Temas de interés:elAcordeón Joder o morir


Marta Sandoval/elPeriódico. Guatemala, domingo 17 de diciembre de 2006

La poeta irreverente, pícara, valiente, altanera, subversiva, graciosa, vivaz, María Josefa García Granados, desafió y escandalizó con su pluma a la sociedad guatemalteca del siglo XIX. Hermana y suegra a la vez del ex presidente Miguel García Granados e íntima amiga de José Batres Montúfar, Pepita fue amada y odiada por sus escritos.

Eran casi las siete de la mañana. El sol entraba tímido por la ventana de la habitación y ella aprovechaba los últimos minutos de oscuridad para acurrucarse en el calor de las sábanas, cuando la sobresaltaron gritos que llegaban desde abajo. Quizá pasaron entonces por su cabeza miles de hipótesis, decenas de rostros de sus enemigos. Se preguntó cuál de todos sería el que armaba un zafarrancho en su residencia. Segundos después la puerta de su dormitorio se abrió inclemente dejándola al descubierto. Con los ojos recién abiertos fue distinguiendo poco a poco la silueta de un hombre en uniforme.

–He venido a detenerla, señora Josefa García Granados. Debe acompañarme a la comisaría –dijo un gendarme que posiblemente a ella se le antojó un escuálido bufón.

-¡Cómo se atreve a entrar así al cuarto de una dama!, ¡qué falta de respeto! –pronunció las palabras con tal indignación, que cualquiera hubiera creído que eso realmente le importaba- espere afuera hasta que me haya vestido.

El hombre, abochornado, dio dos pasos atrás y cerró la puerta. Se quedó allí un buen rato. “¡Cuánto tardan las mujeres en arreglarse!”, debió pensar, porque los minutos ya eran demasiados. Cuando el retraso se convirtió en una demora sospechosa, metió solo un ojo, para no ver más de lo debido, por el umbral. Pero no se encontró con una mujer acicalándose, sino con las cortinas agitándose tras una ventana abierta. Pepita pasó de tejado en tejado levantándose las enormes faldas y tropezando en las tejas con los zapatos de tacón en la mano. No se detuvo hasta llegar a México.

“¡Pobre aquel a quien apunte su pluma!”, decía su hermano Miguel García Granados; y José Martí, ante los papeles satíricos de la poeta se preguntaba si habría algo más cruel en el mundo que una mujer. Sí lo hay, una mujer poeta, una poeta que disfruta escandalizando, que les recuerda a las monjas que también tienen clítoris y que a los jóvenes regaña: “Pasáis el tiempo en ocio tan profundo, cual si no hubiese coños en el mundo”.

La George Sand guatemalteca

Pepita tenía diez hermanos, todos indomables. La madre, Gertrudis Zavala, era la única que lograba poner algo de orden en la casa. El padre, José García Granados, poseía un carácter afable, despreocupado, tanto que los hijos se le escabullían entre los mandatos y terminaban haciendo siempre su propia voluntad. Pepita nació el 10 de julio de 1796, en el puerto de Santa María, en España. Su familia había emigrado a Andalucía tres años antes. Sin embargo, a la llegada de la invasión francesa en 1811, los progenitores decidieron regresar a Guatemala y se asentaron definitivamente en una enorme casa de lo que hoy es la zona 1.

La familia de Pepita fue una de las más respetadas en la ciudad, José García Granados era un comerciante andaluz que había llegado a Guatemala en 1784 con un cargamento de mercadería que logró vender muy bien. Amasó una importante fortuna. Más tarde lo nombraron alcalde del Barrio de La Habana. Los registros de la época dan cuenta de que los García Granados tenían US$650 mil en oro español, una suma fortísima que era superada solo por dos familias. Sin embargo, con la llegada de la independencia el panorama cambió, el nuevo gobierno exigía la tercera parte de la fortuna de los más acaudalados. Así perdieron una buena parte, que, agregado a las deudas en las que estaban sumidos, logró despojarlos de muchas de sus riquezas.

En 1816, doña Gertrudis falleció. Los hijos quedaron a cargo del padre. Miguel García Granados cuenta en sus memorias que todos los hermanos tenían un carácter vivaz, que les gustaban las bromas y la parranda. Sin el mando de la madre, la juerga era mucho mayor.

Pepita asistió a la escuela, tomó clases de inglés y francés y se dedicó a practicar el piano y la guitarra. Leía y escribía sin tregua. César Brañas se refirió a ella como la George Sand guatemalteca por su forma de participar activamente en la política y la literatura, por romper esquemas y trastocar los taciturnos valores de la época.

Una conservadora muy liberal

José María Castilla era un cura fuera de lo común, prócer de la independencia, y amante de la buena vida. Igual iba a fiestas y bailaba el vals, que predicaba sermones sobre el pecado en misa. Con su voz elegante y su apariencia atractiva lograba que su iglesia estuviera siempre muy concurrida. Pero la parranda a veces era mucha y una monja, que estaba en confesión, notó una mañana que su interlocutor roncaba.

-¿Se ha quedado usted dormido? -le preguntó indignada.

-Sí, así fue -respondió él con desparpajo.

-¿Vuelvo a empezar mi confesión?

-No, porque entonces me vuelvo a dormir -contestó.

Castilla acostumbraba rezar diariamente un padre nuestro por todos los tontos de Guatemala. Los demás sacerdotes se ocupaban de los pobres, enfermos y desamparados, ¡pero qué olvidados estaban los tontos! A veces, cuando en la calle o en alguna reunión escuchaba sandeces -casi siempre de bocas liberales- tocaba el hombro del que las pronunciaba y decía compasivo: “Ya recé hoy por ti”.

El religioso se rodeaba de gente muy parecida a él, no podía faltar entonces entre sus amistades la Pepita. Ella era además la única mujer invitada a las tertulias que realizaba constantemente en su casa. Allí, intelectuales de todas las corrientes se reunían para discutir sobre política. Batres Montúfar, José Milla y Juan Diéguez Olaverri eran algunos de los participantes.

En esas reuniones Pepita no tenía empacho en arremeter contra los liberales. A pesar de todo era conservadora. Su padre fue el único español que permaneció en Guatemala y no juró la independencia.

También asistía a las tertulias Lorenzo Montúfar, que entonces estudiaba derecho. Él reconoce en sus memorias que gracias a su amistad con Pepita le fue más fácil pasar los exámenes; ella leía los libros y luego se los narraba de manera sencilla y amena.

Pero su interés en la política no se quedaba en las reuniones, ella misma salía a la calle a protestar si era necesario. Cuando Morazán planeaba tomar la plaza central y derrocar a Carrera, varios manifestantes, entre ellos Pepita, se escondieron en un viejo almacén. Los soldados entraron, Pepita logró colarse en los tapancos, pero uno de los dependientes no consiguió huir. Sentía ya el fusil frío sobre su frente cuando Pepita cayó del techo, miró a los ojos al hombre armado y le ordenó bajar las armas.

Ramón, el bonachón

Ramón Saborío, un comerciante originario de Nicaragua, logró llegar al corazón de aquella mujer más preocupada por la política, la economía, la juerga y la broma, que por el amor. Con él tuvo seis hijos y un matrimonio que de tan fuera de lo común rozaba lo irreal. “En casa de Pepita cacarea el gallo y canta la gallina”, susurraba la gente del barrio cuando veían pasar a Ramón, con la mirada gacha y ya muy resignado a trocar su nombre y apellido por el apelativo de el marido de Pepita.

La vida con Ramón era sencilla, ella solía ir a reuniones, tocar el piano y escribir. La media docena de niños pasaba mucho tiempo a cargo del padre. La mayor de las hijas, Cristina, se casó con su tío, Miguel García Granados y convirtió entonces a Pepita en hermana y suegra a la vez de Chafandín, como era apodado el ex presidente en referencia a un célebre bandido andaluz.

Ramón estaba siempre muy al pendiente de su esposa, cuando se enteró de la orden de captura se indignó como nunca antes lo había hecho. Sacó su mejor sombrero y fue con la cabeza alta y el pecho erguido a la comisaría. “–¡Os advierto que si alguno de vosotros se atreve a apresar a Pepilla correrán las navajas!”-. Debió sentirse absurdo amenazando a dos hombres armados que en ese mismo momento le apresaron por faltas a la autoridad. Él, al contrario de su mujer, no pudo escapar y terminó preso. Pepita en ese entonces estaba ya cruzando la frontera mexicana y no pudo ir en su auxilio.

María Josefa enviudó. En el entierro de Ramón, la gente comentaba en voz baja, ante el ataúd custodiado por una enorme cruz de madera y velado por la viuda: “Cuando llegue al cielo y le diga a San Pedro su nombre, no van a saber quién es, los santos se van a confundir, para que lo dejen entrar va tener que decir, ‘Soy el marido de Pepita’”.

La alegoría de la lujuria

Una tarde en la que Don Miguel García Granados regresaba de misa, encontró una pinta en su pared: “En la casa de Don Miguel, todos cogen menos él”. El coraje le subió al rostro, con pasos que parecían destruir el suelo entró en su residencia. Salió minutos después con un pedazo de carbón en la mano y escribió con excelente caligrafía bajo las letras garabateadas: “También él”.

El bromista que escribió la frase probablemente había leído el sermón que Pepita junto al poeta José Batres Montúfar le dedicó al canónigo José María Castilla. En el escrito, los dos poetas invitaban a fornicar a todo el mundo: “Hembras y machos, jóvenes, viejos y muchachos”. Atreverse a escribir y divulgar esa incitación a la lujuria, pecado capitalísimo en aquella época, ya era una osadía, pero además atribuir los lascivos consejos a los santos, era doble duelo. Así, por ejemplo, San Pablo decía: “Mortales fornicad. Joded sin pena que la salud sin esto nunca es buena: joded por la mañana y por la tarde y de solo joder haced alarde”. Pero además advertía: “Si en joder se irrita, después de fornicar, joda y repita”.

Aquel texto fue calificado de sacrílego y libertino por la sociedad de la Guatemala de principios del siglo XIX. Su contenido rompió con los esquemas de la escritura de la época. En el país, Antonio José de Irisarri, Juan Diéguez Olaverri y Pedro Molina eran algunos de los escritores más destacados. Sin embargo, sus temas e incitaciones nunca llegaron al grado de las de Pepita. Mientras Diéguez Olaverri se lamentaba del exilio: “¡Oh cielo de mi patria!/ ¡Oh caros horizontes!/ ¡Oh azules, altos montes; oídme desde allí!”, Pepita provocaba a la conservadora sociedad de la época. En una Guatemala recién nacida, provinciana y con la Iglesia vigilante.

Pero sus composiciones no eran exclusivamente provocativas. Escribió también poesía amorosa, en la que denota una profunda sensibilidad. Aunque muy poco quedó de su obra, existen varios poemas que fueron conservados en el Museo de Historia Nacional y más tarde publicados por Luis Villacorta en el libro Josefa García Granados. Los más sobresalientes son El himno a la luna, que le dedicó al Duque de Rivas Ángel Saavedra, Esperanza o La Ceiba de Amatitlán. Se conserva, asimismo, un texto que escribió conmovida ante la catástrofe de la erupción del volcán Cosigüina.

De acuerdo con Antonio Batres Jáuregui, autor de Literatos guatemaltecos y Pepe Batres Íntimo, el aporte de Pepita a las letras nacionales va más allá de su rebeldía y osadía. “Su genio satírico hacía que distinguiera más en la poesía burlesca, sin que por eso dejara de ser notable en el género lírico”, comentó el escritor.

Sin embargo, para José Martí, “lo serio de ella no vale tanto como lo incisivo”. César Brañas pensaba que es difícil juzgarlo ya que no se tiene un conocimiento más amplio de sus escritos. “Sucede que con ella lo satírico y lo sarcástico fue predominante y placentero, llamó más la atención y se hizo popular, mientras lo íntimo se conservaba en un plano de luz indirecta y desacadecida al peso invasor de nuevas formas de expresión y gustos de la poesía”. Para el poeta Brañas la obra de Pepita tiene un valor documental y el de ser “casi única expresión femenina” en la Guatemala del siglo XIX. Hace falta recordar que después de Sor Juana de Maldonado y Paz, Pepita fue la primera poeta que escribió en este país.

La policía tras ella

Denuncias contra Pepita sobraban. Había muchísimas personas ofendidas por sus escritos, y muchas otras por sus actos y su “falta de moral”. La poeta siempre encontraba cómo divertirse. Como una niña traviesa planeaba sus fechorías. Alguna de las más recordadas fue la que cometió contra varios diputados.

Las casas del siglo XIX no contaban con drenajes, por lo tanto la gente debía lanzar el contenido de sus bacinillas afuera. De esa época viene el dicho de “¡aguas!”, que se utiliza ahora para advertir. Existía una ley que obligaba a la gente a gritar “¡aguas!” antes de tirar los desechos por la ventana, para evitar que algún peatón terminara con una lluvia pestilente sobre el sombrero. Algunas residencias, más lujosas, estaban provistas de canales especiales para evacuarlos, entre ellas la de los Batres. Pepita en compañía de la tía de Batres Montúfar y una empleada, pasaron semanas reteniendo los canales de la vivienda. Para soltarlos eligieron justo el momento en que varios diputados pasaban enfrente. Los políticos solo alcanzaron a ver a tres mujeres llorando de risa tras el vidrio del segundo nivel.

No solo los diputados estaban molestos con ella. Tenía una lista de enemigos que ostentaba orgullosa, constantemente añadía nombres de curas, monjas, señoras católicas que se santiguaban con solo ver uno de sus versos, políticos que salían a bailar en sus pasquines y médicos de los que se burlaba con saña.

Al abogado Ignacio Gómez, por ejemplo, Pepita le hinchaba la vena con cada una de sus palabras. Probablemente para él, ella era una serpiente envuelta en plumas y en sus plumas guardaba el veneno. Le escribió un retrato burlón, le dedicó dos o tres versos irónicos y se rió de él en sus narices.

En vida no podían estar bajo el mismo techo. Sin embargo, ya muertos, lo estuvieron a la fuerza. Ignacio fue enterrado justo en el nicho vecino a donde yacía Pepita, solo una fina pared los separaba. Pero el terremoto de 1918 se encargó de unirlos. El cementerio quedó en ruinas y los restos de Pepita e Ignacio se mezclaron.

La cólera de Pedro Molina

“¿Veis ese rostro amarillo, con esos ojos hundidos, la boca de sepultura y cuatro dientes podridos? -decía Pepita-. ¿Veis su cuerpo que parece momia, esqueleto o espina…? ¡Esa es la Arpía Molina!”.
Esos versos tan delicados y románticos se los dedicó al doctor Pedro Molina, prócer de la independencia y un político y escritor renombrado de la época. Los manuscritos corrían como pólvora por las asambleas, los cafés más elegantes y los mercados públicos. La gente esperaba ansiosa Los sábados para los limosneros, que eran los textos que Pepita escribía mofándose de sus enemigos. Entre ellos, estaba, por supuesto, Molina. “En todas partes hay Quijotes, pero la locura de algunos es bien lastimosa”, escribió alguna vez.

Quizá una de las peores ofensas que Pepita le hizo al prócer fue su Boletín del Cólera Morbus. Era 1837 y había una epidemia terrible de cólera en el país, más de 200 personas habían muerto. El gobierno no tenía control sobre la situación. Enemigos de Mariano Gálvez habían regado por las esquinas la historia de que los médicos estaban contratados para envenenar a la población. La gente no aceptaba los remedios, pedía que antes los probaran los doctores. Pero ellos no podían hacerlo, no había forma de que los pobladores volvieran a confiar en la medicina. Pedro Molina apeló entonces al arte. Con la idea de conquistarlos con rimas, escribió una poema que repartió entre los ciudadanos: “Friegas el cuerpo en despertando, y de franela camisa encargo. Heces y orina lejos del cuarto”, decía una de su estrofas.

Pepita se reía de los intentos del galeno y contestó, como siempre, con burla e ironía: “La región del estómago se abriga con chumpipe. De tres granos de arroz bien machacados, seis alones de moscas, dos lentejas y traguitos de caldo bien salado. Que al que muera, la boca se le abra, por si acaso pidiera la palabra. Que un transporte económico se invente, de un cuero con dos palos. Carguen al muerto si lo está de todo punto, pues nuestros cargadores inexpertos entierran nueve vivos y dos muertos”.

“El boletín hizo rabiar y reír a mucha gente”, según César Brañas, “era una pieza despiadada que con exageraciones truculentas y un aire modoso de semicientismo y un gallardo desparpajo, se hace escarnio del temor de algunos médicos, de la palabrería tecnicista e insustancial. Juego jocoso es verdad, un poco macabro en los momentos de tribulación porque pasaba la mísera Guatemala apestada, pero ¡cómo reían de buena gana los abuelos!”.

En México

Una de sus últimas travesuras le costó el exilio, la mandaron a encarcelar por “actos subversivos”. Fue entonces cuando huyó por los tejados. Se asentó en San Cristóbal de las Casas, México. Allí intentaba llevar una vida normal; su hermano Miguel fue a acompañarla y se rodearon de un amplio círculo de amistades. Todas las tardes se reunían con amigos, incluido el gobernador de la ciudad, para tocar la guitarra y el piano. Pero no todo era diversión. Las mañanas eran malas compañeras para Pepita, con la luz del sol no llegaba la calma sino el desasosiego. Empezó a despertarse sumida en pánico. Veía la muerte en las ventanas. “Eran ataques de histeria”, decía don Miguel. Se manifestaban todos los días, Pepita lloraba y gritaba que iba a morir pronto porque estaba gravemente enferma. Los sollozos se transformaban en escándalos. Su hermano corría a su habitación para tratar de consolarla, y ella se despedía de él con el rostro empapado, le juraba que esa misma tarde moriría. La misma escena se repetía día con día, salvo que después de un tiempo don Miguel ya no se levantaba de la cama. Cuando los gritos empezaban se daba la vuelta y cubría sus orejas con la almohada, a lo lejos escuchaba: “Monstruo desnaturalizado, ¿vas a dejar morir a tu hermana?”. Después bajaba a desayunar y se la encontraba con un plato repleto sobre la mesa –“El pan está delicioso, ¿me pasas el café?”, le decía con una sonrisa al que hace unos minutos era monstruo.

El clima en San Cristóbal era demasiado frío y Pepita no se sentía bien. Por ello decidió regresar a Guatemala, aunque eso le costara la cárcel. Acordaron con su hermano Miguel que la llevaría hasta Chiantla y allí la esperaría otro de sus hermanos. El clima era horrendo, llovía suave y perpetuamente. El cielo caía sobre el suelo evitando que pudiera verse el camino. Pepita iba en camilla, muy bien cobijada, pero su hermano Miguel estaba a punto de desfallecer.

Ya en Guatemala Pepita tuvo algo de suerte, la Policía se había olvidado de sus insultos, no había letreros de “se busca en las paredes”, ni precio por su cabeza, como imaginó. Pero el mal que le perseguía lo llevaba dentro. Tenía un fuerte problema en los pulmones, no paraba de toser y respirar era una faena. Irónicamente, fue el doctor Pedro Molina quien la salvó de la muerte.

Pepe y Pepita

La sala de estar es enorme, hay un piano en una esquina, pesadas cortinas de terciopelo rojo golpean las ventanas. Hay retratos por todas partes, colgados de las paredes que absorben la humedad. En los sillones rojos, delineados por clavos de oro, está Pepita, riendo a carcajadas, tiene las piernas dobladas sobre los cojines y los zapatos en el suelo. No ha notado todavía el aroma de la comida que las empleadas están sirviendo ya en la mesa. Pepe también ríe, pero los dos se callan de pronto, esconden la picardía de sus caras y componen la mirada; Carmen, una de las sirvientas, se acerca a llamarlos. “Algo están planeando”, piensa la mujer que lleva un cucharón en la mano, “¿en qué andarán ahora?”, se pregunta y recuerda lo que la empleada de los Gómez le contó: “Doña Pepita y Don José ofenden a los santos y a la santa Iglesia. La señora dijo que se van a quemar por la eternidad, porque son malos y no se arrepienten”. Carmen se santigua y promete que esa noche rezará un rosario por la salvación del alma de nía Pepita.

José Batres Montúfar había alcanzado ya una amplia reputación como escritor. Fue, sin duda, el poeta más importante de su época, su obra ha trascendido generaciones y en la actualidad sus poemas, especialmente Yo pienso en ti, son materia de estudio en las escuelas. En esa época sacó a luz Tradiciones de Guatemala y El relox, dos piezas capitales de la literatura nacional decimonónica.

Pepe Batres y Pepita eran inseparables. Pasaban tardes enteras escribiendo o tocando la guitarra. A pesar de que ella era 13 años mayor, siempre fueron íntimos amigos. Cómplices que labran el camino al infierno juntos.

Pepe Batres era también militar, había sido prisionero en la batalla de Milingo en 1827, en ese entonces compartió celda con Miguel García Granados, y así en un cubículo frío y oscuro empezó su relación con la familia García Granados, una unión que seguiría hasta su muerte.

Esa tarde, durante la cena se miraron de reojo y los dos se rieron en secreto. Hacía unos días había caído en sus manos un periódico publicado por los liberales guatemaltecos en El Salvador. Se llamaba Diez veces diez. Pepe y Pepita contraatacaron con Cien veces una, un periódico exclusivo para burlarse de los liberales y defender sus ideales conservadores. Su primer número decía así: “Cien veces una te envío, a cambio de diez veces diez, ya que has hurgado otra vez el hormiguero, hijo mío”. Así empezó una guerra escrita entre conservadores y liberales, que en el caso de Pepita siempre iba cargada de ironía y humor.

Pepe Batres enfermó cuatro años antes de que ella muriera. La muerte del poeta fue uno de los golpes más duros que recibió. Los dos habían pactado que quien muriera primero regresaría a la tierra a contarle al otro si en verdad existía el infierno. Desde que Pepe falleció, Pepita no volvió a escribir, algunos creen que, incluso, empezó a portarse bien.




 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.