DOS CAMINOS SALEN DEL PUEBLO

-Culebra y pluma, señor de la barranca...

Aquella voz ya no tenía ternura de garganta humana. Salía de la nada o de todos los quicios de la cueva; o de los poros que terminaban en punta de puro miedo al humo del copal, a la flaccidez de las cosas del misterio.

-Campana y ley... Tres Imox, cuatro Imox... Muerto frío. Me voy para el río, me voy para el mar. Cruz de montaña...

Los ojos. Las manos... eso era quizá lo más tremendo; daban forma al aire, hacían pequeñas sombras, pequeñas chispas, como los estallidos eléctricos en las nubes de la costa. A cualquier signo, a uno de esos amplios movimientos en que seguían las volutas hasta la oscuridad de la piedra bronca de la bóveda, los dedos del brujo podían formar una pierna, o un animal con un ojo lloroso a medio pecho... ¿Por qué no?

-Nueve Imox, diez Imox... Que venga Palás Telebario... Que venga Xuan Paxnalé, el que sabía quemar con la mirada...

¿Por qué no? Eran las doce de la noche. El brujo había dicho que la ocasión no podía ser mejor. Y de seguro, al cabo de los trece días, el sapo crecería en el vientre del enemigo y estallaría, desparramando veneno por todas las mucosas, los vasos y las glándulas. Y cuando el médico abriese el cadáver, no encontraría nada; ni siquiera el miedo, que no tenía forma ni ponzoña y sin embargo mataba.

Pero aquello era absurdo. Ahí estaba Hipócrates, y Pasteur, Koch y los Mayo... Además, Einstein y el humanismo y el materialismo histórico.

-Culebra y pluma, señor de la barranca...

Sí: el enemigo iba a reventar; nadie iría preso. Y él, médico graduado con honores, que estudiaba aquellos ritos por ánimo de investigación y porque creía ya un poco en ellos, se apretaría la cabeza entre las manos contra la almohada caliente de insomnio, dirigiendo una vez más miradas de rencor a la Anatomía de Testut y El Últimio puritano, de Santayana.

El brujo había terminado. El cliente, un indio seco, no muy viejo, le besó la mano hasta dejarle sobre la epidermis renegrida por los vapores del pom un poco de saliva.

-Entonces, ¿todo saldrá bien?

-Sí. Los rajau del aire dicen que si te quitó a la mujer, debe pagarlo. Y lo pagará en el mero Trece Imox.

Se puso de pie, con la misma tranquilidad que si no hubiera anunciado la muerte de un hombre y echó a andar cuesta abajo.

Regresaron a la villa a cielo desnudo, por las veredas donde brincaba el conejo y se estregaban furtivamente los insectos de la montaña.

Por fin llegó el amigo, vivaz, filudo, terriblemente inteligente. No le había dicho para qué lo necesitaba. Era muy estúpida la explicación; prefería deshilvanar sus dudas a lo largo de las conversaciones que se sotienen de noche con los amigos inteligentes. 0 mejor dicho, averiguar sus dudas. Porque no podía ser. Testut era un tratado axiomático, organizado alrededor de dibujos indiscutibles de elocuencia. Para eso había un mundo occidental y una civilización más vieja que los árboles. Hasta afirmaban los pesimistas que todo se estaba desmoronando; que todo era controvertido, desde la geodesia hasta el atomismo. «Embustes; sólo embustes. Ahí está Picasso; ese es el síntoma. decadencia ...»

Hablaron de todo; de las viejas horas de la niñez, de libros, de lugares y personas. El médico sentía que las razones para explicar su caso eran cada vez más inaprehensibles. Efectivamente, no había razón para ablandarse ante aquel mundo del siglo XVI, mundo de indios que odiaban el jabón y creían que la cifra que sobrepasa el total de los dedos es un logaritmo misterioso

Pero el amigo comprendía, siempre. Jamás había creado nada importante. Era un abogado de partida, porque le interesaban menos las actas y los alegatos que sus colecciones de libros raros y sus pláticas con cualquiera, sobre cualquier cosa. «Si escribiera lo que dice, este hombre será un genio». Como si el genio fuera cosa de confirmación por actos, como la destreza de los volatines.

Cuando empezó a hablarle de la nueva carretera asfaltada que uniría la capital con el puerto, el médico sintió gran alivio. Así viajaba siempre el ladino, hasta llegar a donde quería. Habló del hombre blanco, de las responsabilidades de la civilización. Por último dijo algo sobre el lenguaje con que uno puede entenderse con las mujeres de todas las razas.

Sonó el cohete como escupido por la tierra. La cofradía de Maximón declaraba abiertos los ritos. Los Principales de los nueve cantones sostendrían las faldas del petate de cinco lienzos y mirarían en dirección opuesta, para que Chibiliu vistiese el tronco de pito y le diese forma de hombre, sin que los secretos centenarios se divulgasen por los valles.

El médico se incorporó de un salto. Tenía los ojos extraviados del cazador que se vuelve todo oídos para percibir el salto del cabrito sobre el matorral.

-¿Ya oíste? La cofradía de Máximón.. . De noche brinca cerros, y cuando hay luna colorada se acuesta con las vírgenes y las embaraza; los niños nacen con los ojos zarcos.

El amigo se fue al día siguiente. En su sonrisa de despedida había todo un comentario, igual que en esas sonrisas de las madres cuando están buscando la patita de la muñeca que la niña ha desaparecido con la magia de sus cinco años.


 
*

 

La descubrió detrás de las tinajas de Santa Apolonia que usaba la familia, igual que todos los zutuhiles que se aprecian. Tenía una chispa de venado en los largos ojos, tan negros que hacían brillar la córnea como un diente campesino. Ya apenas pudo escuchar al viejo, que había empezado a referirle el pleito de su tierra.

-El Chimil se metió de noche, como coyote y cercó un pedazo de mi terreno. Hasta el árbol de nance quedó adentro. Y destripó el ayotal y las dos malvas. Puro pecado, señor. Puro pecado, porque eso siempre ha sido mío y de mis señores padres.

Tenía la muchacha un brillo mineral en los pómulos y en la risa que tapaba con la mano como si temiera mostrar su desnudez. El pelo le bajaba en dos trenzas compactas. La curva de la tinaja sesgaba bajo el cuello, haciéndole forma de hombros y de cuerpo macizo.

La había visto dos veces en la cuesta con la tinaja sobre la cabeza, moviéndose con ritmos vegetales y agitando de intento los flecos del rebozo. Si hubiera sido indio la habría detenido junto a la roca azul de puro vieja que había vomitado el volcán hacía cuatro siglos y le hubiera dicho todo eso que sabía de memoria en la lengua de la zona: «Mi poquito de agua, mis pestañas, mi flor».

Pero él era el médico del pueblo, y tenía la piel de los Conquistadores y el paso con rechinar de clavos; paso de violador de mujeres, como los soldados de la cruz y de la hoguera que consumió herejes y gente con la garganta cerrada de protestas; como los dueños de finca, el Mayor de Plaza y el habilitador de mozos. Piel de ladino, hervorosa de lujuria.

Además, la muchacha hubiese echado a correr o se hubiera reído en su cara. 0 le hubiera dicho: «Callate, tenés lengua mentirosa. Aparte son los ladinos, aparte son los naturales». Y eso le hubiera hecho daño porque lo venía pensando desde que llegara al altiplano huyendo de la presión política de la ciudad y de la vulgar rutina de curar almorranas y cobrar cuentas, palpar el vientre adiposo de una mujer que tenía brillantes en las orejas y de ir al club para hacer clientes ricos.

-Ahora lo demandé. Porque se robó mí tierra, señor. De al tiro robada. Es puro ladrón el hombre- decía el anciano.

La madre salió de la cocina y murmuró algo rápidamente, erguida en actitud airada junto a la muchacha que veía sonriendo al extranjero. Ambas quedaban fuera de la habitación, en el patio lleno de redes y de grandes apastes para majar arroz. La muchacha se puso de pie y desapareció donde terminaba el cubo de luz naranjada que salía de la puerta del rancho.

-Tenés razón. Es un ladrón ese Chimil -dijo el médico evasivamente.

El viejo sonrió complacido. Así estaba bien, que la gente no respondiera inmediatamente; que pensara despacio en lo que oía, para dejar caer una respuesta madura, con gesto de concentración, como respondían los indios. Este médico que cobraba poco o nada, a quien en último caso se le pagaba con huevos y manojos de cebollas, era un buen hombre. Y ya sabía el idioma de los pueblos, lo cual era mucho para un ladino de lejos, de la capital. Desde luego, siempre era ladino; pero un tanto mejor que los otros.

-Bueno; adiós, tata. Tengo que levantarme temprano mañana porque me llevarán a los niños del barrio de Chuasanaí, que están con tos ferina.

-Así está bueno, señor. Dispensá el café, que no servía.

-Estaba muy sabroso. Adiós.

-Adiós, señor.

-Es mi gana, señor. Quedate con ellos. Muchas gracias.

El indio dejó sobre la mesa su cesto de pescaditos verdosos y se marchó, confuso, llevándose al chiquillo ya curado. Siempre se avergonzaban de regalar, y sobre todo cuando el regalo tenía visos de pago. Porque aún no entendían el dinero la prueba es que ensartaban collares para las mujeres con las monedas de los blancos.

El médico se asomó a la puerta de la habitación que hacía de antesala y miró en derredor. Había tres mujeres acurrucadas, con la cabeza baja, la frente arrugada, las cejas en arco, mirando hacia arriba, como esperando la voz de una divinidad. Y un muchacho fuerte, greñudo, que tenía el brazo sujeto a un cabestrillo de henequén, desnuda una herida salvaje que manaba sangre con la regularidad de una espita.

Lo hizo entrar. Ni los dedos se le crisparon cuando le untó yodo, ni cuando le cosió los labios de la carne; sólo se oía la respiración de los dos hombres y el roce de la aguja con su filamento, con rumor de hoja de maíz rasgada, Los hombres no se quejan; las mujeres tampoco. Es una vergüenza que la gente se entere de que a uno le duele algo. El dolor es perpetuo, antiguo, ya desgastado por muchos que son parte de la raza. Cuando terminó la operación había más sudor en la frente del médico que en la del muchacho campesino que se hundiera el machete cuando estaba chapeando.

El médico respiró hondo una vez que quedó solo. Aliviaba librarse de la presencia de aquella gente incomprensible, angosta e insondable como los siguanes.

Abrió de nuevo la puerta de la antesala. Las viejas seguían inmóviles, mirando hacia arriba hasta encontrarle los ojos esperando la orden de entrar.

El médico sintió el vaho de la hembra, con la misma fuerza con que el animal intuye la cercanía de lo que espera.

La muchacha estaba sentada sobre sus piernas, como las viejas; sólo que más vertical, apuntando los pechos hacia la clínica. Un niño dormía en su regazo.

 

-Entrá -dijo.

Y volvió la espalda a la antesala, para librarse del reproche silencioso de las viejas que esperaban turno.

Cerró la puerta torpemente tras ella. Le temblaban un poco las manos. ¿Por qué? ¿No cerraba la puerta tras cualquiera de sus clientes, para provocar la intimidad necesaria al buen diagnóstico y al examen reservado? Entonces, ¿por qué obrar como un criminal? Y sin embargo, él comprendía que aquel gesto no era el usual; quizás porque en ciertos momentos era dificil recordar que uno era médico.

-¿Qué te pasa? -preguntó sin mirar a la muchacha.

Se puso a limpiar unos instrumentos, a secarlos parsimoniosamente. Por fin levantó la vista y la miró. Como si esperase aquel gesto para responder, la muchacha dijo:

-Está malo mi hermanito, dice mi tata.

La voz era suave, un poco ronca. Los ojos le brillaban con candidez silvestre y una ligera malicia de sentirse eficaces sobre el ladino. El médico acostó al niño sobre la mesa y lo examinó de cualquier modo. Percutió los pulmones. «Juro por Apolo ... » «Defenderé la salud de mis semejantes ... » Desde Esculapio hasta sus maestros calvos recordó la ética de su oficio. Aquí se insertaba el gran dorsal. Esta era la quinta costilla. Aquí remataba el vértice del pulmón...

Hizo un esfuerzo gigante y empezó a preguntar lo rutinario, para orientarse. La sangre le pasaba a chorros lentos por las sienes. Jamás se había sentido capaz de semejante esfuerzo de voluntad. Pero terminó. El niño tenía una infección intestinal. Escribió la receta con precisión sonámbula. Cuando alargó la mano para entregársela a la muchacha, notó que ya no temblaba y sonrió.

-Esto lo va a curar -dijo en dialecto.

La muchacha rió como chiquilla. ¡Qué diferente era su idioma! ¡Qué lleno de secretas exactitudes! Hasta cambiaba al hombre. Ella misma se sentía distinta, más elástica y más ordenada.

-Gracias... tata -añadió dirigiéndose a la puerta con el niño en brazos.

El médico abrió la puerta en silencio. Aparte son los ladinos, aparte los naturales.

Cuando entró la vieja, renqueando, el hombre se sintió miserable, arrepentido, lleno de coraje. Entre apóstol y judas.

Y pensó intensamente que las jóvenes indias olían a tortilla y a humo de encino, como los trapos nuevos.

Al día siguiente volvió. Tenía puesto un güipil rabioso de colores, que probablemente ella misma había tejido. Decía la gente que era la mejor tejedora del barrio de Tzanjay, lo cual debía halagar a cualquiera. Llegó a preguntar qué se le daba al niño, porque seguía mal. El médico tenía los temporales magullados por el insomnio. Le afligía saberse cobarde ante su instinto, ante la dualidad terrible: la verdad de los hombres del Atlántico y la de estos seres sin tiempo ni tablas de ley.

Aquella vez no pudo refrenarse. Se acercó a la muchacha lentamente y le pasó la mano por el hombro, sin habilidad, casi por desbordar su iracundia. La muchacha se le quedó mirando sin mansedumbre, sin la histórica sumisión de las vírgenes indias que se entregaban a los soldados de los Tercios entre los matorrales, por cumplir con la ley inminente de la unión que levantaría a América de los bosques, de cara al futuro; la América morena y compleja, con sus violencias y sus infinitas ternuras. Luego retrajo el hombro, despacio y se fué sin esperar la medicina.

Cuando la vio detenida a media cuesta por el muchacho que le tomaba la mano por detrás, a la usanza de los que «comían palabras» incubando los futuros hogares del pueblo, sintió una cólera oscura. Y celos impotentes, con deseos de golpear al campesino que se reía dulcemente con sus dientes durísimos, bajo el bigotito ralo que probablemente jamás espesaría.

Por la noche llegó a casa del viejo.

-Tu hija es muy hermosa- dijo de sopetón, para terminar pronto.

-Tal vez sí, señor.

-Quiero casarme con ella.

El indio se inclinó sobre el fuego y dispuso los leños que chisporroteaban bajo las ollas. Luego se sentó, con su solemnidad de señor de grandes cofradías y permaneció callado, examinando al extranjero mitad con ternura, mitad con curiosidad compasiva. En todos los anales del pueblo no había un caso semejante. Un ladino queriéndose casar con una india descalza, pobre, que no sabía leer ni sentarse a la mesa, ni besar siquiera; porque los indios no saben besar. Y este médico de la ciudad, que se había ido a enterrar a la provincia quién sabe por qué razones, de esas extrañas razones que empujaban al ladino a moverse por el mundo de modo distinto a los naturales; este hombre que departía con los indios sin condescendencia, como si fuera igual a ellos…

-Tal vez no se puede, señor -dijo por fin.

-Pero, ¿por qué no?

-Aparte son los ladinos, aparte los naturales.

Sí, él lo sabía. Era la sentencia maldita que lo convertía en un fenómeno de la colectividad, en una especie de apestado. Hablar con uno, verlo, mostrarle las curiosidades de la zona y decirle cuántas leguas faltaban para llegar a Cerro de Oro o al arroyo de los Cantos Amarillos, estaba bien; pero lo demás, lo que constituía la vida, con su calor y sus pequeñas magnificencias de comunión y de disculpa, eso ya era distinto. ¿Por qué no lo había pensado antes? Lo mismo se debían sentir los indios en el dominio del blanco, que era la ciudad, junto al rumor agresivo de los negocios, a la lujuria y a la vida sin fe ni hondura de raíces. Se le figuraba estar pagando cuatrocientos años de pecados ajenos contra esa gente substancial y permanente.

-No, no son aparte. Son la misma cosa. Además, yo quiero a tu hija.

El hombre seguía con los brazos cruzados. Muchas veces se conversa más con el pensamiento, cuando lo que ha de decirse es terrible. Sentada junto al cofre de la ropa limpia con dibujos de Totonicapán, la madre empezó a murmurar, jimoteando.

-Yo no puedo pasar sobre el corazón de la muchacha -dijo. Preguntale vos, señor.

Había en aquella respuesta toda la seguridad de la raza. «Andá, atrevete a conquistarla como hombre. Eso no lo hacen los tuyos; los tuyos tumban a la mujer en los llanos y desgarran su sexo a la fuerza. Luego se van, dejándole saliva en la garganta y un hijo con un poco de piel clara, que pronto se traga el pueblo indio de la sierra, una vez el padre se desvanece por los caminos».

-Está bien. Hablaré con ella.

Cuando la vio subir por la pendiente del lago con la tinaja rematando su figura sobre la cabeza ya no tuvo un solo instante de duda y le habló, atropellando palabras zutuhiles y castellanas, puesto que el impulso lo sentía ya dentro del mundo de las dos lenguas.

La muchacha se volvió asustada. La escena fue rápida: la tinaja cayó hecha pedazos y el agua se deslizó entre el pedrerío, hasta consumirse en la tierra arenosa con rumor apresurado. Ella echó a correr hacia el pueblo, quizás llorando.

El médico se sintió grotesco, abochornado, como el encantador a quien se le salen las palomas de la manga frente al público. Un grupo de mujeres lo había visto todo; pasaron a su lado, dignamente, con un hilito de sonrisa en los labios.

Sin embargo, ya no tenía miedo de confesárselo. Debía lograr a la muchacha a toda costa.

Regresó al día siguiente. Era tarde y temió que ella no bajase al lago a traer agua. Por fin apareció en medio de dos compañeras, riendo interminablemente con la cadencia peculiar de las mujeres de la región y jugueteando con los extremos del rebozo.

Se escondió detrás de los cafetales y apareció de pronto en la vereda. Las dos muchachas apretaron el paso y cuando estuvieron lejos se carcajearon y desaparecieron entre la arboleda.

-Vení; quiero hablarte.

La india no sabía qué hacer. Parecía dudar entre huir a campo traviesa o seguir andando con todo su señorío, como si el ladino no estuviera ahí. El se acercó hasta echarle el aliento encima. No sabía qué decir; no había qué decir, en verdad. Tomó la tinaja haciendo un poco de violencia y la colocó en el suelo. Ella fisgoneaba la cuesta, esperando auxilio. Era casi de noche. En la bahía, los patos roncaban entre los tulares.

La tumbó a tierra con movimientos lógicos, como en los sueños. La muchacha, con su chispa de venado en los ojos abiertos, no dijo una sola palabra.

 


 

 

*

 

Una mañana el padre llegó a la cabecera del Departamento y le dijo sencillamente:

-Nació anoche. Era Cuatro Kan, día del rajau de la montaña. Tendrá espíritu fuerte.

El médico sintió que se le ponían las manos heladas. El corazón le daba golpes desastrados. Había visto a muchos padres esperando fuera de su clínica mientras la mujer daba a luz, y siempre le habían parecido ridículas sus caras demudadas y afligidas; pero esto era distinto. El no era un padre como cualquiera: su hijo lo era también de una india, con ancestros brujos y principales. ¿Por qué no la habían sacado del pueblo los ancianos al saber que un blanco la había poseído, como hacían con cualquier muchacha? ¿Creyeron que tendría él una sinceridad distinta, una espontaneidad casi impúber? ¿0 le estaban pagando con magnificencia inexplicable sus curaciones gratuitas y su respeto por las cosas indias? ¿0 acaso cada lustro, cada conjunción de las estrellas propicias, una india repetía fatalmente holocaustos que habían ido formando al pueblo guatemalteco?

Todos los pensamientos de los últimos meses se le atropellaron en la mente; todos aquellos recuerdos, entre sensuales y profundos, que empezaron cuando la muchacha aprendió a besar. Al regalarle el primer cepillo de dientes, que se le antojaba la bandera de la cultura occidental, se había dado cuenta de lo absurdo que era introducir reformas en el mundo aborigen, con su estructura armoniosa, cuya docilidad aparente no era sino una de las evidencias de su eternidad. Una noche, en la oscuridad de su cuarto de hotel, la muchacha le había dicho en castellano con su voz ronca y canturreante: «Hay un hijo en mi estómago». Luego, las caras largas de las mujeres del hotel, la dueña flaca y lenguaraz, y sus tres hijas que se revolcaban en los prados con los oficiales de caminos. «¡Habrase visto! ¡Otra vez esa india en el cuarto del doctor! ¡Qué barbaridad! » Pero no era cólera; era más bien sorpresa agradecida, satisfacción de blanco, en nombre de todos los blancos de la tierra, porque uno de los de su linaje había conseguido aquella cosa fenomenal: la unión con una muchacha de los pueblos zutuhiles, de esos que jamás vencieron los españoles, ni los curas ni los gobiernos dictatoriales. La primera vez que la había llevado al parque, una noche de concierto de la banda municipal, hasta los músicos se olvidaron de sus partituras. Las mujeres murmuraban sofocadas; los hombres se desorbitaban al ver pasar a la muchacha magnífica, con sus trenzas macizas rozando los muslos y los ojos largos de animal sorprendido y los pies descalzos, grandes, que asomaban a medias bajo la falda ajustada llena de sedas vegetales. Sin embargo, el escándalo había pasado; al fin y al cabo él era el médico de la región, con quien desembocaban los pueblerinos con todo y su orgullo y sus prejuicios sernifeudales, cada vez que fallaban las artes de las comadres curanderas. Las horas transcurridas en la oscuridad, sobre la cama inmóvil, eran intensas y reveladoras; entonces ella hablaba un poco de su gente y preguntaba sobre las realidades de la ciudad. Quizás aquello era amor en su primera forma; amor de células, de animales que se confunden antes por los designios de la especie que por los dictados de su razón. Y la primera caricia, cuando le había dejado caer su mano terrosa detrás del cuello, dos o tres veces, avergonzada. Cuando se tuvo que ir a la cabecera departamental para no comprometer la situación del viejo en el pueblo indio, la muchacha fue a dejarlo al muelle y regresó a su rancho por la calle principal, retadora, tranquila. Todavía su vientre no se combaba; pero ya había en ella un aire lánguido, ajeno.

Ahora sería aún más fascinante; ahora que tenía un hijo.

-Es mujer -dijo el viejo- y se parece a vos. Es blanca.

No podía ocultar el orgullo que le causaba el fortuito color de la piel. Era una justificación ante la gente de su raza, que compensaba en gran parte que la criatura no hubiera sido hombre, como lo quieren todos los indios para que sus amigos no les digan flojos ni inútiles, y para que cuiden de las tierras brazos de la misma familia sembradora del primer grano de maíz.

Un recuerdo más fuerte que todos hizo sonreir al médico. El también estaba orgulloso; tan íntimamente orgulloso que no hubiera podido relatarlo ni al viejo amigo inteligente que lo comprendía todo y lo decía todo sin decirlo. Con su moral estúpida de blanco había querido casarse con la muchacha al saberla encinta. Ella se lo había quedado mirando largamente. «Tal vez no se puede; aparte son los ladinos, aparte son los naturales... » No lo había llegado a decir; pero eso significaba aquella mirada con dureza de obsidiana.

Ahora sería distinto; ahora que tenían una hija.

El médico sabía cómo se celebraba la paternidad primera entre los indios. Mandó a traer un botellón de guaro y se lo bebió hasta el fondo con el padre; hasta que los dos gritaron y lloriquearon y terminaron dormidos, uno sobre el sofá y el otro sobre la mesa de operaciones.


 

 

La muchacha hablaba a la niña de su padre, con la exactitud en el detalle que ordenaba la obediencia de las mujeres de su pueblo al señor del lar. «Andate con él. El es tu dueño. No te pegará por gusto porque se le secará la mano- pero debés obedecerle. No te apartés del fuego ni andés suelta en la calle, como perra, porque se te pondrá el vientre como arena, de puro seco ... » Así decía el viejo Principal que presidía la ceremonia matrimonial según los ritos. Ella lo sabía de memoria, como todas la jóvenes del pueblo. Sonaba bonito aquello de obedecer al hombre que era de una y trabajaba para una y,hasta le pegaba cuando había razón.

Para la niña, aquel señor ausente que llegaba de vez en cuando a la villa con los brazos cargados de regalos estaba más cerca que el humo del rancho y la solicitud de los viejos y la ropa de ladina con que la vestían «porque era diferente». Ya tenía cuatro años. En el fondo de la piel clara asomaba un tinte de trigo bien diluído. En sus ojos largos brillaba el mismo foco de luz silvestre que poseía la madre. Tenía también sus silencios inexplicables que venía de muy lejos, de los jerarcas zutuhiles. Pero sabía llorar, con tanta pena como si algo se le rompiera adentro, y eso nunca lo hacía la madre.

No lloró ni cuando el padre regresó del pueblo grande y le anunció sin crueldad, simplememente, igual que si le hubiera dicho: «había huracán cuando pasamos el lago»:

-Se va a casar.


 

 

Nadie la vio salir. No llevó ropa ni dinero. Se echó al camino como los indios que pierden su tierra y se acogen al primer horizonte que se abre, hasta cualquier finca, para beber aguardiente con furia y acabar de una vez. ¿Cómo alimentaría a la niña? Quizá no valía la pena de preocuparse porque nadie se muere de hambre en las sierras. Y ya podían soltar a la guardia montada; es imposible encontrar a un indio que se esconde, aun cuando cargue una niña de piel clara en los brazos.

Trepaba por veredas que nunca había visto. Hay que tener fe en las marcas de la tierra; todas llegan a alguna casa india. Así es de complejo y de largo el camino de la raza. Gañanes y cargadores la saludaban sin levantar los ojos del polvo.

-Adiós, nana.

Porque tenía derecho al respeto del viajero: llevaba una niña dormida hecha un nudo tibio sobre la espalda.

Este era el Puente de los Idolos; dice la gente que encontraron calaveras junto al arroyito entre las inmensas peñas. Si se dejara caer un bulto desde el pretil se haría pedazos en las rocas; luego llegarían los zopes y borrarían toda huella...

Sudaba de miedo. Era la primera vez que pensaba tanto y tan sola. Entró la noche. Desde la cumbre se divisaba la luz tranquila de un rancho en el fondo del valle.

Durmió cerca del fuego, besó la mano de la vieja que le había dado posada y echó a andar en cuanto pasaron volando los primeros pájaros.

En estos barrancos se iban las mulas con todo y carga, y no se las oía ni gemir cuando agonizaban en las entrañas del cerro. Allá abajo sería húmedo, como dentro de los temascales fríos. Quizás habría alacranes...

Se alejó, perdiendo el sendero. Fue recorriendo la llanura con dirección al bosquecillo que se divisaba del otro lado. Una vaca mugió perezosamente a su lado, sobresaltándola. La niña lloraba; un sol bravo y terco caldeaba las piedras. Se examinó los pies, sangrosos de heridas. Jamás había andado tanto. Las mujeres zutuhiles son las dueñas del fuego del rancho; tejen, muelen el maíz y acarrean el agua del lago, pero no salen a enfrentarse con la vida como los hombres.

Si la dejara en medio del llano lloraría hasta cansarse, hasta quedar dormida. Después acudirían las hormigas rojas y los coyotes, y en tres días dejarían los huesitos blancos...

No podía más. Se dejó caer bajo un árbol, extenuada de pavor. Sentía fuerzas para andar y subir montes y bajar cañadas pero lo otro era más pesado, eso que tenía acurrucado en el pecho, como los monstruos malos que se sueñan cuando se duerme con los aretes puestos.

Por eso se levantó y siguió caminando, quién sabe cuántos días, sin atreverse a acabar con la niña. Lloraba poco ahora; quizás comprendía que la mitad de su ser era indio, y el dolor de los indios no es atribulado ni lleno de lágrimas como el de los ladinos. Tal vez este primer viaje de su madre no terminaría nunca. Porque los caminos seguían abiertos, en todas direcciones. No había más que andar, dejando regueros de huellas que luego borrarían otros indios que iban a las siembras o regresaban de la siembras.


 

 

 

-¿Qué te dijo- preguntó el médico ansiosamente, sin despegar los ojos de la niña que dormía.

-Nada.

-¿Cómo que nada? ¿Cómo es posible que te haya venido a dejar a su hija para siempre sin decir nada?

Sentía un enojo irreprimible. Lo humillaba la presencia de la niña al rememorarle su vida en las sierras, cuando él era libre y tenía dentro un dilema que ya había resuelto en la ciudad, como cualquier hombre normal. Y luego, esa actitud de su esposa, que con su silencio se ponía contra él, como parte de la densa masonería en que fraternizan todas las mujeres del mundo.

Muchas horas después, a media noche, la esposa añadió como si estuviera hablando en sueños:

-Dijo que iba a casarse.

Y jamás volvió a mencionar el asunto.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.