que la vieran y escucharan, incluso a este que la mira y la oye dormir, ajena a toda esta muerte y a toda esta pena que cae como basura de un camión de volteo desde la pantalla del televisor.
Cómo me gustaría que un clavicémbalo valorado en cientos de miles de dólares cantara bajo la mirada de pestañas arqueadas de esta niña durmiente.
Pero eso es sólo un sueño en la mente de un obrero que sale todas las mañanas a perseguir un autobús que suena a ollas y latas que se revuelcan.



Una chatarra

A lo mejor murió alguien sentado en el mullido asiento que se reclinaba y enderezaba a voluntad, merced a un control eléctrico de última generación (con 64 posibles posiciones, para hacer el manejo más confortable mientras va como raudo viento nuevo, como un atardecer perfecto que corre sin detenerse hasta llegar al horizonte (al final del comercial de televisión), a la dura baranda de la carretera o a las halógenas, radiador y loderas de otro carro, aunque ya para entonces todo se reduce a un tronido seco, a polvo que hubiera seguido guardado en los intersticios metálicos y que salió expulsado en una nube sin importancia, seguido por murmullos de curiosos.
Parece que se incendió al instante porque está negro por dentro ¿o sería el fondo de fábrica bajo la tapicería?
El óxido corroe los resortes y muerde con furia el volante que hacía chillar los neumáticos al dar la vuelta a 120 por hora. Y las llantas se tomaban la curva y se bebían otra recta, se tragaban otra calle y varios semáforos en naranja. Pero ahora, sólo una de ellas toca el suelo. La otra ¿cómo llegó hasta allá?
Del acelerador no quedó nada más que un rechinido inútil, un quejido mientras los bomberos llegan, mientras las alfombras de hule, el control del aire acondicionado, los botones de la luz y los indicadores oil, fuel y temp se evaporaron; dejaron nomás los agujeros que siguen boquiabiertos del susto. Un brazo muerto parece la puerta abierta de este BMW que sería irreconocible de no ser por la insignia brillante del frente, que por alguna razón sobrevivió intacta y le sonríe al sol como recién salida de la agencia.


cada-ver

en mis sueños más tristes me cayó frente a los ojos la cara de un hombre amoratado
era gordo, pero más gordo se miraba asesinado
con los ojos abiertos y emborronados de tanto dolor.
Habla una locutora (como si anunciara máquinas de ejercicios)
que dicen los bomberos que dijo el forense que al parecer al hombre le quemaron las manos con agua hirviendo
tenía tatuajes de pandillero y
que tenía 33 años aproximadamente
pero seguro en su agonía no era sino otra vez aquel feto
(igual al feto de un perro, de una rana, de una niña)
que se doblaba sobre su vientre
a la búsqueda de una caricia dentro de aquella esfera de agua turbia y tibia

en sus sueños más terribles nunca se vio tan golpeado
amarrado con alambres de espinas los pies y las manos
deshechos a vergazos un ojo, una oreja, los brazos, el recuerdo de un domingo en que el sol se desplomó sobre las casas mientras jugaba pelota entre los caleidoscopios árboles junto a otros niños descalzos
tieso lo echaron los bomberos a la camilla (hecha de malla y lámina pintadas de rojo) y lo taparon con un nailo inmundo.
Igual una vez se quedó durmiendo junto a (Sandra, Julieta, Patricia o como se llamara) en aquel intenso pero pequeño instante en que creyó amarla, aunque después la dejara con los dos niños por otra (Sandra, Julieta, Patricia o como se llamara), en busca de ese deseo profundo y confuso que se le revelaba fugaz mientras él mismo le deshacía la cara a alguien.


Antes...

Te diré, justo antes del momento de decirte que te amo, que te tengo entre niña y niña (de los ojos), atrapada como el asta sujeta la bandera que parece luchar por irse, pero lo único que hace es retorcerse, esquivar el viento y verse más bella a pesar de la tierra, la polución, los estornudos con saliva de la gente, las escupidas de los borrachos a la salida de las cantinas y las armas químicas disparadas por las palomas del parque (ahítas de tanto maicillo)

Ah, creo que no he dicho lo que pensaba inicialmente. Pero es que si te quisiera decir todo lo que miro poco antes de decirte que te amo, terminaría nunca diciéndolo, porque todavía diviso la cupulita de la pequeña capilla atrapada entre los espantosos cajones que llaman edificios, atascada en el lodo de los días, pero iluminada de lado, de rojo, cada tarde (igual que tu frente, boca, pómulo y pelo) por el sol.

Te diré que te amo en tan sólo unos instantes, pero sólamente después de haber aclarado finalmente que en un mundo donde abundan los asaltantes tatuados, en un país donde triunfan los rateros de corbata y título de licenciado, vos sos la neblina que aún baja (como mi abuela baja algunas noches desde el cementerio) a enchamarrar los cerros y a proteger el encanto de nuestra hija (que se parece a vos y a mí, porque tiene convertido cada detalle mío en un gen parecido a vos).
Yo voy llegando a esta edad algo así como la tarde avanza aturdida, tropezando y disculpándose con las sombras de las casas, las ventanas y las escaleras. Hasta que por fin llega a esa esquina donde se encuentra con la noche fresca y compasiva.


La pantera dormida

Soñé que respiraba debajo de la garra de una hermosa pantera. Me pesaba su pata suave sobre la nariz y sentía su aire entrar y salir. Tenía olor a detergente, a cloro, a ropa tendida.
No le miré el color porque estaba oscuro, era de noche y apenas por una rendija entraba la luz de alguna bombilla lejana que alguien dejó encendida.
Imaginé por un momento que era negra la pantera, pintada con rayones violeta en lugares estratégicos, como en las historietas.
Estaba dormida y no me había comido. Estuvimos jugando hasta que caí desmayado. Desperté y su piel era suave.
Sus uñas me rozaban la boca y un pómulo, me acariciaba en sus sueños y no quise despertarla al intentar quitarme de debajo. Cuando abra los ojos, la atacaré y seguiremos luchando.


Circunnavegación

Cada cuanto por la acera me detengo a dar un salto y me doy cuenta que no puedo elevarme muy alto porque el suelo es poderoso imán y la imaginación otro poderoso imán pero con la polaridad inversa. Es así como quedo varado en este escritorio, frente a esta ventana, a esta ciudad de cuadrados y triángulos sin rostros, sin risas, lejos de los ojos de mi niña que pide pan, pide jugo, pide cereal, quiere helado, me pide jugar con ella y su pelota y con sus caballitos plásticos.
Harto del día, lejos del trabajo, me doy cuenta que, montado en uno de sus caballos plásticos, puedo galopar sobre la mesa, saltar sin tener que volver a bajar al suelo, tronar mis cascos en ese mundo plano que se termina al final del horizonte, así como antes (mucho antes que antes) creían los navegantes: que caería uno por la cascada de los océanos. Pero eso es mentira, porque en realidad mundo es una burbuja que se revienta a cada rato y no queda nada. Por eso yo, cada noche después de circunvalar la rutina, las calles, las riberas repletas de desconocida, tras vagar por las Indias, las Filipinas, doblar el cabo de Buena Esperanza y mirar el sol derretirse en el agua, me decido en la oscuridad a orientar las velas en la dirección del viento hasta poder ver a lo lejos las costas de ese cuerpo que tanto amo y donde tantas veces he encallado.


31 años

Ya me estoy resistiendo a cumplir más años.
Porque en todos los anteriores, me ponía a pensar en agosto.
Que faltaban ocho meses, cuatro, tres.
En la hoja del calendario -todavía estuviera cubierta por los meses sin pasar- yo había puesto una flecha, un asterisco, una flor seca, un recorte de revista -hecho con los dedos- un collage de signos de admiración y frases superpuestas con lapicero.
Exclamaciones de que ya falta poco, para el gran día (calificado así aunque ya estuviera muy convencido) una buena ocasión para celebrar que al mundo le había llegado un niño sonriente de dos dientes, un joven prometedor, un ciudadano útil a la patria, un desencantado que describiría sus tristezas y cielo penosamente detenido (como carpa de circo) por los edificios de apartamentos lujosos mientras otros no tienen casa, ni ahorros y ya casi ni sueños, mientras observa el llanto antiguo de los muros de casas a punto de caer.
En aquel día feliz, pensaba, nació alguien que convertiría los ojos hermosos en cúpulas de iglesia, en diamantes lloviendo entre las hojas, en historias contadas por el pavimento. ¿Y en qué los he convertido? En ojos de madre que se reflejan en los de la hija que un instante después me reflejan como una sombra distorsionada, desconocida y sonriente.


Silla de comer

Te pinté la silla con las motas de una pantera, hechas con los tres colores primarios, como acordándome de los colores de la calle el día que te conocí.
Esa mañana no me pudiste ver, creo, porque saliste de aquel lugar llorando, como si alguien te hubiera gritado o te hubieras enterado de la traición de un amigo.
No traías nada de valor más que tu pelo bañado y los pies sin zapatos.
Ese día, pensé que no merecía yo ni siquiera pintarte la mesa de madera donde comerías cuando tuvieras 6 meses de vivir aquí.
Me imaginé llevándote al lugar donde jugué de niño o a aquella piedra donde una vez por travieso me caí de cabeza pero no me salió sangre ni nada, sólo el susto y el silencio (con el doloroso golpe aún latiendo) para que mi papá no me regañara.
No me admirarás tú por lo que yo diga, ni por lo que haya correteado los buses en las calles o por haber llevado a cuestas una llanta en una solitaria carretera (por haber cargado desinflada, por desidia, pereza, dejadez, la de repuesto).
Al contrario, creo que desde ese día en que nacías, me sentí pequeño, inútil, impotente; incapaz de entender cómo es que veniste y cómo es que te reías con las mejillas untadas de güicoy mientras intentaba tomarte una fotografía en tu sillita de comer que comencé a pintar con brocha pero con los dedos untados de amarillo azul rojo terminé.


 

 
Alambre de púas

A mí me enferma estar en un trabajo donde no sé si me van a pagar al fin de mes; trabajando por dinero en un sistema que me tiene aprisionado... Trabajando. La palabra da risa porque suena como a albañil, a peón que abre zanjas, a importante ejecutivo. ¿Y qué soy? ¿qué futuro tengo?, de redactor en una empresilla quebrada, con deudas por todos lados. Oyendo a cada rato al contador dar excusas a los acreedores furiosos, con sus facturas en la mano y sus llamadas insistentes.
Frente a un computador que me mira sin moverse, sin compadecerse... Mostrando las letras que voy pensando como si fuera la imagen de mi conciencia y mi pensamiento. El trabajo, listo: he pasado cuantas páginas se necesitaban, pero aún quisiera hacer más, como mirar qué hay más allá, qué futuro tengo, cómo me puede ayudar este esfuerzo de trabajar y estudiar a vivir algún día desahogado, alivianado. Trabajando por dinero, dinero para vivir, vivir para...
Intentando leer, en un rato libre, el texto de Adam Smith o las notas del curso de Estadística, que por cierto no entiendo. No entiendo porque no puedo concentrarme. La secretaria, contestando a cada rato el teléfono: Integrados Corporativos S.A. buenos días, buenas tardes... hasta pronto, gracias... para servirle. Un mensajero llega, que viene de no se dónde con una factura de la semana antepasada. Pero si dijeron que hoy lo pagaban. Esto pasará a nuestro departamento jurídico.
La taza de café que hace un rato humeaba, ahora sólo tiene un poquito de mielita fría y dulce. Ah, pero nomás con que no me paguen el día 30 y renuncio. Ya estamos a 26 y no hay dinero.
Seguiría escribiendo más sobre estas cosas, sobre la rutina, la computadora, la bulla, las facturas sin pagar. Sí... sí, dice el contador. Hoy por la tarde le enviamos su cheque.
Y pasado reclamarán que el cheque fue rechazado.
Lo que no quiero es escribir sobre lo que siento más allá de la alambrada de púas, pasado el cerco de mi conciencia y mi corazón.
Quiero decir y contar esas cosas que rasguñan la espalda al pasar sin cuidado, decir que es algo como sangre lo que me sale de los brazos cuando intento cruzar la alambrada que se interpone entre ella y yo cuando no entiendo por qué se ha enfadado tanto, otra vez. Seguro habrá sido algo que yo hice o dije. O que ella sospecha, aunque yo no haya hecho nada, en verdad, creeme.
Otro día regreso y me dicen que el chisme general es que la empresa va a quebrar y no nos van a dar ni liquidación.
A cada mes son setecientos por dos cuartos alquilados, con paredes húmedas y piso agrietado. Por lo menos cae agua en la noche y el baño es privado.
Los ladrillos con rajaduras nos recuerdan que no tenemos nada ahorrado, que así como va esto pronto habré quedado sin trabajo, que no podré seguir estudiando y que temo confesarle todo eso a ella, porque seguramente la haré sentir culpable de esta tristeza.
El teléfono suena. La secretaria se fue a almorzar y tengo que contestar… S.A. Buenas tardes…


La mitad de Auri

El televisor le decía a Auri que estaba bien acompañada, que era una estrella cantante, que era testigo importante de las aventuras de un salvavidas, un soldado, un vaquero guapo. Que ella era la misma mujer triste, joven, de cabello rizado con permanente, de la telenovela, a la que también abandona el hombre por largas jornadas de minutos estirados, horas amontonadas en el interior de este cubo que reúne cocina, comedor y sala con cama en lugar de sofá.
Un ropero con espejo era otro televisor con extraña forma que le pasaba el mismo aburrido programa diario. Pálida tarde que se marcha con el mismo sigilo con que él llega a las doce de la noche, una de la mañana, a acostarse, a veces a acariciarla con las manos extrañas.
¿Cómo se fue ella a fijar en ese señor tan encantador? Tan feo para el resto de gente, tan bondadoso cuando le platicaba, la comprendía, le aconsejaba dejar al marido bravucón, borracho, mujeriego. Se asustó cuando le propuso que se fugaran. Que dejara su casa, que dejara a sus dos hijos con la otra mujer del esposo. Ya usted no es la única; él no la valora, si la quisiera como yo, si la amara como la amo yo...
Arrepentida de haberle creído, Auri descubre el color fusia de la vieja cubrecama. Golpea indignada sobre la tabla de picar el cuchillo que sacrifica las verduras pálidas, liberadas tras días de estéril cautiverio.
Ahora le duele la mitad de la cara. Dicen que esas migrañas son malas, que anuncian un derrame cerebral. ¿Será el castigo de Dios?
Apaga la televisión y en los sonidos de aquella casa de reducidos cuartos alquilados, escucha el llanto de niños y los regaños de madres solteras ofuscadas, las conversaciones ausentes de todo sentido y a una pareja haciendo el amor.
Mejor vuelve a encender la tele.


Niña de los ojos

Una cosquilla en la panza me ataca cuando te veo sonreír los ojos sin luna, con estrellas que brillan todas juntas.
Pero la frente me dice que escribirte eso no sólo es incomprensible, inaprehensible para ti, porque sólo eres una niña, sino que en el mundo de la poesía, de la gran literatura, eso sólo sería una frase emocional, un cariño dicho sin más metáfora que una imagen rebuscada y repetida como el bagazo de la caña que una vez aplastado sólo sirve para ser molido y fabricar comida para las bestias.

Pero cuando me detengo otra vez a mirarte la sonrisa, me doy cuenta que no me importa lo que los críticos infulosos o poetas maledicentes digan. Ni que esto contenga la simiente de la nueva corriente o sólo sea bagazo común y corriente en la panza de una vaca que dará leche que tras ser procesada industrialmente llegará al biberón que tomas mientras te observo y pienso que todos ellos no tienen una niña de los ojos tan llena del aire de diciembre en que naciste. Unos ojos tan llenos de niña, que nunca dejaré de verlos aunque crezcas.


Y si la muerte viene

La muerte se apareció un día en la pantalla de la tele apagada y se salió. Me miró con cara de foto antigua pintada a mano pero no me dijo nada. De un manotazo huesudo tiró al suelo mi torre de discos.
Es una abusiva. No sólo vino a querer llevarme (¿o vendría por alguien de mi familia?) sino que tira mis discos que no son cuantos como yo quisiera tener y en mayoría son copias pirata, guardados en desorden, unos en las cajas de otros. Tengo del Creedence, de Mecano, de Sinatra y de Bronco. También de Lenny Kravitz y Camilo Sesto.
Tal vez olió el de Jesucristo Superstar o le desagradó que tuviera juntos el de Cornelio Reyna y uno de marimba, guardados en la caja de la Marcha Fúnebre de Chopin. Los recogí y me fui a la calle pensando quién iba a morir esta madrugada andante.
Con la misma choya que salió de la tele, se metió la vieja panzona en la taza del baño. Todo se quedó en silencio, al otro día fue domingo y no se murió nadie. Pasaron varias semanas y varios meses. Nadie murió.
Creo que se equivocó de dirección.
O le ofendió la irreverencia.


El tío Pancho

A estas horas ya debe estar en esa posición de descanso que nos enseñaban de niños en la clase de educación física: una mano sobre a la altura del vientre y con las piernas abiertas. Claro que el tío Pancho las tendrá juntas. Si no, no cabría en la caja. Pensé en lo graciosa que sería una caja triángular. Y pensé que una caja común de madera se hace transparente una vez enterrada. Pero si alguien osa buscarla, se hace otra vez madera.
El prodigio se obra por las lágrimas de la anciana madre que llora y que clama ¿por qué te fuiste hijo, por qué antes que yo? Y cada arruga es el lecho de un riíto por el que navega Pancho en una balsa y pesca por las tardes juilines insignificantes (pero abundantes) que nadie comerá..
Pancho lo llaman todavía pero él no contesta. No se ríe más con ese diente con una estrella de oro incrustada. No más botas vaqueras ni pantalones de lona. No más carreras a caballo, ni tardes sin rumbo por el camino de tierra a San Pedro Pinula.
En realidad no era mi tío pero así le decíamos todos, mis hermanas y yo. No dejó esposa, no dejó hijos (o quién sabe) pero el tío Pancho nunca me hizo ningún mal. Al contrario, se recordaba de mí y de mi nombre de niño cuando nos miraba llegar a su casa.
Ahora ya está en esa caja de madera milagrosa, que en las noches se vuelve cristalina al igual que la tierra alrededor. Pero como ninguno va al cementerio de noche, nadie lo ha visto flotando en el suelo, excepto la anciana madre que un año después ya no lloró porque pudo volver a verlo.


Barranco relleno

La felicidad está hecha de hojas que dejan pasar la despedida del sol antes de caer rendido entre los costales amontonados que son los cerros lejanos.
A la felicidad se la lleva durmiendo un carrito de bebé empujado por unas nubes que hoy están, mañana ya no.
Entre el bocinazo de camión que acarrea arena y las casas del asentamiento (que llegan hasta el fondo del barranco) pasamos nosotros y nos creemos caminantes lejanos en una pintura, quizá porque al otro lado hay un precipicio donde no vive nadie por ser demasiado vertical y arenoso.
De ese lado la gente tira ripio, basura, perros muertos que rebotan (y suenan) igual que los sueños cuando no se realizan.
Hace veinte años estos barrancos, a los lados del camino, eran bosques diagonales y los árboles salían desde lo hondo para hacer una sombra donde se podía ver a la felicidad parpadear, verde de alegría, muerta de risa por las cosquillas del día. En realidad, estos dos barrancos eran uno que fue rellenado para continuar la carretera.
Hoy, nosotros tres pasamos y nosotros dos le enseñamos a nuestra hija lo que tal vez no recordará, recordará como entre sueños o imaginará alguna vez cuando ya ni siquiera los matorrales polvorientos queden para explicarnos lo que la felicidad era.


Fisgón

Aseguro que fue si querer, que iba a decirte que no me dio tiempo de pagar el teléfono, pero cuando te ví recién te habías bañado; estabas envuelta en una toalla y tenías el pie puesto sobre la silla y la mirada concentrada en ese molesto ínfimo sitio del pulgar que por obra del espíritu santo se te encarna y te atormenta.
El envés de tu pierna era del mismo color de una estela maya cercenada que ví una vez abandonada a la mitad de la selva. Y tiene mismo sabor que tenía el agua del río de montaña de la cual tomé, un rato después, no tanto por sed sino por curiosidad y por temor de no volver a probarla si no era entonces.
Cuando me viste viéndote me preguntaste ¿qué mirás? Y yo te dije ¿qué creés?


Transfiguración

La rana empezó a elevarse bajo la luz del sol. Sus ropas se fueron volviendo blancas como la luz y sus patas con membranas no tocaron más el suelo. Atónitos, los peces vieron aparecer a su lado a Moisés y Elías, pero luego se dieron cuenta que eran hojas muertas caídas por casualidad. Y el milagroso halo de santidad no eran sino las ondas transparentes que se formaron cuando sus patas anfibias tocaron la superficie del agua.
¡Llegará el día en que ustedes verán a la rana verdadera envuelta en toda su gloria, rodeada de nubes y rayos!, dijo alguien. ¿Se estaba cumpliendo por fin aquella palabra? ¡Busquen el reino de los mares, porque llegará el día del llanto y el rechinar de dientes y entonces nadie escapará a la sequía eterna!
La prodigiosa rana seguía girando en silencio por encima de ellos, flotando sobre el légamo verdoso de sus antepasados. Los peces abrían a todo lo que podían sus ojos, nublados y en agonía desde aquel día en que las lluvias arrastraron el veneno desde las plantaciones de caña y contaminaron todos los ríos cercanos.
Tambloroso y moribundo, uno de los discípulos se despegó de la muchedumbre que se dedicaba serenamente a morir (imaginando estar dormidos, borrachos o distraídos en la televisión).
Y cuando quiso tocar la vestidura de la rana, esperando que ésta le dijera tu fé te ha salvado, vete en paz, el pez se dio cuenta de que la portentosa anfibia no estaba ni vestida ni despierta ni transfigurada, sino cubierta por mohos blancos que evidenciaban que llevaba así inerte, unas dos semanas. Estaba muerta, sin drama ni suplicio, con una sonrisa nunca prevista en la profecía.


Western

Me sentaré imaginariamente a ver aquellas películas de vaqueros y forajidos que filmaron a medio desierto de España, de Marruecos o de California cuando yo ni había nacido...
Y me retaré a escribir letras más rápido de lo que dispara y sale huyendo un pensamiento.
Me gustaría verme como aquel héroe canoso que muerde ramas secas, con la barba eternamente a medio crecer, curtido de tanto camino, tanta tierra, tanto sol bajo un poncho sucio; llevado por un caballo obediente, entendido, callado, sobre las piedras y las cruces de un cementerio fantasma.
Y alegrarme de que los malos no existen porque he acabado con ellos: se quedaron colgados de un árbol muerto, de un cadalso rechinante, con un tiro coagulado en la frente...
Y a todo galope perderme en el horizonte en este carro modelo 80 cuyo motor falla, se recalienta y deja entrar polvo por todas las rendijas mientras pasan en una Suburban nuevecita y relinchante unos malencarados que bien podrían ser asesinos a sueldo que en un segundo desde sus ventanillas a medio cerrar desenfundarían y acabarían conmigo.


La procesión


En verdad fue un domingo de ensueño, bañado en calor y piedras. Hacía mucho tiempo que un día de cuaresma no me parecía tan pleno de luz, tan barroco de rostros y tan forrado de flores.
Algo así estaba pensando cuando ví que aún seguías tú allí, caminando a mi lado. ¿Ya te cansaste? No, todavía no, dijiste. Sudabas. Y yo también, con la niña a cuestas, por esta vía dolorosa que tanto me plació recorrer.
El nazareno seguía andando sin caminar, resbalando sobre los colores de las flores que pusieron los que pudieron pagarse una alfombra de estas, pero igual pasaba sobre el agua piadosa que regaron quienes apenas pudieron refrescar la boca abierta del suelo.
Sobre un mar de heladeros venimos y ahora que ya nos cansamos, nos preguntamos ¿cómo llegamos aquí?
Desde aquella casa en lo alto no hemos de ser sino otras tres cabezas negras en medio de cientos que van y vienen por esta calzada, de tantas idas y venidas, salidas y entradas a La Antigua sin pensar que este domingo tendría (quizá por tanto calor, por tanta sed o por la urgente necesidad de ir al baño) una revelación repentina: los redentores con sus respectivas cruces al hombro, repletas de algodones dulces, cuyo rosado combina perfectamente con el morado anónimo de los cucuruchos piadosos.
La procesión arrastra, como si fuera viento o escoba, la alfombra de serrín que tantas horas (siglos en la imaginación) costó. El mártir nos mira. No puede ser. Pero sí, sus ojos están dirigidos hacia nosotros. No lo puedo creer. Te miro y tú llevas dos flores, pisoteadas por los cargadores, como si estuvieran recién resucitadas. No me atrevo a ver de nuevo y así el anda nos rebasa.
La abollada tuba de la banda sigue pareciéndome, como desde hace tantos años, la trompa de un elefante y mi niña lo sabe porque insiste en que vayamos junto a ella. Volví a preguntarte si te habías cansado de tanto caminar y me dijiste que sí, algo.
Y nos marchamos, partiendo en dos la multitud.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.