El Banderón
A veces parece tan hipócrita el rectángulo de tela que se cree dios, se cree ave, se imagina patria que vuela y está amarrado a un tubo de hierro despintado. Por más alto que esté, un banderón será siempre un trapo, retazos color de cielo añadidos con hilo. De todos modos, están sucias las nubes retorcidas, por el humo de los escapes que andan asfixiando a gritos el día.
Nos sentamos, amamos a alguien, nos preocupamos a diario o criticamos el clima. Nos cansamos de caminar y cuando nos damos cuenta, se está muriendo el azul infinito, se está marchando la luz del día otra vez Gracias por leer este libro de símbolos, imágenes frágiles, instantes irrelevantes, espejos tristes que nos miran y nos preguntan sobre nuestras vidas.


El color de tu pelo
Enredado y triste como una hiedra sobre la pared blanca, me sorprendí desanimado por no encontrar las palabras para consolar tus ojos y los silencios para acallar tus tristezas y tus enojos. Ni siquiera sabía cómo apagar el fuego de tu pelo, que cuando te enfureces se ve pasar de café a rojo, aunque en realidad son algunos de los cabellos los que reflejan las luces de ese color. ¿A qué se parece ese pelo?, dije yo. Pero no hallaba con qué compararlo, que no fuera el sol de la tarde o el tallo de las caobas derribadas por la motosierra en un llano de la costa. Pensando estaba desde la ventana infinita de un piso doce o catorce, hasta que vi lo avejentada que está la ciudad, que si bien pinta sus fachadas de colores nuevos, se olvida de que por encima le quedan viejas tejas viejas o en su defecto, láminas que por la lluvia ácida se han vuelto oxidadas, herrumbosas, nubes rojas que...
La sonrisa me invadió por un instante y luego, incrédulo dije: eso no es algo hermoso, no es algo sublime... Pero la verdad es que tu pelo tiene el color de las viejas tejas de las casas viejas, tiene el rojo de las láminas abandonadas, clavadas sobre aquellos techos que nadie más ve de esta manera, aquí, ahora, sino yo.


Con la mente en blanco
¡Callate ciudad!
Que te callés te digo, que no puedo más, que no te quiero oír más por cinco minutos. Sólo este instante de tranquilidad necesito. Y me desabotono, me quito, me pongo en esta silla blanca, pero los motores de los carros y los rumores de camiones y camionetas escandalizan este cuarto blanco, con vidrios sucios y uno quebrado. El viento de la ciudad se
ha entrado y yo aquí, sentado.
Sólo necesito hacer un poco de fuerza. Sólo un poco más.
Pero no te callás ciudad. Hacer algo y querer pensar en otro lugar más hermoso, más blanco, más tranquilo. Me hago a la idea de que nada de todo este estruendo se va a callar por mí, que sólo pienso en la tarde, que sólo quiero un momento de calma para poder dejar todo esto que ya no me hace falta y quiere salir de mí.
¿Y porqué cuesta tanto encerrarse a pensar en la vida, la suerte, el momento de la muerte, del amor feliz, del éxito que quiero lograr, del niño que quiero ver crecer y educar?
El vidrio roto está manchado, al parecer sucio desde hace años.
Papeles rosados tirados por la marquesina del edificio. Un recipiente plástico para echarlos, pero no caben más.
Más fuerza. Más despacio.
¿Tengo que esperar mucho rato? ¿Tengo que seguir trabajando? ¿Podré un día llegar a viejo y seguir funcionando?
Una puerta cerrada con seguro. Un espejo muy claro en mis espaldas. Un lavadero celeste.
Hace frío por el viento cuando salgo. No quería que nadie oyera el agua que mandé llamar con mi mano, ni su sonido de mar ahogado.


El heladero
Empujando la carretela de helados. Helados empujados por la mano del hombre que va tras la carreta, sonando las campanitas, sin que nadie compre.
¡Compren helados!, dirá el hombre callado, empujando con sólo una mano la carreta, porque con la otra agarra la muleta que le hace las veces de pierna. Pierna que no está, quién sabe porqué causa ajena o perversa...
¿Qué hará el hombre en las cuestas empinadas? ¿cómo hará para frenarla (estas carretas pesan bastante) cuando va en bajada? El dolor de una pierna, de una axila oprimida por la madera, de una mañana del día de Navidad, en que unos viajan, otros juegan, otros se queman el dinero en bombas, en silbidos de pólvora, en la borrachez de no saber qué hacer en un día libre, libre porque nació Jesús, y quizá el mismo Jesús tuvo que trabajar el 25 de diciembre, aunque no tuviera ganas, aunque quizá no tenía pierna o tal vez nadie comprara lo que él vendiera.
A la muerte de muertes, esto no tendrá sentido. A la hora de nacer de nuevo, quizá el hombre ya no necesite vender helados ni sonar campanillas. Al momento de resucitar todos, quizá todo esto cobre alguna razón de existir y de ser como se hizo.
Yo voy en una bicicleta, aburrido, por la calle polvorienta, hoyolienta. Me dio vergüenza no tener quehacer y no estar preocupado de nada -más que de regresar a trabajar mañana- al ver aquella muleta que empujaba en feriado una carreta helada. Sonaba, al pasar sus llantas sobre las piedras, como cuando bajan una caja de muerto en la tierra recién abierta.
Voy a donde todos nos marchamos cuando pasan veinte Navidades, cuarenta, setenta y nueve. Pero no sabré nunca si al fin este hombre vendió algún helado hoy... o si es feliz, más que yo, a pesar de no tener pierna, no tener descanso, no andar paseando en esta bicicleta a la que un pedal le rechina al dar vuelta.


Me sorprendo caminando...
...bajo el peso del avión que va pasando a cientos de metros de altura, rompiendo el mediodía con su escándalo, dejándonos a todos los que vamos caminando por la banqueta, entre las ventas ambulantes. Quizá la gente ni se da cuenta de que no existe cielo y si lo hubiera, no podríamos todos caminar en él. No existe más mundo que éste donde los semáforos detienen o hacen caminar las ruedas, donde las calles murmuran rajaduras durante el día y escuchan durante la noche las ánimas vencidas por la vida.
...apresurado y cuesta arriba. En una acera que le hace cosquillas a mis pasos para que no avancen. Pasando junto a la tercer anciana mendiga que me mira y me pide unos centavos... joven... por favor...
Pero le dí las monedas que traía a la primera y segunda. Para usted no tengo ya, mala suerte, lo siento, llevo prisa, que mal que esté abandonada la viejecita, que triste, que hijos malos, que mala suerte la vida. Le echo más ganas a los pasos para pasar más rápido frente a ella, pero sólo he dado unos cuantos y me he buscado un billete de cincuenta centavos, que me regreso a dar.
...de tu mano, de tu lado. De tus pasos el suelo; de tu cuerpo el viento que nos rodea la cara y los brazos; de tí la orilla de carretera desierta, rodeada por bosque mojado.
De las hojas han de estar cayendo gotas, de la grama que crece han de resbalarse los nuevos rayos del día y de las piedras pequeñas del asfalto se han de agarrar nuestros recuerdos vagos.
Más que quererte, te rodeo, te sigo, te abro paso. Más que amarte para besarte, te toco la cara, te toco el brazo, siento la suavidad de tu cuerpo y la solidez de tus manos. No soy uno que te adora porque seas bonita, sino que adora negar que eres hermosa para fijarme en lo que hablas, lo que extrañas, lo triste que recuerdas y adivinar lo que ahora callas.


Terminal
Rollo de malla para gallinero, de dos metros de alto, enrrollado por 50 metros, hasta terminar su propia extensión, su propia distancia, su propio tiempo. Lo llevarán cilíndrico hasta Santa Lucía, en un autobús que lleva las maletas, pertenencias, canastas, bicicletas encima. Lo subirá el ayudante, que carga carga todo el día, que sube las cosas hasta la parrilla.
Pero no sabía lo difícil que sería subir un cilindro de alambres, equilibrado sobre la nuca borracha. Con el sol hediendo a orines, en la terminal de buses sucios de colores, con nombres extraños, nombres de mujeres, de lugares: Carmencita, Tropicana, Mi Muñequita, Esperanza Tectiteca.
La tarde se despide de los montones de basura, de las cebollas podridas y los repollos deshojados que no serán nunca la ensalada de nadie. Terminal medio vacía, que luce completamente llena por los autobuses que desordenadamente intentan cruzar la salida. Subió el primer rollo de malla, con los ojos rojos y la piel quemada. Tenía el pelo como si hubiera dormido en el suelo. Olía a orines...
¡Cómo cayó, cómo voló el segundo rollo de malla, cuando el ayudante hediendo a cerveza, lo dejó caer desde alto, sobre la parrilla del autobús! El cilindro rebotó y rodó, para caer luego por un lado. Desde alto. Quiso agarrarlo el muchacho y el peso del alambre enrollado lo arrastró hacia abajo.
Silueta humana frente al sol de las cuatro. Aquí se orinan todos, por todos lados. No se mató, aunque pensé que sólo reaccionaría un instante, para luego brotar la sangre.
No escuché el ruido de la cabeza rebotando en el concreto, ni el del cedazo al golpear el suelo. Una camioneta llamada Preferida bocinó y el muchacho se levantó. Se había herido la mano con una punta de alambre, que goteaba rojo en el suelo, cerca de un charco de agua inmunda.


Feliz cumpleaños
Despojo de los años. Destrozo de tela rota gastada por los años. Mal ánimo que se marcha con las horas, los minutos de este día en que a uno le extraña verse rodeado de gente que no conocía hace un año, diciendo que feliz cumpleaños, que cumplas otros muchos años, de decepciones, de desengaños, de esperanzas de amores, chistes malcriados y diarios baños.
Hace un año desconocía la existencia de quien ahora imagino como un futuro que amo. Sin saber si en realidad ocurrirá, si serán otros ojos los que me mirarán con tristeza, con ternura, con regaño...
A mí me amanece el día como si hubiera dormido un año. Que con cuetes, quel chocolate a las cinco caliente, que mi mamá dándome el abrazo de cada mañana de cada año.
La sonrisa de los amigos imaginados a través del teléfono: el Mario, Claudia. La Lulu no tarda en venir y decirme también que cumpla muchos años.
Gentes, gentes que, sin saberme un completo extraño, perro bravo, malvado desconocido, cariñoso tío, soñador inofensivo, superhéroe imaginario, me dan un abrazo o me dan la mano.... Feliz cumple-año.
De los primeros en llegar al trabajo. Hoy me he levantado temprano.
Nadie ha llegado. Sólo unos cuantos. No sirve de mucho celebrarse uno aquí dentro su cumpleaños si los otros no se han invitado. Sólo ellos y ellos pueden venir aquí donde mí a buscarme y sacarme de este encierro, de este agujero, de este cubículo ridículo donde escribo y me desespero...
La sonrisa que yo esperé mirar hoy, no la miré. Miré muchas otras, sinceras y bonitas, de los amigos y amigas. Pero no encontré la que yo buscaba. Sonriendo alegre de mirarme hoy vivo, viviendo para ella; mirando y abriendo los ojos, sólo para disfrutar de su presencia, pues para encontrarla y besarla estoy esperando cada cumpleaños una vida entera.


El accidente
Se fue el camión con un señor adentro, dice una persona, pero no a mí sino a otro que tiene a la par; pero yo oí.
Ya se detuvieron bastantes carros en este lugar peligroso de la carretera.
Peligroso, pues por ambos lados pueden venir otros carros o camiones o furgones que no ven anticipadamente que hay otros muchos parqueados, esperando a que sus amos vayan a ver desde la orilla del desfiladero el lugar donde se fue el camión que se quedó sin frenos.
Ya para el sol debe ser mucho más trabajo tener que iluminar no sólo los cerros o los matorrales de toda la carretera y de todo el barranco, y todos los carros que van insignificantes sobre el asfalto, sino además alumbrar las cabezas negras, las gorras de colores o los sombreros, el lazo grueso que alguien intentará atar a la camilla donde sacarán al piloto, enjaulado entre los restos de metal doblado...
Verdad es que no puedo mirar cómo quedó el camión accidentado, porque estos matorrales de espinas, secos por el verano, no permiten al ojo llegar hasta el fondo.
Sol que sigue cayendo sin importar que estemos aquí todos nosotros, como si continuaran solas las piedras, la zanja de desagüe pluvial, la pequeña estela de concreto quebrada desde las rodillas, que grita auxilio o dolor en un idioma muy extraño: sólo se lee KM y a varios metros termina: 106.


Catedral cansada
La catedral tiene los pies cansados. Los siente como piedras. Le pesan tanto. En la cabeza tiene una cúpula, tiene el cielo, también la cruz y algunas ventanas que le dan vueltas.
Le preocupa el tiempo que pasa sin detenerse. Se mira la muñeca izquierda y se da cuenta que ya son las doce y el sol lo tiene en la espalda.
Es la catedral vencida por el tiempo, la pereza, la tristeza, de ver a la gente que igual le hunde el cuchillo a otro o le da un beso a la mujer que ama; de ver la cara tan fea del hombre que maltrata a la señora que se atravesó imprudente la calle.
No nos explicamos por qué la Catedral no se ha ido corriendo, saltando hacia las montañas, tras ver a tantos niños durmiendo en el borde de las persianas metálicas; ancianas pidiéndole lluvia al cielo, borrachos que se han olvidado que son hombres, no perros.
Lo único que se me ocurre pensar, es que siente los pies pesados.


¿Y si yo trabajara de asesino?
Ese no es trabajo.
Bueno... ¿Y si me ocupara de robar carros, de secuestrar gentes, de llevar escondida una bolsa con hierbas prohibidas?...
Seguro andaría por allí, disfrutando la vida. Buen carro, mucho tiempo libre, enorme casa, música a todas las horas. También cuidándome de los traidores, de los policías, de las maldiciones, de los que desearían mi muerte y hasta se reirían.
De plano que no andaría pasando penas por dinero, ni me tendría que esperar a que el día sea 15 o 30 para poder invitar a mi linda a comer algo delicioso en algún buen lugar.
No me afligiría por mandar mis penas a volar, ni me ahogaría con este nudo que siento en la cabeza cuando un jefe me regaña, un cliente me humilla, un compañero me reclama y yo intento justificarme, para que no me despidan, para que sigamos vendiendo, para no perder una amiga...
Creo que, de todos modos, no me gustaría ser delincuente. La conciencia tranquila no la pagan a cada dos semanas.


Perrito bajo la lluvia
Ya no servía para nada, sólo para dar lástima.
Qué mal día para morirse. De verdad.
¡Que los días no sigan derritiéndose!, desea uno...
Aunque me gusta la lluvia, no me gusta que amanezca así.
Parabrisas para todos lados, congestionamiento de nubes y de carros.
Lloviendo humo de los escapes y saliendo agua de debajo de las llantas.
Resbaloso asfalto, peligroso salto que dan los carros sobre los hoyos, las rajaduras, los baches. No se distingue todo en el vidrio empañado, en los ojos de los otros conductores apurados.
Un perro.
Un perro peludo, que alguna vez corrió contento, está mirando pasar los carros. Pero ya nunca más servirá para nada, ni para callejear, ni para atravesarse las avenidas, ni para hurgar entre la basura.
Está vivo aún.
Debió ser algún trailer o algún camión de refrescos. Tuvo que ser un vehículo grande para que lo agarrara justo en la mitad del lomo y le dejara las patas traseras aplastadas.
Pegadas y muertas en el pavimento mojado, lodoso, helado. En el triste transcurrir de los minutos, que un perro no distingue; en el rápido transitar de miles de carros, que el animalito ha de odiar en su dolor.
Parece tan manso, parece tan triste y tan resignado, que quisiera ser yo el carro que le diera fin a su tristeza, a su miseria, a su vida tristemente inutilizada por un camión que no pudo esquivarlo, que no pudo frenar por la lluvia, porque en estos días las llantas resbalan y difícilmente pueden detenerse desde su gran velocidad.
A esta hora, ya alguien debe haberlo ayudado.
Era lanudo y estaba mojado. Intentaba sostenerse con las patas delanteras, pero seguramente sintió que su cuerpo pesaba tanto como el cielo nublado.
Tal vez quise ser yo el que lo terminara de atropellar, pero ya me había pasado y estaba en el carril de al lado. Además, me hubiera sentido culpable.


El banderón
Me volví el amigo de los hombres tristes y los amargados que andan refunfuñando y maldiciendo por las calles, aunque aparenten ir callados.
Me torné torvo y amenazador rostro, sombrío cielo que amenaza un aguacero que no se detendrá en cuatro días.
Maldito río que rompió el dique y se llevó las siembras, la milpa, los animales, inundó la casa y las escasas pertenencias que ahora flotan inservibles y lodosas.
Me hice pasar por un triste banderón que ondea en una plaza desierta y mojada, la tarde del domingo. Traté de que me viera la gente como un maravilloso quetzal de colores brillantes o como un deslumbrante ángel de color blanco y nacarado...
Pero me encontré sentado, con las manos frías y los pies dormidos.
En el segundo instante de esta rabia, vi una mujer presumida caminaba con aire de superioridad -quizá por sus piernas hermosas y cara sobremaquillada-con unas hojas en la mano para cumplir muy bien, muy cuidadosamente con su trabajo...
Miré la esperanza y la serenidad del anciano pobre, que vive con su anciana y sus nietos en una casa de barro, techada de agujereada lámina, en una orilla de barranco, en un camino lejano... Me calmé y me alejé avergonzado, pues yo tengo más que él, pero no estoy esperanzado ni sereno.
Me encontré caminando apurado para llegar hasta los brazos delgados, con vellos finos y claros; mirando a los semáforos que se alejan, intentando encontrar el verde que me deje correr hasta tus luces cafés y tus calles desiertas.
Dí vuelta en una de tus cejas, para encontrarme otra vez con el embotellamiento, congestionamiento, aglomeración de luces y ruedas que no dan vueltas. Me volví amigo de los que esperan, enemigo de los que se llevan mis sueños, río que arrastra las miserias del mundo y resignado trozo de tela que espera a que alguien se detenga a verla.

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.